Archivos del mes: 25 septiembre 2011

¿Cómo son tus ventanas?

Por favor, busca un lápiz y un papel. Dibuja una casa.

¿Ya la tienes? Muy bien. Fíjate en tu boceto. Seguro que es bonito. ¿Has dibujado ventanas? ¿Cómo son? ¿Son grandes o pequeñas? ¿Tienen mucho protagonismo en la fachada? ¡Se ha escrito tanto sobre las ventanas! Existen manuales sobre cómo construirlas, cómo ejecutar el hueco, los elementos que las componen, los materiales, sus funciones, etcétera, etcétera. Lo que a mí más me llama la atención en los últimos tiempos es el tamaño de las ventanas.

¿Para qué sirven? Pues, por una parte, parece que queremos que entre ventilación y luz natural al interior de nuestras casas o de otros edificios. Y por otra, queremos ver lo que hay fuera, comunicarnos visualmente con el exterior. Así pues, parece que lo mejor sería proyectar y construir grandes ventanales… enormes, ¡que ocupen toda la superficie de las fachadas! Pero esto no lo estamos haciendo así, ¿por qué?

Tradicionalmente, en España, sobre todo en el interior, donde el clima es frío, se han construido ventanas pequeñas. Pero viajamos a Holanda o a otros países del norte de Europa (donde también hace frío) y nos encontramos enormes ventanales, son prácticamente fachadas acristaladas. ¿Por qué no hemos hecho nosotros lo mismo? Para empezar, por cuestiones económicas. Construir ventanas grandes y térmicamente eficientes implica un mayor coste. Por otra parte, en algunas zonas de nuestro país lo que buscamos es protegernos del sol en determinadas orientaciones. Además, está el tema de la privacidad. Con un gran hueco puedes ver el mundo exterior, pero el mundo también te verá a ti. Y, por último, el tema de la seguridad, que intentamos solventar con rejas u otros sistemas que impidan la intrusión en nuestras casas.

Esta introducción sobre los huecos en la construcción es poco rigurosa y nada académica. Pero para eso existe muchos manuales técnicos y tesis rigurosas sobre el tema, lo que a mí me interesaba era hacer una pequeña reflexión sobre la razón de ser de las ventanas, por qué son grandes o pequeñas y, lo más importante… ¿cómo son tus ventanas? No las de tu casa, sino las tuyas. Cómo son tus ojos y cómo miras el exterior.

En primer lugar, ¿cuánta luz te entra? Piensa si la absorbes toda o tienes persianas y cortinas que la filtran. ¿Y de qué color son tus cristales? Si son grises te animo a que los cambies, existen unos fabulosos, rosas, que te harán ver la vida de este color. Yo normalmente los llevo incoloros, para dejar entrar toda la luz, hasta el último rayo.

¿Las abres de vez en cuando? Para ventilar el interior. Si dejas que pase el aire fresco cada mañana te sentirás mejor. Si no sabes cómo hacerlo, es muy fácil, tienes que abrir con fuerza los ojos y buscar esa brisita que pronto penetrará en tu interior. Sólo tienes que buscarla.

Algunas veces vivimos situaciones tan intensas que el alma se siente deslumbrada. Déjate llevar por ellas. Vívelas, disfrútalas. Cuando las vivencias sean desagradables, baja un poquito las persianas. No las cierres del todo, pues no conviene huir de las emociones. Pero tómalas con menos intensidad.

Por otra parte, ¿qué ves a través de tus ventanas? Por favor, dime que hermosos paisajes. Si no es así, es que no las has abierto lo suficiente. Quita las cortinas, elimina toldos y marquesinas y fíjate bien: por todas partes hay bellos lugares. ¡Descúbrelos! Y recréate en ellos. ¿Y qué personas pasan? Hay muchas. Detecta las mejores. Si todavía no lo haces, instala sensores. Con ellos podrás filtrar para disfrutar de la gente que más te aporte. Lo mismo sucederá con los momentos. Hay montones de buenos instantes cerca de ti, esperándote. Ten las ventanas bien abiertas, por favor, para no perdértelos.

Si en algún momento te sientes cansado o triste puedes bajar un poco las persianas. Descansa, date un tiempo para recuperarte, pero sólo el necesario. En cuanto te sientas mejor, vuelve a levantarlas y abre las hojas de par en par. No te quedes languideciendo más de lo imprescindible.

Y por último, ¿qué ven los que pasan cerca de tus ventanas? Espero que me contestes que ven luz y frescura de los rayos y de la brisa que ha entrado; que ven alegría, que es el reflejo de los paisajes que tú observas. Si no es así, abre bien tus ventanas para que entre la luz y para ver bien los lugares y las gentes. ¿Sabes cuál es el mejor material para que luzcas unas estupendas ventanas? No es el aluminio, ni el pvc, ni el doble acristalamiento. El mejor de todos en una gran sonrisa. Con ella tendrás las ventanas más bellas. ¿Cómo son las tuyas?

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Y tú… ¿de dónde eres?

¿Has tenido alguna vez una sensación de pertenencia a algún lugar? ¿Notas que formas parte de una ciudad, un pueblo o un barrio? A menudo tenemos un sentimiento que nos liga a una tierra, o mejor aún, a más de una. Puede ser el lugar donde nacimos, donde nacieron nuestros padres, donde nos criamos o en el que hemos vivido momentos especiales. Este fin de semana he tenido la oportunidad de reflexionar sobre ello compartiendo buenos momentos con moyanos y amigos de la zona. El día 16 comenzó el LIV Septenario de Moya, unas fiestas que se celebran cada siete años en conmemoración a la lluvia que la Virgen de Tejeda ofreció a la tierra de Moya tras la sequía de 1.639 .

Se iniciaron los actos con una romería que transcurría por el camino de Garaballa a Moya, pasando por Landete. Y así, se traslada a la Virgen desde el Monasterio de Tejeda hasta la iglesia Santa María la Mayor, en el Castillo de Moya. Así que acompañamos a la Virgen costaleros, danzantes y cerca de diez mil peregrinos en un acontecimiento que no se repetirá hasta dentro de siete años.

Moya, anfitriona de estas fiestas, está formada por cuatro pedanías: los Huertos, el Arrabal, Santo Domingo y Pedroizquierdo. Una vez más lo han organizado todo estupendamente y nos han ofrecido a todos los visitantes una serie de actos religiosos y lúdicos dentro y fuera de las murallas de su castillo. Verbenas, encierros, misas, encuentros deportivos… en cada acto se percibía que a todos los asistentes nos unía un sentimiento de pertenencia a esta zona, un vínculo con esta tierra y con alguno de los pueblos vecinos.

Volviendo a la romería del día 16, el recorrido estaba estructurado en tres tramos, pertenecientes cada uno de ellos a uno de los tres términos municipales que atravesábamos. Comenzamos en Garaballa, con una misa, a las seis de la mañana y el arranque de esta particular procesión. En el primer tramo portaban a la Virgen vecinos de Garaballa. Después vino el término de Landete y, por último, Moya (los Huertos y el Arrabal). En cada linde había mesas donde la Virgen descansaba y cambiaba la procedencia de los costaleros.

Siempre me han llamado la atención los límites, los puntos de encuentro. A menudo surgen confrontaciones entre vecinos por cuestiones relacionadas con medianeras o con lindes. Históricamente eran mojones los elementos que marcaban las frontera entre distintas parcelas. No siempre ha estado clara su posición pero sí había una vinculación con uno u otro lado de este límite. Y así se reflejaba en la tristeza de los que dejaban a la de Tejeda y la alegría de quienes les tomaban el relevo.

En total recorrimos dieciocho kilómetros, un día entero de camino. Mucho fervor por parte de unos y compartir un acto social e histórico por parte de otros. Eso sí, con un sentimiento de pertenencia, de algún modo, a esa región. ¿De dónde te sientes tú? Por supuesto, no es un vínculo exclusivo. Puedes sentir que formas parte de distintos lugares, que te sientes unido, de un modo u otro, a la gente de territorios diferentes. ¿O eres, tal vez, de los que se dicen ciudadanos del mundo?

El año que estuve de erasmus me llamaban la española. Desde entonces, me he considerado muy europea. Me siento vinculada a Henarejos, que es donde me crié; a San Martín de Boniches, pueblo en el que he vivido tan buenos momentos; a Vilamarxant, que es donde vivo y trabajo. Unas veces digo que soy de Cuenca y, otras, que de Valencia. Siempre con un cierto orgullo, pues me gustan estas dos tierras. Podría seguir aumentando la escala y decir de dónde soy o de dónde me siento. ¿De dónde te sientes tú? ¿Por qué tierra notas una vinculación especial?

La pátina del tiempo

Este fin de semana he estado en mi pueblo, en Henarejos. Solemos ir en septiembre, a modo de ritual para despedir el verano. He estado con mis padres y con mis amigos Montse, Rafa y Joss. Lo hemos pasado muy bien y hemos sabido combinando descanso y excesos. Fue en uno de esos descansos donde me puse a pensar sobre la huella del tiempo. Estaba en el patio, me dejaba acariciar por los rayos de sol y me mecía en el columpio mientras observaba las grietas que han ido apareciendo en el pavimento.

Es un patio muy grande, con una zona de jardín y el resto de la superficie, de hormigón. Está definido por adoquines y dividido en rectángulos por unas losas de granito que, discretamente, definen cada paño de hormigón. Con los años el terreno ha ido asentando y ha provocado una serie de fisuras. Lejos de desagradarme, me resultaron bellas. Eran el testigo de lo que allí habíamos vivido. Un suelo recién terminado no tiene ninguna marca. Han sido las cenas, las fiestas, el paso de las estaciones, las visitas e incluso mis momentos de soledad los que han ido grabando su paso. Por eso me gustaron.

Cuando era pequeñita y mis padres estaban haciendo la casa, compraron teja envejecida para el tejado. ¡Yo no entendía nada! No sólo compraban unos elementos que imitaban a los viejos sino que me explicaron que la teja vieja era mucho más cara que la nueva. En mi cabeza de siete u ocho años aquello no había forma de encajarlo. Hoy lo entiendo. Ahora sé lo que el tiempo es capaz de hacer sobre un tejado de varios cientos de años. Y también puedo entender que aquellos elementos se construyeron con otros materiales, con diferentes técnicas, menos mecanizadas… manuales. Por eso no tenían la geometría perfecta de las desmoldadas en taller. Por eso no había dos iguales entre sí. Ahora lo entiendo.

Y si el paso del tiempo es capaz de marcar así unas tejas o un pavimento… ¿qué no hará con las personas? A mí me gusta cumplir años. Me encanta acumular experiencias, me siento más rica conforme va pasando el tiempo. Por supuesto que utilizo cremas y demás potingues para no ponérselo tan fácil, pero me gusta mirarme al espejo y ver marcas de mi madurez.

Mi amiga Teresa ha superado dos veces el cáncer. Le ha quedado una serie de cicatrices por las diversas operaciones. Ella las llama heridas de guerra y, lejos de avergonzarse, le gustan, le recuerdan que está viva y sana.

Creo que existen tantísimos ejemplos del bien que hace el tiempo sobre distintos elementos, sustancias, alimentos y, sobre todo, lo que hace sobre las personas. ¿No te parecen bellas sus huellas? ¿Tienes arrugas alrededor de los ojos, patas de gallo? Pues enhorabuena, eso significa que has reído mucho. Por favor, obsérvate y piensa en todo lo bueno que el paso de los años ha hecho en ti. Seguramente la lista es muy larga. ¿Has mejorado en cuestiones como la paciencia, el trato con los otros, la autoestima? ¿Has aprendido nuevas habilidades o conocimientos? ¿Te conoces mejor?

Y vamos a proponernos algo. Puesto que estamos hechos de buena calidad, vamos a seguir mejorando cual vino en la mejor de las barricas. Convirtamos el tiempo en nuestro aliado y el paso de los años en el mejor regalo. ¿Vamos allá?

El espacio donde trabajas…

Hace unos años acompañé a mi madre a unas oficinas, a entregar o recoger una documentación. Se trataba de una conocida constructora de Valencia y yo me imaginaba que estarían en un edificio chic de la ciudad. Nada más lejos de la realidad. Llegamos a un polígono y entramos a las oficinas que había dentro de la nave. Recorrimos los pasillos y cruzamos algún despacho. Todo me pareció rancio y gris. Finalmente llegamos a la oficina de la chica y, mientras mi madre hablaba yo observé el lugar. Era triste. Y lo que me superó totalmente fue la ventana: tenían vistas al almacén.

A la vuelta mi madre me habló de la chica, pues a base de hacer gestiones había acabado conociéndola. Me contó cómo había llegado a ese puesto de trabajo, donde tenía un cierto prestigio y un buen sueldo. Yo lo que sentí en el interior de esa oficina fue oscuridad, se percibía un ambiente sombrío y plomizo. Entonces di gracias por trabajar en un despacho con un gran ventanal, con mucha luz y con vistas a un espacio abierto, con pinos enfrente del edificio.

Cuando monté mi despacho tenía claras una serie de prioridades: la luminosidad, el orden, los colores, la sencillez. Tenía poco dinero pero creo que logré un espacio acogedor para mis visitas y motivador para trabajar. A pesar de ser pequeño, da sensación de espacialidad. Muchas personas me han dicho que se respira paz y armonía.

El lugar donde uno trabaja es muy importante, pasamos muchas horas en él. ¿Dónde trabajas tú? Si ahora mismo estás buscando un empleo, piensa en cómo te gustaría que fuese el espacio  (hay quien dice que para que algo se cumpla, primero hay que visualizarlo). ¿Sería al aire libre? ¿Dentro de un coche la mayor parte del tiempo? ¿En un colegio, en una administración? ¿En una oficina? A mí, personalmente, no me gustaría nada trabajar en un hospital ni en una carnicería, me desagrada todo lo que está relacionado con sangre. ¿Dónde no te gustaría trabajar a ti?

Muchas veces no podemos elegir. Ese espacio nos viene dado. ¿Has visto imágenes de las oficinas de google? Son coloridas, tienen espacios de recreo, zonas de juego, cafeterías… Por suerte muchas empresas están empezando a incorporar esta filosofía a sus edificios e incorporan gimnasio, zonas de descanso y otras áreas para favorecer el bienestar y la creatividad de las personas. Encamina, la empresa de mi amigo Paco es un buen ejemplo.  Quizá  nuestro caso no sea ése, pero algo podemos hacer para estar a gusto. Si tienes tu propio negocio, aunque sea con pocos recursos, puedes conseguir buenos resultados. Elige bien el color, o los colores. Que sea alegre o que sea sereno. Los verdes y los naranjas potencian la creatividad. En mi estudio casi todo es blanco. A mí me transmite paz y armonía. Elige un mobiliario sencillo y pon solo lo necesario. Verás como con lo justo ya es suficiente. No te excedas con la decoración, mejor sencilla. Muy importante, ponte anclajes y tenlos a la vista. Anclajes son elementos que nos evocan recuerdos positivos, por ejemplo, fotos de personas a las que quieres. Deben ser objetos que te transporten a situaciones que has vivido y que, con solo mirarlas, te transmitan emociones positivo. Lo último que yo he colgado en el despacho parece una simple hoja con algo escrito, pero para mí significa mucho, es una poesía preciosa que me escribió mi amigo Paco Ribes en mi último cumpleaños. Otro amigo, Antonio, tiene la foto del día que se tiró en paracaídas, le recuerda que lo imposible se puede cuplir..

Además de la vista, cuida también los aromas. En el despacho de Antonio utilizan siempre el mismo ambientador, dicen que es su olor corporativo. A mí me gusta quemar incienso. Además de las fragancias, los sonidos también forman parte del espacio. ¿Escuchas música mientras estás en la faena? Cuida bien el lugar, con todos los sentidos.

¿Has pensado ya cómo es el sitio donde quieres trabajar? Si tienes una ocupación, ¿qué vas a hacer para que el espacio sea un poco más agradable? ¡Hazlo hoy mismo!