Archivos del mes: 23 junio 2012

Aquí me bajo

A lo largo de la vida tomamos decisiones. Constantemente lo hacemos. Incluso, no decidir es tomar una decisión. Yo he escogido una opción y creo que es de las importantes. Al menos, de las tristes. Por lo que dejo.

Hace un tiempo empecé un proyecto con unos amigos y compañeros. Se trataba del diseño de un colegio. Teníamos grandes ideas y formábamos un buen equipo: técnico y creativo a la vez. Así que empezamos a reunirnos para dibujar los primeros bocetos. Rompimos con el esquema tradicional de lo que es un centro de enseñanza y recogimos las ideas más vanguardistas de dentro y fuera del país. Además, estábamos muy pendientes de cómo se construían los coles y de cómo iban funcionando.

A lo largo de los meses invertimos tiempo, energía y esfuerzo. Y lo hacíamos encantados. Teníamos ilusión por lo que estábamos creando. Como éramos seis personas, a veces era muy largo llegar a consensos, pero las sinergias que aparecían por el camino y las decisiones finales compensaban con creces. Teníamos tanta fuerza que no nos importaba dedicarle horas y horas. Y eso que cada uno de nosotros tiene numerosas ocupaciones, entre ellas, el trabajo de donde obtenemos nuestros ingresos. Y hablando de ingresos, creíamos tanto en nuestra obra que sabíamos que en el futuro nos proporcionaría una importante remuneración económica. Esto lo teníamos en cuenta pero la principal motivación era el tipo de proyecto que estábamos diseñando.

Los bocetos eran increíbles y poco a poco el proyecto fue tomando forma. Y llegó el momento de dar el siguiente paso: formalizar el equipo. Un equipo heterogéneo, con objetivos comunes, una ilusión compartida y muchas ganas de trabajar. Era la etapa de concretar hasta dónde estaba dispuesto a implicarse cada uno de nosotros. Necesitaríamos algo de dinero. Hasta ahora habíamos invertido con nuestras horas de trabajo pero, llegados a ese punto necesitábamos material para hacer maquetas y, seguramente, comprar un plotter. Y también debíamos decir cuánto tiempo podría dedicarle cada uno de nosotros. Y hasta dónde estábamos dispuestos a llegar.

Y yo, que había estado rebosante de  ilusión me di cuenta de que no podía comprometerme para trabajar a largo plazo. Que también quería hacer proyectos en otros lugares. Y ese “otros lugares” era una idea que me atraía con mucha fuerza. Y tenía que tomar una decisión. Una decisión responsable hacia mí y hacia mis compañeros. Y yo sabía cuál era. Muchas veces sentimos qué opción elegimos. Lo que nos cuesta es reconocerlo. Reconocerlo y argumentarlo racionalmente.

Y mi razón me decía que ese proyecto tenía mucha fuerza y que se iba a construir un colegio increíble. Y también, que se ganaría dinero con él. Y mi razón me decía que tal vez nunca más en la vida encuentre un equipo de trabajo como ellos.
Y una vocecita me susurraba que éramos seis. Y el seis es mi número favorito. Puede parecer supersticioso o infantil pero cuando este número está ahí, todo va bien.

La razón me dice que me quede y algo dentro de mí, que vuele. Y son tan fuertes esas ganas de volar que he decidido ser consecuente con mis decisiones y responsable de mis actos. Y aquí me bajo. Os quiero, amigos.

Síntomas y patologías

Para empezar con el tema voy a poner un ejemplo muy habitual de afección en las construcciones: las humedades, las temidas humedades. En muchas ocasiones me han hecho consultas porque surge una humedad, la limpian o la pintan y vuelve a salir. Normalmente me lo cuentan muy indignados porque esto ya lo “solucionaron” con un estupendo barniz que “arreglaba” el problema pero no… ahí volvía a salir.

¿Cómo vamos a llamar a esa humedad? ¿Patología? ¡No! La vamos a llamar síntoma porque es el aviso, el mensajero de la verdadera patología. ¿Y cómo llegaremos a la raíz del problema? Mediante ese síntoma, que lo vamos a hacer nuestro aliado y que nos va a guiar hasta la verdadera dificultad. Si nos empeñamos en limpiar el moho que origina esa agua y a repintar una y otra vez es posible que nunca descubramos una fuga de agua o un fallo en la impermeabilización de la cubierta.

Eliminar el síntoma poco soluciona pues la dificultad se manifestará de otra manera o por otro sitio. Seguimos nuestra humedad, por ejemplo, en una pared. No nos gusta nada que se vea la mancha, que se desconche la pintura. Queremos erradicar ese problema que creemos que es la mancha de humedad. En lugar de observarla, ver por dónde está, hacia dónde avanza, etc. hasta que nos lleve a la fuga de agua, nos empeñamos en eliminarla. Muy bien, imaginemos que nos recomiendan una pintura estupenda y nos cuentan que con ella no vamos a tener más problemas de humedades. Y así es, la humedad no vuelve a salir por esa pared pero la fuga sigue existiendo y por otro sitio avanzará. Y como no se manifiesta este síntoma, el agua irá perjudicando el tabique en todo su conjunto. Bueno, en casi todo porque la cara que vemos de la pared está impoluta desde que aplicamos la maravillosa pintura que nos “solucionó” la humedad.

Cuidado con esto. A menudo detectamos una dificultad en nuestra salud física, en nuestro cuerpo y nos empeñamos en eliminarlo. La fiebre es un síntoma de varias posibles enfermedades y nuestro cuerpo, que es muy sabio, eleva su temperatura para que el sistema inmunitario trabaje mejor. ¡No te tomes una pastilla para bajarla! Y lo mismo con tantos otros síntomas. Si te duele la cabeza quizá convenga que nos preguntemos por qué. Es posible que nuestro cuerpo nos esté avisando de que algo no va bien, que necesitamos descansar, que somatizamos una emoción, que no estamos comiendo correctamente, etc. Los buenos médicos no se cargan los síntomas, sino que los utilizan como guías hasta la patología y es ahí donde hay que actuar.

Si no soluciono la fuga de agua seguirá ocasionando desperfectos y es posible que se manifieste con diferentes síntomas cada vez que erradico uno de ellos. Si tengo una infección en mi cuerpo y trato los síntomas aparecerá uno tras otros sin solucionar el verdadero problema.
Y lo mismo sucede con nuestro comportamiento. Escuchemos los síntomas. Si tengo un apetito irregular, si duermo mal, si experimento ciertas molestias en mi cuerpo, en lugar de erradicarlas, tomar somníferos, calmantes, etc. ¿por qué no observo bien todas esas señales y dejo que me guíen hasta la verdadera dificultad? Una vez que la tenga identificada (gracias a esos síntomas) podré hacerle frente e, incluso, pedir ayuda para solucionarlo. Propongo que a partir de hoy seamos amigos de nuestros síntomas, que los escuchemos y que nos dejemos guiar por ellos.

Forjados sanitarios

¿Sabes qué es un forjado sanitario? Te lo cuento. Y procuraré hacerlo entretenido. Vamos a construir una casa y la vamos a apoyar sobre el suelo. Las estancias de la planta baja estarán separadas del terreno por una losa de hormigón. Como te puedes imaginar, el terreno es esponjoso y tiene huecos por los que puede circular el agua, ocasionando las tan temida humedades. ¿Cómo las evitamos? Principalmente, tenemos dos sistemas. Uno es colocar una lámina impermeabilizante que actúe como barrera. Si es de buena calidad y se coloca perfectamente no tiene por qué originar problemas.

El segundo sistema consiste en crear una cámara entre el terreno y el “suelo” de la edificación. Puede tener, por ejemplo, 1,20m de altura. Normalmente ese vacío se configura excavando un poco y elevando la construcción otro poco. Como ya no podemos apoyar una losa sobre el terreno, pues ejecutamos un forjado, que normalmente está formado por viguetas y bovedillas. Habremos colocado unos muros de bloque en todo el perímetro y dentro de ese “espacio vacío” y sobre ellos apoyarán las bovedillas.

Por último, en las paredes de bloque, se colocan unas rejillas y así el aire puede circular. No solo tenemos la cámara de aire sino que además, está ventilada. Ejecutar este elemento, aunque encarece ligeramente la construcción, ofrece otras ventajas como son la posibilidad de pasar tubos de instalaciones por debajo. Y si hay alguna fuga de agua a lo largo de la vida del edificio, se accede a ese espacio y se arregla, sin necesidad de tener que levantar las baldosas ni picar.

¿Y por qué explico todo esto? Porque el pasado viernes descubrí una función del forjado sanitario que jamás se me habría pasado por la cabeza. En el curso de los Caminos a la Felicidad tuvimos el taller de Altruismo. Fue una de las mejores sesiones. Davi Montesinos impartió –altruistamente- la primera parte (la segunda corrió a cargo de nuestro Rafa). El hecho de tenerlo allí ya supuso una inspiración para nosotros. Es una persona muy comprometida socialmente. Dedica gran parte de su tiempo y de su energía a los otros. Y es feliz. ¿Casualidad?

Compartió con nosotros qué significa altruismo para él y nos trajo fotos y anécdotas de distintas experiencias que ha tenido como misionero. Muchas de ellas, de los tres años que estuvo en la selva de Perú. Hicimos dinámicas para ponernos en la piel de las personas de aquél poblado y nuestro ponente nos cautivó con sus historias.

Pensé en escribir esta entrada en el momento en que nos enseñó una foto de la cabaña de la Misión y yo descubrí una nueva función del forjado sanitario. Estaba construida en madera, era sencilla y se elevaba del suelo unos 60cm. Ese espacio era un vacío donde solo había troncos de madera que se veían desde fuera y que sustentaban la edificación. Nos explicó que lo hacían así para resguardarse del agua. “Claro –pensé yo- como nuestros forjados sanitarios”. Y que elevaban las construcciones también para protegerse de las serpientes, que era la principal amenaza de aquella selva. Así que el taller supuso toda una lección de altruismo… y también de construcción.

No basta con el edificio

La Nueva Fe de Valencia. Un edificio blanco, majestuoso, formado por una serie de prismas bien ordenados. Cada vez que pasaba por fuera me llamaba la atención por la presencia de sus volúmenes, por su composición, el ritmo de sus elementos y el diseño de sus fachadas. ¡Tan blanco! ¡Tan nuevo!

Hoy he estado dentro por primera vez. Esta mañana mi padre se cayó en el monte. Como pudo, llegó a casa. Mi madre lo llevó al hospital de Requena, que era el más cercano a donde estaban. Allí lo visitan, le hacen el informe y lo envían a la Fe. Urgente. La ambulancia llegó rauda, ayudada por su sirena.

Han pasado unas horas desde que se produjo el golpe y comienza la espera. Conforme pasa el tiempo yo me indigno. Entre mi madre y yo fuimos cuatro veces a preguntar en la ventanilla por qué tardaban tanto. Que era urgente. Que habían dicho en el hospital de Requena que tenía unas oclusiones de aire y que corría el riesgo de que se desplazaran a otros sitios, como el sistema circulatorio.

Seguimos esperando. Los espacios interiores y las instalaciones del edificio me maravillan. Pero me indigno. ¿De qué sirve un edificio tan espectacular si la gestión presenta fallos? Vienen a mi memoria casos de personas próximas descontentas, como mi amiga Isa que llegó un día que iban a operar a su hija y tuvieron que volver a su casa, no había cirujano disponible.

La mayoría de personas que trabajan allí son grandes profesionales y tienen un trato amable y cercano. Pero resultan insuficientes o la atención al paciente no está bien gestionada. Y es que al final un edificio es como una persona: no basta con la apariencia exterior. Puede haber un hombre o una mujer con un buen físico, bien vestido, con un aspecto impecable. Si falla, sus actos pueden desacreditar totalmente esa impoluta apariencia.

Dos horas y diez minutos después de haber llegado, nerviosos por la situación, tensos por el diagnóstico del otro hospital y cansados de que nos digan que la doctora de maxilofacial estaba atendiendo en planta y “enseguida baja”, mi madre pierde la paciencia y se deshace de su conducta asertiva. O como ella diría, va a hablar con la chica de la otra ventanilla y la lía. Cinco minutos después llaman a mi padre.

En momentos como ése yo me pregunto, ¿hay ocasiones en que es mejor no tener una conducta asertiva? ¿La agresividad puede ser buena? Levantar la voz y amenazar acabó siendo más efectivo que intentar que las administrativas empatizaran con nosotros. Gritar trajo frutos que no habían conseguido una explicación, un mensaje inquieto y una llamada al sentido común. Algo no funciona.

Por suerte la historia tiene final feliz. Le cosen la herida. Estudian los resultados de las radiografías y el tac que le habían hecho en Requena y le diagnostican lesiones menores. No hay que operar. Las oclusiones de aire saldrán solas a través de unos conductos que se comunican con la  nariz. Dolorido, con media cara hinchada y un ojo cerrado por la hinchazón, vuelve a casa. Feliz por el diagnóstico.