Archivos del mes: 4 julio 2019

ETERNA MARSELLA

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Ayer llegué a Marsella, la ciudad que me acogió durante mi año Erasmus hace ya mucho tiempo. Una urbe con dos mil seiscientos años de historia y tanta personalidad no cambia mucho en en quince años más, aunque Francia haya invertido en sus infraestructuras o aunque en 2013 la nombrasen Capital Europea de la Cultura.

Marsella no ha cambiado. Yo he cambiado. En aquel momento, llegué aquí asustada, sin haber salido antes de casa y sin hablar el idioma de este país. Sin saber muy bien cómo, me planté en la que llaman “las puertas de África”. Con su puerto natural y su carácter cosmopolita, ha supuesto el punto de llegada para muchos migrantes que arribaban de todo el Mediterráneo y, en especial, del Maghreb. Unas puertas que no han sido solo de salida, pues el tránsito ha circulado en las dos direcciones y fueron precisamente los años de protectorado los que ocasionaron gran parte de la mezcla. Una mezcla y un intercambio que -en mi opinión- el país no ha sabido gestionar ni integrar, pero esa es otra historia.

El caso es que Marsella es el resultado de años de coctel cultural. Sus calles muestran un amalgama de gente, un batiburrillo de idiomas y una mezcla de perfumes y sabores. Especialmente, de origen maghrebí. Esta cuestión, fuente de riqueza indiscutible, se confunde a veces -o se quiere confundir- con otro hecho: la delincuencia de sus calles.

Como por toda ciudad portuaria, discurren gentes que están de paso. Van, vienen, se mueven y poco les importan las consecuencias. Por el Vieux Port han entrado desde siempre huidos, buscavidas y malhechores. Se dice que es la ciudad francesa con mayor índice de delincuencia. Y, aun sabiéndolo, ayer me timó el taxista nada más llegar. Me cobró veinte euros por un recorrido ridículo, tras dejar a dos pasajeras recién llegadas de París, con las que me invitó a compartir vehículo, y alegando que el centro estaba cerrado por obras. Qué bien le vino al muy conard que hubiera calles cortadas, con furgonetas de policía y gendarmes armados, para hacernos bajar del taxi. Y yo estaba tan emocionada por mi llegada, que no me di cuenta de que él ya lo sabía y así lo había planeado, pues no era necesario para nuestro recorrido pasar por ahí. Se había aprovechado de neutra confusión (y sí, también de mi entusiasmo). Nos había timado. Mariángeles, asúmelo, es el precio del turista, no te las des de tan viajada, que no controlas estos códigos.

Por cierto, el taxista me tuteó y también lo hizo la dueña de la casa donde me alojo. Y ella me dio dos besos al conocernos. Últimamente viajo con frecuencia a París y es en la comparación donde aprecio más el carácter desenfadado y cercano que hay aquí, en el Midi francés. Aunque me sentí muy cabreada con el conductor porque tuve que andar treinta y cinco minutos, sí resultó muy interesante el paseo. Primero bordeé el Vieux Port, que se encontraba atestado de gente que disfrutaba de las terrazas y de la temperatura. Luego anduve hasta la Fausse Monnaie, atravesando las calles sinuosas y recorriendo las cuestas que peinan la ciudad.

Cuando vivía aquí, Marsella me daba miedo. Me alojaba en el campus, a varios kilómetros del centro y casi nunca venía a la ciudad. A veces soñaba que era de noche y yo me hallaba sola por las calles más antiguas, sintiéndome vulnerable y en situaciones de peligro. También me asustaba esa mezcla de culturas y de razas tan fuerte. No fui capaz de absorberla ni de integrarla. Una vez me perdí buscando una administración y acabé en un barrio que era África. Solo había personas de origen árabe y subsahariano. Vi señoras con hijab sentadas en la puerta de sus casas, bazares cuyos productos se salían de los locales y niños jugando y hablando en árabe. Mi cuerpo reaccionó con miedo por resultarme aquello tan desconocido. Probablemente anduve en círculos, pensé que todo el mundo me miraba porque yo era una intrusa en aquella zona y acabé el día alterada por el incidente. Todo ello, a pesar de estar saliendo con un chico argelino y de relacionarme con sus amigos. Pero lo hacía en mi contexto europeo, con mis códigos y mis costumbres. Eran ellos los quienes se habían integrado.

Más tarde la suerte me llevó a Oriente Medio. Allí transcurrieron cinco años de mi vida. Y sí, sí que me integré. Allí tuve (y mantengo) amigos árabes que me enseñaron lo que era su cultura y sus códigos, esta vez en su contexto. Entonces yo ya estaba preparada para disfrutar y enriquecerme con lo que aprendía. Me mantuve abierta (aunque no desde el principio) a lo nuevo que se presentaba.

Anoche, mientras recorría las calles de Saint-Lambert, recordaba a la joven que se asustó al descubrir tanta gente y tan variopinta cuando llegó a Marsella. Luego me vi en Doha, preparada para asimilar e integrar y hasta querer todavía más. Un poco más tarde, me descubrí viajando con frecuencia a París, descubriendo y redescubriendo desde otra prespectiva.

Vaya… quizá sí he hecho cosas en la vida, como me decía mi amiga Teresa hace pocos días. En las últimas semanas he tenido varios reencuentros con personas de mi juventud. Ha sido inevitable hacer balance, advirtiendo dónde están los otros y hacerlo ahora, que camino hacia los cuarenta. Al verlos, te das cuenta de lo que han realizado ellos y tú no (sí, ¡me he comparado!) y germina la duda. Pero el paseo de anoche me constató que he estado viviendo. A mi manera (cada uno tiene la suya) y convirtiéndome en una mujer con más experiencia. Ahora sí, puedo acercarme con tranquilidad y seguridad hacia los cuarenta y hacerlo con lo que he ido ganando.

Para no ponerme muy trascendental, voy a cerrar este texto compartiendo el sabor mediterráneo que estoy sintiendo. Me alojo en una casa junto al mar. La propietaria es una chica amable y muy interesante que trabaja como profesora de filosofía en un instituto. Además de alquilarme la habitación de su hija (que está estudiando en Toulouse), me cuida y me da conversación. Me quedaría más tiempo. Toda la casa está decorada con estilo provenzal y tiene grandes ventanas que dan al mar. Desde mi habitación, que es enorme, contemplo el Mediterráneo, con ese azul tan intenso, y oigo las cigarras y los pájaros que revolotean por la pinada que me separa de la costa. Hoy llega mi amiga Nahla, a la que no he visto desde hace quince años. Ella vive en Canadá y fue quien propuso, hace unos meses, este reencuentro tan deseado.

Gracias, Eterna Marsella.