Archivos del mes: 25 octubre 2015

BONITO RECUERDO

VinoHoy me apetece recordar, rememorar aquel día, en el aeropuerto de Dubai. Aunque más que una evocación, hoy me parece un sueño lejano. Incluso, no llego a diferenciar qué parte fue real y cuánto he ido aportando con mi imaginación. El caso es que allí estaba yo, en el aeropuerto de Dubai. Había llegado desde Doha en el que para mí era el último vuelo del día pero la compañía lo interpretaba como el primero del siguiente. Incluso, nos pusieron desayuno, pero yo me lo tomé como una segunda cena.

El caso es que había llegado al aeropuerto, donde me encontraría con él. Juntos volaríamos hasta España. Era un momento de ajetreo en mi vida. Me tomé un descanso de dos semanas entre un empleo al que acababa de renunciar y otro al que me incorporaría a la vuelta. Me sentía ilusionada, asustada y entusiasmada con los últimos acontecimientos. Y sobre todo, estaba loca de contenta porque lo iba a ver, porque compartiríamos unos días juntos. Y… ¡porque viajaba a España!

Rodeada por la suntuosidad del aeropuerto y aturdida por no haber dormido, hablaba por teléfono con él. Se suponía que estaba donde me había indicado. “No te veo”, le dije en inglés, al tiempo que oteaba entre las caras de los viajeros. Dubai es un icono del lujo y de la excentricidad, un desafío constante al urbanismo, a la arquitectura y al diseño. Un todo vale, a costa, incluso, de lo que lo que muchos emiratíes consideran su cultura, su tradición y su identidad. El Aeropuerto Internacional de Dubai, puerta de entrada a expatriados y visitantes, es un claro reflejo de esta ciudad, donde podemos encontrar desde el edificio más alto del mundo hasta la fuente con mayor superficie, pasando por una pista de esquí en el desierto.

“No te veo” y oí que se reía, pero no me contestaba. Me puse de puntillas para intentar distinguirlo entre la multitud. “Gírate”. Me di la vuelta y allí estaba él. En ese momento sentí que era el hombre más guapo del mundo. Nos abrazamos con fuerza -ya no estaba en mi conservador Qatar- y nos dimos dos besos, que al fin y al cabo continuábamos pisando tierra eslámica, que algunos emiratos de EAU se  habrán desmarcado de sus vecinos, pero no podemos olvidar dónde estamos y hay que mantener el decoro y la prudencia, que esto todavía es El Golfo.

Tenía el pelo engominado, una sonrisa inmensa y brillo en los ojos. A pesar de tener dieciocho años más que yo, a mí me pareció el hombre más atractivo del planeta. De repente se me pasó el sueño, la prisa por llegar a España, el malestar por lo ocurrido en la empresa de la que me acababa de despedir y la incertidumbre por mi nuevo empleo. Estaba con él y nada más me importaba. Sólo quería disfrutar el momento en su compañía.

Caminamos de la mano hasta el lounge de la zona VIP. Allí me invitó a desayunar. Charlamos y yo me olvidé del tiempo y hasta de dónde estaba. Le hablé de cómo había seguido sus sugerencias con la que ya era mi vieja empresa y lo mismo había hecho con la nueva. Le confesé mi miedo ante el nuevo puesto que me esperaba. Él, como siempre hacía, mostró mis capacidades y creyó en mí como creía Pigmalión en su escultura. Siempre me indicó el camino para confiar en mí misma y reforzar mi autoestima y mi seguridad.

Cuando terminamos de desayunar y de repetirnos lo entusiasmados que ambos estábamos ante este viaje, acudimos a la puerta de embarque que, para nuestra sorpresa, estaba vacía. Él habló con la azafata y yo me sentí como una niña pequeña, que no tiene que preocuparse por nada, ya hay alguien que cuidará de mí.

Por alguna razón el vuelo se había retrasado. Pero esto no nos supuso ningún trastorno. Volvimos a la zona VIP y nos sentamos en otro rincón, que tenía una iluminación cálida, con revestimientos de madera, suelo enmoquetado y sillones cómodos. Allí disfrutamos de unos vinos y una excelente conversación, entre temas trascendentales y otros más frívolos transcurrió el tiempo. Disfrutando. Daba igual que él fuera musulmán, tomamos una copa de vino tras otra. En la zona VIP. Con su compañía y con su conversación.

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EL ESCRITOR

El escritorNo sé muy bien cómo ha sucedido, pero he vuelto a caer.  Después de decidir que no volvería a tener citas con árabes, se me ha colado uno y… ¡me gusta! Me ha pillado un poco desprevenida y no estaba en mis planes. Para más inri, no es de un país cualquiera, no. Es de Argelia, del mismo sitio que el novio que tuve hace ahora diez años. La única relación seria que ha habido en mi vida y la persona con la que iba a casarme. Fueros momentos muy duros y de aquello surgió una tensión con mis padres que se prolongó durante años y una de las etapas más dolorosas que he vivido.

En fin, vamos a olvidarnos de lo que ya está pasado, aceptado, trabajado e integrado y volvamos a mi cita de hoy. Con el escritor. Ha sido en Souq Waqif y casi por casualidad, después de más de un mes enviándonos whatsapps y planeando quedar un día. Yo no tenía muchas expectativas, así que iba tranquila y pensando que si era idiota no sería grande la pérdida.

Para mi sorpresa ha resultado un chico encantador. Además de ser guapo -mi amiga Chelo dice que tiene cara de árabe, pero a mí me parece guapo y atractivo-, tiene una conversación apasionante y entretenida. Me ha volado el tiempo con él.

Trabaja como periodista en Al Jazeera y es escritor. Yo suponía que tener una cita entre un escritor y una escritora (porque yo también lo soy) sería tedioso y aburrido, pero no ha sucedido así, más bien han ido surgiendo temas e inquietudes comunes. El chico está muy viajado, eso se nota.

Al final no hemos tomado café. Nos hemos sentado en una terraza con vistas al Corniche y una brisa suave atenuaba el calor que todavía tenemos en Doha. Finalmente hemos fumado shisha. Yo, por confusión. Él ha pedido en árabe y me ha preguntado que qué quería yo he dicho que lemon mint, pensando en un zumo pero me han traído una shisha con sabor a lemon mint. Antes de empezar le he explicado que hacía mucho tiempo que no fumaba porque me sentía mareada y con el estómago revueltocuando lo hacía , así que probaría y según me sintiera seguiría o no. Para mi sorpresa (demasiadas en tan poco tiempo), no he tenido ninguna reacción desagradable. Mi estómago y mi cabeza en su sitio durante todo el tiempo. No me he mareado en ningún momento. La shisha me ha sentado bien, quizá era por la compañía.

Traía consigo un pequeño ordenador portátil y un libro, yo esperaba que hiciera algo así para impresionarme. Y a pesar de que no necesitaba traer estos complementos consigo, me ha parecido gesto cautivador. Con su ordenador, presto a escribir en cualquier momento y con su libro en árabe, con un marcapáginas cerca del final. ¡Ay! ¡Qué chico tan interesante! Pero que no cunda el pánico, como le he explicado a Chelo, no me he enamorado perdidamente de él, solo he estado tan a gusto que quiero volver a verle, que me he alegrado cuando me ha escrito para darme las gracias por el tiempo compartido y que le he contestado enseguida, diciendo que el había sido mutuo.

Lo mejor con él ha sido la conversación, las historias que me contaba, las anécdotas de sus viajes y lo que está contando en su nuevo libro. Esperaba estos temas, pero con pedantería. Lo que he encontrado ha sido una persona interesante, una conversación fluida entre nosotros y una cita mucho mejor de lo que había imaginado.

Así que por mi parte habrá más capítulos de esta historia. Superado el sobresalto inicial por provenir él de su país de origen, me he relajado y ahora pienso que no tengo nada que perder. Simplemente quedaré con esta persona una vez más –o las que surjan- y puedo compartir buenas conversaciones. Además… ¡es tan guapo!

VISITA EN LA OFICINA

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Jueves por la tarde, apenas nos separa una hora del fin de semana, que aquí se disfruta los viernes y sábados, como en la mayoría de países musulmanes. Me llaman desde recepción, tengo una visita. Miro a mis compañeros con extrañeza, no esperaba a ningún cliente ni proveedor, pero tomo libreta y lápiz y bajo las escaleras con curiosidad pensando si había olvidado alguna reunión.

Cuando llego ahí está él, de espaldas, supongo que para hacerse el interesante. Osama, el jordano que borré de mi vida hace algo más de un mes. Lo saludo sin disimular mi sorpresa y charlamos un poco.

Me siento violenta al encontrarme de nuevo con él. También incómoda porque no es precisamente una persona discreta y estamos en mi oficina. Los project managers están reunidos en la sala de juntas, con la puerta abierta y yo tengo la sensación de que todos mis compañeros están pendiente de mí (aunque no lo están). Después de intercambiar saludos y algunas frases de cortesía decido acabar con la tensión del contexto y le digo que espere a que termine y tomamos un café.

De vuelta a mi departamento y con mis compañeros curiosos, me muevo yo entre la furia por su osadía y la jactancia de un ego alimentado por el hecho de que vinieran a buscarme. Porque se acordara de mí, porque haya tenido la valentía de entrar en mi empresa. Y sí, lo reconozco. Una parte de mí se alegraba de verlo, a pesar de que yo contara la anécdota indignada. Una parte de mí se sentía alimentada y entusiasmada por el café que íbamos a compartir, aunque le explicara a mi amiga Chelo por teléfono que no tenía el más mínimo interés en él. Mi vanidad se vestía de fiesta.

De camino a la cafetería donde nos íbamos a encontrar conduje tranquila, pero me sentía enardecida. Recordé las veces que recorrí el camino hasta su casa, con entusiasmo, con emoción por cada inminente encuentro, aunque nos hubiésemos visto el día de antes, aunque hubiéramos quedado cada día de esa semana. Conducía pizpireta sabiendo que íbamos a encontrarnos. Y reconocí esta tarde parte de esa sensación en mí. No me gustó pero la acepté, al menos esta vez intentaré ser sincera conmigo misma.

Fue más que seductor durante todo el tiempo que compartimos. Me sentí cómoda y no disimulé mis emociones ni mis intenciones, que no concordaban del todo. Trenzábamos conversaciones hablando de nosotros con otras más triviales y anecdóticas. Supuestamente me había echado de menos. Me recordaba cada día y me nombraba todo el tiempo cuando estaba con su amigo Mohamed. Yo le expliqué que él para mi era como una shisha. Una shisha es una cachimba, una pipa de agua que se fuma con mucha asiduidad en Oriente Medio y supone una acto social. En su día ya le conté que no puedo fumar porque me sienta mal. Hace tiempo que dejé de hacerlo porque resulta nocivo para mi salud. ¿Y sabes qué? Que cuando huelo a shisha me siento seducida, atrapada por su aroma y quiero fumar, sentarme y disfrutar de ritual que supone. Pero no lo hago porque me perjudica. Y sí, tú eres para mí como una shisha. Cautivador y nocivo.

Lejos de molestarse por la comparación, él trato de encandilarme. Suerte que yo tenía una fiesta con españoles en un hotel a las ocho, lo cual ponía hora para concluir nuestro encuentro. Me ofreció volver a vernos después de mi fiesta, podríamos dormir juntos. Dice que echaba de menos abrazarme. Yo fui sincera, le dije que también había echado a faltar sus abrazos y su cariño. Pero esa noche dormiría sola, gracias por la oferta.

Afortunadamente estuve entretenida en mi fiesta y llegué muy tarde a casa. Tanto me divertí que ni siquiera me acordé de él. Ahora lo tengo desbloqueado del whatasapp, tal como él me pidió. Su número ha vuelto a la agenda de mi teléfono porque ha transcurrido un tiempo y me siento fuerte. Eso sí, si vuelve a hacer alguna aparición en mi vida, lo volveré a bloquear. Esta vez, sin más oportunidades.

LO QUE NUNCA JAMÁS SUCEDIÓ

image-1369629326185-VTras escribir dos entradas en un tono resentido y misántropo, prometí que la siguiente sería amable, así que no voy a quejarme de los hombres en general ni de los árabes en particular. El protagonista de este asunto siempre despierta en mí una sonrisa al recordarlo. No puedo expresar nada malo de él, pero nuestra historia no pudo ser porque sus raíces eran más fuertes que sus alas. Y aunque con el tiempo supo cuidar esas bellas alas, nunca fue suficiente como para poder desarraigarse.

Nos convertimos en amigos y descubrí que era una de las personas más inteligentes que conozco. Creo que llegamos a querernos de algún modo. Es un chico sencillo y sin complicaciones. Siempre supe que la diferencia de culturas y de religiones no habría supuesto una traba entre nosotros. Y su tendencia a pensar y decidir con la mente habría complementado a la mía, que suele basarse en las emociones.

No sé si con el transcurrir del tiempo he llegado a mitificar aquella relación porque, como dice Sabina, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

Ha seguido mi trayectoria desde mis primeros momentos en Qatar. Escuchaba paciente sobre mis cambios de empleo, mis anhelos por escribir y los hombres a los que fui conociendo.

Un día confesó que le dolía perderme. Que había sido una persona muy preciada para él y que, como todo lo que había querido, yo también partía. Ese día, enaltecida por la emoción y ahogada en lágrimas le escribí una carta. Le propuse que voláramos juntos. Donde fuera en el mundo y ya resolveríamos el futuro conforme viniera. Él tardó doce días en contestarme. ¡Doce días! Tiempo tuve para volverme loca o casi. Me contó que había leído mi correo cada uno de esos doce días y que no había encontrado las palabras para responderme. No me habló de raíces ni de alas, pero entendí por su palabras que no podía volar, no podía abandonar su tradición ni sus raíces y yo supe que siempre estaría atrapado. También argumentó que yo merecía más que un futuro incierto. Y así fue como él permaneció en su pasado.

Después de aquello continuamos siendo amigos y creo que con el tiempo más cariño le fui tomando. Había temporadas en que lo sentía más como un hermano, o un amigo próximo. Influía el hecho de que yo sabía que él nunca volaría y no me convenía enamorarme.

Creo que desde que lo conozco Palestina para mí dejó de ser un triste y recurrente tema en las noticias para convertirse en una cuestión real. Él nunca hablaba del conflicto ni nombraba su país, en el que, por cierto, nunca había estado. Nació en Qatar y sus padres procuraron que él y sus hermanos sufrieran lo mínimo por esta circunstancia. Y si era yo quien preguntaba, nunca manifestaba ningún tipo de rencor hacia nadie y estoy convencida de que tampoco lo sentía. Sí sentía dolor, por lo que ha padecido su familia, tristeza por lo que sufre su pueblo y nostalgia por no tener un lugar al que volver. Pero nunca sentí odio ni resentimiento en sus palabras ni en su corazón.

Y esta fue mi no-historia con mi amigo palestino. Un hombre íntegro y fiel a sus principios. Quizá demasiado, herencia ésta de su padre. Una persona en la que podría confiar, a la que podría abrir la puerta de mi casa sin ninguna preocupación y a la que siempre le guardaré cariño. Hace tiempo que perdimos el contacto. Si hoy estás leyendo, te mando un abrazo.