VISITA EN LA OFICINA

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Jueves por la tarde, apenas nos separa una hora del fin de semana, que aquí se disfruta los viernes y sábados, como en la mayoría de países musulmanes. Me llaman desde recepción, tengo una visita. Miro a mis compañeros con extrañeza, no esperaba a ningún cliente ni proveedor, pero tomo libreta y lápiz y bajo las escaleras con curiosidad pensando si había olvidado alguna reunión.

Cuando llego ahí está él, de espaldas, supongo que para hacerse el interesante. Osama, el jordano que borré de mi vida hace algo más de un mes. Lo saludo sin disimular mi sorpresa y charlamos un poco.

Me siento violenta al encontrarme de nuevo con él. También incómoda porque no es precisamente una persona discreta y estamos en mi oficina. Los project managers están reunidos en la sala de juntas, con la puerta abierta y yo tengo la sensación de que todos mis compañeros están pendiente de mí (aunque no lo están). Después de intercambiar saludos y algunas frases de cortesía decido acabar con la tensión del contexto y le digo que espere a que termine y tomamos un café.

De vuelta a mi departamento y con mis compañeros curiosos, me muevo yo entre la furia por su osadía y la jactancia de un ego alimentado por el hecho de que vinieran a buscarme. Porque se acordara de mí, porque haya tenido la valentía de entrar en mi empresa. Y sí, lo reconozco. Una parte de mí se alegraba de verlo, a pesar de que yo contara la anécdota indignada. Una parte de mí se sentía alimentada y entusiasmada por el café que íbamos a compartir, aunque le explicara a mi amiga Chelo por teléfono que no tenía el más mínimo interés en él. Mi vanidad se vestía de fiesta.

De camino a la cafetería donde nos íbamos a encontrar conduje tranquila, pero me sentía enardecida. Recordé las veces que recorrí el camino hasta su casa, con entusiasmo, con emoción por cada inminente encuentro, aunque nos hubiésemos visto el día de antes, aunque hubiéramos quedado cada día de esa semana. Conducía pizpireta sabiendo que íbamos a encontrarnos. Y reconocí esta tarde parte de esa sensación en mí. No me gustó pero la acepté, al menos esta vez intentaré ser sincera conmigo misma.

Fue más que seductor durante todo el tiempo que compartimos. Me sentí cómoda y no disimulé mis emociones ni mis intenciones, que no concordaban del todo. Trenzábamos conversaciones hablando de nosotros con otras más triviales y anecdóticas. Supuestamente me había echado de menos. Me recordaba cada día y me nombraba todo el tiempo cuando estaba con su amigo Mohamed. Yo le expliqué que él para mi era como una shisha. Una shisha es una cachimba, una pipa de agua que se fuma con mucha asiduidad en Oriente Medio y supone una acto social. En su día ya le conté que no puedo fumar porque me sienta mal. Hace tiempo que dejé de hacerlo porque resulta nocivo para mi salud. ¿Y sabes qué? Que cuando huelo a shisha me siento seducida, atrapada por su aroma y quiero fumar, sentarme y disfrutar de ritual que supone. Pero no lo hago porque me perjudica. Y sí, tú eres para mí como una shisha. Cautivador y nocivo.

Lejos de molestarse por la comparación, él trato de encandilarme. Suerte que yo tenía una fiesta con españoles en un hotel a las ocho, lo cual ponía hora para concluir nuestro encuentro. Me ofreció volver a vernos después de mi fiesta, podríamos dormir juntos. Dice que echaba de menos abrazarme. Yo fui sincera, le dije que también había echado a faltar sus abrazos y su cariño. Pero esa noche dormiría sola, gracias por la oferta.

Afortunadamente estuve entretenida en mi fiesta y llegué muy tarde a casa. Tanto me divertí que ni siquiera me acordé de él. Ahora lo tengo desbloqueado del whatasapp, tal como él me pidió. Su número ha vuelto a la agenda de mi teléfono porque ha transcurrido un tiempo y me siento fuerte. Eso sí, si vuelve a hacer alguna aparición en mi vida, lo volveré a bloquear. Esta vez, sin más oportunidades.

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