Archivos del mes: 27 septiembre 2013

Patios y verano

Mi patioHoy, por primera vez, he disfrutado del patio de mi casa. Para mí es la gran joya de esta villa y, desde el día 1 de julio que llegué, he estado esperando a que nos despidiera este bochornoso calor para salir a cenar, a tomar un té o a escribir.

Es curioso, el patio en de mi casa de Henarejos, en el que tan buenos momentos he pasado, sólo se puede utilizar en verano. Unos tres meses al año, porque la Serranía de Cuenca es fresca. Es más, según dice mi madre, sólo hay dos estaciones: verano e invierno. Aquí más bien tenemos infierno y verano. Y el segundo está comenzando ahora, a finales de septiembre. Aunque las temperaturas no bajan a menos de treinta grados por la noche, los últimos días sopla una suave brisa.

Y yo no puedo más que dar gracias por esta agradable sensación. Por estar en un lugar exterior sin hacer más que eso: estar. No exageraban quienes me avisaron de que este país era caluroso. Me parece mentira no escuchar el ruido del aire acondicionado. En casa, en la oficina, en el coche o en los centros comerciales. Esos eran los lugares permitidos. Y muchas veces hemos pasado frío. Bueno, yo no porque soy muy calurosa. Pero la mayoría de la gente suele llevar chaquetas en los lugares de ocio o de trabajo. Sí. Pasan frío porque el aire acondicionado suele estar exageradamente alto.

También te acostumbras a dormir con ese chorro de aire artificial. Imposible sería hacerlo de otro modo. Aunque los últimos días no lo he tenido conectado durante toda la noche. Algo que ahora me parece un placer. Sin el ruido y sin la sensación de estar dentro de una burbuja.

Pues bien, mientras tecleo estas palabras, la suave brisa que os he mencionado acaricia mi piel. Y no sólo eso, también juega con un carillón que tenemos colgado y lo hace sonar, le saca un armonioso tintineo. Si levanto la cabeza de mi pantalla, las plantas y flores del patio alivian mi melancolía por la naturaleza y si la elevo más, el minarete de la mezquita vecina se erige orgulloso recordándome dónde estoy.

Me resulta cómodo vestir con pantalón corto y camiseta de tirantes. Vivo en un país musulmán y esta indumentaria sólo la puedo llevar en casa. Y ahora, que el tiempo me lo permite, también fuera: en el patio.

Termina la estación y me doy cuenta de que estos meses han sido duros debido al clima, al encierro obligado, al aire acondicionado y a ese letargo en el que el bochorno nos ha sumido a muchos. Y ahora que comienza una nueva etapa vuelvo a nacer. A sentirme activa, con energía. Con ganas de seguir disfrutando de esta ciudad, de este país. Del verano que comienza para nosotros y que durará hasta el próximo infierno. Y me siento afortunada por vivir en una casa con patio. O con patios, el nuestro y el comunitario, con la piscina. Sólo me he bañado dos veces y fue muy desagradable. El agua estaba tan caliente que quemaba la piel.

Así que Qatar nos recompensa con unas suaves temperaturas el haber sobrevivido a las extremas. Playas, piscinas, patios y terrazas (como las del Souq Waqif) vuelven a estar ahí, para el disfrute de residentes y turistas.

¡Y yo no pienso perdérmelo!

Asientos

AsientosCuando construimos un edificio, éste apoya en el terreno a través de la cimentación. Dependiendo del tipo de suelo, ofrece un tipo de respuestas u otras. Por eso se lleva a cabo un estudio geotécnico previo y se diseña y calcula la cimentación de manera adecuada para que las cargas se transmitan al terreno de manera efectiva.

Aunque te aburran estas cuestiones técnicas, no te vayas, que luego hablaré sobre las cargas personales. Permíteme solo unas líneas más porque me hacen falta para lo que quiero contar.

Cada terreno ofrece una respuesta diferente a la construcción del edificio, pero a ninguno le pasa desapercibida. Ni siquiera, a los más rocosos y resistentes.

Los suelos arenosos asientan casi inmediatamente. Imagínate que tienes una palancana con arena y colocas un objeto pesado encima. En unos segundos nuestra arena se readaptará. Es posible que la superficie sobre la que hemos “construido” se hunda un poco y luego permanezca inmóvil.

Los suelos arcillosos funciona den manera diferente. En el momento de aplicar la carga casi no reaccionan, pero conforme transcurre el tiempo, sus partículas van deslizando entre sí y van asentándose. No quiero entrar en cuestiones físicas y químicas para no equivocarme y no aburrirte demasiado. Pero el resumen es que los terrenos arcillosos asientan lentamente. A veces lo hacen durante siglos.

¿Qué nos sucede a las personas cuando recibimos un impacto o una carga? Pues que también vamos asentando. En ese proceso de digerir, las partículas de nuestra alma se van recolocando para alcanzar un nuevo estado de equilibrio.

Hay cargas que asientan rápidamente, mediante una sacudida. Otras requieren mucho tiempo.

Pero no solo hay terrenos arenosos y arcillosos. Existen muchos tipos y nunca vamos a encontrarlos de manera pura, sino que suelen estar mezclados y se presentan de manera heterogénea.

Eso mismo nos sucede a nosotros. Según el momento de nuestra vida, nuestra historia, nuestras experiencias, etcétera, asentamos de una forma u otra ante las nuevas cargas.

Además de la composición del suelo, también influye su morfología. Las capas del terreno, la existencia de oclusiones de aire y la presencia de agua.

El agua subterránea repercute en el comportamiento del terreno. Y lo peligroso es que no se ven desde fuera y se requieren estudios específicos para detectarla.

En algunas ocasiones un ligero impacto produce un gran efecto sobre nuestras emociones. Y esto puede ser debido a una antigua corriente de agua subterránea sin identificar. Cuando algo pequeño nos afecta mucho quizá debamos preguntarnos si la razón está en la carga externa o en el estado de nuestro interior.

¿Cómo asientas tú el impacto de las nuevas cargas, de los nuevos edificios? ¿Te das cuenta de que cada cuestión te afecta de manera diferente y también de forma distinta que a otras personas?

En todo caso, vamos a permitirnos siempre un tiempo para asentar las novedades, los cambios y los impactos emocionales. Vamos a darnos permiso para ser arcillas y a tomarnos nuestro tiempo. Que las partículas de nuestro interior se resitúen y se recoloquen. Que se encuentren en una nueva posición de equilibrio. ¿Te parece?

“Mi” casa

Mi casa¿Te has parado a pensar qué significa “mi” cuando acompaña al sustantivo “casa”?

Tengo la sensación de que en España hemos creado y vivido una cultura donde se han valorado de manera desmedida las ventajas de tener una vivienda “de propiedad”.

Todos hemos escuchado que alquilar un piso equivalía a tirar el dinero. Yo he vivido en varias ocasiones en una casa rentada y al pagar lo acordado cada mes tenía la sensación de estar abonando un servicio que yo consumía. Tú me dejas vivir aquí y yo te compenso con una cantidad de dinero.

También he vivido en un piso cuyas escrituras decían que era yo la propietaria y he pagado tantos intereses por el préstamo que poco tienen que envidiarle al gasto de un alquiler.

Cuando leía o escuchaba a expertos en la materia, me daba cuenta de que insistían mucho en el concepto de la movilidad. Llevar a cabo una mudanza a otra ciudad o, incluso, a otro país, se convierte en una tarea muy sencilla si el hogar familiar está alquilado al “verdadero” propietario. Quizá no lo solíamos escuchar porque durante años los españoles tendíamos a permanecer durante toda una vida en el mismo lugar. Pero… ¡ay ahora! Que, de nuevo, tantos de nosotros estamos viviendo fuera de España y, esta vez, pagando una hipoteca allí mes tras mes.

Entonces, ¿qué casa es más “mía”, una vinculada a unos papeles en los que está anotado mi nombre y aparece la firma de un notario, o esta otra a la que llego cada tarde después de trabajar, donde me siento cómoda protegida del mundo? Aquí descanso, disfruto, desempeño actividades y voy impregnando cada día en sus muros parte de mi espíritu.

Cuando vuelva a España sacaré todos mis objetos personales de (¿mi?) piso y lo dejaré listo para alquilar. No lo hice antes de venir porque me suponía un esfuerzo emocional muy alto. Con el dinero que obtenga cada mes podré pagar la hipoteca o casi toda ella. Curioso, ¿verdad? Si esto sucediera durante cinco años, quizá fuera una forma de inversión donde, al final de la jugada, acabas con una propiedad. Pero el final, en este caso, será dentro de treinta años. Y lo más cómico de todo es que esta situación no es aislada. Se repite de manera bastante común entre muchos propietarios de su casa.

Los primeros meses en Qatar alquilé un coche. Después me compré uno. ¿Y cuál es la diferencia? A nivel emocional, ¡¡ninguna!! Y ambos cumplían con su cometido de transportarme de un lugar a otro de la ciudad. Si nos sentamos a estudiarlo, una propuesta será más ventajosa económicamente que la otra. Pero el “mío” no cambia nada en mi relación con el coche. Lo mismo sucede con los muebles de mi habitación y la cama donde descanso. Los de mi otro piso estaban incluidos en el alquiler. Los de mi actual casa los he comprado yo. Duermo igual de bien cada noche.

Mi conclusión es que la diferencia es puramente económica. Y si alguien se encuentra emocionalmente mejor en una casa “de propiedad” que en una que no lo es, se debe a una cuestión puramente psicológica. ¿Tú qué opinas?

Entre dunas

Sea LineHoy quiero hablar de espacios, de espacios desiertos de malas sensaciones. De lugares que te transmiten “buen rollo”. Sitios en los que estar en paz contigo mismo y con el mundo resulta más que fácil. Cuando te encuentras en ellos sientes tu alma limpia y tu espíritu en paz.

Empieza a pensar, porque has disfrutado de lugares así. Y, si te apetece, podremos volver a ellos con la imaginación. Como cuando guiaba visualizaciones en algunos de los talleres que impartíamos. Con los ojos cerrados volvíamos a ese lugar. Evocábamos las imágenes, los aromas, sonidos y todas las sensaciones que nos producían. Como aquel día en la prisión, cuando un chico me dijo “he tenido la misma sensación que si hubiera estado en la playa, la misma”.

Pero primero vamos a ver cuáles son esos espacios. Yo he llegado a una conclusión: ya sé cuál es el mejor Arquitecto (con mayúscula), Ingeniero y Diseñador. Es Dios. O el Universo, o la Naturaleza. Como quiera que lo llamemos. Nunca jamás una persona o un equipo será capaz de crear algo ni remotamente parecido a lo que encontramos en la naturaleza. No voy a entrar en la perfección del ser humano y de todos los seres vivos porque el tema se extendería. Hoy quiero hablar de espacios. Espacios naturales.

He contado en muchas ocasiones que echo de menos enormemente el monte, el campo, los árboles… ¡el verde! Pero esta tierra, que me está enseñando a valorar los paisajes de la mía, tiene algo con lo que compensarnos: el desierto.

Por fin estuve entre las dunas. Las disfruté con la inmejorable compañía de mis padres y mi hermano. La excursión duró un día y una noche. Comenzó con la aventura en 4×4 a través de un paisaje idílico, zigzagueando y negociando con mi madre, que trataba de pedirle al conductor que evitara las pendientes más pronunciadas.

Allá donde te alcanzaba la vista podías ver montículos de arena de un color amarillo cálido. Suaves. Y el azul imponente del cielo. La guinda la ponía el océano, con una lengua de agua que se introduce en el desierto. Es el Sea Line.

Acabadas las emociones fuertes nos llevaron al campamento, donde disfrutamos de las actividades propuestas, del propio desierto y de nosotros mismos. Creo que hacía años que no habíamos estado los cuatro juntos de esa manera, sin ningún tipo de interferencias, sin televisión de fondo, sin nada más que el estar.

Era mi segunda vez en el desierto. La primera fue en Marruecos, hace cinco años. Y la experiencia volvió a ser maravillosa: desconexión. Olvidé el resto del mundo. Me olvidé hasta de mi misma y disfruté del lugar, de la sensación de paz y de quietud que me proporcionaba. Cuando estás allí nada puede ir mal. El alma está tranquila, arropada por el paisaje.

A lo largo de mi vida he percibido algo parecido solo en espacios naturales. En el campo, en la montaña. ¡En la Naturaleza! ¿Dónde te has sentido tú así? ¿Qué lugares te han embriagado por el simple hecho de estar allí? ¿Dónde has notado que tu espíritu se encontraba en paz?

Propongo que nos congratulemos por tener esta experiencia en la mochila. Y si este fin de semana no podemos repetirla, sentémonos en un lugar cómodo durante diez minutos. Vamos a cerrar los ojos y a recordar y revivir cada detalle. ¡Será como un dulce para nuestra alma!