Archivos del mes: 26 agosto 2012

Hablando de techos…

Hoy quiero que reflexionemos sobre otro elemento de la arquitectura: los techos. ¿Y qué es un techo? Pues es una superficie, generalmente horizontal, que delimita espacios por la parte superior.

A nivel funcional es obvio el papel que representa un techo. Pero a nivel emocional parece una de esas armas de doble filo: por un lado nos protege, nos aísla de los peligros del exterior. Por el otro, nos limita, se convierte en una barrera. Creo que es por este comportamiento como barrera que se ha bautizado como “techo de cristal” al conjunto de limitaciones invisibles que tienen las mujeres para acceder a determinados objetivos profesionales.

La mayoría de personas se sienten cómodas en espacios cuyos techos tienen una altura de entre dos metros y medio y tres metros. ¿Has experimentado alguna vez la sensación que produce un techo muy alto? Por lo general nos hacen sentir incómodos, minúsculos y desorientados. ¿Has visitado alguna catedral gótica? Los techos suben y se elevan a través de los nervios de sus columnas hasta el infinito y nos hacen sentir pequeños, recordándonos la grandeza de Dios. Más tarde, en el Renacimiento, se cambiaron las proporciones de las iglesias y se modificó la teatralidad arquitectónica. De este modo quedó claro que el centro de la sociedad era el hombre, atrás quedaba la cultura teocéntrica. Los techos de los templos comenzaron a ser más bajos  pues el hombre pasaba a ser el centro de todo y ya no Dios como había sido durante la Edad Media.

Recuerda ahora un momento en que hayas estado en una estancia con un techo muy bajo. Seguro que te has sentido comprimido, apretado, agobiado. O, incluso, con sensación de asfixia. Este tipo de espacios pueden provocar irritabilidad, angustia y sensación de peligro. Según el Feng Shui, los techos demasiado bajos oprimen el chi (energía) de las casas y de sus ocupantes y no favorecen la armonía ni el bienestar.

Cuando proyectamos una vivienda o un edificio de viviendas, elegimos la altura de los techos basándonos en el confort de los espacios y en una serie de normativas técnicas y urbanísticas. Así como en cuestiones funcionales. Por ejemplo, si hacemos un techo demasiado alto, habrá que subir muchas escaleras para llegar a las plantas superiores. Además, el aire caliente tiende a ascender y los espacios serían poco eficientes energéticamente, es decir, que nos costaría más calefactarlos. Sin embargo, utilizamos ciertos recursos para “elevarlos” visualmente, como pintarlos de blanco.

Para terminar me gustaría plantearte, como siempre, unas preguntas. ¿Tienes techos en tu vida? ¿Has creado –de manera consciente o sin darte cuenta- limitaciones que a la vez te protegen y te limitan?

Cuando éramos pequeños, nuestros padres tenían esta función. Nosotros no éramos conscientes del peligro y ellos nos coartaban multitud de movimientos. De no haber sido así pocos habríamos salido con vida. Pero ahora, como personas adultas y conductoras de nuestros actos, ¿nos hemos creado cómodos techos que no nos permiten seguir avanzando? Pensemos en ello y después, quizá, sea hora de hacer alguna reforma en nuestros paradigmas. ¿Nos atrevemos a poner el cielo como techo de nuestras vidas?

Duros y tiernos reencuentros

El verano sigue embriagándome de sensaciones y son los lugares que visito los que me susurran palabras para dar forma a estas reflexiones. Si la pasada semana escribí sobre el descubrir, esta lo voy a hacer sobre el reencontrar.

Después de haber pasado una semana en el pueblo del que provengo y al que vuelvo verano tras verano, me he dado cuenta de que aquellos lugares, los espacios que revivo cada agosto me trasladan a la persona que yo he sido años atrás. Los sitios vividos, los visitados y los ritos repetidos cada estío me trasladan, como si de anclas se tratara, a la persona que yo fui. Y me han hecho revivir, como cada agosto, ciertos anhelos y miedos que sentía. Y me han hecho preguntarme si todavía están ahí. Y resulta que algunos de ellos sí. Otros están superados, más que superados. Y hay algunos que están vencidos pero que todavía no me he dado cuenta. ¿Te ha pasado alguna vez que has superado un miedo y no has sido consciente? Piensas que todavía está ahí y son los lugares donde lo has experimentado los que te devuelven a él.

Cuando era más joven, durante el mes de agosto recorríamos los pueblos vecinos, noche tras noche, de verbena en verbena. Viviendo esas fiestas populares, disfrutando y aprendiendo a ser sociables, descubriendo la amistad e incluso, el amor. Siempre era lo mismo y siempre era diferente. Una plaza de un pequeño pueblo. En un extremo, la orquesta. En el otro, la barra. Y toda la gente de la zona, mi zona, abarrotando el espacio, bailando y charlando. Todo el mundo sonríe, todos parecen pasarlo bien. Pero esto no es así del todo. En el interior de muchas de esas personas se esconden miedos, frustraciones e incertidumbres. Yo recuerdo una adolescente y después una muy joven Geles que a veces disfrutaba totalmente. Pero otras, otras se sentía mal porque no sabía desenvolverse en una determinada situación o porque no tenía la relación que quería con sus amigos. Amigos con los que bailaba esa noche. O por un rechazo amoroso.

Pues bien, ha sido muy emocionante reencontrarse con esa niña y decirle que se quede tranquila. Que todo está bien. Recordarle sus logros, su aprendizaje. Y recordarle también que algunas cuestiones no dependen de ella sino de otras personas, pero que no pasa nada. No necesita que ello cambie para sentirse bien. Y todavía ha sido más emocionante, después de ver superados esos miedos, reconocer otros nuevos y saber que los vamos a trabajar. Pero esta vez, desde una posición de madurez y de serenidad. Sin prisa, sin sufrimiento. Con una sensación interna de paz. Pero con un gusanillo en el estómago de pensar en esos pequeños fantasmas y en ciertos anhelos. Y con la sensación de que esa es la vida. Tener deseos y sentir emociones. Y probablemente me reencontraré con ellos en próximos años. Y he decidido que les sonreiré abiertamente.

Y después de desnudarme con esta naturalidad que a mí misma me sigue sorprendiendo quiero preguntarte, ¿tú te has reencontrado contigo mismo/a este verano? ¿Te han ayudado los espacios, las calles o una casa, a reencontrarte con la persona que fuiste? ¿Con tus miedos, con tus anhelos y con tus esperanzas? ¿Ha sido duro, ha sido fácil?

Mi reencuentro lo he hecho sola. Pero es cierto que este año he tenido personas que, sin saberlo, me estaban sujetando por si me caía. Y me lo han puesto muy fácil. Gracias, Vero. Gracias, Silvi.

Descubrir y redescubrir

Después de pasar cinco días en los Pirineos me siento renovada. Me he traído de este viaje mucho más de lo que esperaba. Algunas veces sucede así, seguro que a ti también te ha pasado en alguna ocasión: emprendes un viaje o te inscribes a una actividad “porque sí”, pensando que te lo pasarás bien. O mejor, sin pensar demasiado y regresas fascinado por todo lo que has encontrado. A este tipo de sucesos yo les llamo regalos que nos hace la vida.

Este viaje ha sido un descubrir y un redescubrir. Arquitecturas, paisajes y personas. Descubrimos una serie de pueblecitos escondidos en lo alto de las montañas. Las casas se integraban en el paisaje porque estaban construidas con materiales de la zona: fachadas de piedra, tejados de pizarra y dinteles de madera. ¡Se podía sentir la naturaleza dentro y fuera de ellas! Cuando descubres una manera de construir te puede gustar o desagradar. Te puede hacer sentir bien o mal. Lo que aquellas construcciones nos han hecho experimentar ha sido muy gratificante. Lo que nos han transmitido las montañas, los lagos y los árboles nos ha insuflado vida.

Y lo que más me ha gustado, todavía, descubrir ha sido unas personas estupendas. De esas que no te dejan indiferente. En este viaje me he encontrado con una riqueza personal que me ha calado. Muchas gracias, chicas.

También me he encontrado con materiales y formas de construir que ya había visto en otras ocasiones, pero que no había tenido tiempo o que todavía no había llegado el momento de profundizar en ellas. Al igual que en ciertos paisajes. Y doy gracias por haber tenido esta oportunidad para estudiarlas mejor. Así como por haber podido redescubrir personas que ya conocía pero que no conocía. Y resulta que tenían una riqueza apabullante en su interior. Y ahora que he empezado no quiero dejar de seguir redescubriendo. Porque estos vínvulos no van a parar de crecer.

Y no todo ha sido nuevo. También había paisajes que me resultaban familiares y modos de construir con los que yo misma había trabajado. Y resulta agradable convivir con ellos. Cuando conoces una técnica constructiva tienes una relación particular con ella. Y si es de tus favoritas y la pones en práctica a menudo en tus proyectos, acabas cogiéndole cariño. Conoces sus ventajas y sus inconvenientes. E incluso, aprendes a querer esos inconvenientes. Porque forman parte de ella y no sería la misma sin ellos. Al igual que quieres a las personas que decides tener cerca en tu vida. Y puede ser que compartas una aventura con ellos y los redescubras y todavía te gusten más, como me ha pasado esta semana.

Esas personas que he descubierto y esas otras que he redescubierto también me han ayudado a hacer un trabajo de introspección, a conocerme mejor y a detectar ciertas dificultades que, por primera vez, estoy dispuesta a trabajar. Y en ese enclave que también he descubierto, con su arquitectura autóctona y con sus paisajes imponentes he renovado fuerzas y me he refrescado.

Y tú, ¿dónde estás o has estado este verano? ¿Has descubierto o redescubierto algún tipo de arquitectura? ¿Y de naturaleza, de paisajes? Y lo más importante, ¿has descubierto o redescubierto personas?

¿A gusto de casi todos?

En arquitectura creo que podemos hacer una clasificación de dos tipos de proyectos: los que acomodan a casi todos, discretos, funcionales, cargados de una belleza suave y sutil y los controvertidos, singulares, polémicos. Estos últimos suelen ser más vistosos y cuentan con un gran número de seguidores y otro tanto de detractores. No te dejan indiferente.

Con las conductas de las personas sucede lo mismo. Por supuesto, me refiero a dos polos. Entre una obra o un comportamiento discreto y otro extremo podemos decir que existe toda una gama de puntos intermedios. Para entendernos mejor, utilizaremos los dos casos límite.

Cuando cursaba el proyecto final de carrera hice una corrección pública en clase. El profesor realizó una crítica hostil con ese tono agresivo y humillante que utilizaba con muchos alumnos. Me dijo, con tono jocoso, que en la vida los puntos medios estaban muy bien. No ser demasiado alto ni demasiado bajo. Ni muy gordo, ni muy flaco. Pero en la arquitectura había que posicionarse. El fallo del que me acusaba (más a mí que a mi proyecto) era de querer agradar a todos y ni impactar. Y que mi proyecto no le emocionaba. Según él, un buen proyecto debía agradar mucho a unos y tener un fuerte rechazo por parte de otros.

Ya han pasado años desde aquella anécdota. Y yo sigo diseñando espacios que agraden y sean cómodos para la mayoría. Que cumplan con la funcionalidad, con la estética, la eficiencia energética y que resulten confortables a un gran número personas. Aunque no originen controversia. Me siento cómoda proyectando de este modo y noto que lo “estoy haciendo bien”. Los mismos principios utilizo en mi vida diaria, en la manera de entablar relaciones, con mi forma de expresarme y con mis proyectos personales.

Leí en algún sitio que es más eficaz ser como el susurro de un arroyo que como el estruendo de un trueno. Me guío por esta premisa. Y me siento en equilibrio. No obstante, admiro ciertas obras de arquitectura emblemáticas, cargadas de arrojo y muy polémicas.
¿Y tú, cómo sueles actuar? ¿Tienes comportamientos discretos? ¿O más bien te sueles posicionar en los extremos? ¿Sueles caer muy bien o muy mal o, simplemente, gustas de un modo sutil?

No me atrevo a decir que una postura sea mejor que otra. Pero sí sé la que a mí me funciona. Me encanta el equilibrio, los puntos medios. Y sé que a veces mi conducta puede resultar aburrida y demasiado… “normal”.

En los proyectos procuro no arriesgar. Considero que no podemos jugar con las casas o los edificios de otras personas. Un cierto arrojo con los espacios, los colores, la forma o la distribución, está muy bien. Pero en su justa medida. Los arquitectos no somos quienes para poner en práctica ideas desmesuradas que se construirán con el dinero de otras personas. Directamente de un cliente o indirectamente, con fondos públicos, pero el tema de la economía en la construcción como responsabilidad del arquitecto lo trataremos otro día.

¿Y tú, qué opinas? ¿Qué somos artistas y debemos crear obras vanguardistas, llamativas y novedosas, a cualquier precio? ¿O, más bien, que debemos ser suaves, discretos y responder de una manera sensible a las necesidades del cliente?

¿Qué haces en tu profesión? ¿Y en tu vida? ¿Suenas como un trueno o más bien como un arrollo?