Archivos del mes: 27 junio 2011

Grietas que separan… ¿o que unen?

Después de haber pasado unos días en Budapest no puedo dejar de compartir una reflexión con vosotros. El motivo de mi viaje era la boda de mi amiga Rita, que es húngara y celebraba su unión en matrimonio con Andrew, un estadounidense con el que vive desde hace unos meses en Boston.

Durante estos días he podido disfrutar por tres razones: la boda, el reencuentro con mis amigas del Erasmus y la ciudad. Budapest, con ese centro tan agradable, con esa configuración urbanística, esos edificios históricos tan admirables y ese río… el Danubio.

Las ciudades “rasgadas” por un río tienen una personalidad característica. Cada ciudad del mundo es diferente, al igual que lo somos cada uno de nosotros, pero existen rasgos de  personalidad que confieren a estas urbes un carácter u otro. Y es el caso de los ríos, que separan o que unen.

Rita nos recordó durante un paseo a orillas del Danubio que originalmente había dos ciudades: Buda y Pest, independientes. En el año 1.873 se construyó el primer puente entre ellas, quedando así unidas. Actualmente varios son los enlaces que comunican ambas riberas. Y cada uno de ellos, a su vez, tiene un cariz diferente. El más famoso de ellos es el Puente de las Cadenas. Es elegante, majestuoso, imponente. Al contrario de lo que parece desde lejos, un poco incómodo cuando se atraviesa a pie, pues el paso peatonal es estrecho y al cruzar, bicicletas y transeúntes tienen que ir esquivándose. No obstante, es hermoso y constituye un hito en la ciudad.

Además de cruzar puentes, en las ciudades con río se puede pasear por las orillas y sentir la presencia de esa corriente de agua que está viva. El agua, ¡un elemento tan fascinante! Y si además se trata de un canal tan caudaloso, no podemos negar la influencia que tiene en toda la ciudad.

En la ciudad de Valencia tenemos un caso curioso que es estudiado por urbanistas de todo el planeta: un río sin río. Nuestro antiguo cauce del Turia. Y también le da carácter a la ciudad. A lo largo de toda su configuración existen zonas verdes y debajo de cada puente hay fuentes y láminas de agua que rememoran lo que este cauce fue en su día.

Pues bien, ¿estos ríos separan o unen? Al igual que muchas diferencias que existen entre personas próximas. A menudo solemos pensar que las desigualdades nos alejan. A mí me gusta pensar que muchas de ellas son precisamente ese río que articula la relación y la convierte en posible; una oportunidad para construir puentes, lazos que nos conecten.

A menudo, para que una estructura funcione bien necesitamos construir articulaciones entre distintos elementos. Al igual que un codo o una rodilla da juego a dos partes de nuestro cuerpo relativamente rígidas y con ello, permite un mejor funcionamiento.

En muchas ocasiones una diferencia de opinión nos confiere un tema de debate, nos proporciona una excusa para razonar, para jugar dialécticamente. Y con ello crecemos. Los puntos de encuentro con otras personas, además, nos ayudan a conocernos mejor a nosotros mismos por contraste.

Y lo mismo sucede a mayor escala. Las diferencias culturales aportan valor a las sociedades, las hacen más ricas.

Yo hoy me voy a poner un objetivo y te invito a que tú también lo hagas. La próxima vez que encuentre una diferencia con una persona a la que quiera o con la que trabaje, voy a ver más allá. Me daré cuenta de que es una oportunidad de unión, sólo hay que trazar los puentes necesarios.

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¿Dónde te sientes en casa?

Todos hemos escuchado alguna vez frases como “hogar, dulce hogar”, “no he dormido bien, echaba de menos mi cama” o “gracias, me he sentido como en casa”. Y yo me pregunto, ¿de qué depende la sensación se sentirse en casa? ¿Y por qué a algunas personas les resulta tan complicado estar así en diferentes entornos y, sin embargo, otras lo consiguen de manera tan sencilla?

Pienso que depende más de parámetros emocionales que de aspectos físicos y objetivos. ¿En alguna ocasión has estado en un lugar espacioso, con un alto grado de confot y te has sentido a disgusto? ¿Y alguna vez has estado realmente cómodo o cómoda en un sitio pequeño, con un equipamiento sobrio y sin grandes comodidades? Si me hago esa pregunta a mí misma, rápidamente viene a mi memoria la habitación de nueve metros cuadrados en la que viví en la Cité Universitaire de Marseille-Luminy durante un curso. La residencia tenía muchos años y estaba realmente deteriorada. Las habitaciones tenían tan solo una cama de 80cm, una mesa, un pequeño armario y un lavabo. Sin embargo… ¡qué feliz fui allí! Y no solo yo, casi todas mis compañeras disfrutaron la estancia en aquella residencia.

Aparentemente le habíamos puesto color, fotos, posters y algunos objetos salpicados por el escritorio, pegados en la pared o sobre la cama. Mediante esos elementos impregnábamos superficies y rincones de nuestra esencia, convertíamos cada punto en un anclaje emocional. Mediante ese ritual físico con el que hacías tuyo ese espacio éramos capaces de convertirlo en nuestra casa. Es como cuando oredenamos nuestra oficina o nuestro dormitorio. Físicamente organizamos y limpiamos, archivamos documentos, nos deshacemos de lo inservible y… como por arte de magia, algo se ordena en nuestro interior, nuestra mente está organizada. Realizando una puesta apunto de nuestro entorno, somos capaces de modificar nuestra actitud.

Recuerda la última vez que pasaste un fin de semana en casa de un familiar o de un amigo… ¿cómo te sentiste? ¿Tuviste esa sensación de calidez y de protección de estar en casa? Si así fue, enhorabuena. Si no, te propongo que la próxima vez que hagas una visita, inviertas diez minutos en hacer tuyo ese lugar. No hace falta que pegues fotos en las paredes ni que te lleves tus propias sábanas. Más bien es un trabajo interior. Busca un sitio donde sentarte y reúnete contigo misma o contigo mismo. Respira hondo, olvídate de todo, incluso de lo que te rodea y observa cómo te sientes. Relájate, distiende todos los músculos de tu cuerpo y haz varias respiraciones profundas, diafragmáticas. Cuando te hayas relajado, extiende esta sensación al espacio que te rodea, como si formara parte de ti. Si sientes algún tipo de bloqueo, plantéate si es importante, de dónde viene y si decides trabajarlo. Si no, continúa con este ritual de contacto con el entorno. Tómate el tiempo que necesites, será una buena inversión. A continuación, disfruta de tu estancia y de la compañía (o de estar contigo mismo si estás solo o sola).

Esta misma sensación de estar integrado, integrada en una vivienda o en una habitación puede trasladarse también a un entorno urbano. ¿Te sientes bien en tu ciudad, en tu pueblo? ¿Sales a pasear y estás a gusto, notas que formas parte de ese espacio? Ocurre lo mismo, a diferente escala. Por supueto, el grado de privacidad y de protección física cambia, pero es el mismo concepto.

Para terminar, sólo me queda decirte que espero que vayas donde vayas, puedas sentirte como en casa.