Archivos del mes: 30 septiembre 2012

¿Con quién vives?

De una vivienda a un hogar. He hablado tantas veces de lo que esto significa y nunca me canso. Como siempre, lo más importante de una casa son las personas que la habitan, que la hacen y que le dan sentido. En este caso, tú mismo/a. Piensa en la persona o las personas con las que compartes tu hogar.

Yo salí de casas de mis padres con dieciocho años, cuando fui a estudiar a Valencia, pero no viví sola hasta los veintiséis y fue una experiencia totalmente nueva. La sensación que percibí fue algo así como de “poder”. No había normas ni reglas. Bueno, sí, las que yo establecía. Pero esas no contaban.

Cuando compartí piso con unas compañeras de la universidad y cuando viví, después, con mi hermano, ya gozaba de un alto grado de independencia. Pero vivir uno solo es diferente.

Conforme pasa el tiempo te vas adaptando a tu casa y tu casa a ti. Y se crea un vínculo especial con los espacios. Una relación sobre la que solo yo decido. Creo.

Cuando hablo con amigos que también viven solos comentamos la posibilidad de que hayamos desarrollado, quizá, demasiadas manías y vicios. Y nos planteamos las posibles dificultades que podríamos tener en el futuro para vivir en pareja o para compartir un hogar con otras personas.

Cuando charlo con mis amigos que viven con su pareja o con su familia, la mayoría confiesa que no sabrían estar solos. Incluso, nos admiran por disfrutar de esa elegida soledad.

Hace poco tiempo tuve visita. Mi amiga Carmen vino a pasar unos días. Es en esas ocasiones en las que percibo las ventajas de compartir un hogar con otras personas. Una tarde salió y yo llegué antes a casa. Preparé la cena con mucha ilusión, estaba esperando a alguien y tenía la sensación de que era fin de semana dentro de un martes. Ya no recordaba esos pros de vivir acompañada.

¿Tú has probado las dos opciones? Vivir solo/a y en compañía. Bien sea tu pareja, tus padres, miembros de tu familia o compañeros de piso. ¿Cuál de las dos prefieres? No sé si yo puedo opinar porque llevo tanto tiempo conmigo misma y me siento tan bien así que me parece lo normal y, casi, la única opción. No obstante, creo que tiene más ventajas vivir en buena compañía que estar un/a solo/a (que también es una buena compañía). ¿Tú qué opinas?

Somos seres sociables y necesitamos afecto. ¿Qué mejor manera que tenerlo dentro de casa? Ahora bien, seamos cuidadosos porque huir de la soledad nos puede abocar a elegir compañías no adecuadas. Y esto no es una buena opción en absoluto.

Mi conclusión (y que cada uno extraiga la suya) es que solo se vive estupendamente y que con buena compañía, todavía mejor.

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Tendencias…

A lo largo de los años he aprendido a diseñar viviendas. Mis profesores, mis lecturas, muchas sugerencias y la experiencia me han ido indicando cómo hacerlo de la mejor manera. El caso es que cuando proyecto tengo ciertas tendencias con las que no siempre conseguiríamos los mejores resultados. Con la formación he ido aprendiendo cuáles escuchar y cuáles no. No sé si son innatas o aprendidas en algún momento. Lo que sí sé es que están ahí. Por ejemplo, tengo una atracción a crear espacios muy abiertos y ventanas muy grandes: enormes cristaleras que ocupen, a veces, fachadas enteras. Pero luego necesito plantearme si estos ventanales funcionarán bien o no. Por ejemplo, a Oeste no resultarían prácticos. Entonces abandono esta tendencia y cierro esas fachadas con muros.

Cuando tú realizas alguna actividad, ¿tienes ciertas tendencias que no siempre resultan beneficiosas? Por ejemplo, si estás cocinando, utilizar mucho un ingrediente determinado. Si eres profesor o monitor, ¿tiendes a enseñar siempre con un mismo tipo de ejercicios? Y si lo tuyo es el diseño o la pintura, ¿estás tentado a utilizar más ciertos colores?

Pues me he dado cuenta de que arrastramos una serie de tendencias hacia determinadas emociones. Bueno, en realidad mi amigo Rafa me ha ayudado a darme cuenta. Te lo voy a explicar con mi propio ejemplo y así tú podrás observarte y darte cuenta de cuáles son tus tendencias. Yo me considero una persona con una conducta alegre, entusiasta y jubilosa. El caso es que no siempre ha sido así. He llegado a estos comportamientos tras muchos años de trabajo. Y en ocasiones me invade un halo de tristeza y me asusto. Siento que vuelvo a ese estado de añoranza que me resulta tan familiar. Y temo que el trabajo de todos estos años para lograr esos estados de ánimo positivos no han servido de nada, me noto en el punto de partida. Y me veo envuelta por emociones grises.

¿Esto qué significa? Significa que, en primer lugar, todos experimentamos todas las distintas emociones en los diferentes momentos de nuestra vida. Primero es necesario aceptar esto como algo natural. Todas las emociones. Incluyendo las más “feas” como la tristeza, el miedo, o el rencor. Forman parte de nosotros y las experimentaremos.

En segundo lugar significa que, en mi caso, existe una tendencia natural a la tristeza y a la melancolía. Y de vez en cuando vendrán a visitarme. Por haber trabajado mucho mi registro emocional, esos encuentros serán muy esporádicos. Pero seguirán apareciendo. Una vez que lo comprendo y lo acepto, les abriré la puerta cuando lleguen. Sin pensar que la alegría y el contento han desaparecido para siempre. Y me permitiré estar triste y apesadumbrada durante un determinado tiempo. En ese instante no estoy obligada a reír, a saltar ni a demostrar a nadie mi júbilo. Lo interesante es que yo en algún momento decidí que esas emociones no serían las protagonistas de mi vida y no permitiré que se queden demasiado rato. Solo el necesario. Sin regodearme. Las saludaré, y les serviré un té. Luego me despediré de ellas y la alegría volverá, sin forzarla, porque la he alimentado durante años y porque pienso seguir haciéndolo.

Sé que la tristeza tiene un lado positivo. Nos ayuda en momentos de duelo. Y en muchas ocasiones dispara nuestra creatividad. Yo he escrito mis mejores textos en momentos de pesadumbre. Y, en definitiva, conozco mi atracción por ella así que le permito venir de vez en cuando pero sin que se acomode en mi casa. Paso un rato con ella y después, educadamente, la acompaño a la puerta para que vuelva a salir.

Ahora que he entendido esto no me asusto cuando me siento apenada. Incluso, aunque no encuentre motivos para ello. Sé que mi alegría no se ha ido para siempre. Es más, el entusiasmo querrá volver a casa porque siempre ha sido un invitado de honor. No me da miedo que se ausente algunas ocasiones. Sé que regresará.

¿Y tú? ¿A qué emociones tienes tendencia? ¿Quizá al miedo? ¿Al enfado? ¿A alguna otra? No les des la espalda. Es mejor que alimentes otras emociones (las positivas) y sepas que las de siempre te harán una visita de vez en cuando. Permíteles pasar, pero que no traigan equipaje. Un encuentro cortés y luego las despides amablemente. Verás que pronto vuelven esas emociones buenas a las que llevas tiempo alimentando.

Antenas y radiaciones

Hace unos días tuvimos una reunión de vecinos porque una empresa nos había ofrecido acceso a internet gratuito para toda la vida. Si ahora tenemos una velocidad de 3MB/s nos ofrecen unos 35MB/s. Y, todo esto, “simplemente” autorizando a instalar una antena en la cubierta de nuestro edificio, que, por lo visto, está muy bien emplazado para este fin.

Les expliqué que las antenas crean un campo electromagnético perjudicial para la salud. Y tuve suerte porque lo entendieron y, por unanimidad, decidimos que no tendríamos conexión gratuita a internet.

Seguramente has oído hablar de la incidencia de este tipo de elementos en nuestro organismo. Antenas, transformadores y torres de tensión tienen un impacto sobre nuestro cuerpo. Si estamos cerca de ellos no es grave, pero si pasamos muchas horas al día durante años, van a ir dejando huella.

Los electrodomésticos también generan campos. Por eso es aconsejable desenchufarlos cuando no los utilicemos. Y en especial, los del dormitorio. ¿Tienes lamparillas de noche, el móvil cargando y un radio despertador?  Pues no descansarás todo lo bien que podrías. Esto es algo que he leído en diversas fuentes y que he experimentado yo misma: no tener nada enchufado en la habitación nos ayuda a tener un mejor sueño.

Con respecto al teléfono móvil: ya pasamos suficiente tiempo al día pegados a él como para que también nos haga compañía por la noche. Si lo necesitas para despertarte puedes comprar un despertador de pilas. O poner el teléfono en otra habitación, fuera de tu dormitorio.

Y los radio despertadores, ¡cuánto daño hacen! Hay personas muy sensibles que lo notan y otras a las que les cuesta percibir el campo electromagnético que generan, pero a las que también les afecta. Son totalmente desaconsejables.

Y todavía te voy a hacer otra sugerencia para dormir: ponte un cabecero. Y que sea de un material aislante, como madera, tela, PVC, fibra natural… Porque por dentro del tabique transcurren los cables de la instalación eléctrica. Los nuestros y, en ocasiones, los de nuestros vecinos contiguos. Un cabecero aislante nos mantendrá la cabeza protegida de ese campo electromagnético que generan.

Otras ondas enemigas de nuestra salud son las wi-fi. Y la verdad es que es muy difícil evitarlas. Al menos, seamos conscientes de ello y algo podremos hacer. Yo me comprometo a, desde hoy, apagar el router de mi casa por las noches.

La verdad es que es muy difícil aislarse de todas estas ondas y elementos que nos perjudican. Pero sí podemos tenerlo en cuenta en el momento de tomar ciertas decisiones. Desde una sencilla como no dormir cerca del móvil a otras de más envergadura, como asegurarse, en el momento de comprar una vivienda o solar, que no hay torres repetidoras cerca. ¿Te acordarás?

Paredes gordas

Hace unos días vinieron mi hermano y mi cuñada a comer a casa de mis padres. La conversación la protagonizaba el calor –sofocante, de este verano-. Mi madre le preguntó a Davinia si la casa de sus padres, que viven en un pueblo de Ciudad Real, era vieja y tenía las paredes gordas. No pude evitar reírme. Yo sabía a qué se refería y también conocía la intención de la pregunta pero su forma de expresarlo me hizo mucha gracia. Ella quiso explicarse alegando algo como “que sí, que sí… que en las casas antiguas de los pueblos que tienen las paredes gordas no hace tanto calor”.

El caso es que tenía toda la razón. Antes se construían los muros perimetrales muy anchos. No es extraño encontrar cerramientos con un espesor de más de cincuenta centímetros. Y también algún muro de carga interior. Ese cerramiento tenía varias funciones. En primer lugar, sustentar la casa. Son auténticos muros estructurarles. En la actualidad se suelen utilizar pilares y vigas. Con ello ganamos una mayor flexibilidad en la distribución de la vivienda. Y podemos tener huecos mayores, llegando a hacer, en ocasiones, grandes ventanales que ocupan toda la fachada.

Otra función de las paredes gordas de las casas viejas es constituir el cerramiento. Son la piel del edificio. Ahora lo más habitual es utilizar ladrillos cerámicos, aunque hay muchos otros materiales como paneles metálicos, prefabricados de hormigón o muros cortina (que están formados por perfiles metálicos y vidrio), vamos, lo que llamamos cristaleras.

¿Sabes para qué más sirven? Para aislar: térmica y acústicamente. Normalmente las construían de piedra y, al ser un material tan denso, tiene una gran inercia térmica, esto quiere decir que “guardan el calor” y que tardan mucho en perderlo. Imagínate que estás en una habitación que tiene este cerramiento y enciendes una estufa. Además de calentar el aire interior, se irá calentando el muro cada vez más y este calor “se retiene” dentro. En invierno, lo que sucede, es que el calor del exterior, para entrar, encuentra la dificultad de calentar, y calentar, y calentar primero la pared. Por eso en las iglesias se está tan fresquito. ¿Y cómo aislamos ahora los edificios? Pues lo normal es que pongamos, entre las dos hojas de ladrillo que lo constituyen, un elemento aislante de poco espesor, como poliuretano proyectado, lana de roca o “corcho blanco”.

Lo que  nos hace pensar todo esto es que tendemos a la especialización. Lo que antes hacía una pared gorda, ella solita, hoy se consigue mediante diferentes elementos. Lo mismo sucede en mi profesión. Antes un arquitecto sabía hacerlo todo. Hoy en día, con los avances tecnológicos, el aumento de normativa y las novedades que van surgiendo es inviable saber todo de todo. Y cada uno se especializa en unas cuestiones.

¿Y tu profesión, ha cambiado a lo largo del tiempo? No me imagino un médico sabiendo “todo de todo”, sin embargo, hace unos siglos así era ¿Cómo ha evolucionado? ¿Y el trabajo que realizas, se produce de un modo similar o ha cambiado? ¿O es una profesión nueva, que antes no existía, como la informática? Las profesiones están vivas. Los trabajos cambian (algunos perecen por el camino) y nos encontramos en continuo cambio. ¿Te has dado cuenta de la evolución de tu actividad?

Sin perder el Norte

Desde siempre recuerdo que mi padre ha dicho que era beneficioso para el descanso dormir con la cabeza orientada al Norte. Una vez, en la universidad, le pregunté a un profesor por qué esto era así. Él me contestó que era la primera vez que lo escuchaba. En ese momento, con la fe que les profesaba a determinados maestros eliminé esta creencia y me dije a mí misma que sería una superstición infundada. Por aquel entonces me acompañaba una visión muy escéptica del mundo.

Han pasado unos diez años desde aquella pregunta. Hoy me encuentro investigando cuestiones relativas a la geobiología y al feng shui. La geobiología es una ciencia que estudia las interacciones entre la Tierra y los seres vivos, centrándose en el análisis de la calidad energética y vital del espacio habitado. También me interesan la bioconstrucción, la radiestesia y la biohabitabilidad. Todas ellas, basadas en la ciencia.

Y por otro lado, en los últimos tiempos me siento atraída por el feng shui. No tan basado en cuestiones científicas, sino más bien ligado a la geomancia. Se trata de una doctrina nacida en China hace más de cinco mil años. Aunque guarda mucha relación con aspectos de la geobiología, la mayoría de sus enseñanzas no se pueden demostrar (¿todavía?). Y mi manera de averiguar si esto “funciona” es experimentándolo en mí misma y observándolo en las personas cercanas.

Quizá actualmente exista una simpatía social, una especie de moda por las terapias energéticas. También, una tendencia hacia la medicina natural y la alimentación ecológica. No sé si es una cuestión de salud, de vuelta a la Tierra o, simplemente, de moda. El caso es que el feng shui va de la mano de esas prácticas y que yo empecé a leer por curiosidad. Y también con un cierto temor a perder credibilidad y que alguna persona pueda considerarme un tanto esotérica. Por supuesto, nunca abandonaré mi rigor científico ni dejaré de aplicar mis conocimientos técnicos, pero… ¿y si puedo añadir algo más?

Tanto el feng shui como la geobiología recomiendan dormir con la cabeza orientada al Norte. En un laboratorio de Estados Unidos hicieron un experimento. En cada prueba, una persona dormía en una cama giratoria y se analizaba su actividad cerebral. Se comprobó que, efectivamente, la orientación influía en lo que ocurría en el cerebro y  que se descansaba más con la cabeza hacia el Norte.

No obstante, además de la orientación, existen números parámetros a tener en cuenta en cada decisión del proyecto. Y me sorprende que en las escuelas de arquitectura ni tan siquiera se mencionen. Cuestiones muy claras y experimentadas, como la influencia de corrientes de agua subterráneas, los cruces de líneas Hartmann –que ya os explicaré en otra entrada- o la repercusión del campo electromagnético de ciertas antenas sobre nosotros no son precisamente como para pasarlas por alto.

Algunos aspectos de la geobiología o del feng shui son bastante intuitivos. Otros hace falta aprenderlos. Y yo creo que los arquitectos debemos conocerlos. Después ya elegirá cada uno si los aplica o no en sus proyectos. Si te animas a seguirme cada semana, iré comentando cómo ciertas cuestiones de nuestra vivienda influyen en nuestra salud física y emocional. O quizá lo estoy haciendo desde el principio… En ese caso, ¡seguimos!