Archivos del mes: 31 diciembre 2013

Arte en mármol

P9130088Hace casi dos años y medio que vengo compartiendo mis pensamientos, reflexiones y emociones en este blog. Todo empezó como un juego, un reto que me proponía un amigo. Un profesional liberal debe estar presente en las redes sociales y tener su propio blog, me decía. Y así fue como nació “Arquitectura y Emoción”. Creo que la arquitectura ha sido una excusa, un hilo conductor como lo es de mi vida. Apasionante, una disciplina vasta y compleja que va ligando las distintas etapas de mi camino.

Y escribí sobre todo aquello que pasaba por mi mente y por mi corazón en mi etapa como profesional liberal, cuando tenía mi propio despacho cerca de Valencia. Volcaba mis emociones y mis vivencias. Las de entonces y las pasadas, que se habían ido acumulado a lo largo de los años en algún lugar de mi memoria.

Aquella etapa tocó fin. Y me trasladé a Oriente Medio. Empleada en un despacho de arquitectura, con una tarea inapetente pero en una atmósfera maravillosa. Rodeada de personas que hoy son mis amigos, parte de mi familia. Descubrí la cultura árabe, el Islam, las diferencias entre los distintos países de la Península Arábiga y del Norte de África. Redescubrí la arquitectura.

Y cuando menos lo esperaba (que es cuando suelen suceder los acontecimientos importantes), la vida me sitúa en una empresa que trabaja el mármol. Esculturas, revestimientos, mobiliario, elementos para el jardín… todo lo que puedas imaginar tallado a mano. Recuperando el antiguo arte de los escultores y cinceladores. Aquí soy “designer manager”, que suena muy cool, pero que significa diseñar interiores con mármol y tratar con los clientes. Esta segunda parte, un regalo. Vamos, lo que viene siendo comercial (antiguamente llamado viajante). Por fin he dejado de dibujar durante diez horas al día delante de un ordenador para “salir a la calle”.

¿Con quién trato? Con qataríes. Nuestro producto es exclusivo y está enfocado a un público con alto poder adquisitivo. Es interesante descubrir a estas personas, los autóctonos de uno de los países más ricos del mundo. Existe todo un código para actuar aquí y ya he empezado a aprenderlo. Como esta mañana, cuando mi director me ha pedido que hiciera una llamada. La chica es más joven que tú y que yo, me ha dicho, pero como es una mujer podría resultar ofensivo que la llamo yo… todo un mundo por descubrir.

Otros de mis clientes son los engineering managers de los hoteles de cinco estrellas. En las primeras visitas me sentía abrumada, nunca me he movido en contextos tan fastuosos. Pero me voy acostumbrando. Le encuentro su gracia. En algunas visitas, cuando llego, me abren la puerta del coche y me lo aparcan.

El mundo de las ventas. Me parece apasionante. Les pregunté a mis padres si no les daba pena que hubiera estudiado durante tantos años una profesión técnica y artística como es la arquitectura, que hubiese continuado luego con mi formación y que ahora esté trabajando como vendedora. Casi les ofendió la cuestión. En primer lugar, todos los empleos son dignos. Por otra parte, mi trabajo sigue ligado al diseño y no me habrían contratado si no fuera arquitecta o diseñadora de interiores. Y lo más importante: ven lo feliz que me siento con este nuevo empleo. Porque trabajo con personas, lo que más adoro en el mundo. Estar con gente, conversar, descubrir. Esforzarme por empatizar, conectar, entender a los otros. Volver a aprender escucha activa, trabajar la asertividad…

Así que os iré contando lo que este nuevo empleo me inspira. Como la gran diferencia en los negocios entre tratar con árabes y con occidentales (me quedo con los primeros). O la falta de organización que suelen tener las empresas locales. En esto, echo de menos Europa. Cómo gestiona mi jefe la empresa. Cómo me siento cómoda y libre aquí. Hablaré también sobre la confianza en las relaciones… En fin, todo un mundo de arquitectura y emociones a explorar y compartir.

Así que después de este descanso que me he tomado sin haberlo planificado, después de comenzar con todas estas novedades, seguimos. Continuamos en el camino y lo hacemos con ilusiones renovadas. Gracias por acompañarme. Y Feliz Año Nuevo 2.014.

Cuando llegué a Valencia

ReencuentroDespués de un año sin haber pisado Occidente, regresé a Valencia. Supuso un viaje de dos semanas que me recargó de luz y de amor. Aquí el sol brilla con fuerza a diario y tengo personas que me quieren. Pero necesitaba ese esplendor y ese cariño del que tanto me impregné allí.

Casualidad o no, volé un 29 de noviembre. El mismo día que había llegado a tierras herejes un año antes.
El reencuentro fue tan intenso y nutritivo que al poco tiempo sentía que ya habían valido la pena todos los momentos de añoranza vividos en Qatar.

Volví a sentirme en casa en Valencia, aunque necesité un tiempo de readaptación. Así, recordé la configuración de las calles como espacio público, definidas por las fachadas de las viviendas y de los locales, con una urbanización bien consolidada.

¿Y conducir? La inercia me hacía tender a la misma conducta que había tenido en Doha, pero cada primer movimiento sirvió para ir resituándome y volver al “sistema español”. Así, recordé que aquí por ciudad no se adelanta y la velocidad máxima son 50Km/h. Que el tráfico es ordenado, los conductores usan los intermitentes y avisan cautelosos de sus movimientos previamente. Que los coches se mueven bajo un sistema y esto me recordó que estaba en Europa.

De nuevo, todos los carteles aparecían en cristiano. Indicaciones de tráfico, nombres de calles, rótulos de negocios. Cambiamos el árabe y el inglés por el español y el valenciano en todos los letreros.

Por las calles las personas caminaban abrigadas. Y yo misma disfruté del frío. Y disfruté de refugiarme del frío.

El sol llegaba tarde a su cita diaria y algunos días no se mostraba tan desnudo como lo hace en Oriente Medio. Algunas veces se esconde, tímido, tras algunas nubes o un velo gris que tiñe toda la ciudad. Amigo, aunque me haya quejado porque tu presencia haya llegado a ser implacable, me alegro de que me hayas acompañado a diario durante este año.

Tan pronto como salí del aeropuerto tomé conciencia del aroma que respiraba. Un olor a verde y a invierno. A humo de chimenea y a frío. ¿A qué huele el invierno en tu ciudad?

¿Y los colores? Dejé un amarillo luminoso y deslumbrante por los grises, marrones y tonos oscuros de verde. Colores de otoño de un Mediterráneo que llega a ser frío.

En los espacios públicos se escucha un rumor de fondo que me resulta familiar, como cuando sintonizas una emisora de radio y desaparece lo que era ruido para tus oídos.

Las señoras no visten con hijab. Se ven sus cabellos y el dress code, las normas de vestimenta que siguen son las mismas que las mías.

Lo que es conocido nos resulta agradable. Cómodo. Familiar. La sociedad se mueve con los ritmos con los que yo crecí, los que generaron mi estructura, mi sistema de referencia. Resulta reconfortante y tranquilizador. Así como me era estimulante y atractivo encontrarme con un sistema diferente y nuevo. Una voz interior me retaba durante este año, “Geles, a ver si eres capaz de adaptarte, a ver si eres capaz de disfrutarlo”.

¿Y con qué conclusión me quedo? Con lo afortunada que soy por tener lo bueno de ambos lados, así como el amor de aquí y de allí.

Y disfruto de los sabores de mi tierra. Así como lo haré a la vuelta de los propios de Oriente.

La Estructura

La estructura. Pilares, vigas y forjados. Los elementos que sustentan el conjunto del edificio.

Los huesos.

La identidad.

Volví a España después de vivir un año en tierras extrañas. Tierras que ya no me lo parecían tanto después de todo este tiempo. Y al reencontrarme con todo, reconocí cuáles eran mis huesos. Reconocí la estructura que me había conformado y que ya casi ni veía.

Por poner etiquetas, aunque no me gusta hacerlo, diré que soy europea, mediterránea, latina. Española. También diremos que me he adaptado bien a esta cultura musulmana y a la calidez del desierto. Y me cubrí con sus telas, pinté mis muros con sus colores. Me sentía cómoda. Y me siento, ahora que he vuelto. Pero las dos semanas en casa, en mi casa de allí, pues todos tenemos varias, me han ayudado a reconocerme.

¿Y de qué hablan mis huesos? ¿Qué material conformó en su día mis pilares? Pues ahora lo he visto claro, de uno occidental, donde beber cerveza no es pecado. Donde una mujer puede vestir con tirantes sin ofender a nadie. Donde hay pinos, montañas y ríos y el invierno huele a campo mojado y a humo de chimenea. Porque en invierno hace frío. Un material donde una mujer puede ser independiente y autónoma. No necesita un marido para que la lleve a ninguna parte. Aunque todo hay que decirlo, un sitio donde a las mujeres no las tratan como reinas sólo por el hecho de serlo.

Una sociedad laica, en la que la religión ha dejado de ser el eje central de la vida. Una sociedad que también ha perdido valores, como diría mi padre, y en la que los vínculos familiares se han aflojado.

Un lugar sin desierto y sin dunas, sin zoco, sin shisha y sin gasolina súper a veinte céntimos el litro. Sin shawarmas, sin hummus y sin lemon mint. Pero con tortilla de patata, paella y jamón serrano.

Un material que he reconocido como mío. Con sus virtudes. Con sus defectos. Pero que me resulta propio. Que no es mejor ni peor. Pero que vibra con la misma longitud de onda que lo hago yo.

Creo que por muchos años que pasara en tierras lejanas –éstas u otras- los pilares que conforman mi identidad, aquéllos que se forjaron en mi niñez y se consolidaron en mi juventud, no pueden cambiar. Soy fruto de mi cultura. Con una actitud flexible, empática, adaptativa. Pero hija de mi cultura.