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ENCUENTRO FORTUITO

IMG-20151123-WA0011Finales de febrero y en Qatar se ha acabado el invierno. Es sábado y tengo una cita, pero es una cita con mi querida amiga Azadeh. Hace unos meses que han abierto un nuevo zoco en Al Wakrah, que es una ciudad cercana a Doha, y allí quedo con mi amiga para comer.

Nos sentamos en una terraza del paseo, enfrente del mar y bajo ese sol que todavía no asedia, es más, acaricia la piel con suavidad. Disfrutamos de un plato de kebsa, de un zumo y, sobre todo, de la compañía.

Frente a nosotras caminan algunos paseantes. Árabes y occidentales definen el paisaje. De repente reconozco a uno de ellos. Es George, un antiguo amigo. Lo acompaña una chica. Me levanto a saludarlo, creo que ambos nos alegramos de vernos. Puede que no tanto su amiga, que no para de escanearme en dos sentidos: de arriba abajo y el opuesto. Me parece que es india y también nos saludamos. Charlamos un poco y luego ellos continúan su paseo. Yo vuelvo a mi asiento.

Comento el encuentro con mi amiga y me doy cuenta de que no me ha alterado en absoluto. Me he alegrado de verlo como si me hubiese encontrado a cualquier amiga. Tampoco me había afectado el verla a ella.

Este hecho puede parecer obvio, incluso, ridículo el redactarlo y convertirlo en post. Pero para mí es algo nuevo. No queda tan lejos aquel día en que Osama 2 y yo ya habíamos terminado y me lo encontré tomando café con una chica. Estuve afectada durante dos días. No disfruté la comida con mis amigos y me alteró infinitamente. Por supuesto, los saludé y él se apuró de manera increíble. Tanto, que al día siguiente me escribió para contarme una milonga sin que nadie le hubiera preguntado nada. Yo simulé que no me había influido el encuentro y le recordé que ya no teníamos nada, que era libre de salir con quien quisiera y que no tenía por qué darme explicaciones.

Siento aburrir a quien tenga estas cuestiones superadas, pero para mí es algo reciente y un motivo de alegría. Creo que hoy podría cruzarme con cualquiera y no sentir nada más que una pequeña alegría por encontrarme a alguien de mi pasado. Sin más. Saludar, incluso, a la compañía con la que camine y que no se me acelere el pulso, sin juzgarla y sin alegrarme si me parece fea.

Parece que trabajar la autoestima tiene sus frutos. Ahora sé que prefiero estar sola que mal acompañada y que no voy a recordar a alguien que no merezco, no me merece o con quien una relación no funcionaría. Ya no quiero cariño a cualquier precio. Ahora me quiero yo.

 

Y hecha esta pequeña reflexión en voz alta y por motivo de un encuentro fortuito, voy a ir pensando en retomar mi sección de Amoríos y Desamoríos, que he tenido abandonada durante un tiempo. A partir de ahora comienzo a imaginar y a recordar anécdotas. Propias y ajenas.  Para quienes me han pedido en los últimos meses continuar con la sección, prometo nuevas historias en breve.

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CON UN HOMBRE CASADO

CasadoContinuando con este ciclo de relatos amorosos y desamorosos en los que se mezclan recuerdos e imaginación a partes iguales, y de los que no revelaré cuáles son más ciertos y cuáles menos, voy a exponer lo que me sucedió hace un tiempo. En ese momento yo pensé que era una historia de amor fascinante. Ahora sé que solo fue un delirio de pasión instantánea.

Él estaba casado. Y no, no me engañó. Yo lo supe desde el principio, y dejé que me conquistara. Me dejé llevar por esa necesidad que tenía de amor, de cariño o de compañía, por ese anhelo de vivir historias apasionantes, dignas de ser contadas en algún relato más interesante que éste.

El tiempo que duró pensé que lo quería, que estaba loca de amor y que los sentimientos concedían una especie de patente de Corso para quebrantar cualesquiera reglas. Y eso hice yo, saltarme todas las normas. Mis valores y principios fueron los primeros en caer. Ni tan siquiera me di cuenta, tan ciega y ebria de pasión me sentía yo.

Falté al trabajo en numerosas ocasiones sin pensar en las posibles consecuencias, arriesgando mi empleo y con ello, mi situación en Qatar. Todo estaba justificado para consumar nuestros encuentros. Era amor y por eso, todo valía.

Durante aquellos meses no pisé el suelo, viví flotando, cual vehemente. Por las mañanas me levantaba de un salto y todo cuanto me sucedía era estupendo y maravilloso porque él existía. Me sentía pletórica, borracha de amor. Creo que alguno de mis amigos llegó a envidiar el estado de frenesí permanente en el que movía.

Él era árabe y su esposa, europea. Me contó la historia de que su matrimonio había sido invadido por el hastío y que ella no lo hacía feliz… ¡vaya tópico, ¿no?! Y allí estaba yo, cual salvadora del universo, para causarle dicha.

Procuré pensar solo en el presente, más imaginado que real. Porque futuro sabía que no tendría, aunque nada hubiera anhelado más que una vida a su lado.

Lidié con mis celos cada noche sabiendo que dormía a su lado.

Y no sé cómo, de qué manera, un día me di cuenta de que no me merecía aquello y, con un gran dolor en mi corazón y en mi alma, le puse punto final.

Ahora sé que una persona con una sana autoestima no tendría una relación con alguien que tenga pareja. No es amor. No sé lo que es, pero no es amor. Si te quieres a ti mismo no te embarcas en una relación de ese tipo.

Para terminar, unas líneas que le escribí:

Por unos instantes él me quería. Y lo hacía como ningún otro hombre me había querido antes. Al menos, hasta donde alcanzaba mi memoria.

No sé si me enamoré de él o del amor que me daba. Todavía no soy capaz de discernirlo.

Tan solo podía ofrecerme unos instantes y ni siquiera sabía hasta cuándo.

Su amor era tan agradable que no podía alejarme de él, Separarme del sueño que él suponía, pues pocas veces lo tenía cerca. Aunque lo sentía a mi lado cada instante.

Su presencia era arrebatadora. Su mirada traspasaba mi alma y cuando sus manos me tocaban, todo mi ser se ponía a temblar.

Él conocía cada parte de mi cuerpo. Él conocía cada parte de mi alma. Era como si ya hubiésemos estado juntos en vidas pasadas.

El recuerdo de su presencia era cálido. A menudo me recreaba rememorando el sabor de su piel, el aroma de su ser y el calor de sus abrazos.

Me enamoré de unos instantes.

CABEZA Y CORAZÓN

votre-cœurMe siento cansada. Cansada por los últimos días, que han sido emocionalmente agotadores y cansada también por los últimos años, buscando sin descanso una etapa de tranquilidad en mi vida. Un poco de calma, de garantía de calidez. Un poder descansar. Como cuando era pequeña y mis padres se ocupaban de todo.

Y me da por pensar. Más de la cuenta. Más de lo que es saludable. Y pienso en ti, claro. Como siempre. Como acostumbro a hacer desde que te conocí. Entonces tengo sentimientos contrapuestos. Bueno, en realidad los sentimientos tienen una cara. Lo que está en otro lado es la razón. La que me susurra que esta relación no me hace bien. Me da mucho, sí. Pero también me cuesta.

Y siento ganas de llorar.

Cuando me enamoro de alguien esa persona se convierte en el centro de mi vida. Ya sé que esto puede no ser saludable para mí ni para el otro.  Ni para la relación. Pero no elijo hacerlo así. No me he propuesto pensar en ti a todas horas. No estaba en los planes sonreír cuando te recuerdo. No entraba en el proyecto beber de tus recuerdos y alimentarme de los momentos compartidos. No he decidido desear que me suceda lo que no me conviene solo para poder compartir más tiempo contigo.

Dicen que estar enamorado es adictivo. Nuestro cuerpo segrega ciertas sustancias que nos producen bienestar. Vivimos en un estado de felicidad continuada y nos sentimos bien. Así estoy yo. Sabes que, incluso, he hecho cosas que estaban fuera de los valores y principios que guían mi comportamiento. Y los volvería a hacer mil veces.

Y en ese amar, en ese estado, una vocecita que viene de mi cabeza me susurra que entro en un terreno peligroso. Que me estoy olvidando de mí misma. Que mi vida está girando completamente alrededor de una persona (o de la proyección que tengo de esa persona). Y sé que inevitablemente voy a sufrir. Y también me dice esa voz que me “conviene” dejar de verte. Por supuesto me niego a escucharla. Sería incapaz de hacerlo, a menos que tú me lo pidieras. Me da igual todo, quiero compartir contigo cada minuto que la vida me permita.

Así que en esta disyuntiva me encuentro. Y sé cuál es la respuesta, la vía que puede reconciliar a las dos partes. El camino para aunar ambos lados. Consiste en aprender a integrarte dentro de mi vida. Que seas una parte y dejes de ser el todo. Si consigo hacerlo, si soy capaz de resituar el centro de mi vida en mí misma y te hago un sitio (un buen sitio) en mi existencia, sabré disfrutar de esta relación mientras dure.

 

Que no cunda el pánico, no es mía. Bueno, sí es mía pero no de ahora. O quizá me la haya inventado para disfrutar escribiendo y para intentar que lo haga también quien lea.

Afortunadamente ya no me reconozco entre estas líneas. Gracias a Dios y al trabajo realizado junto a mi coach, y a personas como mi amiga Carmen, ya no me reconozco. Ahora soy yo el centro de mi vida. Y si hay alguien cerca, tendrá su sitio, pero no el todo de ella ni tampoco la desestabilizará por completo. Una persona a mi lado sería un compañero con el que caminar, no un cataclismo que acabe con mi equilibrio emocional.

OCULISTAS

LetrasDesde que vivo en Qatar he pasado por situaciones que no había experimentado antes en Europa. Esto me ha llevado a tener una conducta más desconfiada y recelosa, sobre todo,  en cuestión de hombres. Nunca imaginas dónde alguien va a intentar ligar contigo. Y es que aquí hay mucha gente confundida, ser europea y llevar el pelo descubierto no implica que estemos buscando lo que muchos creen que buscamos.

Aquí descubrí que “men are men”. Esto me lo explicó mi compañera de trabajo egipcia cuando volví del médico una mañana y detallé en la oficina lo que me había sucedido.

Después de varias semanas con molestias en los ojos, decidí ir al oftalmólogo. No lo había hecho antes por el engorro de cómo proceder, por tener que explicarme en inglés y por la burocracia –nueva para mí- que aquello suponía. Todavía llevaba poco tiempo en Qatar.

Después de saludarme con mucha –demasiada- amabilidad y charlar sobre España, el doctor me revisó la vista y los ojos. Tenía conjuntivitis. Me recetó unas gotas y me instó a llamarlo en caso de malestar. Mientras me dictaba su número de teléfono yo intentaba descifrar si sucedía algo raro, pues ni siquiera era una clínica privada, o simplemente el médico era amable y yo, una paranoica. La duda se agravó cuando insistió en que le hiciera una llamada perdida para grabarse él mi número de teléfono. ¡Ay! ¡Qué inocente llegué yo a este país! Y así lo hice, dejándole constancia de mi número a este oculista egipcio que me sacaba más de veinte años.

Me  citó para la semana siguiente, para confirmar la graduación de mi vista. Y aún quiso que hubiera una tercera visita, pero ya curada de la conjuntivitis, no fui. De la graduación ya ni me fiaba, así que esperaría a mi siguiente viaje a España, donde mi óptico de confianza y mejor amigo de mi hermano me chequearía los ojos. Para mi sorpresa, el diagnóstico coincidió, pero lo siento mucho, su actitud como persona me hizo desconfiar de él como profesional.

Después de aquello me telefoneó varias veces para interesarse por el estado de mis ojos. Y no recuerdo qué más sucedió, creo que lo bloqueé o que dejó de llamar.

Transcurrieron más de dos años y necesité ir al oculista de nuevo. Esta vez, acudí a una clínica privada con el seguro de la empresa. Me atendió otro doctor egipcio, muy amable y agradable. Mayor que yo, pero muy bien parecido.

Me dijo que de lejos veía bien y no necesitaba gafas. Yo le aseguré que, aun así, que cuando era más joven todavía veía mejor. Me miró y, acariciándome la mejilla, dijo que yo todavía era joven. Y tengo que reconocer que no me molestó porque era un hombre apuesto y porque me recordaba a Ossama I, pero con bata de médico.

¿Qué se le va a hacer? Hasta yo he entrado en el juego. Y si ellos se comportan como “men” detrás de su bata blanca, pues yo también los juzgo como tal. Y me molestará su trato o no en función de cómo me parezcan. Sí, eso de lo que nos quejamos tantas veces las mujeres cuando nos lo hacen a nosotras. Es lo que hay…

EN EL PARKING

ParkingHoy no voy a contar ninguna historia de amor, solo recordaré una anécdota que me sucedió cuando aún era una recién llegada en Qatar. Pero antes, voy a cerrar un capítulo de esta sección y para ello, mataré a un personaje. Lo siento por la gente que quería seguir el curso de la historia con El Escritor, pero no hubo historia ni hubo nada. Tras el entusiasmo de aquella primera –y única- cita, averigüé su apellido con la ayuda de google y me lancé a la labor de investigación. Ya sé que suena un poco paranoico, pero es algo que todas hemos hecho, lo reconozcamos o no. Investigación con mayúsculas.

De facebook obtuve información sobre dos cuestiones. Por una parte, era una persona que se quería demasiado a sí misma. Por demasiado me refiero a rozar el egocentrismo. Con fotos de él en el perfil y en la portada. Me pareció engreído, pero esto lo vamos a dejar en una cuestión secundaria. Lo importante era el estado civil. Él me había dicho que estaba divorciado y en facebook aparecía como casado… ¡jalás! No necesito averiguar nada más. Me he visto en tantas situaciones en las que los hombres inventan su estado civil y se presentan como solteros o divorciados, que no quiero más.

Fue fácil. Primero me olvidé de él, y es que no era para tanto (¿será orgullo o será que no me interesaba realmente?). En las varias semanas que han transcurrido desde aquella cita, solo me ha escrito un par de veces para quedar. Lo esquivé y ya no he vuelto a saber de él. Ni siquiera me he acordado. Quería cerrar el capítulo porque había lectores que me pidieron un seguimiento de esta historia. Y lo siento si decepciono a alguien… no ha habido historia.

Y ahora que he actualizado mi estado, puedo contar la anécdota de uno de aquellos días en que iba sola al Souq Waquif para escribir y fumar shisha. Parece que no haya más sitios en este país, siempre nombro lo mismo. Pero es que es así, aparte del Souq solo tenemos hoteles y centros comerciales… ¿qué se le va a hacer? El caso es que acabé mi tarde y me dirigí a la zona del parking. Por aquel entonces todavía no estaba construido el edificio con varias plantas de sótano donde ahora todos los coches tienen cabida. El parking viejo era una superficie al aire libre donde encontrar un sitio podía costar mucho tiempo. Mucho. Caminaba buscando mi coche cuando un todoterreno paró a mi lado y se bajó la ventanilla. El qatarí me preguntó si me iba y si podía aparcar en mi sitio. Le dije que sí, siempre y cuando fuera capaz de encontrar mi coche. Me ofreció a subir al suyo y ayudarme a buscarlo, así él tendría un sitio donde aparcar. Esto es algo que nunca habría hecho en España, pero estábamos en Qatar y, además, en un recinto cerrado. Las dos salidas tenían barreras móviles. Estaba a salvo.

Era un chico muy joven, aunque el traje nacional siempre pone años. Se presentó, me dio la mano e intentó ligar conmigo. Repetidas veces me ofreció ir a pasear al Corniche o volver al zoco para invitarme a un zumo. El chico insistió lo suyo y lo que más me llamó la atención es que me ofreció dinero. Pero creo que no lo hizo de una manera ofensiva, o al menos no era su intención. Tampoco creo que hubiera ningún malentendido sobre mi profesión. Lo que yo interpreté es que quería ser amable. No creo que se viera en muchas situaciones en las que poder hablar con una mujer a pelo descubierto y su forma de ser cortés era ofreciendo lo (¿único?) que tenía… dinero.

Y esta fue la primera vez y no la única en que un árabe me ha ofrecido dinero. Yo quiero pensar que siempre lo han hecho como un intento (bochornoso) de ser amables. No le he dado más importancia y se ha quedado siempre en una anécdota. Eso sí, soy tan orgullosa que antes me muero de hambre que acepto una oferta de este tipo.

BONITO RECUERDO

VinoHoy me apetece recordar, rememorar aquel día, en el aeropuerto de Dubai. Aunque más que una evocación, hoy me parece un sueño lejano. Incluso, no llego a diferenciar qué parte fue real y cuánto he ido aportando con mi imaginación. El caso es que allí estaba yo, en el aeropuerto de Dubai. Había llegado desde Doha en el que para mí era el último vuelo del día pero la compañía lo interpretaba como el primero del siguiente. Incluso, nos pusieron desayuno, pero yo me lo tomé como una segunda cena.

El caso es que había llegado al aeropuerto, donde me encontraría con él. Juntos volaríamos hasta España. Era un momento de ajetreo en mi vida. Me tomé un descanso de dos semanas entre un empleo al que acababa de renunciar y otro al que me incorporaría a la vuelta. Me sentía ilusionada, asustada y entusiasmada con los últimos acontecimientos. Y sobre todo, estaba loca de contenta porque lo iba a ver, porque compartiríamos unos días juntos. Y… ¡porque viajaba a España!

Rodeada por la suntuosidad del aeropuerto y aturdida por no haber dormido, hablaba por teléfono con él. Se suponía que estaba donde me había indicado. “No te veo”, le dije en inglés, al tiempo que oteaba entre las caras de los viajeros. Dubai es un icono del lujo y de la excentricidad, un desafío constante al urbanismo, a la arquitectura y al diseño. Un todo vale, a costa, incluso, de lo que lo que muchos emiratíes consideran su cultura, su tradición y su identidad. El Aeropuerto Internacional de Dubai, puerta de entrada a expatriados y visitantes, es un claro reflejo de esta ciudad, donde podemos encontrar desde el edificio más alto del mundo hasta la fuente con mayor superficie, pasando por una pista de esquí en el desierto.

“No te veo” y oí que se reía, pero no me contestaba. Me puse de puntillas para intentar distinguirlo entre la multitud. “Gírate”. Me di la vuelta y allí estaba él. En ese momento sentí que era el hombre más guapo del mundo. Nos abrazamos con fuerza -ya no estaba en mi conservador Qatar- y nos dimos dos besos, que al fin y al cabo continuábamos pisando tierra eslámica, que algunos emiratos de EAU se  habrán desmarcado de sus vecinos, pero no podemos olvidar dónde estamos y hay que mantener el decoro y la prudencia, que esto todavía es El Golfo.

Tenía el pelo engominado, una sonrisa inmensa y brillo en los ojos. A pesar de tener dieciocho años más que yo, a mí me pareció el hombre más atractivo del planeta. De repente se me pasó el sueño, la prisa por llegar a España, el malestar por lo ocurrido en la empresa de la que me acababa de despedir y la incertidumbre por mi nuevo empleo. Estaba con él y nada más me importaba. Sólo quería disfrutar el momento en su compañía.

Caminamos de la mano hasta el lounge de la zona VIP. Allí me invitó a desayunar. Charlamos y yo me olvidé del tiempo y hasta de dónde estaba. Le hablé de cómo había seguido sus sugerencias con la que ya era mi vieja empresa y lo mismo había hecho con la nueva. Le confesé mi miedo ante el nuevo puesto que me esperaba. Él, como siempre hacía, mostró mis capacidades y creyó en mí como creía Pigmalión en su escultura. Siempre me indicó el camino para confiar en mí misma y reforzar mi autoestima y mi seguridad.

Cuando terminamos de desayunar y de repetirnos lo entusiasmados que ambos estábamos ante este viaje, acudimos a la puerta de embarque que, para nuestra sorpresa, estaba vacía. Él habló con la azafata y yo me sentí como una niña pequeña, que no tiene que preocuparse por nada, ya hay alguien que cuidará de mí.

Por alguna razón el vuelo se había retrasado. Pero esto no nos supuso ningún trastorno. Volvimos a la zona VIP y nos sentamos en otro rincón, que tenía una iluminación cálida, con revestimientos de madera, suelo enmoquetado y sillones cómodos. Allí disfrutamos de unos vinos y una excelente conversación, entre temas trascendentales y otros más frívolos transcurrió el tiempo. Disfrutando. Daba igual que él fuera musulmán, tomamos una copa de vino tras otra. En la zona VIP. Con su compañía y con su conversación.

EL ESCRITOR

El escritorNo sé muy bien cómo ha sucedido, pero he vuelto a caer.  Después de decidir que no volvería a tener citas con árabes, se me ha colado uno y… ¡me gusta! Me ha pillado un poco desprevenida y no estaba en mis planes. Para más inri, no es de un país cualquiera, no. Es de Argelia, del mismo sitio que el novio que tuve hace ahora diez años. La única relación seria que ha habido en mi vida y la persona con la que iba a casarme. Fueros momentos muy duros y de aquello surgió una tensión con mis padres que se prolongó durante años y una de las etapas más dolorosas que he vivido.

En fin, vamos a olvidarnos de lo que ya está pasado, aceptado, trabajado e integrado y volvamos a mi cita de hoy. Con el escritor. Ha sido en Souq Waqif y casi por casualidad, después de más de un mes enviándonos whatsapps y planeando quedar un día. Yo no tenía muchas expectativas, así que iba tranquila y pensando que si era idiota no sería grande la pérdida.

Para mi sorpresa ha resultado un chico encantador. Además de ser guapo -mi amiga Chelo dice que tiene cara de árabe, pero a mí me parece guapo y atractivo-, tiene una conversación apasionante y entretenida. Me ha volado el tiempo con él.

Trabaja como periodista en Al Jazeera y es escritor. Yo suponía que tener una cita entre un escritor y una escritora (porque yo también lo soy) sería tedioso y aburrido, pero no ha sucedido así, más bien han ido surgiendo temas e inquietudes comunes. El chico está muy viajado, eso se nota.

Al final no hemos tomado café. Nos hemos sentado en una terraza con vistas al Corniche y una brisa suave atenuaba el calor que todavía tenemos en Doha. Finalmente hemos fumado shisha. Yo, por confusión. Él ha pedido en árabe y me ha preguntado que qué quería yo he dicho que lemon mint, pensando en un zumo pero me han traído una shisha con sabor a lemon mint. Antes de empezar le he explicado que hacía mucho tiempo que no fumaba porque me sentía mareada y con el estómago revueltocuando lo hacía , así que probaría y según me sintiera seguiría o no. Para mi sorpresa (demasiadas en tan poco tiempo), no he tenido ninguna reacción desagradable. Mi estómago y mi cabeza en su sitio durante todo el tiempo. No me he mareado en ningún momento. La shisha me ha sentado bien, quizá era por la compañía.

Traía consigo un pequeño ordenador portátil y un libro, yo esperaba que hiciera algo así para impresionarme. Y a pesar de que no necesitaba traer estos complementos consigo, me ha parecido gesto cautivador. Con su ordenador, presto a escribir en cualquier momento y con su libro en árabe, con un marcapáginas cerca del final. ¡Ay! ¡Qué chico tan interesante! Pero que no cunda el pánico, como le he explicado a Chelo, no me he enamorado perdidamente de él, solo he estado tan a gusto que quiero volver a verle, que me he alegrado cuando me ha escrito para darme las gracias por el tiempo compartido y que le he contestado enseguida, diciendo que el había sido mutuo.

Lo mejor con él ha sido la conversación, las historias que me contaba, las anécdotas de sus viajes y lo que está contando en su nuevo libro. Esperaba estos temas, pero con pedantería. Lo que he encontrado ha sido una persona interesante, una conversación fluida entre nosotros y una cita mucho mejor de lo que había imaginado.

Así que por mi parte habrá más capítulos de esta historia. Superado el sobresalto inicial por provenir él de su país de origen, me he relajado y ahora pienso que no tengo nada que perder. Simplemente quedaré con esta persona una vez más –o las que surjan- y puedo compartir buenas conversaciones. Además… ¡es tan guapo!

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Jueves por la tarde, apenas nos separa una hora del fin de semana, que aquí se disfruta los viernes y sábados, como en la mayoría de países musulmanes. Me llaman desde recepción, tengo una visita. Miro a mis compañeros con extrañeza, no esperaba a ningún cliente ni proveedor, pero tomo libreta y lápiz y bajo las escaleras con curiosidad pensando si había olvidado alguna reunión.

Cuando llego ahí está él, de espaldas, supongo que para hacerse el interesante. Osama, el jordano que borré de mi vida hace algo más de un mes. Lo saludo sin disimular mi sorpresa y charlamos un poco.

Me siento violenta al encontrarme de nuevo con él. También incómoda porque no es precisamente una persona discreta y estamos en mi oficina. Los project managers están reunidos en la sala de juntas, con la puerta abierta y yo tengo la sensación de que todos mis compañeros están pendiente de mí (aunque no lo están). Después de intercambiar saludos y algunas frases de cortesía decido acabar con la tensión del contexto y le digo que espere a que termine y tomamos un café.

De vuelta a mi departamento y con mis compañeros curiosos, me muevo yo entre la furia por su osadía y la jactancia de un ego alimentado por el hecho de que vinieran a buscarme. Porque se acordara de mí, porque haya tenido la valentía de entrar en mi empresa. Y sí, lo reconozco. Una parte de mí se alegraba de verlo, a pesar de que yo contara la anécdota indignada. Una parte de mí se sentía alimentada y entusiasmada por el café que íbamos a compartir, aunque le explicara a mi amiga Chelo por teléfono que no tenía el más mínimo interés en él. Mi vanidad se vestía de fiesta.

De camino a la cafetería donde nos íbamos a encontrar conduje tranquila, pero me sentía enardecida. Recordé las veces que recorrí el camino hasta su casa, con entusiasmo, con emoción por cada inminente encuentro, aunque nos hubiésemos visto el día de antes, aunque hubiéramos quedado cada día de esa semana. Conducía pizpireta sabiendo que íbamos a encontrarnos. Y reconocí esta tarde parte de esa sensación en mí. No me gustó pero la acepté, al menos esta vez intentaré ser sincera conmigo misma.

Fue más que seductor durante todo el tiempo que compartimos. Me sentí cómoda y no disimulé mis emociones ni mis intenciones, que no concordaban del todo. Trenzábamos conversaciones hablando de nosotros con otras más triviales y anecdóticas. Supuestamente me había echado de menos. Me recordaba cada día y me nombraba todo el tiempo cuando estaba con su amigo Mohamed. Yo le expliqué que él para mi era como una shisha. Una shisha es una cachimba, una pipa de agua que se fuma con mucha asiduidad en Oriente Medio y supone una acto social. En su día ya le conté que no puedo fumar porque me sienta mal. Hace tiempo que dejé de hacerlo porque resulta nocivo para mi salud. ¿Y sabes qué? Que cuando huelo a shisha me siento seducida, atrapada por su aroma y quiero fumar, sentarme y disfrutar de ritual que supone. Pero no lo hago porque me perjudica. Y sí, tú eres para mí como una shisha. Cautivador y nocivo.

Lejos de molestarse por la comparación, él trato de encandilarme. Suerte que yo tenía una fiesta con españoles en un hotel a las ocho, lo cual ponía hora para concluir nuestro encuentro. Me ofreció volver a vernos después de mi fiesta, podríamos dormir juntos. Dice que echaba de menos abrazarme. Yo fui sincera, le dije que también había echado a faltar sus abrazos y su cariño. Pero esa noche dormiría sola, gracias por la oferta.

Afortunadamente estuve entretenida en mi fiesta y llegué muy tarde a casa. Tanto me divertí que ni siquiera me acordé de él. Ahora lo tengo desbloqueado del whatasapp, tal como él me pidió. Su número ha vuelto a la agenda de mi teléfono porque ha transcurrido un tiempo y me siento fuerte. Eso sí, si vuelve a hacer alguna aparición en mi vida, lo volveré a bloquear. Esta vez, sin más oportunidades.

LO QUE NUNCA JAMÁS SUCEDIÓ

image-1369629326185-VTras escribir dos entradas en un tono resentido y misántropo, prometí que la siguiente sería amable, así que no voy a quejarme de los hombres en general ni de los árabes en particular. El protagonista de este asunto siempre despierta en mí una sonrisa al recordarlo. No puedo expresar nada malo de él, pero nuestra historia no pudo ser porque sus raíces eran más fuertes que sus alas. Y aunque con el tiempo supo cuidar esas bellas alas, nunca fue suficiente como para poder desarraigarse.

Nos convertimos en amigos y descubrí que era una de las personas más inteligentes que conozco. Creo que llegamos a querernos de algún modo. Es un chico sencillo y sin complicaciones. Siempre supe que la diferencia de culturas y de religiones no habría supuesto una traba entre nosotros. Y su tendencia a pensar y decidir con la mente habría complementado a la mía, que suele basarse en las emociones.

No sé si con el transcurrir del tiempo he llegado a mitificar aquella relación porque, como dice Sabina, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

Ha seguido mi trayectoria desde mis primeros momentos en Qatar. Escuchaba paciente sobre mis cambios de empleo, mis anhelos por escribir y los hombres a los que fui conociendo.

Un día confesó que le dolía perderme. Que había sido una persona muy preciada para él y que, como todo lo que había querido, yo también partía. Ese día, enaltecida por la emoción y ahogada en lágrimas le escribí una carta. Le propuse que voláramos juntos. Donde fuera en el mundo y ya resolveríamos el futuro conforme viniera. Él tardó doce días en contestarme. ¡Doce días! Tiempo tuve para volverme loca o casi. Me contó que había leído mi correo cada uno de esos doce días y que no había encontrado las palabras para responderme. No me habló de raíces ni de alas, pero entendí por su palabras que no podía volar, no podía abandonar su tradición ni sus raíces y yo supe que siempre estaría atrapado. También argumentó que yo merecía más que un futuro incierto. Y así fue como él permaneció en su pasado.

Después de aquello continuamos siendo amigos y creo que con el tiempo más cariño le fui tomando. Había temporadas en que lo sentía más como un hermano, o un amigo próximo. Influía el hecho de que yo sabía que él nunca volaría y no me convenía enamorarme.

Creo que desde que lo conozco Palestina para mí dejó de ser un triste y recurrente tema en las noticias para convertirse en una cuestión real. Él nunca hablaba del conflicto ni nombraba su país, en el que, por cierto, nunca había estado. Nació en Qatar y sus padres procuraron que él y sus hermanos sufrieran lo mínimo por esta circunstancia. Y si era yo quien preguntaba, nunca manifestaba ningún tipo de rencor hacia nadie y estoy convencida de que tampoco lo sentía. Sí sentía dolor, por lo que ha padecido su familia, tristeza por lo que sufre su pueblo y nostalgia por no tener un lugar al que volver. Pero nunca sentí odio ni resentimiento en sus palabras ni en su corazón.

Y esta fue mi no-historia con mi amigo palestino. Un hombre íntegro y fiel a sus principios. Quizá demasiado, herencia ésta de su padre. Una persona en la que podría confiar, a la que podría abrir la puerta de mi casa sin ninguna preocupación y a la que siempre le guardaré cariño. Hace tiempo que perdimos el contacto. Si hoy estás leyendo, te mando un abrazo.

EL INGENIERO EGIPCIO

passenger-lift-with-semi-automatic-door-250x250Después de todos los comentarios recibidos en la primera entrada de esta sección, he decidido darle un lugar especial en el blog y escribir con regularidad sobre idilios y desengaños además de continuar con las entradas habituales.

Con el protagonista de este post no hubo historia propiamente dicha. Lo conocí en un ascensor, como si de una película romántica se tratara y salí con él varias veces. Quienes lo han conocido se preguntan cómo pude quedar con él y creo que el propio contexto de mi vida en ese momento responde por sí mismo. Me encontraba en un momento delicado. Vivía sola en Doha, me habían despedido de la empresa en la que trabajaba. El siguiente empleo no aparecía y se me acababa de romper el coche que había comprado unos meses antes.

Pues sí, me cruzo con un ingeniero egipcio aparentemente simpático y amable, que además me ayuda con la búsqueda de empleo y compartí varios cafés con él. Y hasta me hizo gracia en su momento.

No recuerdo por qué perdimos el contacto, a excepción de algún mensaje sin trascendencia de vez en cuando. Eran textos en los que él siempre me proponía quedar, yo aceptaba y él aseguraba llamarme para confirmar día y hora. La misma conversación se repetía cada dos meses por whatsapp, hasta que un día, después de más de un año así, sí pusimos fecha.

Como no quería que yo me molestara, se ofreció a venir a mi casa. Para entonces yo ya me había mudado y vivía sola en mi estudio de Ain Khalid. Y ese día aprendí que no quedaré a solas con un árabe en una casa. Algo tan sencillo e inocente como quedar para comer o para charlar con un amigo, ellos lo malinterpretan. No me refiero a una cena romántica, hablo de un café con un amigo, el mismo que puedo compartir con una fémina. O con cualquier colega europeo.

Pues bien, preparé té, charlamos sobre nuestras vidas y no disimuló su interés por mí. Un interés que no resultaba, en absoluto, recíproco.

Decía que me echaba de menos y que yo era su mejor amiga en Doha –curioso concepto de la amistad el que tiene este chico- y la situación se tornó incómoda. Me abrazó y no me atreví a decirle que no lo hiciera, pero entendí por qué los abrazos hay que pedirlos de alguna manera, no puede uno ir por ahí repartiendo sin consentimiento ajeno.

Aunque a su manera (torpe) me estuvo alabando y comentando lo que yo significaba para él. Yo me sentía cada vez más violenta y no me atrevía a echarlo de mi casa y decirle que él no me interesaba para nada y si en algún momento me había sentido atraída, esta sensación había quedado en el más remoto pasado.

Intentó besarme varias veces y tuve que apartarlo de mí (literalmente) para que no lo hiciera. Al principio intenté ser delicada, pues a mí me han rechazado muchas veces y sé lo que se siente.

Le expliqué que lo mejor sería encontrar una chica como él (se sobreentiende que musulmana) y casarse. Y él me dijo que me casara con él. Comencé a reír a carcajadas suponiendo que bromeaba y él se molestó porque hablaba en serio.

A partir de ahí comenzamos a hablar en círculos en los que él no atendía a razones y solo sabía repetir que me quería y que quería casarse conmigo. Yo perdí la paciencia y le lancé preguntas y argumentos a los que él no atendía.

  • Muy bien –le respondí- nos casamos y tenemos hijos. ¿Qué religión seguirán?
  • ¿Religión? – repitió él extrañado por lo obvia que le parecía la respuesta- pues la del padre.
  • Oh, lo siento, entonces quiero un padre cristiano para mis hijos.
  • Pero… pero… ¡que quizá no tengamos niños!

No sabía cómo acabar con la situación. Seguía repitiendo que me quería y contestaba a cada pregunta con respuestas absurdas.

  • Muy bien, nos casamos… ¿te gustaría que tu esposa llevara biquini?
  • ¿Biquini? Mejor te lo puedes poner en casa – La verdad es que el chico no sabía mucho de marketing…

Cuando perdí la paciencia completamente comencé a decirle que era demasiado europea para él, que me gustaba emborracharme, ir a las discotecas con poca ropa y que había estado con montones de chicos y para cada frase mía él tenía otra, a cuál más absurda.

No sé cómo conseguí que se fuera aquél día de mi casa, eso sí, tenía claro que no quería volver a verlo. Y había aprendido que no debes invitar a un árabe a tomar café en tu casa. Bueno, a casi a ninguno. Tengo un amigo palestino al que hace mucho tiempo que no veo. Por si sigue traduciendo y leyendo mis entradas, diré que siempre es bienvenido a mi casa y que en su compañía siempre me siento tranquila. De él solo guardo buenos recuerdos y será el protagonista de la siguiente entrada. Así dejaré claro que también he tenido buenas experiencias con árabes y que la religión con determinadas personas no supone ninguna traba en una relación. Especialmente si el chico es inteligente y tiene buenos sentimientos, como es el caso de mi amigo palestino.