Archivos del mes: 26 noviembre 2011

Arquitectura para el deporte

A estas alturas todos sabemos lo necesario que es hacer deporte. Es imprescindible para mantener una salud física y emocional. Lo ideal es educar a los niños desde pequeños a tener buenos hábitos en lo referente a la nutrición y el deporte. Evitarán muchas enfermedades y tendrán una mayor calidad de vida. No obstante, nunca es tarde para empezar. ¿Practicas deporte? Yo lo hago desde hace unos seis años. Anteriormente para mí ejercicio físico era sinónimo de suplicio. Un sufrimiento, una obligación, el suficiente que bajaba siempre mi media en las notas. Afortunadamente tuve un novio que me ayudó a darme cuenta de que el deporte puede ser divertido, que se puede disfrutar y que es una actividad agradable. Desde entonces lo practico.

Además, tengo la suerte de rodearme de mucha gente deportista (mi amigo Antonio dice que para ser deportista hay que practicar un mínimo de cuatro veces por semana). De este modo, compartimos aficiones. ¿Tú haces ejercicio físico con regularidad? Segunda pregunta, ¿qué deportes practicas? Y por último, ¿dónde?

Me he dado cuenta de que el espacio donde se realiza el deporte le confiere a esta práctica unas características particulares. Voy a poner un ejemplo: el spinning se suele hacer en una sala cerrada y el ciclismo de montaña, en espacios naturales, abiertos. Vamos a ver cómo influye el entorno paisajístico o arquitectónico en el deporte que practicamos.

Según nos contaron en un taller, el ser humano se siente más cómodo haciendo ejercicio en espacios abiertos y naturales porque era en ese entorno donde lo realizábamos hace miles de años. En ese mismo taller nos aconsejaban ir a correr por la naturaleza antes que en una pista; ir en bici por montaña mejor que el citado spinning y en general, cualquier tipo de deporte al aire libre. Además de disfrutar de paisajes naturales y respirar aire fresco, la actividad sería más espontanea, con circuitos casuales y menos premeditados.

La misma comparación podríamos hacer con la natación, aunque nadar en un lago o en el mar presenta claras dificultades. El agua climatizada, transparente, sin olas y cerca de casa aunque no vivamos próximos al mar nos facilita mucho esta actividad. La piscina en la que yo nado tiene una estructura móvil y en verano paredes y techo desaparecen. La sensación es totalmente distinta.

Lo mismo sucede con las canchas. A menudo están en el interior de pabellones. Si tenemos suerte, estarán bien pensados y construidos. Otras veces se hallan en recintos con el perímetro cerrado pero sin cubierta, sin techo. ¿Has experimentado la diferencia? Y, por último, donde yo he visto disfrutar más: al aire libre. Los chicos -más aficionados al fútbol que nosotras- siempre descubren un campo de fútbol en los lugares más insospechados. También jugamos así en la playa, a voleibol o a cualquier deporte de pelota. Piensa en alguna ocasión que hayas jugado a algo en un parque o en la montaña… ¿a que disfrutaste mucho?

Aunque pensemos que el aire libre y la naturaleza son los espacios ideales para practicar deporte, no podemos negar las comodidades de los gimnasios, pabellones y polideportivos. Afortunadamente se están haciendo edificios hermosos con salas muy agradables. A menudo grandes cristaleras conectan con el exterior. Los interiores suelen estar muy conseguidos para realizar musculación, aerobic, deportes de contacto, etc. La próxima vez que vayas al gimnasio fíjate bien en cómo es la sala y la manera en que te influye ese espacio.

Así que ahora que somos deportistas, elijamos dónde ponerlo en práctica. Si podemos elegir, al aire libre. Y si no, pues a disfrutar del sitio en el que lo hagamos.

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Construir una casa y vivir una vida: mejor con un proyecto

Ésta es la analogía que usó Juan Planes en el seminario cuando habló de trazar una estrategia para vivir la vida deseada. Si vamos a construir una casa, lo ideal será hacer unos buenos planos, tener un proyecto para la futura vivienda. Si lo tenemos y lo cumplimos, llegaremos a la vivienda que queremos. Pues lo mismo sucede con nuestra vida. Si definimos unos objetivos, si sabemos lo que realmente queremos, podremos elaborar una estrategia, como si de un proyecto se tratara. Definiremos cómo conseguir lo que nos hemos propuesto. Y una vez que esté definida, actuaremos, pues poseemos las herramientas y los materiales necesarios. Paso a paso, un ladrillo sobre otro.

El seminario de desarrollo personal ha tenido lugar este fin de semana. Lo que ha explicado Juan y lo que hemos vivido en la Universidad Politécnica más de cuatrocientas personas ha sido tan completo e intenso que podría escribir decenas de entradas en Arquitectura y Emoción. He elegido ésta porque parecía estar hecha a medida para el blog. Y es que en esta nueva edición del seminario de Desata TU Potencial hemos vuelto a aprender, a entusiasmarnos, a motivarnos, a sentir y, cómo no,… a emocionarnos.

Hace dos años que soy socia de DTP. Si lo que sé de arquitectura lo he aprendido principalmente en la carrera y en el desarrollo de mi profesión, lo que sé de emociones lo he encontrado en Desata. Si bien he tenido ciertas inquietudes casi toda mi vida y, sin saberlo, estaba ávida de aprender y experimentar lo que se conoce como psicología positiva, ha sido aquí donde lo he encontrado.

DTP es un grupo de gente especialmente interesada en conocer cuál es la manera de ser felices. Por un lado lo ponen en práctica. Tienen una actitud positiva y gozan de vidas satisfactorias. Pero esto no es todo, van más allá: teorizan sobre ello. ¿De qué manera? Pues leyendo, observando, asistiendo a cursos, a talleres, explorando lo aprendido. Varios de mis compañeros son psicólogos. Su sola compañía nos forma y nos enriquece. Con ellos aprendemos conocimientos y aptitudes. Rafa y Emilio nos ayudan a sacar lo mejor de nosotros. Y lo hacen con tanta fuerza que el efecto no acaba ahí, pues nosotros somos capaces de ayudar a otras personas con el empujón que ellos nos dan.

Mis compañeros de la asociación son personas alegres, entusiastas. Viven casi todo el tiempo en estados emocionales positivos, estados emocionales que contagian y transmiten a quien hay a su alrededor. Por eso resulta tan gratificante su compañía. Son generosos y desinteresados. Además de practicar este altruismo como parte fundamental de sus vidas, participan en labores de voluntariado. Nos formamos y transmitimos a los adolescentes motivación, autoestima, asertividad, técnicas de alto rendimiento, etc. por medio de talleres que organiza la asociación.

Mis amigos de Desata son personas afectivas y cariñosas. Gracias a ellos he aprendido a sentir más (a veces, a pensar menos). Estas aptitudes no se pueden aprender leyendo un libro. Es necesario experimentarlas, estar acompañado de personas que las tengan interiorizadas en su vida. El primer paso es dejarse contagiar. Poco a poco llegaremos a la competencia inconsciente. Así es como se crece.

Dentro de Desata cada uno tiene una misión. Mi función se ha convertido en un motor muy fuerte, en una motivación que me hace vivir todavía con más ganas, con más ilusión.

Y habiendo llegado a este punto, yo seguiré relacionando todos los conceptos emocionales con aspectos de la arquitectura y del urbanismo. Y seguiré siendo feliz. Y seguiré pensando que la vida está llena de alegrías y de motivos que hacen que valga la pena. Y lo contaré en el blog. Y cuando vea el número de visitas sabré que hay más gente que piensa que podemos ser felices y que todo esto tiene un sentido. Gracias por acompañarme.

Rejas, muros y contraventanas II

La semana pasada estuvimos reflexionando sobre las barreras físicas y visuales. Dijimos que uno de los motivos de utilizarlas en nuestras viviendas era evitar la intrusión y el daño que puedan ocasionarnos si accedían al interior. Y lo mismo sucedía con nuestra persona: a menudo utilizamos obstáculos para que no entren dentro por temor a que nos hieran.

Nombramos una segunda razón para cerrar nuestras parcelas: una cuestión de intimidad. En los primeros cursos de arquitectura nos enseñan a resguardarla. Utilizamos todos los elementos posibles para proteger las plantas bajas de las vistas. Y luego, los propietarios, se afanan en colocar cortinas, estores, paneles y visillos para no ser vistos desde fuera. En Holanda las ventanas son enormes y nadie antepone ningún elemento entre el poco sol que tienen y el interior de sus hogares. Para un español resulta extraño pasear por la tarde por un barrio de Ámsterdam. Nadie baja persianas ni cierra contraventanas y la vida del interior se transparenta. Por supuesto, ellos son muy educados y no miran a sus vecinos. ¿Será una cuestión cultural? ¿Necesitamos encerrarnos porque vivimos en un país especialmente cotilla?

Lo mismo ocurre en nuestras parcelas. Uno de mis clientes acaba de construirse un muro de bloque de más de dos metros de alturaen el frente de su solar. Se ha excedido, incluso, de la normativa municipal, que le permite poner bloque hasta ochenta centímetros y un elemento ligero (valla metálica, celosía o elementos vegetales) hasta una altura de dos metros. El caso es que ellos querían tener un frente totalmente opaco. Éste no es un ejemplo aislado, conozco a varias personas que delimitaron sus parcelas con un elemento ligero y bajito. Meses después tuvieron que alzar otro alto y totalmente cerrado a las vistas. En muchas viviendas de Alemania definen el límite entre la parcela y la vía pública mediante un cambio de pavimento… ¡y es tan hermoso!

En conclusión, cerramos nuestras casas y nuestras parcelas para que nadie vea lo que pasa dentro. Resguardamos con mucho celo nuestra intimidad. Y lo mismo hacemos con nuestra persona. A menudo, mediante sonrisas, silencios y frases forzadas, escondemos nuestros estados de ánimo y nuestras emociones. Tememos que los otros lleguen a enterarse de lo que pasa dentro. Por una parte, por el peligro a ser heridos, como ya comentamos en la última entrada. Y por otra, por una razón de timidez, de pudor, de vergüenza a que se sepan nuestros sentimientos. Y los escondemos tan bien que ni nosotros mismos somos capaces de verlos muchas veces.

Por supuesto, esto no le sucede a todo el mundo ni a algunas personas siempre. Sí que creo que todos, en mayor o menor medida, lo hemos experimentado alguna vez. ¿Por qué? ¿Es malo que se sepa si estoy alegre o triste? ¿Si me acabo de enamorar, estoy decepcionado o me he entusiasmado con un nuevo proyecto? Los niños pequeños no se esconden. Gritan lo que les sucede y cómo se sienten. ¿Acaso no nos encontramos mejor cuando compartimos nuestra carga emocional? Contar un problema es deshacerse de una buena parte de él. Compartir una inquietud hace que ésta se haga más pequeña. Reconocer una emoción, plantarle cara, le quita intensidad de inmediato.

¿Probamos a hacerlo? En primer lugar, tomemos conciencia de nuestras emociones. Reconozcámoslas ante nosotros mismos. Eliminemos los muros entre ellas y nosotros. Incluso, con las feas. Si sospechamos que sentimos rabia, celos o envidia, vamos a ser conscientes de ello. Sí… de esta forma perderán fuerza, dejarán de ser una sombra oculta, las tendremos controladas porque nos atrevemos a mirarlas.

Y cuando lo hagamos, daremos otro paso: vamos a verbalizar nuestros sentimientos y emociones con otros. La experiencia me dice que el entusiasmo, la alegría y las emociones “buenas” se contagian. Por otra parte, la ira, el rencor, la envidia, la rabia, el miedo y todas sus primas, compartiéndolas, pierden fuerza, se debilitan.

Por tanto, valdrá la pena abrir cortinas, subir las persianas y dejar que se tranparente un poquito lo que tenemos dentro.

Rejas, muros y contraventanas

Muros, vallas, verjas, cancelas… Utilizamos estos elementos para definir el límite de nuestras viviendas y nuestras parcelas, para protegernos del exterior. ¿Nos hemos parado a pensar, alguna vez, por qué lo hacemos?

Seguramente surgirán dos argumentos bastante inmediatos: por una razón de seguridad (evitar la intrusión de personas ajenas) y por una cuestión de intimidad. En realidad las dos son la misma: para protegernos. Damos por hecho que lo de fuera es malo, peligroso. Levantamos muros, instalamos rejas en las ventanas, tapamos la chimenea y cerramos las puertas con siete llaves. No queremos que nos roben ni que nos vean. Y ya elegiremos nosotros a quién abrimos. Es más, una vez dentro, sabremos hasta dónde les dejaremos llegar.

A menudo hacemos lo mismo con nuestra propia persona. Algunos tienen ventanas muy grandes y desde fuera se puede ver todo el interior. Otras han construido altos muros, vallas y rejas. ¿Por qué? ¿Nacimos así? ¿Aprendimos de pequeños a cerrar las contraventanas al igual que lo hacían nuestros padres? ¿O es porque en alguna ocasión han accedido desde fuera y han causado daños en nuestro interior? Con frecuencia las heridas sufridas nos llevan a tener actitudes herméticas para evitar posibles males futuros. ¿Y esa actitud nos beneficia? ¿Acaso nos perjudica?

Cuando pasamos por una situación dolorosa se puede generar en nosotros un miedo a que se repita. Una conducta habitual para evitar que nos vuelvan a dañar es cerrarnos, proteger nuestro interior. Y yo pregunto, ¿somos capaces de superar esos miedos? ¿Podemos abrir las ventanas, de nuevo, para que entre el aire fresco y quitar las cortinas para que lleguen los rayos de sol hasta nuestro interior? Sí, claro que podemos. Según los psicólogos el ser humano posee la capacidad de recuperarse siempre. La llaman resiliencia.

Yo estudié la resiliencia en la asignatura de materiales de construcción. La psicología la ha tomado prestada para explicar cómo se pueden sobreponer las personas después de pasar por determinadas experiencias. Y si son capaces de hacerlo después de haber sufrido algún tipo de maltrato o abuso en la infancia o, incluso, después de haber pasado por un campo de concentración, nosotros también podremos cicatrizar heridas y abrir, de nuevo, los ventanales. De esta forma nos permitiremos observar los paisajes sin tamices. Si abrimos nuestras puertas será fácil que accedan al interior de nuestras parcelas ricas personas y buenas oportunidades.

Empezamos diciendo que los elementos que cerraban nuestras parcelas o casas y los que enclaustraban a nuestra persona tenían dos objetivos principales: evitar la intrusión y mantener la intimidad. La próxima semana reflexionaremos sobre el segundo. Por el momento revisaremos cómo son nuestras rejas, muros y contraventanas. Vamos a plantearnos abrirlas un poco más. Eso sí, corremos el riesgo de que entren buenas e interesantes personas dentro con cierta facilidad.