Archivos del mes: 22 febrero 2015

CONSUMIDORES Y CRÍTICOS

Torch Lo bueno de compartir momentos con personas que se apasionan por intereses distintos a los de uno es que surgen nuevos temas de conversación. Eso sucede a menudo cuando disfruto de momentos junto a mi amiga Chelo, que se ha convertido en el poco tiempo que nos conocemos en mi inseparable compañera de aventuras.

Es cierto que nos dedicamos a la misma profesión. Misma edad, estado civil y ciudad de residencia. Ambas procedemos de una ciudad del Levante español, pero nuestras inquietudes e intereses son muy dispares.

Desde que vivo en Qatar me he encontrado con personas cuyos puntos de vista difieren mucho de los míos y eso siempre enriquece.

El caso es que hace unos días cenábamos juntas y, a propósito de la gala de los Goya, acabamos conversando sobre cine. Tranquilidad, que no cometeré la osadía de publicar mis críticas, la cuestión es que ambas nos preguntábamos por qué Ocho apellidos vascos no había tenido más nominaciones. Y finalmente nos cuestionamos qué opinión es más válida, si la de unos críticos “expertos” o la de millones de espectadores.

El tema que había sobre la mesa me ha inquietado durante años. En lo referente a mi profesión, la arquitectura por la que se inclinan los arquitectos suele diferir de la que solicitan los clientes. Y si bien cada profesional tiene como misión educar a la sociedad desde su disciplina y su alcance, no podemos olvidarnos del público, del usuario. Debemos respetar su opinión y expectativas. Para eso hay que escucharlo y ponerse en su piel.

A mis amigos periodistas les pregunté recientemente por qué se emite tanta telebasura y si es realmente fruto de la demanda. Ellos me explicaron que el periodista como profesional y los medios, como plataformas que son, tienen el deber moral de participar en la educación de una sociedad. Si esto se llevara a cabo no existiría tanta demanda de ese tipo de programas que a diario invade las televisiones. Me decían que las personas no son estúpidas y que saben valorar la calidad.

Y yo me pregunto, ¿dónde está el equilibrio? ¿Quizá en la cantidad? Algunas veces me siento cansada a nivel intelectual y comienzo a leer libros comerciales, edulcorados, con escaso valor literario. Y me sientan bien. No pensar. Reírme, quizá. Desconectar. Lo que no me haría bien sería hacerlo continuamente. Y lo mismo sucede con el cine, con la música, con la comida. De vez en cuando necesito consumir productos básicos, fáciles, ligeros, aunque algunos de ellos estén desiertos de valor nutricional o intelectual.

Gracias a eso puedo valorar después la calidad, que suele ser más profunda y requiere de un esfuerzo.
En fin, como usuaria no me importa que exista cierta oferta de productos fáciles de tragar, vacíos, comerciales. Como profesional seguiré los preceptos de la arquitectura en la que creo, pero sin olvidarme de los usuarios y respetando sus anhelos.

Para mi pregunta inicial todavía no he encontrado respuesta. ¿Qué opinión tiene más valor, la de los críticos o la de los usuarios? ¿Tú qué opinas?

Cuento del pescador

PescadorLa charla de esta mañana con un buen amigo me ha hecho, de nuevo, plantearme si la decisión de residir aquí es la correcta. ¿Correcta? Me refiero a la buena, a la adecuada… ¡a la mía!

Él vive en Oriente Medio y a lo largo de su vida ha dirigido diversas empresas en diferentes países. Como todos, ha tenido momentos mejores y peores pero los frutos de su trabajo han hecho que él y sus hijos disfruten de una vida económicamente cómoda.

Lo he notado cansado, se advertía en el tono de su voz, incluso, antes de confesármelo.
Viajó a España hace unos meses. Antes de regresar, un taxista lo condujo hasta el aeropuerto desde la ciudad que había visitado. El conductor –me narró- era un señor mayor y de carácter afable. Charlaron durante todo el trayecto y él le contó que volaba de vuelta a Oriente Medio. El taxista, por su parte, le explicó que aquélla sería su única carrera del día. Después de dejarlo en el aeropuerto iría a recoger a su mujer y, juntos, disfrutarían de un día de playa. El viaje costaría unos cuarenta euros. Diez eran para la gasolina. Los treinta restantes le bastaban para ese día que había decidido disfrutar lejos de su coche.

Mi amigo, con su camisa de marca y su vuelo en business esperándole se sintió tremendamente celoso de aquel taxista, de la alegría que exhibía, del tiempo que disponía para él y para la que en ese momento estaría preparando unos bocadillos de tortilla de patata y una bolsa de playa con dos toallas.

A lo largo de la llamada él insistió en la idea de que era mejor que yo no emprendiera ningún tipo de negocio aquí. Y me lo repetía él, ¡que ha tenido y mantiene éxito profesional! Se aferraba a transmitirme un mensaje: “el tiempo que pases en Doha, ahorra. Y luego, vuelve a España y disfruta de la vida”.

Entonces me acordé del cuento del pescador. Aquél que arribaba a la costa al medio día y allí se encontraba con un ejecutivo encorbatado, con su título de MBA en Harvard y no sé cuántos diplomas más. Al verlo amarrar la barca le preguntaba a nuestro pescador si ya había terminado de faenar, casi alarmado por la osadía. Éste le respondía que sí y le explicaba, animado y muy seguro de sí, que pasaba cuatro horas en la mar cada día. Al llegar, vendía su pescado y disfrutaba del resto de la jornada con su mujer y sus hijos. Al caer la tarde visitaba a sus parientes o amigos o, simplemente, charlaba con su esposa. “¡¡Estás perdiendo dinero!!” exclamaba el joven ejecutivo. “Lo que tienes que hacer es faenar durante diez horas al día. En un año podrás comprar un barco mayor. Luego, contratar empleados y en unos años más- concluía tras describir un exhaustivo plan estratégico- poseerás una gran flota”. El pescador, tras escucharlo atento, le preguntó que para qué quería él esa gran flota que tardaría –según el ejecutivo- unos diez años en conseguir. “Entonces tu compañía será grande, los empleados faenarán todo el día y a ti te bastará con trabajar cuatro horas al día. Tendrás el resto del tiempo libre para disfrutar de tu familia y de tu vida”

Entonces me planteo algo que no me había cuestionado en todo este tiempo, ¿vale la pena que permanezca yo aquí? Recién llegada de mis vacaciones en España me cuestiono si me compensa vivir en este desierto. Y la respuesta es “un año más, sí”. No tanto por una cuestión profesional o económica sino por una serie de razones personales. Si ahora mismo volviera a España echaría de menos mi ambiente multicultural. Hablar en inglés cada día, descubrir, explorar. Viajar es algo que tengo previsto previsto para este año que acabamos de estrenar. Y sí, me quedo un año más. Cuando acabe 2.015 me replantearé cuál es el rumbo de mi vida. Por ahora… me quedo.

MUNDIALES DE BALONMANO

BalonmanoHace unos días que concluyó el Campeonato Mundial de Balonmano Masculino, vamos, los Mundiales. Han tenido lugar en Qatar y aprovechando que este país que nos ha adoptado era anfitrión, los hemos vivido con toda la intensidad que nos ha sido posible.

Para mí ha sido la segunda aproximación que he tenido a este deporte. La primera fue en un campamento deportivo, hace algunos años, en el que conocí a personas extraordinarias relacionadas con el balonmano.

Hemos asistido a casi todos los partidos en los que competía la Selección Española y hemos animado con ganas. Porque eso sí, no he visto a ninguna afición vitoreando como lo ha hecho la española. Gritando, cantando y saltando, todos al unísono, celebrando los goles y aplaudiendo a los nuestros. Incluso, cuando jugamos contra Tunez, partido en el que nuestros colores se dibujaban en una pequeña zona de las gradas y los magrebíes llenaban el resto, hicimos más ruido que ellos.

El aplauso más largo y la mayor ovación fue cuando acabamos el partido contra Francia en semifinales. Si a nuestros chicos les habíamos reconocido su juego y su actitud en todos los partidos anteriores, en los que nuestra Selección había resultado vencedora, lo hicimos mucho más en el partido que perdimos. Y fue tal el apoyo que me sentí orgullosa de la afición a la que pertenecía.

Cuando vives lejos de tu país, cuando el color de tu piel y tus costumbres son una minoría en tu ciudad, la nacionalidad y la identidad de uno adquieren otro significado. Los colores de nuestra bandera y el sonido de nuestro himno hacían que esos pocos cientos de desconocidos, ataviados con camisetas rojas, nos sintiéramos unidos, que nos hallásemos en casa y que nos encontráramos en una isla en medio de este desierto.

En las gradas nos comunicábamos en español, hablábamos con todos y las normas sociales, de alguna manera, eran más europeas que nunca. Así, cuando mi amiga Chelo me trajo una camiseta roja con el nombre de nuestro país, primero me la puse encima de lo que llevaba y luego me quité la camisa, sin demasiada preocupación por si se me veía la cintura a lo largo de la operación de cambio en este recatado país.

Hubo más momentos de estar en casa, como cuando desde megafonía se escuchaba Estopa e, incluso, el pasodoble Que viva España, que bailamos sin pensarlo, embriagados por el momento. Un verdadero oasis.

He escuchado muchas quejas sobre la organización del evento. Y sí es cierto que hemos sufrido fallos de ésta, pero voy a romper una lanza a favor de Qatar y de la organización. Es un país joven y ha llevado a cabo un gran esfuerzo para celebrar este campeonato. Disponer este tipo de eventos todavía es algo nuevo para ellos y yo soy optimista. Estoy segura de que han aprendido de sus errores. Además, han tenido grandes aciertos y han realizado todo un despliegue de medios a todos los niveles.

Fue al principio del campeonato cuando conocimos a unos periodistas españoles y nos hicimos amigas de ellos, con excursión al desierto y cenas en el zoco incluidas. Por primera vez leíamos la prensa deportiva e, incluso, protagonizamos una noticia. En definitiva, un interesante encuentro gracias a los Mundiales.

Lo mejor de todo, sin ninguna duda, ha sido la deportividad que emanaba en todo momento del campo de juego. No había estrellas individuales sino equipo. Equipos, porque también lo percibí de las otras selecciones. Los gestos entre los compañeros se sucedían durante cada partido. Pero no quedaba ahí, el comportamiento entre miembros de los países contrincantes también eran frecuentes. Una mano para levantar al otro, un gesto, una palabra… ¡Qué gran experiencia ha sido vivir estos encuentros! Por el espectáculo, por la deportividad, por lo que nos ha unido a la comunidad de españoles y a mi grupo de amigos. ¡¡Cuánto hemos disfrutado con el balonmano!!