Archivos del mes: 22 febrero 2013

¿Dónde está nuestra casa?

20130215_163056¿Que cuánto tiempo pienso quedarme aquí? Pues esa es una buena pregunta.

Cuando emprendemos un viaje –que implique o no una marcha- deberíamos saber cuál es la fecha de regreso. ¿Regreso? ¿Qué significa exactamente? ¿Vuelta al punto en el que estaba antes de partir? Porque si es así, no quiero volver. Señores, me embarco en esta aventura porque algo no funcionaba. O porque quiero experimentar o mejorar algún ámbito de mi vida. Y no, no deseo volver al punto de partida.

¿O quizá, tratándose de un “viaje” como el mío, que sí implica un cambio geográfico, regresar signifique volver a casa? A casa, no al punto de origen.

Y puestos a complicar el significado de las palabras, ¿qué significa “volver a casa”? Supongo que la respuesta inmediata, para mí, sería regresar a casa de mis padres. No he vivido allí desde hace quince años. Y no es por la casa, sino por ellos, por lo que suponen para mí: protección, seguridad y calidez. ¿Es eso a lo que nos referimos cuando hablamos de hogar? ¿Refugio, defensa y calor para nuestra alma?

No tengo pareja ni hijos y mi casa son mis padres. Si vives con tu cónyuge y con tus hijos y tienes una buena relación con tus padres, dime, ¿qué es para ti estar en casa? No creo que se pueda sustituir un hogar por otro. Entiendo que los dos están ahí a la vez. ¿Es así?

Cuando mis padres vengan a visitarme, a pesar de estar fuera de mi país, ¿me sentiré en casa? ¿Y cuando hablo con ellos? ¿Y cuando ni tan siquiera hablo con ellos pero sé que están ahí? ¿Me siento en casa? Pues yo creo que sí.

¿Será, quizá, que tuve una infancia saludable y ahí se forjó una base para mí? Unos fundamentos seguros, un apoyo cálido, un saber que todo va a ir bien y que estoy protegida.

Los padres, el hogar de la infancia, la cálida sensación de protección… No estoy segura de que el que hoy es mi padre y la que hoy es mi madre sean el motivo de esa sensación de pertenencia al hogar. Más bien creo que está en alguna parte de la que yo “soy” ahora y sí se creó por lo que ellos fueron en su momento. ¿A ti te pasa lo mismo?

Por otra parte, a menudo necesitamos identificar nuestro hogar con un espacio físico. Aquí lo llamamos España. Y tenemos una doble sensación: por una parte, “somos de allí” y por otra, “somos del mundo” y ambos sentimientos conviven en armonía. O deberían. Conozco personas que viven lejos de su país de origen y anhelan regresar. Pero al mismo tiempo, cuando van a casa se sienten tristemente separados del lugar que les acoge. Para nuestra salud emocional, aceptemos que nuestra casa está en los dos (o más) lugares.

¿Y por qué hablamos –en este caso- de España? Pues vuelvo a encontrar dos razones. Nuestra historia personal y nuestra historia cultural. Por un lado, hemos crecido allí. Nuestra vida se ha desarrollado en un lugar, con unas costumbres, unos amigos, unos espacios y un sinfín de vivencias ocurridas en nuestro país (en nuestra ciudad, si queremos acotar más).

Y por otra parte, bebemos de una cultura heredada de nuestros padres. Mi madre nació en Francia y siempre se ha sentido española. Claramente. Mis tíos y mi madre vivieron su infancia en Francia, pero estaban en un hogar español. Ellos habían heredado la conciencia de pertenecer a un lugar que estaba lejos de la casa que habitaban.

Para terminar, y sin dejar nada claro, pues solo he parloteado y nada he concluido, quiero dedicar esta entrada a todas las personas que no se criaron en un hogar cálido y que no sintieron en su niñez la seguridad y  protección que todos deberíamos tener en la infancia.

La buena noticia es que el ser humano tiene una capacidad para recuperarse de todo, la resiliencia. Y no lo digo yo. Lo dicen los psicólogos y psiquiatras que escribieron los libros que he leído sobre esta cuestión.

Hay niños que no reciben suficiente amor en la edad más temprana. Algunos, que crecieron en un campo de concentración y los hay que sufren abusos de distintos tipos. Y esto es muy duro y  complejo, puede dejar secuelas para el resto de sus vidas. Problemas de seguridad, de autoestima, falta de capacidad para recibir y regalar ese calor de hogar que ellos no vivieron en su momento. ¡Y también pueden recuperarse! Aceptar que aquello fue así y que ellos pueden crear un hogar en su propio interior. Rescatar el niño o la niña que fueron e invitarlo a esta nueva casa.

En los últimos años he visto cómo dos personas muy cercanas a mí han construido su propio hogar. No tuvieron todo ese amor en la infancia que construye una casa cálida donde uno siempre quiere regresar. Y ellos han sabido elaborarla. Crecer. Querer y quererse.

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Roles y contextos

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Hace unos días fuimos a ver el partido de España. La Selección jugaba un amistoso contra Uruguay. Fue todo un acontecimiento. En esta ciudad no hay demasiada oferta de actividades y que vinieran los campeones del mundo se convirtió en el evento de la semana.

Fui a verlo con mis amigos de la oficina. Entre ellos, nuestro coordinador, que es quien dirige los proyectos, nos corrige y nos enseña. De nuevo, compartimos con él unas horas fuera del trabajo y me gustó su forma de relacionarse con nosotros.

Cuando estamos en el despacho él es quien nos lidera. Nos marca los tiempos, nos distribuye el trabajo. Sabe motivarnos. Nos refuerza cuando lo hacemos bien y alguna vez, también nos reprende. Mis compañeras, que son más jóvenes alguna vez le han colocado la palabra “Mister” delante del nombre. A nosotras nos hace mucha gracia, pues en el despacho no hay tantos formalismos. Solo a Mister Halimi nos dirigimos así. Pero claro, es el jefe y es más mayor. E impone.

El caso es que cuando nos relacionamos con él fuera del despacho se dirige a nosotros en un perfecto tono de amistad, dejando las “jerarquías” dentro de la oficina. A mí me inspira mucho respeto y sin embargo, fuera, como el día del fútbol, me dan ganas de gastarle bromas. Quería que ganara Uruguay y le avisé que en cada gol que marcara España le iba a golpear la cabeza con la mano hinchable que tenía con la bandera de España. Para no ser pesada, solo lo hice con el primero.

Y de paso, aprovechando esa mano gigante, bromeé con ellos y les dije que así sí que les podía tocar. Aquí la distancia social es mayor que España. Y entre hombres y mujeres no se suelen tocar. Al principio de estar aquí, si iba a preguntarle alguna duda a un compañero que estaba trabajando y yo llegaba por detrás, lo que me nacía era tocarles el hombro. Me costó aprender a no tocarles. Una cuestión cultural. Así que ese día me enfundé la mano de España y aproveché para tocarles el hombro alegando que ahora sí podía.

El caso es que la actitud de nuestro coordinador me recordó que hay personas que actúan muy bien y se adaptan a cada situación. Y recordé un ejemplo que siempre tengo presente: mi amigo Rafa. Es el coordinador del voluntariado en mi asociación, en Desata TU Potencial. Es una persona realmente especial. Bueno con mayúsculas. Siempre bromea con nosotros, es cercano y tiene mucho sentido del humor. Ahora bien, cuando imparte el curso de Formación de Formadores o algún taller en la asociación, sabe hacerse respetar a la perfección.

Si pienso en la relación de los padres con sus hijos, se me ocurren muchos casos donde la figura del padre o de la madre es demasiado autoritaria. Y otros, en que se excede en colegueo. Ahora bien, puedo pensar en una gran cantidad de padres que saben ejercer su papel en cada momento. Son próximos y cercanos a sus hijos, les transmiten confianza y no por ello pierden autoridad.

Yo no siempre he sabido ejercer autoridad cuando una situación lo requería y algunas personas no me han respetado como deberían. Otras, me he mantenido demasiado firme en un contexto lúdico. Es difícil adaptarse al entorno y a la situación. ¿Cómo lo haces tú? ¿Te resulta fácil? Creo que voy a seguir trabajándolo. ¿Tú también?

Mis días en Doha

Mis díasHoy me he levantado temprano y con una sensación muy agradable por estar aquí. Poco a poco me voy enamorando de este país y de esta estupenda ciudad. En mi bandeja de entrada tenía un correo de mi amiga Anke, que me escribe con frecuencia y me manda mucho cariño desde España. Estando aquí puedo sentir el calorcito de la gente que me quiere y, aunque muchos están a miles de kilómetros, los noto cerca.

Anke me hacía varias preguntas sobre mis rutinas en esta ciudad y, aunque no es sábado, he sentido la necesidad de escribir una nueva entrada dando respuesta a la sugerencia de mi amiga. Gracias, Anke.

Hoy es un día festivo, el Día Nacional del Deporte. Este país no tiene una gran historia y en el Islam no hay santos que celebrar, así que hay ciertas excusas para tener un holy day. Me encanta que se le dé tanto apoyo al deporte, tan necesario para mantener una buena salud física y emocional.

Iré contestando por orden. Se nota que Anke es alemana y me ha escrito con unas preguntas muy bien estructuradas. En primer lugar, entro a trabajar a las siete y media y llegar a la oficina supone unos tres minutos en coche (o quince caminando). Me levanto a las seis y media porque me encanta desayunar y arreglarme con tiempo. Cuando suena el despertador salto de la cama y me alegro de tener otro día por delante. No sé desde cuándo tengo este hábito. Yo era una persona perezosa, retrasaba varias veces el despertador y me levantaba con desidia. En algún momento, puede que haga un año. O más, o menos, no lo sé, cambió y mis días empiezan con energía y entusiasmo. Totalmente recomendable.

Nuestra semana laboral es de 48 horas, así que tenemos una pausa de una hora para comer y terminamos de trabajar a las seis de la tarde. Normalmente vamos directamente a casa. Todavía no estoy haciendo deporte y es muy complicado sin coche. Pero tendré uno en breve y lo primero que haré será ir a nadar al menos tres veces por semana. Lo echo de menos y lo necesito. Sé que todavía estaré mejor cuando retome esta rutina.

Por la tarde-noche charlo con Carol, hablo con mi familia, escribo o navego por internet. A veces caigo atrapada en el sofá y vemos alguna serie. A partir de marzo retomaré el máster on line que empecé hace casi dos años y para el que me he propuesto examinarme en noviembre.

Sobre las diez me voy a la cama y leo. A veces en español, porque me lo pide el cuerpo y otras, en inglés. Los días que leo más en inglés noto cómo mejora mi fluidez. Pero cuando paso mucho tiempo así me apetece volver al castellano, así que voy alternando. Y me apago la luz pronto. Algunos días hago ejercicios de relajación o una pequeña meditación para separar el día de la etapa de descanso. Y mi calidad de sueño es mucho mejor. Si adquiero el hábito de realizarlo a diario, ganaré calidad de vida.

Sobre las comidas, en casa comemos como en España. Casi siempre cocina Carol y la verdad es que lo hace muy bien. Nunca he tenido demasiadas inquietudes por la cocina y creo que es porque, aunque disfruto de una comida de calidad, no me preocupa demasiado que todo lo que ingiero sea exquisito. De vez en cuando vamos a comer por ahí. Si salimos con los de la oficina, solemos ir a sitios árabes. Me encanta el humus, el motabel, el falafel y el pan que hacen aquí. De hecho, los jueves terminamos de trabajar y encargamos la cena a un turco. Te la traen a casa, es barata y está riquísima. Como dice Carol, hay que mantener las buenas costumbres.

Hablo mucho castellano. En casa y cuando estamos con españoles. Y en la oficina o cuando salimos con los compañeros del despacho, o con amigos de Carol, en inglés. No lo hablo bien pero he notado que me expreso mucho mejor que cuando llegué. Y ya lo voy entendiendo con facilidad. A veces pido que me repitan una frase o tengo que deducir algo por el contexto, pero en general ha dejado de ser una barrera.

Así que esto son algunos de los asuntos de mi día a día. Cada vez lo disfruto más y me siento más aquí. Me he dado cuenta de que en un tiempo este será “mi sitio”. Que disfrutaré mi vida aquí y al mismo tiempo echaré de menos a mis seres queridos de España. Pero cuando viaje a casa o si un día vuelvo me pasará lo mismo. Me sentiré bien allí pero tendré aquí una parte de mi vida.

Seguiré contando más sobre mis días en Doha. Me he dejado una pregunta de Anke, cuánto tiempo pienso quedarme. Esta cuestión da para una entrada entera. Así que más adelante reflexionaré sobre el tema.

Gracias, Anke, de nuevo. Por la sugerencia para este post, por tus correos y por todos los comentarios bonitos que me escribes.

¿Para qué cambiar?

20130208_171033Hace ahora diez años decidí pedir una beca Erasmus para estudiar fuera de España. Después de plantearme distintos países, me decidí por Francia y allí estuve un curso entero. En mi entorno familiar no era común que alguien se embarcara en una aventura de ese tipo. Recuerdo que mi padre me preguntó que si podía estudiar en Valencia, para qué me iba. Por suerte, hoy lo ve desde otra perspectiva y tiene muy claro el enriquecimiento personal y profesional que supone salir fuera.

El caso es que antes de irme dejé una pregunta abierta. Si estás bien, ¿por qué cambiar? Parece un poco absurdo. Si una persona se siente satisfecha con su vida, ¿para qué va a mover alguna pieza? Diez meses después regresé a España con una respuesta. ¿Para qué cambiar? Para encontrar algo mejor. Resulta que algunos cambios que llevamos a cabo en nuestras vidas nos conducen a tener una situación mejor que aquella en la que nos encontrábamos. Estás bien. Sí. Pero resulta que cambias y descubres un “estar mejor todavía”. Y desconocías que era posible porque no lo habías experimentado.

Se me ocurre pensar en hacer un cambio y que no nos lleve a un “estar mejor”. En ese caso tendremos más claro que estamos satisfechos con nuestra situación. Ahora podemos compararla. Hemos visto otros patrones y decidimos quedarnos con lo que teníamos. Pero con más experiencia, con un aprendizaje extra.

Una vez escuché que no sabes qué es la sed hasta que no has probado el agua.

Cuando vine a Doha lo hice con dolor en mi corazón por lo que dejaba en Valencia. Tenía una vida montada. Una vida estupenda y la cambiaba porque era insostenible, ya que no tenía suficiente trabajo. Sentí tristeza porque en Valencia se quedaba “mi vida”. Mi amiga Carmen me ha ayudado a darme cuenta de que a menudo “mi vida” está donde yo la lleve. Y que puedo “montarme la vida” allá donde esté.

Siento que ya ha concluido una primera etapa de recoloque. Que he empezado a adaptarme. Y lo noto porque emerge de mi interior un entusiasmo muy vivo. Me siento alegre y mi ánimo vuelve a vibrar. Por nada y por todo.

Y ahora vuelvo a ser yo, empiezo a notar que esta es mi vida. Me doy cuenta de que no estoy en un viaje ni en un exilio. Estoy viviendo. Y que el Universo (Dios, Allah, o cada uno como quiera llamarlo) me está ofreciendo lo que había anhelado durante años: conocer culturas, descubrir lugares, hablar idiomas y sintonizar con exquisitas personas. Ahora me doy cuenta de que estoy aquí y ahora. Que ésta es mi vida. Y que puede resultar maravillosa.

Resulta que tomé una decisión casi obligada por las circunstancias. Que salí de mi dulce zona de confort. Y, de repente, recuerdo que cuando uno está bien, una buena elección puede ser cambiar. Porque puede llegar a un estar mejor.

Cuando era pequeña no me gustaban los cambios. Me resultaban duros, difíciles y dolorosos. Hoy sé que son el detonante de las grandes mejoras de nuestra vida y de los mayores aprendizajes.

¿Te cuesta cambiar? ¿Tienes pendiente dar un giro, pequeño o grande en tu vida y lo vas postergando? ¿Por miedo? ¿Por comodidad?  Te animo a que lo hagas ya. El primer día te tendrás que adaptar. Pero el segundo será el principio de una vida mejor.

Imagen o concepto

Sección áureaDesde que estoy en este despacho agradezco cada día pertenecer a un equipo de trabajo. El mercado de la arquitectura es un océano y podemos navegar bien con un gran barco. Y cada uno de nosotros es una pieza del engranaje. Ahora me doy cuenta de que yo era una barquita en la que yo remaba, dirigía el timón y me ocupaba de todas las necesidades. Cuando viene el oleaje no es lo mismo.

Una pieza importante de ese engranaje son los ingenieros. Ellos se ocupan de diseñar y calcular las instalaciones. Y me parece curioso que el perfil de esas personas sea tan parecido en todas partes. Bueno, al menos, en los sitios que yo he conocido. Estábamos comentando en la oficina como nuestro ingeniero les había explicado a mis compañeras ciertos entresijos de autocad, que es el programa que utilizamos para dibujar. Herramientas que yo no he visto en los catorce años que he usado ese software, atajos, personalizaciones, etc. El dominio que tiene es para quedarse con la boca abierta.

Por otra parte, he estado trabajando con unos planos que hizo nuestro ingeniero para incorporar las máquinas de aire acondicionado en la cubierta de un edificio y los huecos que hay que dejar para que pasen los conductos. Y, paradójicamente, (¿o no?) no ha utilizado ninguna de esas herramientas para que la lámina tenga una mejor composición. Me refiero al tamaño y fuente de la letra, a la distribución de cada dibujo en la hoja, etc.

Y me he acordado de mi amigo Pepe. Un compañero que tuve en el despacho en el que estuve hace unos años. Era ingeniero, también conocía todos los conceptos y la matemática que regía el programa. Y sin embargo, no le preocupaba tanto el acabado final de cada hoja. Si era correcta a él le parecía bien.

A lo largo de mi vida me he observado mucho más amante de lo abstracto, de las matemáticas, de la lógica y de los conceptos que de la imagen y de la estética. Sin llegar al punto de nuestro ingeniero o de Pepe. La cuestión es que elegí una profesión en la que los conceptos y la geometría son fundamentales pero también lo es, y mucho, la forma, el acabado y la belleza. Y me he ido educando.  No obstante, me siento más cómoda con teorías y con conceptos abstractos que con la estética de las formas.

Cuando era una adolescente me di cuenta de que cuando pensaba en algo o en alguien no veía imágenes nítidas de esa persona o de ese objeto en mi mente. O mejor dicho, me di cuenta de que otras personas sí que lo hacían. Estudiando PNL supe qué eran los canales de comunicación. Un día hablaremos de ellos. El caso es que uno es el canal visual. Y yo hoy sé que no soy muy visual, en comparación con otras personas.

¿Y tú, cuán visual eres? ¿Te atraen las imágenes o los conceptos? ¿Te agradan las matemáticas y la lógica o disfrutas más con la estética y con la belleza? ¿Tu profesión o alguna de tus ocupaciones han hecho que desarrolles tu facilidad por uno de estos campos? Y por último, no puedo imaginar una profesión que ligue más arte y técnica que la mía. Cuando hago estas reflexiones doy las gracias por la elección que hice.