Archivos del mes: 24 noviembre 2014

Despedidas

no me olvidesCuando vives en un país como éste las llegadas y partidas se suceden a una velocidad de vértigo. Del mismo modo que los amigos aparecen y que los vínculos se afianzan con rapidez, también las personas se marchan.

Nuestro jefe de obra vuelve a Kerala, su ciudad natal, después de treinta y cuatro años vividos en Oriente Medio. Indio, católico, cincuenta, ocho años. Mirada limpia, rostro castigado por el sol y por la vida. De nombre, Yohannan. Mister Yohannan, como lo llaman los delineantes.

No conecto con facilidad con los indios. Tienen una cultura y una forma de hacer muy diferente a la europea (quizá yo también me acerque a ellos con ciertos prejuicios), pero el caso es que Yohannan se hizo un sitio en mi corazón desde el principio.

Me ha ayudado con las instalaciones de los proyectos. Con una sonrisa estaba dispuesto a resolver cuantas dudas me surgieran sobre electricidad, fontanería o la más peliaguda: aire acondicionado.

He visitado obras con él y en los trayectos compartíamos anécdotas, historias y costumbres sobre nuestros países. Algunas conversaciones giraban en torno al concepto del matrimonio y de cómo se elige a la persona que caminará –supuestamente- el resto de su vida a tu lado. En su caso, es la familia del chico o la chica quien se ocupa de esta tarea y buscan el mejor partido para su hijo o para su hija. Que sea “de buena familia”, se estudian la situación económica y la posición social y se tiene en cuenta multitud de factores. Además, el chico debe tener un grado de formación superior al de ella. A nosotros nos sorprende tanto este sistema como a ellos el nuestro. Y aún más les llama la atención que mujeres como yo (pasados los veinticinco y bien pasados los treinta) no estemos casadas. Si te aprecian, se ofrecen a rezarle a Dios para que encontremos pronto un hombre bueno.

Pues así casó Yohannan a su hija y así lo hará pronto con el varón, que acaba de egresar de su carrera de ingeniería. Aunque quizá esperen un poco porque han planeado que él trabajará unos años en Europa, probablemente en Reino Unido.

Un día me llamó a mi despacho para enseñarme las fotos del bautizo de su nieta. ¡Qué curioso me resultó verlas! Una iglesia católica repleta de santos, tan coloridos que me recordaban a una película de Bollywood, era el fondo de la celebración. Las protagonistas, la niña y todas las mujeres, bien ataviadas con sus saris para la ocasión.

Idas y venidas. Encuentros y despedidas. Antes de marcharse de mi oficina, se nos han humedecido los ojos. Ambos nos hemos emocionamos y yo he prometido visitarlo. Además, tengo un viaje pendiente a la India.

En mi año Erasmus viví muchas despedidas. Supongo que lo mejor es aceptarlas como parte de la vida. El tiempo después se encarga de convertir al otro en un bonito recuerdo o en alguien que sigue formando parte de nuestro presente, dondequiera que resida.

Las telecomunicaciones nos han aportado mucho a los que tenemos seres queridos en otras latitudes. Han alimentado lazos y han acortado distancias. Gracias doy cada día por ello.

Así que hoy he vivido una despedida. Un hombre entrañable y un buen compañero. Además, un ejemplo de que no podemos generalizar. Somos muchos quienes solemos quejarnos de los indios. Por cómo conducen, por cómo trabajan, por cómo nos atienden… Y, si bien es cierto que muchos de ellos son incompetentes, también lo es que muchos no lo son, como Yohannan. Creo que necesito revisar mis prejuicios.

Acabo este texto deseándole lo mejor a mi amigo. Se merece volver a casa, disfrutar de su familia y descansar. Aunque no sé si va a descansar mucho porque se va con ideas y con algún proyecto en mente para un pequeño negocio. Eso sí, estará con los suyos y verá crecer a su nieta como no pudo hacer con sus hijos.

Hasta pronto, amigo. ¡Nos vemos en Kerala!

Qatar University

GU_SFSQ_building53_1Hace unos días recibí un correo de uno de mis clientes. Esta vez no era para comentarme ningún aspecto de su villa, me enviaba información sobre una conferencia: “Spain between the Muslim and the Christian Worlds: from the 8th to the 12th Centruties

Después de dos años en este país, quejándome por no asistir a eventos culturales, siendo ésta una conferencia gratuita y estando la Qatar University al lado de mi oficina, no encontraba motivos para no asistir.

En todo este tiempo la única visita que he hecho a la universidad fue por una entrevista de trabajo, pero fue en una oficina-caseta de obra del edificio que será la Biblioteca de Qatar Foundation. Creo que aquel día no cuenta como haber estado en la Universidad.

Tan pronto como llegué al edificio de la Georgtown University (¡qué petulante me está sonando este post!), el olor a campus me transportó a momentos del pasado. Viví muchos años en la Politécnica de Valencia. Tantos, que fui testigo de la transformación que tuvo el Campus a lo largo de las interminables obras. Nos quejábamos mucho en su día pero viendo el resultado, valió la pena. Después de terminar la carrera seguí vinculada con Antiguos Alumnos, múltiples cursos y formación varia. Cada vez que caminaba por el Agora me sentía bien. Una parte de la vida se quedaba fuera, de detenía. Me sentía cómoda en cualquier edificio del campus.

A pesar del estrés que se vive en las escuelas de arqutiectura, sólo conservo buenos recuerdos. Y también de la de Marsella, en la que estudié un año. Durante un tiempo visité a varias amigas que vivían en Europa y estuve en distintas escuelas de arquitectura. Me resultan un escenario familiar, me hacen sentirme en casa. Y ésta es la sensación a la que mi visita a la Qatar University, como si de un anclaje se tratara, me transportó.

Como tenía tiempo, me paseé por los pasillos. Me crucé con estudiantes que sonreían, que vivían en un contexto donde tiempo y dinero tienen otro significado al del mundo laboral. El estrés tiene otro color y suele estar relacionado con exámenes, notas y resultados.

Crucé un patio invadido por mesas de cafeterías y una gran fuente de agua. De haber estado en otras latitudes con climas más suaves habría estado descubierto. Aunque no lo estaba, tenía un buen tratamiento y yo, la sensación de estar en un patio, escuchando el sonido del agua y las conversaciones de quienes charlaban en las mesas, tomando un café, repasando apuntes o esperando para la nueva clase. Había chicas con hijab, chicas sin hijab, qataries con el traje nacional y estudiantes en vaqueros. Me gustaba ese ambiente y las emociones que me recordaba.

El edificio y las instalaciones de la Georgetown tenían cuidados hasta el último detalle.  Sentí una cierta envidia (por los raquíticos presupuestos de las universidades españolas) y también admiración.

La charla me decepcionó. Tanto por la capacidad de exposición (o ausencia de ella) por parte del ponente, que era un historiador español, como por la manera de tratar el tema. Una cuestión que me parece fascinante desde el punto de vista sociológico, porque durante los ocho siglos que existió Al-Andalus (con la frontera más para arriba o más para abajo), hubo luchas, sí, pero hubo momentos de paz, de convivencia y de gran interacción entre musulmanes, cristianos y judíos.

La conferencia no resultó interesante, pero me sirvió de excusa para disfrutar de una tarde en el campus, para conocer la universidad de Qatar y para rememorar mis tiempos de estudiante.

Y tú, ¿te sientes especialmente cómodo/a en algún tipo de edificio? ¿Sienes que algún tipo de espacio es afín a ti? ¿Te atrae la arquitectura religiosa, sanitaria, comercial o de algún otro tipo? ¿A qué clase de edificio público le tienes más cariño?

Sola con mis proyectos

YoLos proyectos no me alimentan lo suficiente. Necesito más contacto con personas. Esta situación me recuerda a una similar que ya viví en España. Y me recuerdo a mí misma diciéndole a mi madre que me gustaba mi trabajo, pero que me sentía asfixiada.

Trabajaba sola y vivía sola. Estos dos aspectos de mi vida combinados entre sí mermaban mi vitalidad, mi alegría y mi entusiasmo. Y no era consciente de ello hasta que tenía una reunión, una visita o una cita con otros técnicos. Después de compartir parte de mi tiempo con esas otras personas me sentía refrescada, revitalizada. Volvía a tener energía. Así que atenté contra los principios en que se basa la gestión de tiempo y esparcí los momentos en los que socializaba a lo largo de las semanas. En lugar de agrupar tareas fuera de la oficina, las desparramaba entre los días, de modo que mi agenda tenía una visita al ayuntamiento por aquí, otra a una obra por allá, reunión con unos clientes, almuerzo con el aparejador, y así funcionaba, sin ningún orden aparente.

Con la excusa de que necesitaba promoción y autopublicidad para mi negocio, solía asistir a comidas, encuentros y espacios de networking. Absorbían gran parte de mi tiempo, pero le daban fuerza al resto de las horas.

Tanto pedí a Dios y al Universo poder disfrutar de compañeros de trabajo, que éstos llegaron. Mi primer año en Qatar transcurrió en un despacho de ingeniería… ¡con cerca de cuarenta compañeros! Eran personas maravillosas y adorables. A día de hoy mantengo el contacto con casi todos ellos y algunos de aquellos arquitectos son mis mejores amigos en Qatar.

Mi labor en aquella oficina era aburrida y soporífera pero la calidad humana de mis compañeros compensaba el tedio de mi cometido.

Cuando me despidieron me dolió separarme de ellos.

En mi segundo trabajo mi principal labor era comercial. Diseñaba poco y me centraba en las visitas para presentar nuestros mármoles tallados a mano con incrustaciones de piedras preciosas.

Las condiciones eran deplorables, el sueldo bajo y no crecía como diseñadora ni como técnico, ahora bien, me lo pasaba estupendamente. No tenía la sensación de estar trabajando. Visitas, llamadas, correos… ¡interactuar con otras personas! Me encontraba con gente de numerosas nacionalidades y para mí cada visita se convertía en una aventura.

En mi empresa actual soy Design Manager. Lidero un equipo, siento reconocimiento profesional dentro y fuera de la oficina, me pagan el sueldo que pedí y trabajo en proyectos interesantes. Pero paso la mayor parte del día dentro de mi despacho. Sola.

Noto como mi estado de ánimo mejora cuando me visita un cliente o un comercial. Cuando uno de mis compañeros me llama para pedirme planos tengo más ganas de trabajar.

Algunos días paso más tiempo con mis chicos, explicándoles una nueva fase de un proyecto o charlando. A pesar de la distancia que mantienen conmigo, pues me ven como la jefa, vuelvo a mi despacho con más ganas.

Y así llevo a cabo mi trabajo. Disfruto con mis proyectos pero me falta algo. Ojalá tuviera a mi madre cerca para resoplar, poner cara de tristeza y decirle “me gusta mi trabajo, pero a veces me siento asfixiada porque me falta estar con gente”.

¿Y tú, cómo es el puesto de trabajo que tienes o has tenido? ¿Pasas mucho tiempo con tu obra, tus proyectos, tus archivos y tu ordenador? ¿O compartes momentos con otras personas? ¿Sientes que esto está equilibrado en tu caso? ¿Notas que te gustaría pasar más o menos momentos con otros?