Archivos del mes: 27 diciembre 2015

NO, GRACIAS, NO TE MOLESTES

REGALOLa cultura árabe tiene fama por su hospitalidad. Según mi experiencia, así es. Y este hecho se traslada también al mundo de los negocios. Cuando visitas una oficina o eres visitado, lo más probable es que te ofrezcan té o café. Y dice la cortesía que no puedes rechazarlo porque es ofensivo. Si bien en el Golfo están más que acostumbrados a tratar con occidentales donde un “no, gracias” significa no quiero molestarte, pues es mejor que aceptemos el ofrecimiento.

Porque, más allá de normas, costumbres y convenciones sociales, cuando te ofrecen algo de corazón, la persona que te lo está dando quiere que lo aceptes, desea agasajarte. Y más, si es una persona cercana. El “no, gracias, no quiero importunarte”, molesta y ofende. No en el orgullo, sino en el corazón.

Cada persona suele mostrar su afecto de una manera diferente o dependiendo de la ocasión, usará un medio u otro.

Hay quien compra regalos para lisonjear a una persona que quiere. Si lo ha elegido y lo ha pagado con amor y nosotros se lo despreciamos porque no queríamos que gastara dinero, le vamos a hacer daño en el corazón.

Hay quien cocina. Con amor y cariño, para otra u otras personas. Dedica horas en la cocina y pone interés en lo que está haciendo porque quiere satisfacer a alguien. Normalmente, sin ninguna intención, más que una muestra de afecto por el otro. Si se lo despreciamos, porque no queremos que se moleste, le vamos a hacer daño en el corazón.

A veces dedicamos un cumplido que más que un cumplido es un comentario sincero a otra persona. Porque ese día está guapo o guapa, porque lleva algo bonito o por un gesto, una obra suya, o por lo que sea. Si nos ruboriza y lo negamos, si decimos que esa prenda era barata o del mercadillo. O que no, que no estamos guapos o que no tiene importancia, entonces estás tomando las palabras amorosas que te dedican y pisoteándolas. Y me da igual que lo hagamos por pudor o timidez. La próxima vez, por favor, sonríe y di gracias. O solo sonríe, pero no desprecies las palabras del otro.

Mi forma favorita de demostrar afecto es escribiendo cartas, historias o cuentos dedicados a otra persona. A veces por un cumpleaños, una boda o un nacimiento. Otras veces simplemente porque me apetece. Afortunadamente nadie me ha despreciado hasta ahora este obsequio.

Pero sí otros. Cuando preparas una actividad, una tarea o un evento con cariño para personas a las que quieres, estás esperando que lo acepten y lo disfruten. Así se sentirá feliz el que ofrece. No estará satisfecho si lo desprecian para que no gastes tiempo o dinero, para que duermas más o para que no inviertas energía.

Cuando ofrecemos de corazón y sin más finalidad que homenajear a alguien, lo que nos va a hacer disfrutar es que el que recibe se deleite. No que lo desprecie.

Y no sé muy bien a qué venía esto. Pero estamos en días de regalos y de ofrendas. Y como sé que a muchas personas no les gusta el carácter consumista de estas fechas, yo hoy propongo agradecer los regalos que se hacen de corazón. Y la forma de hacerlo será disfrutando de ellos.

SIN DERECHO A VOTO

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De nuevo me siento indignada, frustrada y furiosa. No he podido votar en las elecciones generales de esta supuesta democracia. Expondré todos los detalles de mi experiencia en mi columna de El Correo del Golfo. Ahora voy a lanzar, a modo de aperitivo, estas líneas dedicadas (cariñosamente) a Qatar, su correo y su burocracia.

Yo atravesé todo el proceso, farragoso y complicado, por cierto, para ejercer mi voto en las elecciones generales del 20D. Solo quedaba recibir la correspondiente documentación por correo. Porque el proceso no es telemático ni consular, no. Es complejo y por correos. Pero esto ya lo cuento luego, voy a seguir con mi experiencia con Q-Post.

Reconozco que he sido escéptica desde el principio. Respecto al envío desde España como a la recepción aquí. Y es que se han juntado el hambre con las ganas de comer. Además, creo que aquí la correspondencia la distribuyen con camellos y algunos me parece a mí que se comen las cartas de sus alforjas.

El sábado pasado visité la oficina de correos. La señora que me atendió me dijo que si esperaba una carta, que aguardara a que me llamaran y se quedó tan ancha. Hoy sé que la respuesta correcta era “dígame su número de localizador y yo le diré si la hemos recibido.

Alivia mi ira la existencia y la participación de mis compatriotas en la página de facebook. Los últimos días el proceso electoral ha sido tema de referencia y maravillosa la información y emociones compartidas (gracias a todos, administrador y participantes). Me he sentido menos sola en este proceso, ya que mis amigos españoles no habían solicitado el voto rogado. Algunos de ellos no están inscritos en la embajada y el día 20 estarán en España. Votarán allí.

La embajada se habilitaba, a efectos electorales, los días 16, 17 y 18 de diciembre. Es decir, el plazo concluye hoy. Para recibir la documentación, expiraba ayer porque los viernes es el día sagrado para los musulmanes (vamos, que correos cierra). Y hoy, día 18 de diciembre, además del cumpleaños de mi madre, es el día nacional de Qatar. Como cada año, la ciudad se vuelve loca. Estalla en fastos y celebraciones. La zona de Corniche y alrededores permanecerá cortada al tráfico, aunque de buena gana habría ido yo hoy a la embajada española aunque hubiera sido andando. O aun mismo, de rodillas. Pero claro, para eso tendría que haber recibido mi carta.

La secuencia comienza en correos. Jueves por la mañana. Cuando llega mi turno, explico que estoy esperando una carta y me dan un número de teléfono. Llame al Señor Riad. Y eso hago, le explico a este señor, que a duras penas habla inglés, que estoy esperando una carta. Me pregunta algunos datos sobre mi nombre y mi dirección y me dice que vaya al the Gate Compound, que es una urbanización muy cerca de mi casa, y pregunte por un número de buzón. Vuelvo a mi barrio, busco las oficinas de este compound y me explica la chica que en abril cerraron los buzones y ahora no se reciben más cartas. Vuelvo a llamar al Señor Riad y me dice que vuelva a la oficina central y pregunte por la ventanilla cinco. Conduzco, de nuevo, hasta el centro. Acudo al mostrador cinco (que no la ventanilla) y me mandan al quince. En éste, pregunto por este señor y me dicen que está en su hora de descanso. Me siento y espero. Sigo esperando. Y sigo esperando.

Como música celestial, oigo a unos chicos que hablan en cristiano cerca de mí. Les pregunto y, efectivamente, han venido por la misma razón que yo. Me dicen que llame a la delegación del gobierno de mi provincia y pregunte el número de localizador. Luego, que vuelva al mostrador número quince. Afortunada me siento porque ya no estoy sola. En este contexto, circunstancias e indignación compartida, me parecen amigos de toda la vida (cosas de ser expatriados).

Me dispongo a seguir sus instrucciones cuando una chica me avisa de que el señor Riad ha vuelto. En la ventana número cinco me dan una carta que beso y me hace dar salgos de alegría. Con ella, vuelvo donde estaban mis nuevos amigos y uno de ellos me pregunta por qué el sobre es tan pequeño. No, no eran mis papeletas. Y no, no era yo la destinataria. Vuelvo a la ventanilla número cinco y se lo explico al chico indio. Le muestro la carta y mi tarjeta de residencia. Entonces él, ni corto ni perezoso, intenta convencerme de que sí. Mire, dice comparando los datos María-María y Spain-Spain. Me dieron ganas de darle una torta, pero me contuve y le expliqué despacito que el resto del nombre y los apellidos eran diferentes, que en España hay muchas Marías y que en Qatar hay muchas españolas.

Vuelvo al mostrador número quince, donde todavía están los chicos de Murcia. Algunos han conseguido su carta, pero no todos. Llega una pareja de Utiel y esperamos juntos nuestro turno mientras afianzamos vínculos. Los tres esperábamos la carta desde Valencia y según indicaba en la web de Correos, nuestros números de buscador no habían llegado a destino. Poca esperanza. Frustración con el sistema de voto rogado y los intereses de los beneficiarios de este sistema que nos deja sin votar y cabreo con el correo de Qatar. Hasta que llegó nuestro turno charlamos, compartimos anécdotas vividas aquí y nos animamos mutuamente.

Suerte que conocí a Pili y a los chicos. Este encuentro fortuito fue la única parte buena y un alivio a lo amargo del momento.

Hasta aquí, correos de Qatar. La segunda parte, la principal, sobre el voto rogado (y tan rogado), en El Correo del Golfo.

OTRO ADIÓS

20150921_104157Tras escribir el título de esta entrada, me he alarmado. ¿Estaré convirtiendo mi temática en la misma cansina y quejumbrosa que exhiben algunos cantautores que pasan su vida llorando al desamor? Espero que no. Apunto nota mental: variar mi temática y escribir relatos sobre historias divertidas y jubilosas en el futuro.

Pero hoy es la que toca y allá voy con ella. He decidido terminar con un chico. Para ser exactos, primero le preguntaré si existe entre nosotros algún tipo de relación, que a mí me parecía que  sí, pero como yo ya no entiendo nada sobre hombres, pues que me lo aclare primero, sobre todo, para no hacer yo el ridículo.

Dice mi amiga Macarena que no le gustan estas modernidades de ahora, que el que hoy es su marido, hace ya más de veinticinco años, le preguntó si quería ser su novia. Y así, aclarando la situación desde el principio, no se llega a confusiones ni a malentendidos.

El caso es que yo he decidido terminar con este chico. Y él era (es) cristiano, europeo, de mi edad, soltero y sin hijos. Creía que cambiando los parámetros al escoger un hombre con el que mantener una relación, algo más se modificaría. Ha sido, incluso, el primer cristiano con el que he salido en muchos años.

Él me gusta, lo admiro, es muy inteligente y me seducen sus valores y su manera de interpretar el mundo.

Aparte de que él está pensando en volver a su país y yo al mío (¿quién sabe, quizá dentro de un año?), pues no me parece suficiente presente el que tenemos.

Para vivir en la misma ciudad, nos vemos poco. Muy poco. Yo había aceptado que es un tipo de persona que necesita su propio espacio y sus momentos –muchos momentos- de soledad. Así lo he respetado y me consta que lo ha valorado y agradecido.

Pero una cosa es que necesite su espacio y otra es que solo sepa vivir en su cueva. Por eso no creo que le preocupe que “esto” se acabe, simplemente continuará disfrutando de su retiro del mundo, su interior y su aislamiento.

Hace años que tomo muchas decisiones bajo el lema “Yo esto no tengo por qué aguantarlo” y hasta ahora me ha funcionado. No tengo por qué aguantar una relación donde la otra persona ya no esté nunca, aunque le haya tomado cariño y aunque las veces que sí estaba me gustaba su compañía.

Ahora me planteo yo una duda, una cuestión importante a decidir, casi trascendental. Me aprendí una poesía de Pablo Neruda porque es un escritor que le encanta. Pensaba recitársela a modo de regalo. Aunque no sabe español, sé que le gustará la sorpresa. En este tiempo me he abstenido de comprarle ningún presente material para evitar un soporífero discurso sobre el capitalismo y los niños que trabajan cosiendo en Bangladesh.

La cuestión es que me he aprendido los versos más tristes esta noche y quiero considerar la opción de recitárselos antes de terminar, para no desperdiciar la energía y el tiempo invertido más que nada. Ya lo decidiré…

El caso es que se acabó. Lo voy a llamar para que me invite a un té en su casa. Tranquilo, me quedaré solo media hora, y terminaré -en caso de que exista- la relación con el chico más inteligente con el que he salido nunca.

CON UN HOMBRE CASADO

CasadoContinuando con este ciclo de relatos amorosos y desamorosos en los que se mezclan recuerdos e imaginación a partes iguales, y de los que no revelaré cuáles son más ciertos y cuáles menos, voy a exponer lo que me sucedió hace un tiempo. En ese momento yo pensé que era una historia de amor fascinante. Ahora sé que solo fue un delirio de pasión instantánea.

Él estaba casado. Y no, no me engañó. Yo lo supe desde el principio, y dejé que me conquistara. Me dejé llevar por esa necesidad que tenía de amor, de cariño o de compañía, por ese anhelo de vivir historias apasionantes, dignas de ser contadas en algún relato más interesante que éste.

El tiempo que duró pensé que lo quería, que estaba loca de amor y que los sentimientos concedían una especie de patente de Corso para quebrantar cualesquiera reglas. Y eso hice yo, saltarme todas las normas. Mis valores y principios fueron los primeros en caer. Ni tan siquiera me di cuenta, tan ciega y ebria de pasión me sentía yo.

Falté al trabajo en numerosas ocasiones sin pensar en las posibles consecuencias, arriesgando mi empleo y con ello, mi situación en Qatar. Todo estaba justificado para consumar nuestros encuentros. Era amor y por eso, todo valía.

Durante aquellos meses no pisé el suelo, viví flotando, cual vehemente. Por las mañanas me levantaba de un salto y todo cuanto me sucedía era estupendo y maravilloso porque él existía. Me sentía pletórica, borracha de amor. Creo que alguno de mis amigos llegó a envidiar el estado de frenesí permanente en el que movía.

Él era árabe y su esposa, europea. Me contó la historia de que su matrimonio había sido invadido por el hastío y que ella no lo hacía feliz… ¡vaya tópico, ¿no?! Y allí estaba yo, cual salvadora del universo, para causarle dicha.

Procuré pensar solo en el presente, más imaginado que real. Porque futuro sabía que no tendría, aunque nada hubiera anhelado más que una vida a su lado.

Lidié con mis celos cada noche sabiendo que dormía a su lado.

Y no sé cómo, de qué manera, un día me di cuenta de que no me merecía aquello y, con un gran dolor en mi corazón y en mi alma, le puse punto final.

Ahora sé que una persona con una sana autoestima no tendría una relación con alguien que tenga pareja. No es amor. No sé lo que es, pero no es amor. Si te quieres a ti mismo no te embarcas en una relación de ese tipo.

Para terminar, unas líneas que le escribí:

Por unos instantes él me quería. Y lo hacía como ningún otro hombre me había querido antes. Al menos, hasta donde alcanzaba mi memoria.

No sé si me enamoré de él o del amor que me daba. Todavía no soy capaz de discernirlo.

Tan solo podía ofrecerme unos instantes y ni siquiera sabía hasta cuándo.

Su amor era tan agradable que no podía alejarme de él, Separarme del sueño que él suponía, pues pocas veces lo tenía cerca. Aunque lo sentía a mi lado cada instante.

Su presencia era arrebatadora. Su mirada traspasaba mi alma y cuando sus manos me tocaban, todo mi ser se ponía a temblar.

Él conocía cada parte de mi cuerpo. Él conocía cada parte de mi alma. Era como si ya hubiésemos estado juntos en vidas pasadas.

El recuerdo de su presencia era cálido. A menudo me recreaba rememorando el sabor de su piel, el aroma de su ser y el calor de sus abrazos.

Me enamoré de unos instantes.