Archivos del mes: 28 octubre 2012

Espacios de día. Espacios de noche

Cuando estudiaba primero de carrera había un ejercicio en el que teníamos que analizar viviendas emblemáticas. Uno de los puntos de estudio era la zonificación y sombreábamos con distintos colores las zonas de día y las de noche en los planos. Había, además, un tercer espacio que eran las zonas de servicio y correspondían, principalmente, a baños y cocinas.

Parece una cuestión obvia pero había que estudiarla. Y cuando proyectamos la tenemos bien presente. Una zona es pública y la otra privada. Por lo general se independizan. A los espacios públicos puede acceder gente que no vive en la casa, son zonas abiertas y se ven expuestas con frecuencia. A los privados solo llegan los usuarios y, puntualmente, alguna persona muy cercana.

¿Cómo se relacionan, en una vivienda, estas dos áreas? Suele haber puertas, distribuidores y pasillos que separan y delimitan de una forma clara cada espacio. Hace poco tuve que trabajar mucho una distribución para no tener un dormitorio al que se accedía directamente desde el salón-comedor. Era la distribución que me había pedido mi clienta y amiga pero finalmente conseguí encajarla de manera que se independizaron y aceptó la solución. Como ella dijo: “Así estarán separadas las zonas frías y las zonas calientes”. Me gustaron los adjetivos que usó para definirlas.

Este fin de semana lo he pasado en una casa rural, rodeada de amigos. He compartido actividades con catorce personas estupendas y voy a recordar este viaje durante mucho tiempo. Al repartir las habitaciones yo elegí la opción de dormir en el salón, en uno de los sofás. Me apetecía descansar en un espacio caliente, como habría dicho mi amiga. Quizá haya sido porque vivo sola y me apetecía empaparme de la compañía.

El caso es que cuando vivía con mis compañeras de piso solía dejar la puerta de mi cuarto entreabierta por las noches. Luego, cuando me mudé con mi hermano hacía lo mismo. Quizá sea un anclaje que traigo desde la infancia. Dejar la puerta abierta implica que si necesito llamar a mi madre en mitad de la noche, ella me oirá. O quizá no tenga nada que ver con esto. ¿Cierras la puerta de tu habitación por las noches? ¿Te molesta que se quede abierta? ¿Necesitas aislarte de las personas que viven en la misma casa cuando duermes?

En el piso donde vivo la única separación entre mi dormitorio y la zona de día es una estantería que no llega hasta el techo. Y el paso es un hueco entre el final de esa estantería y la pared. No tiene puerta. No sé muy bien por qué tengo esta atracción por la fusión de las estancias. Quizá porque mis profesores de proyectos me enseñaron a crear espacios fluidos, a diferenciar zonas sin necesidad de tabiques. O tal vez no exista una razón. ¿Cómo están separadas, en tu casa, las zonas de día y las de noche? ¿Hay muchas puertas, largos pasillos, distribuidores? ¿Hay una zona en cada planta? ¿Te gusta como lo tienes?

El sábado, cuando terminamos las actividades me metí en mi saco de dormir y mis anugis se dispusieron a salir del comedor. Les pedí que se quedaran y me dormí mejor. Muy cómoda. Muy a gusto. Lo malo es que mi compañero, que dormía en el sofá de al lado, no dijo nada y él sí necesitaba soledad, silencio y ausencia de luz para conciliar el sueño. ¿Cómo prefieres dormirte, en soledad, como yo o sintiendo un suave bullicio de personas cercanas? Y por último, seguro que en alguna ocasión has dormido en una zona de día. ¿Cómo te has sentido? ¿Has notado falta de privacidad? ¿Percibías alguna sensación en ese espacio? ¿Descansaste?

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Con el alma en obras

¿Has tenido alguna vez tu casa en obras? ¿Y tu lugar de trabajo: la oficina, la tienda o quizá el restaurante? Pues sabrás todas las molestias que conlleva y cómo una intervención en un punto afecta a todo el conjunto.

Para empezar, se genera una suciedad que alcanza todas las superficies. Aquéllas a las que afecta la obra directamente y a las que no, donde llega el polvo de una u otra manera. Además, las entradas y salidas del material, la herramienta y los operarios hasta llegar al lugar de las obras va dejando un rastro de arena, pisadas y probablemente algún golpe en la pared, el pavimento o los muebles.

¿Lo has experimentado alguna vez? Y otra pregunta, ¿en alguna ocasión has tenido obras en el alma? Seguro que sí. Todos hemos vivido alguna reforma profunda. Empezar o terminar una relación son situaciones que modifican el estado actual de nuestra alma. Cambiar de vivienda, tener un hijo, mudarse a otra ciudad o comenzar en un nuevo trabajo son reformas de cierta envergadura en nuestra vida. Son momentos de cambio y, queramos o no, nuestro subconsciente y nuestra voluntad trabajan para normalizar la nueva etapa que comienza.

Y de la misma manera que sucedía en nuestro hogar, la reforma conlleva unas ciertas incomodidades en las otras áreas de nuestra vida. Por mucho que intentemos preservar las habitaciones donde no hay reformas, llega el polvo de las obras. Así, si terminamos una relación, durante un tiempo no tendremos toda la energía ni la capacidad de concentración para dedicarle a nuestro trabajo. Y el humor con el que nos dirijamos a nuestros amigos y familia probablemente tenga salpicaduras de cemento.

Si nos trasladamos a otra ciudad y además, esta mudanza implica un cambio de vivienda y, en muchas ocasiones, de puesto de trabajo, necesitaremos un tiempo para organizar la partida. Hay que cerrar una etapa. Pensar en lo que llevaremos con nosotros, dejar nuestra casa, despedirnos de nuestros seres queridos… Y esto implica mucha energía. Energía que no tendremos disponible para nuestras actividades diarias. Es normal que no tengamos la misma dedicación a nuestras ocupaciones habituales. Claro, estamos de reformas. Y mientras pensamos en el color de los nuevos azulejos, pues no podemos dedicarnos a tener impolutos los dormitorios.

Y estas obras no solo nos afectan a nosotros, sino que van mucho más allá. ¿Has vivido los ruidos de una reforma vecina? Pues también te afectarán, de alguna manera, los cambios en una persona cercana. En estas situaciones, seamos comprensivos. Démosle tiempo a esa persona que queremos, que está pasando por un momento de cambios y que no puede dedicarnos toda la energía que le gustaría. Seguro que cuando acabe esas reformas vuelve a ser quien era. Más crecido/a, seguro. Y también nos beneficiaremos de la amistad y el amor de una persona más madura y experimentada.

Entonces, ¿estás de acuerdo en que nuestra alma pasa por momentos de cambio, de reforma? Y es normal que dediquemos una gran parte de nuestra energía a las variaciones que están teniendo lugar. Y si alguien de nuestro entorno pasa por ahí, aceptémoslo y démosle tiempo. Es más, podemos acompañarlo/a emocionalmente de una forma tan discreta que casi ni se de cuenta.

Decir no a tiempo

Como ya he explicado otras veces, las reuniones con el cliente son una de las etapas más bonitas de la elaboración de un proyecto. Disfruto tanto que no soy consciente de que estoy trabajando.

Cuando realizaba mis primeros proyectos cometía un error con frecuencia. Si un cliente me pedía algo para su proyecto yo decía siempre que sí. En unas ocasiones lo lograba. En otras… ¡no! El caso es que soy arquitecta y puedo encontrar soluciones para muchas cuestiones pero no siempre se puede llevar a cabo el deseo del cliente. Las parcelas tienen una forma, un tamaño, una orientación y una serie de condicionantes. La normativa ha de cumplirse y las casas tienen que permanecer en pie. Decir que sí a todo es pretender hacer milagros.

Con el tiempo he aprendido a decir “no, eso no se puede por…”, a responder “sí, se puede a cambio de modificar…”. Y muy a menudo contesto “lo voy a estudiar”, “lo voy a trabajar pero no estoy segura” o “voy a intentar dibujarlo, es posible pero no os aseguro nada”.

En paralelo he aprendido a rechazar muchas propuestas y una gran cantidad de actividades en mi vida personal. Es duro. Resulta difícil pero es una actitud responsable.

Cuando te comprometes con muchas personas y cargas tu agenda en exceso puedes encontrarte con situaciones delicadas. Y el resultado suele ser fallar a alguien, no estar al cien por cien en cada actividad o acabar dando uno de sí más de lo que puede.

Fallar a alguien es decir que estarás a su lado en un momento determinado y el día de antes llamar para excusar tu asistencia. Si lo hubieras explicado un mes antes, cuando te lo propusieron, no estarías fallando. Decir no en su momento habría resultado honesto y responsable.

No estar en lo que se está. Asistir a todo y participar en demasiados proyectos me ha hecho no estar del todo en ninguno. De tal manera que no he dado lo mejor de mí y, además, no he disfrutado cado uno de ellos.

Dar de uno mismo más de lo que se puede: si lo has experimentado sabrás de lo que hablo. Te exprimes a ti mismo/a. Y si lo haces de forma prolongada en el tiempo resulta muy poco saludable.

Cuando un cliente me pregunta “¿podemos desplazar este patio?” o un amigo me llama y me propone organizar una nueva actividad estoy tentada a decir sí. Siento el deseo de que todo el mundo pueda hacer lo que quiere. Y no porque no me atreva a decir que no, que podría hacerlo, sino porque quiero que todos los anhelos se llevaran a cabo.

Pues bien, antes de contestar, respiro hondo, me recuerdo a mí misma que es mejor una respuesta responsable y respondo “lo voy a estudiar”. Si lo tengo muy claro digo que no. Directamente, no. Aunque me duela.

¿Qué haces tú en estas situaciones? Cuando en el trabajo te solicitan un informe para el día siguiente y no es viable. ¿Dices que no? ¿Y cuando un amigo te propone un plan? Me gustaría saber si ese deseo de complacer a todos es habitual y todo el mundo lo siente o si es solo una tendencia de las personas con actitudes pasivas o sumisas. ¿Te duele decir que no? ¿Sufres por “perderte” acontecimientos? ¿Cómo gestionas decir que no a todo lo que te apetece pero que por falta de tiempo u otras cuestiones debes rechazar?

Heridas

Si nos ponemos a pensar, todas las casas sufren heridas. De mayor o menor entidad. Se puede romper un azulejo, descolgar una puerta, estropear un grifo o cualquier otro desperfecto. Incluso, puede haber incidentes mayores. ¿Los arreglamos de inmediato o no? A veces pasamos años conviviendo con un elemento deteriorado. ¿Te ha pasado alguna vez? Otras veces es imprescindible realizar una reparación.

Las heridas de nuestra casa son fáciles de localizar. Y el proceso a seguir para su reparación suele estar bastante claro. Seremos capaces o no de llevarlo a cabo nosotros mismos. Quizá necesitemos contratar a un profesional para que nos rescate. O puede que baste con comprar un mueble o un electrodoméstico nuevo. Cuando vivía con mis padres nunca se llamaba a un fontanero ni a un electricista. Mi padre lo arreglaba todo. Hasta cuando se estropeaba la tele.

El caso es que cuando algo no funciona lo vemos y procedemos –o no- a solventar el desperfecto. Lo que no tengo tan claro es si hacemos lo mismo con las heridas de nuestra alma. Me he dado cuenta de que todos arrastramos, en mayor o menor medida, daños emocionales. ¿Lo reconocemos? Pues creo que no siempre. ¿Trabajamos para resolverlas? Me parece a mí que pocas veces.

¿Te atreves a hacer un balance rápido? ¿Albergas heridas? ¿O más bien, tienes cicatrices de antiguas lesiones, ya curadas?

Durante una época de mi vida me explicaron, leí o escuché métodos para trabajar dificultades. Yo misma los puse en práctica y me enfrenté a antiguos fantasmas. Me atreví a mirar debajo de la cama o dentro del armario, y allí estaban, mis pesadillas. Reuniendo valor y atreviéndome a mirarles a la cara descubrí que no eran tan grandes como yo creía. O quizá que yo había crecido sin darme cuenta y esos monstruitos ya no tenían tanta fuerza. No la tenían en el momento en que les planté cara porque cuando me tapaba hasta arriba y tenía la luz apagada, los imaginaba enormes.

El caso es que trabajé y superé antiguas heridas. O quizá más que superarlas, las integré a mi vida y las acepté. De ese modo empezaron a cicatrizar.

Y aquí vino lo que yo llamo mi error. Me sentía tan pletórica con estos métodos, la mayoría aprendidos en pnl, que quería que todo el mundo se curase. Y cada vez que estaba con un miembro de mi familia o con algunos de mis amigos, pretendía que utilizaran las herramientas que yo les brindaba y que todos trabajaran sus dificultades. Y me frustraba viendo que no lo hacían. Sus males tenían cura, yo se la enseñaba ¡y ellos no me hacían ni caso! Me resultaba exasperante.

Con el tiempo lo he comprendido. Cada uno elige cuándo enfrentarse a sus heridas. En caso de hacerlo. Porque una decisión puede ser mantenerlas ahí. Al igual que yo viví durante más de un año con una bombilla fundida y otra nueva en un cajón, sin saber cómo se cambiaba. Me acostumbré a no tener luz en el espejo del baño y así estuve. Feliz y tranquila. Un punto de luz en el techo me bastaba, incluso, para maquillarme. Un día vino mi amiga Carmen, me preguntó que por qué no tenía luz y acabó cambiándola ella. De no ser así es posible que hoy siguiera sin luz en el espejo. Y quizá no habría buscado a una persona externa para que me socorriera. Como mucha gente no busca a un psicólogo o un terapeuta para curar esas heridas que tiene en su alma. Solo ahora he aprendido a respetarlo y a entender que esto es una decisión personal.

Las personas a las que quiero pueden estar tranquilas. Ya no voy a presionar a nadie. Saben que estoy aquí para lo que necesiten o para indicarles dónde pueden acudir (conozco muy buenos profesionales de la salud emocional). Pero esto será solamente cuando ellos lo decidan. Es más, he aprendido que yo misma tengo derecho a dejar algún fantasma en el armario. Ya me enfrentaré a él –o no- cuando llegue el momento.