Archivos del mes: 30 enero 2014

Love Story

PaisajeOnce upon a time, many years ago, a courteous gentleman lived in a faraway kingdom. He was a young man with a noble heart. One day our knight was walking in the forest. Suddenly he saw a clearing among the trees. It caught his attention. He stopped, sat there and a deep sense of peace pervaded his soul. Something special had that site that made him feel in harmony. The air was cool. The sun caressing his skin and from there he could hear the sound of a creek passing not far away. The colors of the vegetation fed his spirit. And he knew that over there he felt good. Or rather, he felt it.

He called me a few days later. He wanted to build a house, but to do it without a project. In that place it was not allowed to build, because the proprietor was the monarch and that meant what we now call undeveloped land.

There were good architects in the region. Many of them were better than me. Also, there were engineers and interior designers. But he chose me. I suspect he was not looking me because of my expertise as a technical or my ability with the design. He wanted someone to accompany him in the difficult moments, a helping hand. He wanted a person able of putting some band aids on his soul if necessary.

Do you want a house without a project? I thought our guy was crazy. We cannot do that, and I explained and I argued with endless reasons. In fact he said “we’re going to build the foundation. Forget about the house”.

Slightly incredulous, I designed a structural base. It was a flexible one because we did not know how the space would be later. We didn’t even know if there would be a later one. We could not build on that site, any time they could force him to leave a place in the forest that was not his. But by then he was already completely in love.

He built the foundation with his own hands. Enjoying every moment he spent there. He was lucky and was not forced to stop to build, so he called me to design and calculate the structure. At that time I had already understood him and I didn’t think to change his mind. Once we had built the structure, he got from the life a new chance with the place that he was in love with.

Then we created the façades and partitions. His family and friends tried to dissuade him. Why do you spend money, energy and time in a house that has no future? That land is not yours and one day you will be forced you to leave it. They didn’t see the shine in his eyes every single day he was passing. That time was not an investment but a way of life, a way to be happy in the present.

His parents had a plot and tried to change his mind. If you build here, my son, in the future, at the end, you will have a house.

Our gentleman was so young and did not think about any “the end.” He felt so happy so he went ahead. But he did it without any project. He just built a new stage every time he had the chance.

Not many people perceived the brightness of his soul in every brick standing. He didn’t take the motivation from the dream, from the image of a finished place. The idea that one day he could be forced to leave the place did not make him stop.

I don’t know what happened to him. I left to another kingdom before the end of his house. I said him goodbye with a hug, praying to God that a miracle happened and could buy that piece of land or to make some kind of concession from the king. Nevertheless he was happy. He lived every moment, without thinking about the future. He enjoyed the present, each moment lived in this magical place was a gift.

What do you use to do? Do you live the moment? Do you think about the future? Do you feel a good balance in your life between the enjoyment from the present and the way to your future projects?

I hope the gentleman finished well his story. Inshalla!

Cuento de amor

PaisajeÉrase una vez, hace muchos años y en un reino muy lejano, vivía un cortés caballero. Era un hombre joven, con un corazón noble.

Caminaba un día nuestro caballero por el bosque cuando, de pronto, un claro entre la arboleda le llamó la atención. Se detuvo, se sentó en ese lugar y una profunda sensación de paz impregnó su alma. Algo especial tenía ese sitio que le hacía sentirse en armonía. El aire era fresco. El sol acariciaba su piel y desde allí podía escuchar el sonido de un riachuelo que transcurría no lejos del lugar. Los colores de la vegetación alimentaban su espíritu. Y sabía que se sentía bien. O mejor, lo sentía.

Me llamó unos días después. Quería erigir una casa, pero lo haría sin proyecto. En aquel lugar no estaba permitido construir, pues la propiedad era del monarca y equivalía a lo que ahora llamaríamos suelo no urbanizable.

Había buenos arquitectos en la comarca. Muchos de ellos, mejores que yo. Ingenieros, interioristas y diseñadores. Y me eligió a mí. Sospecho que no estaba buscando mi pericia como técnico ni mi habilidad con el diseño. Quería a alguien que lo acompañara en los momentos de dificultado, una mano amiga. Una persona capaz de poner tiritas en su alma en caso de que fuera necesario.

¿Una casa sin proyecto? Yo creía que nuestro hombre estaba loco. No podemos hacer eso, le expliqué y se lo argumenté con infinitas razones. En realidad –dijo- vamos a construir los cimientos. Olvídate de la casa.

Un poco incrédula, lo asesoré para tener una base estructural. La hicimos flexible porque no sabíamos cómo se configuraría el espacio después. Si es que lo hacía, porque ni siquiera conocíamos si habría un después. No se podía construir en ese sitio y en cualquier momento podrían obligarle a abandonar un lugar del bosque que no le pertenecía. Pero a esas alturas él… ya estaba completamente enamorado.

Construyó los cimientos con sus propias manos. Disfrutando cada momento que pasaba en ese lugar. Tuvo suerte y no lo detuvieron por edificar, así que me llamó para diseñar y calcular la estructura. En aquel entonces yo ya lo había entendido y no pensé en hacerle cambiar de opinión. Construyó la estructura y la vida le regaló una nueva etapa con el sitio del que se había enamorado.

Luego llegaron los cerramientos y la compartimentación. Fue entonces cuando su familia y sus amigos intentaron hacerle desistir. ¿Por qué gastas tu dinero, energía y tiempo en una casa que no tiene futuro? Ese terreno no es tuyo y te obligarán a abandonarlo. No veían el brillo de sus ojos cada uno de los días que él allí pasaba. Ese tiempo no era una inversión sino una forma de vida, una manera de ser feliz en el presente.

Sus padres tenían una parcela y trataron de hacerle cambiar de idea. Si construyes aquí, hijo, en el futuro al final tendrás una casa.

Nuestro caballero era joven y no pensaba en ese “al final”. Tan feliz le hacía sentirse ese lugar que siguió adelante. Sin pensar en el proyecto. Simplemente, construyendo una nueva parte cada vez que tenía la ocasión.

Éramos pocos los que lo entendíamos, los que percibíamos el esplendor de su alma en cada ladrillo que colocaba. No le impulsaba la motivación de concluirlo ni el sueño de la casa terminada. La idea de que un día podrían obligarlo a abandonar el lugar no le hacía desistir.

No sé qué sucedió con él. Yo partí a otro reino antes de que terminara su vivienda. Me despedí con un abrazo, rezándole a Dios para que se produjera un milagro y pudiera comprar ese pedazo de tierra o que le hicieran algún tipo de concesión. Aunque él era feliz. Vivía cada instante, sin pensar en el futuro. Disfrutaba en el presente, cada momento vivido en aquel lugar mágico era un regalo.

¿Y tú qué haces? ¿Vives el presente? ¿Piensas en el futuro? ¿Tienes un buen equilibrio entre el disfrute del ahora y el camino hacia tus proyectos del mañana?

Espero que aquel caballero acabara bien su historia. ¡Inshalla!

Visitando la trastienda

TrastiendaEl escenario está listo, podemos disfrutar de la obra sin preocuparnos de qué hay detrás. Somos los invitados y todo debe parecer natural, sencillo, fácil. Si lo hacen bien nos olvidaremos, incluso, de que ha habido una preparación previa, que existe un mundo detrás del decorado.

Salimos a cenar a un restaurante o al bar de nuestro barrio y nos sirven el primer plato. Lo disfrutamos sin pensar en la cocina, en la preparación requerida, en el making of o el así se hizo.

Desde niña me han fascinado las trastiendas, lo que hay detrás, los secretos que no se nos muestran. Suelen ser espacios sinceros, íntimos. Las visitan no entran, así que no hay que vestirlas de gala. Las mejores prendas se reservan para el lugar público, donde acceden los clientes, los usuarios. Todavía recuerdo la primera vez que entré en una, la de mi tío. En aquel entonces era el novio de mi tía, tenía una tienda de ropa y el local disponía de una planta superior que estaba llena de cortinas y ropa desordenada. Yo tendría unos siete años y me sentí privilegiada por entrar en un espacio tan secreto y reservado. Aún puedo recordar su olor.

¿Y qué trastiendas estoy descubriendo las últimas semanas? Las de los hoteles de cinco estrellas. Cuando llego, el lujo y los fastos me absorben. La decoración, los empleados y toda la puesta en escena consiguen que te sientas dentro de una película. Y de hecho, creo que es una película. Escenarios impolutos, brillantes, suntuosos, llenos de actores que tienen como misión que te sientas el protagonista.

En recepción o en conserjería anuncio que tengo cita con el ingeniero jefe y a partir de ahí pueden suceder dos situaciones. La primera, que nos quedemos en recepción, me inviten a café o té y charlemos. Éste es el caso habitual cuando el ingeniero es árabe. Hacen gala de su hospitalidad también en el mundo de los negocios y se crea un ambiente amistoso que no se limita a la presentación de mis mármoles tallados a mano y mis piedras preciosas para interiores. La segunda casuística es que me conduzcan al despacho, al departamento de ingeniería. Y ahí cruzo una puerta que separa el solemne escenario de la trastienda. Se acaban los brillos, los excesos y suelo recorrer un laberinto de pasillos y ascensores difícil de recordar.Me cruzo con cocineros, limpiadores, secretarias y todo el personal del hotel. Tomo conciencia de que todo eso es necesario para la puesta en escena, para que disfrute el protagonista. Con el contraste, los pasillos me parecen pequeños, la decoración es pobre y los despachos, destartalados y modestos. Después de un rato, saludo, presentación e intercambio de tarjetas de visita, mi retina se adapta al nuevo ambiente y me doy cuenta de que es una oficina corriente. Me había parecido tan austera porque venía de recepción, porque me acababan de aparcar el coche y me llamaban señora. Contraste.

¿Trabajas o has trabajado en la cocina de un restaurante, en un negocio con trastienda, en la parte oculta de un teatro o de un desfile de moda? ¿Cómo lo has vivido? ¿Te das cuenta de que la escena principal no podría existir de no ser por esta otra zona de servicios, de almacén, de retoques?

¿Qué te gusta más, la parte pública, bien maquillada, con cada elemento en su lugar o la privada, más sincera y
reservada a los actores del negocio?

Espacios públicos. Para señoras y para caballeros

Imagen señoras y caballerosDesde que llegué a Doha he podido observar las diferencias que tiene la cultura árabe con respecto a la mía. Como proyectista, teniendo en cuenta diferentes pautas, o como usuaria de los espacios y miembro de esta sociedad.
Al principio parece que el mundo árabe sea algo homogéneo, pero poco a poco te vas dando cuenta de la gran diferencia de costumbres que existe entre una región y otra. Entre un país y otro, siendo todos ellos musulmanes y con una población mayoritaria de árabes.

Explicaré en otra entrada la diferencia entre árabes y musulmanes. Hoy voy a hablar de espacios diferentes para señoras y para caballeros. El ámbito público es el que mejor conozco por mi experiencia en mi antiguo despacho y como usuaria de distintos espacios. En los edificios administrativos, así como en los equipamientos, como centros médicos, suelen existir salas de espera separadas por sexos. Las circulaciones (pasillos, escaleras, accesos, etcétera) están resueltas de manera que se proteja la intimidad y privacidad de la mujer. Así por ejemplo en las peluquerías de señoras no puede entrar un hombre, sin embargo un día acompañé a mi amigo Luis a cortarse el pelo. Y ya que conocía el sitio, llevé a mi hermano y a mi padre a que se hicieran la barba y el pelo respectivamente. Aquí es muy habitual arreglarse la barba en estos salones de belleza para caballeros.

Siguiendo con las salas de espera por separado, un día tenía que gestionar un documento en la oficina de inmigración. El edificio es grande y estaba lleno de gente (cabe recordar que el ochenta por ciento de habitantes de Qatar venimos de fuera). Número en mano y dispuesta a esperar a que llegara mi turno, lo hice en una pequeña sala para ladies. Gracias, pensé. En la general había más de cien personas. Todos hombres. También cabe recordar que el porcentaje de la población masculina es aproximadamente el setenta y tres por ciento. De las pocas mujeres que somos, a la mayoría les tramitan sus documentos un varón de la familia o su oficina. Y de las pocas que quedamos, aun somos menos las que paseamos por la ciudad sin un hijab que cubra nuestro cabello. Total, que ese día agradecí la sala de espera para señoras.

También lo hice en tráfico, cuando vendí mi coche. En esta ocasión, porque el comprador padecía de incontinencia verbal y no paró de hablar en todo el tiempo. Tanto el día que vino a verlo como cuando tramitamos la compra-venta. Yo estaba sentada a su lado cuando un vigilante de seguridad me pidió amablemente que me cambiara de sala. Y allí me fui, a disfrutar del nuevo silencio.

Lo de sentarnos y que alguien del personal nos indique que nos cambiemos de sala es bastante frecuente entre las occidentales. Sobre todo al principio, aunque haya carteles que lo indican.

Según me han contado mis amigos, esta costumbre de separar las salas de espera está muy presente en los países del Golfo, pero no lo es tanto en los del Norte de África. De hecho, en los espacios públicos como el Souq Waqif o los centros comerciales es habitual ver a los qataríes en grupos de hombres o de mujeres. La vida conyugal la guardan para casa. Sí se ven parejas de árabes de otros países. Parejas y grupos de amigos mezclados. Creo que nunca he visto en un restaurante a un grupo de amigos qataríes mixto.

Yo he llegado a la conclusión de que esta costumbre de separar es cultural y tradicional y no responde a la religión. Quiero cerciorarme bien, pero creo que el Corán no dice en ningún sitio que las relaciones sociales deban establecerse por separado.

Sobre la cuestión de juntarse o separarse en los espacios privados y dentro de las casas, hablaremos en otra entrada, aunque las costumbres siguen un esquema similar al de los edificios públicos.

Ciudad sin nada, ciudad con todo

IMG-20130820-WA0000El pasado vienes quedé con mis amigos. Ahora es mi único día libre y trato de exprimirlo. Tiempo para mí y tiempo para compartir con mi gente (de aquí). Quedamos sobre las cinco y disfrutamos de una rica cena todos juntos. Yo estaba fluyendo, disfrutando del momento, cuando de repente me di cuenta de la situación. Estábamos al aire libre, en la terraza del edificio, a principios de enero. Esto compensa la insolencia del verano en este país. Pero lo mejor de todo es que estaba dentro del grupo. Disfrutando de la compañía. Siendo parte del todo. Y me recordé a mí misma un año antes, recién llegada a este país que me resultaba extraño. Asustada ante tanta novedad y marcando distancias para resguardarme.

Vivimos en una ciudad pequeña y Doha tiene pocas oportunidades de ocio. Escasa oferta lúdica, cultural o deportiva. La principal actividad es salir a comer o salir a cenar. Y casi siempre es en centros comerciales. Centros comerciales de los que, por cierto, ya estoy saturada. A veces me encuentro con gente quejicosa que se lamenta por la falta de “cosas para hacer”. Te dicen que a este país se viene a trabajar y que la vida transcurre en la oficina o durmiendo. Me sorprende especialmente cuando es un árabe quien me cuenta esto. Se supone que para ellos este contexto es muy similar al que tenían en casa. Misma religión, mismo idioma y una atmósfera similar. Sin embargo yo he necesitado adaptarme a este nuevo escenario. Comparándome con ellos, juego fuera de casa.

De un tiempo a esta parte he dejado de necesitar esa oferta lúdica que sí tenía en Valencia. O ésa mucho mayor a la que podía optar simplemente viajando a Madrid o visitando a mis amigas en Londres comprando un billete de avión baratito. Siendo objetivos, sé que no tenemos todas las posibilidades de las que disfruta mi amiga Carmina viviendo en Dubai.

Sin embargo, no me aburro. Tengo una vida social satisfactoria. Disfruto de la ciudad y de mi tiempo libre. Y esto es gracias a las personas que me rodean. Al cariño y los lazos que se han creado en poco más de un año. El amor que nos une es mucho más fuerte que las diferencias culturales, religiosas o idiomáticas.

Y entonces me di cuenta de que vivía en una ciudad que no tenía nada y que lo tenía todo. He calibrado los ritmos del país y he sido afortunada por encontrar a estas personas. No es la primera vez que vivo en que un espacio sin oferta de actividades y en el que, sin embargo, no necesito nada más. Mi año Erasmus, en Francia, vivíamos en el Campus, a varios kilómetros de la ciudad. Tan solo había pinos, Facultada de Bellas Artes, más pinos, Escuela de Arquitectura y los edificios donde dormíamos. Ni siquiera nos dejaban hacer fiestas. Pero nos teníamos los unos a los otros. Diferentes, venidos cada uno de un lugar de Europa. Y ese año lo tuvimos todo.

Dime, ¿qué oferta cultural, deportiva, gastronómica, etcétera, puedes encontrar en el lugar en el que resides? ¿La aprovechas? ¿Cómo vives la ciudad? ¿Sales fuera cada día o, por el contrario, tienes una vida más íntima? ¿Te alimenta tu círculo social y familiar? ¿Y tú a ellos?

No sé qué me pasa últimamente pero ando un poco empalagosa. Desde que estuve en Valencia me sorprendo a menudo hablando de amor, de afecto y de amistad. Amigo lector, gracias por haber llegado hasta el final, aun con un extra de azúcar entre las líneas.