Archivos del mes: 15 junio 2015

GRACIAS, QATAR

JusticiaQuiero romper una lanza a favor de los derechos del trabajador en este país. Sé que publicar esto puede suscitar antipatías y opiniones encontradas pero yo me siento en la obligación de contar mi experiencia y agradecer al país el resultado.

Quizá mi texto no resulte del todo objetivo, motivado por la euforia del desenlace, pero intentaré ajustarme a la realidad lo máximo posible.

Me cambié de empresa hace casi cuatro meses porque los retrasos en los cobros empezaron a ser más que incómodos. Tuve suerte y encontré otro empleo en un solo día. Este país es una lotería y conseguir trabajo puede costar tres meses o unas horas.

Recibí la oferta de trabajo por parte de una empresa cool, cerca de casa, con los sábados libres y prácticamente el mismo sueldo. Como contrapartida, dejaba de ser design manager para pasar a designer a secas. Este dato pudo molestar a mi ego y a mi orgullo, pero ha facilitado mi vida laboral y me ha descargado de responsabilidades.

Antes de dejar la anterior empresa hablé con el que hasta entonces había sido mi jefe, le expliqué que había recibido una oferta, pero que podía rechazarla y permanecer con ellos si él quería (implícito quedaba que debía ponerme al día). Así es como me despedí con su consentimiento. Un error por mi parte -por falta de experiencia- fue no dejar constancia más allá de un acuerdo verbal de que dejaba la empresa.

Me despedí de mi jefe y hasta ese día nuestra comunicación fue cordial. Él me pagaría los cuatro meses que adeudaba conmigo y yo –a modo de favor- supervisaría los proyectos que teníamos en marcha. Los sábados, que yo iba a tener libres a partir de entonces. Por cierto, solo llegué a ir un día.

Ese compromiso suyo de liquidarme se fue diluyendo en el tiempo al mismo ritmo que se consumía mi paciencia y de mí salía la fiera que llevo dentro y que muy pocos han tenido el placer de saludar.

Con gritos, amenazas y paciencia conseguí recuperar casi la mitad de la deuda. Pero ahí quedó la historia. Él no estaba dispuesto a seguir pagando y se había inmunizado ante mis amenazas de denuncia a la empresa. Además, ya no hablábamos, después de haber tenido dos duras discusiones por teléfono donde ambos gritamos y nos faltamos el respeto mutuamente. A partir de entonces el chico de recursos humanos o el contable se convirtieron en nuestros interlocutores. No obstante, esta comunicación indirecta también era escueta.

Y así fue como decidí comenzar la batalla. Esta vez sí. Por mi dinero, por mi orgullo y por esa testarudez que a veces viene haciendo honor a mi horóscopo. Denunciar. Y tras un peregrinaje por distintas oficinas y ministerios, acabé en el jugado, en el court. Conseguí obtener una citación –o algo así-. La firmé sin poder leerla, pues estaba en árabe, pero tenía todos los cuños y había arrancado el proceso.

No es sencillo gestionar documentos en oficinas en las que los funcionarios no hablan inglés. Recorrer todos los pasos de una burocracia árabe supuso una odisea para mí, además, siendo la única mujer en un kilómetro a la redonda y yendo a cabello descubierto.

Unos días después tenía los cheques en mi mano.

A la pregunta que me hizo mi padre, ¿dejaría Qatar a un empleado a su suerte? Si yo me baso en mi experiencia, tengo que contestar que no. Y no solo porque yo sea occidental y arquitecta. Ya vi desde dentro de la empresa cómo ésta, temiendo las serias consecuencias, se movilizaba cuando un empleado ponía un pie en el juzgado. Fuera de la nacionalidad, sexo, color y profesión que fuera.

Por otra parte, a lo largo de este proceso, he escuchado muchos casos sobre trabajadores a los que la justicia qatarí ha ayudado. No voy a entrar en polémica, a defender lo indefendible ni a negar otras evidencias. Pero sí quiero exponer mi caso y decir al mundo que el Estado de Qatar me ha defendido frente a una empresa que pretendía vulnerar mis derechos. En este caso solo puedo decir gracias.

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CULPA

marketing de serviciosDe nuevo la siento. Es una sensación que va y viene por momentos pero que en los últimos tiempos se ha hecho más presente. Es un peso en el centro de mi alma, una carga soportable, pero que tira. Sin aroma, con un cierto sabor a metal y de color oscuro. A veces se sitúa cerca de mi garganta. Es la culpa.

La culpa por no ser la mejor en aquello que hago, culpa por no esforzarme más en crecer como profesional. Por no apuntar “alto”. No soy mejor como diseñadora o como arquitecta y es porque esta labor no me apasiona. En realidad, nunca lo ha hecho. Mis proyectos son correctos. Están bien resueltos. Podría ir más allá. Conozco a arquitectos extraordinarios, interioristas brillantes, diseñadores sobresalientes. Y yo sé que ahí nunca voy a llegar.

Porque no diseñaría espacios si no necesitara pagar mis facturas a final de mes. Porque no existe una fuerza en mi interior que me lleva a amar intensamente esta profesión. Porque cuando me encuentro en un espacio ya no me fijo en los acabados, la composición, la resolución del volumen. Y porque antes, cuando sí lo hacía venía era de un modo forzado. Era algo que tenía que hacer. Debía mantener esa conducta. Eres arquitecta, debes maravillarte con los edificios. Tropezarte con las farolas si hace falta porque las fachadas te eclipsen.

Hoy lo reconozco públicamente. No estoy enamorada de la arquitectura. Ni del diseño. Ni del interiorismo. Mi trabajo es un medio pero no un fin en sí mismo. Asistir a clase y preparar las asignaturas supuso un esfuerzo en mis años universitarios. Nunca me levanté de la cama corriendo y entusiasmada porque tenía una u otra clase. Sí lo he hecho posteriormente con otros cursos. Aunque fuera sábado a las siete de la mañana, he sabido lo que es dar un salto y alegrarme por empezar el día. Pero esto no me ha pasado con “lo mío”.

Y de ahí la culpa. Y resuenan en mi cabeza las palabras de Antonio. La culpa no se quita, se atraviesa. Y a eso mismo me dispongo. A vivir la culpa, sentirla, sentarme con ella y, espero, despedirme después. Cuesta, duele. Es incómodo. En nuestra sociedad está muy presente ese sentimiento desagradable de no estar haciendo lo que debes. No sé muy bien quién postula lo que cada uno tiene que haacer o no. Tampoco sé de dónde viene esa vocecilla interior que me acusa por no esforzarme más, por no dedicar más energía, más tiempo, más vida. Otra voz, más suave y tímida, suele contestarle. Explicarle. Justificarse. Y pide que baje la presión, la imposición. Y reivindica el derecho a no ser la mejor profesional. En mi puesto de trabajo desarrollo lo que se espera de mí. Quizá no más que eso. Ahí es cuando vuelve la voz. Y me grita que debo dar más, destacar por mi labor, brillar. Dar más de lo que se pide en mi contrato.

Y yo hoy le digo a esa voz que no. Que no voy a seguir desgastando mi alma dedicando energía y esfuerzo a una función para la que no ha sido creada. Tienes derecho a no fijarte en los espacios, a no tener siempre opinión sobre los acabados, a relajarte. Y, sobre todo, a dejar de compararte con quienes sí lo hacen.

A partir de ahora sigo dialogando con la culpa. Creo que llegaremos a un consenso.