Archivos del mes: 25 enero 2013

Tareas grandes y tareas pequeñas

Diwan emiriPoco a poco me voy adaptando a mi nuevo trabajo. Supongo que cambiar de país, de oficina, de tipo de proyectos y hasta de cultura, requiere su tiempo. Pero proyectar es proyectar y siento que cada vez sintonizo más con mis nuevas responsabilidades. He descubierto que cuando me ocupo de una parte del proyecto que requiere unos días de trabajo, me concentro mucho y consigo niveles altos de productividad. Sin embargo, cuando las tareas son pequeñas y debo hacer modificaciones breves en algún plano, me disperso con facilidad.

Cuando era autónoma tenía dificultades con los proyectos y me costaba mucho empezar. Esto era porque cada nuevo encargo suponía mucho trabajo y no sabía ni por dónde cogerlo. Entonces tendía a procrastinar, aunque entonces no sabía de la existencia de esta palabra. Cuando me di cuenta de que retrasaba mi trabajo, me distraía con facilidad y cualquier tarea me alejaba de mi cometido, busqué ayuda (le pregunté al señor google). Para empezar, descubrí que era mucho más habitual de lo que yo creía. No solo me pasaba a mí. Sentí un ligero alivio (mal de muchos…).

Seguro que a ti te ha pasado alguna vez. Tienes que hacerlo, tienes que hacerlo y te dedicas a martirizarte porque la tarea está pendiente. Y dedicas mucho más tiempo y energía a sentir el fastidio del trabajo por hacer de la que supondría concluirlo.

Y hay varias razones para tener esta actitud. Una de ellas es el miedo a enfrentarse a la tarea y/o el miedo a concluirla. Ese no era mi caso. Influía el grado de motivación. Y el hecho de postergar se podía convertir en un hábito (como también puede hacerlo la costumbre de hacer las tareas ya). Y, por fin, descubrí la causa de mis males: veía tan grande cada proyecto que me sentía agobiada antes de empezarlo. Para esto hay una solución muy sencilla. Como dice mi amigo Emilio, “si no te puedes comer el elefante entero, hazlo filetes”. Y a ello me dispuse. De todo lo que significaba un proyecto, normalmente, para una vivienda, lo dividí en partes. Cada una seguía siendo grande, pero más abarcable que antes. Aprendí a organizar en mi agenda qué tiempo asignaba a cada una de esas partes y luego las volvía a dividir, en filetes. Cuando tenía ante mí uno de ellos, me olvidaba del resto. Totalmente. Me habría asfixiado pensarlo. Como cada ración de trabajo estaba acotada, me resultaba sencillo enfrentarme a ella y dejé de postergar.

Con la misma filosofía corrí un medio maratón (mi mayor logro deportivo hasta la fecha). Si hubiera pensado en los veintiún kilómetros que tenía por delante me habría cansado antes de empezar. Yo me limitaba a dar, cada vez, un paso más y así disfruté de todo el recorrido.

Luego aprendía a agrupar las tareas pequeñas, como llamadas, correos, etc. Se apuntan y se atienden todas. Una detrás de otra. Sin dejar ninguna para mañana, por incómoda que resulte. Y así fui gestionando cada vez mejor mi tiempo.

Y ahora siento que vuelvo a empezar. Me encuentro en un nuevo contexto. Con un método de trabajo que nada tiene que ver con mi anterior autoempleo. Con un equipo de personas y con un sistema establecido. Y por otra parte, con un tiempo para mi vida personal claramente delimitado. Quiero aprovecharlo, tanto cuando estoy en la oficina como fuera de ella. Se me escapan las horas. Y es el momento de retomar mis viejas herramientas. De apuntar mis tareas semanales como antes. De volver a organizarme.

¿Y tú, te organizas bien? ¿Aprovechas tu tiempo? ¿Procrastinas? ¿Postergas tareas? Te propongo que establezcamos un compromiso. Tú y yo. Aprovechar mejor el tiempo y, a partir de este preciso momento, no dejar para mañana lo que podemos hacer hoy. ¿Te parece?

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¿Y si nos falla la inspiración?

Doha de noche¿Qué hacer si no llega la inspiración? Un papel en blanco es el inicio de grandes obras  pero enfrentarse a él puede causar, en alguna ocasión, un cierto vértigo. Porque está vacío. Porque no hay nada. Todavía recuerdo los primeros proyectos en la Universidad. Dibujabas el contorno de la parcela y no sabías si mirar la hoja por un lado o por el otro. En aquellos enunciados, a veces, ni siquiera había un contorno. Como eran ejercicios, nos saltábamos el tema de la propiedad y debíamos elegir el mejor emplazamiento. ¡Verdaderas hojas en blanco!

¿Por qué te cuento todo esto? Porque hace unos días tuve una buena idea para la entrada de hoy. La apunté y ahora no encuentro la hoja (escrita). No tengo tema y el forzarme a buscar uno me ha bloqueado.

¡Con lo sencillo que resulta fluir! ¿Cuántas veces te has quedado en blanco (como tu hoja) por el miedo a quedarte en blanco? Cuando estudiábamos mapas mentales nos enseñaron una herramienta por si necesitabas escribir, bien fuera un relato, un ensayo o cualquier tipo de texto. No puedo explicar cómo utilizarlos porque me llevaría varias entradas. Sí te voy a hacer un resumen de cómo usarlos no se te ocurre qué escribir. Toma una hoja, colócala en horizontal y apunta el tema en el centro. Si puedes, utiliza colores, dibujos y símbolos a lo largo de todo el proceso. Una vez que tienes tu idea generadora básica en el centro del papel, dibuja ramas que salen de ella. Sobre cada rama, apunta lo que te sugiera. Sin miedo, sin censura. Y, a su vez, de cada idea, vuelve a dibujar tentáculos y escribe sobre ellos lo que te venga a la cabeza. Si usas colores, dibujos y te dejas llevar, pronto tendrás un bonito mapa mental. Es importante que no te fijes en cómo va a quedar. De nuevo, te puede bloquear. Este proceso es bueno para ponerse “en marcha” y, además, tendrás un esquema de tu texto.

Los grandes genios dicen que la inspiración llega trabajando. Y bien es cierto que nos hemos visto ante proyectos que no sabíamos por dónde atacar y a base de esfuerzo y dedicación, surgen obras ricas e interesantes. ¿Verdad que te ha pasado?

¿Y tú? ¿Qué sueles hacer para inspirarte? ¿Te bloqueas a menudo? ¿Fluyes cuando escribes un texto o preparas una nueva obra? Dicen que hacer ejercicio físico es una buena manera de abonar nuestra mente para luego cultivar proyectos. ¿Te mueves para inspirarte?

Y visto de otra manera, ¿en qué actividades te dejas llevar y entras en estado de fluidez con facilidad? ¿Y en qué tareas te cuesta más arrancar o mantener la concentración?

También nos influye la práctica y la dedicación que tengamos con la tarea en concreto. Si estamos muy entrenados será más probable que la actividad nos absorba y entreguemos lo mejor de nosotros mismos. Y, por supuesto, la pasión que le dediquemos.

¿Cuántas veces nos ha sucedido que no hemos sido capaces de resolver una tarea porque desde el principio sabíamos que así iba a ser? Y al contrario, estábamos tan convencidos de que íbamos a lograrlo, por muy en blanco que estuviera la página, que lo conseguimos. Está muy de moda habla de actitud y es tan cierta su importancia que no podemos dejar de hacerlo.

Así que, ¿qué haces tú ante una hoja en blanco?

Amiga enemiga rutina

MezquitaLa palabra monotonía suele tener connotaciones negativas. Rutina o regularidad son términos por los que sintamos, quizá, más simpatía. Si hablamos de hábitos o costumbres, incluso, nos podemos dar cuenta de que nos hacen falta.

En el estudio llevamos a cabo proyectos de gran entidad y  edificios públicos. La forma de todos ellos es similar. Utilizamos los mismos ritmos, series, geometría, sistema constructivo y acabados. ¿Y esto es bueno o malo? Cuanto menos, cómodo sí que es. Nos centramos en un buen funcionamiento del edificio. Y una vez que cada uno de nosotros integre  el “estilo qatarí”, todo lo demás sale solo. Trabajando y con una cierta dedicación, “sale solo”.

En mi vida diaria necesito rutinas. Una base sobre la que apoyarme. Si eligiéramos cada uno de los actos de nuestro día, la vida no sería nada operativa. A mí me gusta basarme en una organización estipulada. Luego, de vez en cuando, nos la podemos saltar. Estas excepciones también forman parte del sistema y le dan un ritmo característico.

Dormimos por la noche y llevamos a cabo nuestras vidas durante el día. Tenemos unos horarios para nuestras comidas. Trabajamos cinco días a la semana y los otros dos los dedicamos a nuestro ocio y al descanso. Para casi todo nos apoyamos en unas rutinas. Y hay personas que las llevan hasta puntos extremos. Otros, que se dejan llevar por la espontaneidad, por la improvisación y que se sienten encadenados si deben seguir muchas pautas.

¿Te gusta sistematizar tu vida o prefieres que cada acontecimiento venga solo? Yo creo que siempre he tenido una tendencia al orden. Y ésta se vio acrecentada en una época de mi vida. Padezco síndrome de Menière y los primeros años en la universidad padecí varias crisis: pérdida de equilibrio y mareos. Si eran muy fuertes, venían acompañadas de vómitos y malestar general. Un médico me dijo que si regulaba mis horarios y gestionaba el estrés, mi estado mejoraría. Sin darme cuenta, me convertí en un robot. Todos los días me iba a la cama a la misma hora y me levantaba puntual. Hasta el punto de no salir los fines de semana para no romper mis horarios. Procuraba comer siempre con los mismos horarios y creé rutinas que hoy en día, habiendo transcurrido más de diez años de aquello, forman parte de mí. Claro, luego tuve que trabajar la flexibilidad. Tener una conducta elástica y saber saltarse las pautas es la clave. Muchas personas me dicen que soy rígida, aunque a mí no me lo parece. Posiblemente porque lo he sido mucho más.

Necesito un orden, un sistema, una rutina. En el trabajo me resulta muy cómodo. En cada proyecto no tenemos que pensar un nuevo sistema constructivo, una nueva estética, unos materiales diferentes. Está estipulado. A mí me aporta seguridad. Y, a partir de ahí, ya apostaremos con las demás variables. Porque la vida siempre te da juego, se inventa algo para que no te aburras.

A menudo he tenido un argumento en contra de organizar nuestras rutinas: el aburrimiento. Y resulta que, en mi caso, no tengo una vida en absoluto aburrida.

Otra influencia muy fuerte es la educación. Mis padres siempre han sido muy regulares y han llevado unas vidas “ordenadas”. Mi hermano y yo también. Según nos explicaba nuestro profesor de PNL, normalmente aprendemos por imitación o por reacción. Así que cuando unos padres –que son el modelo- tienen una conducta muy ordenada o, por el contrario, muy espontánea, los hijos pueden seguir el mismo patrón o pueden reaccionar trasladándose al otro polo.

¿Tú cómo te sientes mejor, con rutinas o con improvisación? ¿Te gustan las sorpresas o lo previsible? ¿Desearías tener una vida más ordenada? ¿O más imprevista?

Aprendiendo por contraste

20121229_101125De todo lo que hay en tu vida, ¿te has parado a pensar cuánto es cultural y cuánto es “porque sí”? Me explico, de tu lengua, tus costumbres, tu manera de comportarte en sociedad, de entablar relaciones y de entender el mundo, ¿cuánto es particular de “lo tuyo” y cuanto es “universal”, igual para todos?

Por ejemplo, yo siempre había pensado que el Mediterráneo “estaba al Este”. Hasta que fui a Tel Aviv hace unos años, a la boda de mi amiga Shira que es de Israel. Y entonces te das cuenta de que la posición de nuestro mar es relativa. Y allí tomé una de las fotos más bonitas que he hecho: una puesta de sol. Un sol escondiéndose por el Mediterráneo. Una nueva abertura a ver el mundo desde otros puntos. Ahí es cuando se crece. Y en esos momentos te das cuenta de que tu mundo no es el mundo sino como tú lo ves. Como dicen en pnl, el mapa no es la realidad. Y cada uno de nosotros tenemos uno de nuestro territorio. Por suerte lo podemos ampliar, modificar, redescrubrir y… ¡darnos cuenta de que solo es nuestro mapa!

Hace unos meses estuve hablando sobre la familia de origen. Cuando creces sueles pensar que el concepto de “familia” es lo que tú has vivido. Con el tiempo sueles aprender cómo son otras y redescubres la tuya propia por contraste.

Cuando llegué a Francia un profesor nos dijo que aprendiendo francés íbamos a conocer mejor nuestra propia lengua. Y yo no entendí muy bien lo que significaba. Con el tiempo lo tuve claro. De nuevo, por contraste. Cuando descubres nuevos idiomas te das cuenta de cómo es el tuyo. Y en realidad nuestros pensamientos se apoyan en el lenguaje. Una vez, allí en Francia, fuimos a cenar y yo pedí la compte y no me entendieron. Además, mis amigas se rieron simpáticamente. La compte es un cálculo o lo que tienes en el banco. Lo que pides en un restaurante es la addition. Nosotros utilizamos la misma palabra sin darnos cuenta (al menos, yo) de que son conceptos diferentes.

En cuarto de carrera nos hicimos amigos de una chica brasileña que estaba en Valencia de intercambio. Y nos explicó ciertas consideraciones que tenían en cuenta en Salvador de Bahía a la hora de proyectar. Que el sol salga por el Este, trascurra por el Sur y se ponga por el Oeste (Mediterráneo o no) no es algo universal. Es así porque estamos en el hemisferio Norte. Y en el Sur el sol va por el Norte. Otra cuestión era la temperatura. Ellos no estaban obsesionados con aislar térmicamente sus edificios. Allí no hacía frío. Eso sí, eran muy importante las ventilaciones cruzadas porque tenían un índice de humedad muy alto.

Claro… ¡el clima! Ya no recordaba las distintas zonas que había estudiado en el colegio, en clase de geografía. Y me había acostumbrado a la temperatura mediterránea. Como mucho, sé que en el interior de España hace un poquito más de frío que en Valencia. Cuando comparas te das cuenta de que algunas cuestiones no son “así” sino que son “así aquí”. En Doha seguimos utilizando sandalias en enero. Y conectamos el aire acondicionado. En casi ninguna casa hay calefacción. Y me resulta muy gracioso cuando mis compañeros dicen que hace frío. “¿Frío? –pregunto- esto no es frío”. Y quizá me contestaría lo mismo un habitante de Siberia cuando yo me quejara del invierno en España.

Para terminar creo que voy proponerme tener una visión de “la realidad” mucho más abierta. Tú también puedes hacerlo. Cuando observe a alguien “diferente”, en lugar de pensar que es distinto, recordaré que para él quizá yo sea la diferente.