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CON UN HOMBRE CASADO

CasadoContinuando con este ciclo de relatos amorosos y desamorosos en los que se mezclan recuerdos e imaginación a partes iguales, y de los que no revelaré cuáles son más ciertos y cuáles menos, voy a exponer lo que me sucedió hace un tiempo. En ese momento yo pensé que era una historia de amor fascinante. Ahora sé que solo fue un delirio de pasión instantánea.

Él estaba casado. Y no, no me engañó. Yo lo supe desde el principio, y dejé que me conquistara. Me dejé llevar por esa necesidad que tenía de amor, de cariño o de compañía, por ese anhelo de vivir historias apasionantes, dignas de ser contadas en algún relato más interesante que éste.

El tiempo que duró pensé que lo quería, que estaba loca de amor y que los sentimientos concedían una especie de patente de Corso para quebrantar cualesquiera reglas. Y eso hice yo, saltarme todas las normas. Mis valores y principios fueron los primeros en caer. Ni tan siquiera me di cuenta, tan ciega y ebria de pasión me sentía yo.

Falté al trabajo en numerosas ocasiones sin pensar en las posibles consecuencias, arriesgando mi empleo y con ello, mi situación en Qatar. Todo estaba justificado para consumar nuestros encuentros. Era amor y por eso, todo valía.

Durante aquellos meses no pisé el suelo, viví flotando, cual vehemente. Por las mañanas me levantaba de un salto y todo cuanto me sucedía era estupendo y maravilloso porque él existía. Me sentía pletórica, borracha de amor. Creo que alguno de mis amigos llegó a envidiar el estado de frenesí permanente en el que movía.

Él era árabe y su esposa, europea. Me contó la historia de que su matrimonio había sido invadido por el hastío y que ella no lo hacía feliz… ¡vaya tópico, ¿no?! Y allí estaba yo, cual salvadora del universo, para causarle dicha.

Procuré pensar solo en el presente, más imaginado que real. Porque futuro sabía que no tendría, aunque nada hubiera anhelado más que una vida a su lado.

Lidié con mis celos cada noche sabiendo que dormía a su lado.

Y no sé cómo, de qué manera, un día me di cuenta de que no me merecía aquello y, con un gran dolor en mi corazón y en mi alma, le puse punto final.

Ahora sé que una persona con una sana autoestima no tendría una relación con alguien que tenga pareja. No es amor. No sé lo que es, pero no es amor. Si te quieres a ti mismo no te embarcas en una relación de ese tipo.

Para terminar, unas líneas que le escribí:

Por unos instantes él me quería. Y lo hacía como ningún otro hombre me había querido antes. Al menos, hasta donde alcanzaba mi memoria.

No sé si me enamoré de él o del amor que me daba. Todavía no soy capaz de discernirlo.

Tan solo podía ofrecerme unos instantes y ni siquiera sabía hasta cuándo.

Su amor era tan agradable que no podía alejarme de él, Separarme del sueño que él suponía, pues pocas veces lo tenía cerca. Aunque lo sentía a mi lado cada instante.

Su presencia era arrebatadora. Su mirada traspasaba mi alma y cuando sus manos me tocaban, todo mi ser se ponía a temblar.

Él conocía cada parte de mi cuerpo. Él conocía cada parte de mi alma. Era como si ya hubiésemos estado juntos en vidas pasadas.

El recuerdo de su presencia era cálido. A menudo me recreaba rememorando el sabor de su piel, el aroma de su ser y el calor de sus abrazos.

Me enamoré de unos instantes.

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CABEZA Y CORAZÓN

votre-cœurMe siento cansada. Cansada por los últimos días, que han sido emocionalmente agotadores y cansada también por los últimos años, buscando sin descanso una etapa de tranquilidad en mi vida. Un poco de calma, de garantía de calidez. Un poder descansar. Como cuando era pequeña y mis padres se ocupaban de todo.

Y me da por pensar. Más de la cuenta. Más de lo que es saludable. Y pienso en ti, claro. Como siempre. Como acostumbro a hacer desde que te conocí. Entonces tengo sentimientos contrapuestos. Bueno, en realidad los sentimientos tienen una cara. Lo que está en otro lado es la razón. La que me susurra que esta relación no me hace bien. Me da mucho, sí. Pero también me cuesta.

Y siento ganas de llorar.

Cuando me enamoro de alguien esa persona se convierte en el centro de mi vida. Ya sé que esto puede no ser saludable para mí ni para el otro.  Ni para la relación. Pero no elijo hacerlo así. No me he propuesto pensar en ti a todas horas. No estaba en los planes sonreír cuando te recuerdo. No entraba en el proyecto beber de tus recuerdos y alimentarme de los momentos compartidos. No he decidido desear que me suceda lo que no me conviene solo para poder compartir más tiempo contigo.

Dicen que estar enamorado es adictivo. Nuestro cuerpo segrega ciertas sustancias que nos producen bienestar. Vivimos en un estado de felicidad continuada y nos sentimos bien. Así estoy yo. Sabes que, incluso, he hecho cosas que estaban fuera de los valores y principios que guían mi comportamiento. Y los volvería a hacer mil veces.

Y en ese amar, en ese estado, una vocecita que viene de mi cabeza me susurra que entro en un terreno peligroso. Que me estoy olvidando de mí misma. Que mi vida está girando completamente alrededor de una persona (o de la proyección que tengo de esa persona). Y sé que inevitablemente voy a sufrir. Y también me dice esa voz que me “conviene” dejar de verte. Por supuesto me niego a escucharla. Sería incapaz de hacerlo, a menos que tú me lo pidieras. Me da igual todo, quiero compartir contigo cada minuto que la vida me permita.

Así que en esta disyuntiva me encuentro. Y sé cuál es la respuesta, la vía que puede reconciliar a las dos partes. El camino para aunar ambos lados. Consiste en aprender a integrarte dentro de mi vida. Que seas una parte y dejes de ser el todo. Si consigo hacerlo, si soy capaz de resituar el centro de mi vida en mí misma y te hago un sitio (un buen sitio) en mi existencia, sabré disfrutar de esta relación mientras dure.

 

Que no cunda el pánico, no es mía. Bueno, sí es mía pero no de ahora. O quizá me la haya inventado para disfrutar escribiendo y para intentar que lo haga también quien lea.

Afortunadamente ya no me reconozco entre estas líneas. Gracias a Dios y al trabajo realizado junto a mi coach, y a personas como mi amiga Carmen, ya no me reconozco. Ahora soy yo el centro de mi vida. Y si hay alguien cerca, tendrá su sitio, pero no el todo de ella ni tampoco la desestabilizará por completo. Una persona a mi lado sería un compañero con el que caminar, no un cataclismo que acabe con mi equilibrio emocional.

LO QUE NUNCA JAMÁS SUCEDIÓ

image-1369629326185-VTras escribir dos entradas en un tono resentido y misántropo, prometí que la siguiente sería amable, así que no voy a quejarme de los hombres en general ni de los árabes en particular. El protagonista de este asunto siempre despierta en mí una sonrisa al recordarlo. No puedo expresar nada malo de él, pero nuestra historia no pudo ser porque sus raíces eran más fuertes que sus alas. Y aunque con el tiempo supo cuidar esas bellas alas, nunca fue suficiente como para poder desarraigarse.

Nos convertimos en amigos y descubrí que era una de las personas más inteligentes que conozco. Creo que llegamos a querernos de algún modo. Es un chico sencillo y sin complicaciones. Siempre supe que la diferencia de culturas y de religiones no habría supuesto una traba entre nosotros. Y su tendencia a pensar y decidir con la mente habría complementado a la mía, que suele basarse en las emociones.

No sé si con el transcurrir del tiempo he llegado a mitificar aquella relación porque, como dice Sabina, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

Ha seguido mi trayectoria desde mis primeros momentos en Qatar. Escuchaba paciente sobre mis cambios de empleo, mis anhelos por escribir y los hombres a los que fui conociendo.

Un día confesó que le dolía perderme. Que había sido una persona muy preciada para él y que, como todo lo que había querido, yo también partía. Ese día, enaltecida por la emoción y ahogada en lágrimas le escribí una carta. Le propuse que voláramos juntos. Donde fuera en el mundo y ya resolveríamos el futuro conforme viniera. Él tardó doce días en contestarme. ¡Doce días! Tiempo tuve para volverme loca o casi. Me contó que había leído mi correo cada uno de esos doce días y que no había encontrado las palabras para responderme. No me habló de raíces ni de alas, pero entendí por su palabras que no podía volar, no podía abandonar su tradición ni sus raíces y yo supe que siempre estaría atrapado. También argumentó que yo merecía más que un futuro incierto. Y así fue como él permaneció en su pasado.

Después de aquello continuamos siendo amigos y creo que con el tiempo más cariño le fui tomando. Había temporadas en que lo sentía más como un hermano, o un amigo próximo. Influía el hecho de que yo sabía que él nunca volaría y no me convenía enamorarme.

Creo que desde que lo conozco Palestina para mí dejó de ser un triste y recurrente tema en las noticias para convertirse en una cuestión real. Él nunca hablaba del conflicto ni nombraba su país, en el que, por cierto, nunca había estado. Nació en Qatar y sus padres procuraron que él y sus hermanos sufrieran lo mínimo por esta circunstancia. Y si era yo quien preguntaba, nunca manifestaba ningún tipo de rencor hacia nadie y estoy convencida de que tampoco lo sentía. Sí sentía dolor, por lo que ha padecido su familia, tristeza por lo que sufre su pueblo y nostalgia por no tener un lugar al que volver. Pero nunca sentí odio ni resentimiento en sus palabras ni en su corazón.

Y esta fue mi no-historia con mi amigo palestino. Un hombre íntegro y fiel a sus principios. Quizá demasiado, herencia ésta de su padre. Una persona en la que podría confiar, a la que podría abrir la puerta de mi casa sin ninguna preocupación y a la que siempre le guardaré cariño. Hace tiempo que perdimos el contacto. Si hoy estás leyendo, te mando un abrazo.

EL INGENIERO EGIPCIO

passenger-lift-with-semi-automatic-door-250x250Después de todos los comentarios recibidos en la primera entrada de esta sección, he decidido darle un lugar especial en el blog y escribir con regularidad sobre idilios y desengaños además de continuar con las entradas habituales.

Con el protagonista de este post no hubo historia propiamente dicha. Lo conocí en un ascensor, como si de una película romántica se tratara y salí con él varias veces. Quienes lo han conocido se preguntan cómo pude quedar con él y creo que el propio contexto de mi vida en ese momento responde por sí mismo. Me encontraba en un momento delicado. Vivía sola en Doha, me habían despedido de la empresa en la que trabajaba. El siguiente empleo no aparecía y se me acababa de romper el coche que había comprado unos meses antes.

Pues sí, me cruzo con un ingeniero egipcio aparentemente simpático y amable, que además me ayuda con la búsqueda de empleo y compartí varios cafés con él. Y hasta me hizo gracia en su momento.

No recuerdo por qué perdimos el contacto, a excepción de algún mensaje sin trascendencia de vez en cuando. Eran textos en los que él siempre me proponía quedar, yo aceptaba y él aseguraba llamarme para confirmar día y hora. La misma conversación se repetía cada dos meses por whatsapp, hasta que un día, después de más de un año así, sí pusimos fecha.

Como no quería que yo me molestara, se ofreció a venir a mi casa. Para entonces yo ya me había mudado y vivía sola en mi estudio de Ain Khalid. Y ese día aprendí que no quedaré a solas con un árabe en una casa. Algo tan sencillo e inocente como quedar para comer o para charlar con un amigo, ellos lo malinterpretan. No me refiero a una cena romántica, hablo de un café con un amigo, el mismo que puedo compartir con una fémina. O con cualquier colega europeo.

Pues bien, preparé té, charlamos sobre nuestras vidas y no disimuló su interés por mí. Un interés que no resultaba, en absoluto, recíproco.

Decía que me echaba de menos y que yo era su mejor amiga en Doha –curioso concepto de la amistad el que tiene este chico- y la situación se tornó incómoda. Me abrazó y no me atreví a decirle que no lo hiciera, pero entendí por qué los abrazos hay que pedirlos de alguna manera, no puede uno ir por ahí repartiendo sin consentimiento ajeno.

Aunque a su manera (torpe) me estuvo alabando y comentando lo que yo significaba para él. Yo me sentía cada vez más violenta y no me atrevía a echarlo de mi casa y decirle que él no me interesaba para nada y si en algún momento me había sentido atraída, esta sensación había quedado en el más remoto pasado.

Intentó besarme varias veces y tuve que apartarlo de mí (literalmente) para que no lo hiciera. Al principio intenté ser delicada, pues a mí me han rechazado muchas veces y sé lo que se siente.

Le expliqué que lo mejor sería encontrar una chica como él (se sobreentiende que musulmana) y casarse. Y él me dijo que me casara con él. Comencé a reír a carcajadas suponiendo que bromeaba y él se molestó porque hablaba en serio.

A partir de ahí comenzamos a hablar en círculos en los que él no atendía a razones y solo sabía repetir que me quería y que quería casarse conmigo. Yo perdí la paciencia y le lancé preguntas y argumentos a los que él no atendía.

  • Muy bien –le respondí- nos casamos y tenemos hijos. ¿Qué religión seguirán?
  • ¿Religión? – repitió él extrañado por lo obvia que le parecía la respuesta- pues la del padre.
  • Oh, lo siento, entonces quiero un padre cristiano para mis hijos.
  • Pero… pero… ¡que quizá no tengamos niños!

No sabía cómo acabar con la situación. Seguía repitiendo que me quería y contestaba a cada pregunta con respuestas absurdas.

  • Muy bien, nos casamos… ¿te gustaría que tu esposa llevara biquini?
  • ¿Biquini? Mejor te lo puedes poner en casa – La verdad es que el chico no sabía mucho de marketing…

Cuando perdí la paciencia completamente comencé a decirle que era demasiado europea para él, que me gustaba emborracharme, ir a las discotecas con poca ropa y que había estado con montones de chicos y para cada frase mía él tenía otra, a cuál más absurda.

No sé cómo conseguí que se fuera aquél día de mi casa, eso sí, tenía claro que no quería volver a verlo. Y había aprendido que no debes invitar a un árabe a tomar café en tu casa. Bueno, a casi a ninguno. Tengo un amigo palestino al que hace mucho tiempo que no veo. Por si sigue traduciendo y leyendo mis entradas, diré que siempre es bienvenido a mi casa y que en su compañía siempre me siento tranquila. De él solo guardo buenos recuerdos y será el protagonista de la siguiente entrada. Así dejaré claro que también he tenido buenas experiencias con árabes y que la religión con determinadas personas no supone ninguna traba en una relación. Especialmente si el chico es inteligente y tiene buenos sentimientos, como es el caso de mi amigo palestino.

AMORES Y DESAMORES

Corazón ikeaHoy inauguro sección en el blog. Podríamos llamarla algo así como “amores y desamores en Oriente Medio”. Superado el pudor que me impedía lanzarme a ello y sin ánimo de convertirme en una versión censurada de Carrie Bradshaw, contaré historias inventadas, hechos reales y, sobre todo, aventuras que contienen verdad e imaginación a partes iguales sobre amoríos y desamoríos acaecidos en estas tierras.

Por si me leen mis padres, repito que parte de las historias será fruto de mi imaginación o aventuras que han vivido mis amigas y no yo. Aunque las cuente en primera persona.

Por si me leen las autoridades qataríes, quiero recalcar que nunca ha habido sexo dentro de este país. Nada. Ni siquiera un beso. Vamos, que he permanecido dentro de los límites de la legalidad. Si en alguna de las futuras entradas se menciona o sobreentiende algo, será pura literatura. Aquí, en Qatar, no sucede porque somos todos recatados y no sentimos pasiones pero en occidente los textos con contenido sexual (aunque sea implícito) tienen más lectores. Repito, aquí no porque todos los solteros somos vírgenes, puros y castos, no como esos occidentales descarriados. Pero, apreciadas autoridades, mis lectores están principalmente en España y Sudamérica, así que voy a poner un poco de chispa en los textos. Ah, y tampoco tienen que preocuparse por la censura. Las narraciones serán comedidas y aptas para todos los públicos.

Por si me leen mis tías, no esperéis demasiado de estas historias. Hecha esta introducción parece que prometen, pero si leéis con muchas expectativas, quedaréis decepcionadas.

El caso es que quiero vengarme u homenajear a algunas personas (hombres) que he conocido a lo largo de estos tres años en Qatar. Y lo haré con mi arma favorita: palabras. En esta primera historia el protagonista se llevará un ochenta por ciento de venganza, sobre todo, por mentiroso. Vamos a dejarle un veinte de buenos recuerdos porque era muy cariñoso y porque me abrazaba todo el tiempo, única cuestión por la que lo he echado de menos. Pero voy a solucionar pronto esta añoranza ya que mi amigo Chema me ha ofrecido una solución. Me ha recomendado comprarme un corazón de peluche en Ikea, uno de esos que tienen unos brazos largos, y me ha aconsejado dormir abrazada a él.

Su nombre, Osama. Lo llamaremos Osama II. Ossama I fue un egipcio al que conocí el año pasado y cuyo recuerdo me ayudará a rellenar unas cuantas líneas en el futuro. El tema del nombre parece un chiste, pero no lo es. Y eso que no se trata de un nombre excesivamente común como Mohamed o Ahmed, o muchos otros. De hecho, han sido los dos únicos Ossamas que he conocido.

En fin, la historia comenzó a principios de Ramadán de este año. Un sábado por la mañana estaba en casa, aburrida y desocupada. Decidí salir a comprar aunque no necesitaba nada, solo por pasar el tiempo. Las horas de día durante el mes de Ramadán son tediosas. Todo está cerrado y es difícil quedar con la gente.

Así que me fui a Villagio, compré algunos regalos para mi viaje a España y entré en Carrefour. Recorriendo uno de los pasillos y empujando mi carrito de la compra, me pareció que alguien decía algo cuando yo pasaba. Miré de reojo por si era algún conocido, pero nadie se dirigía a mí así que supuse que esa persona estaría hablando sola. O que había sido mi imaginación. Seguí mi camino. Cuando me encontraba en la zona de la fruta un chico se acercó a saludarme. Alto y apuesto. Sonriente y seguro de sí mismo. Además, muy educado, así que lo escuché. Me dijo que me había visto y que me parecía mucho a una vecina suya. Yo soy de Jordania, ¿de dónde eres? –preguntó. Medio abrumada por la circunstancia sonreí y contesté que era española (esto siempre lo digo con mucho orgullo). Entonces él insistió en que tenía la misma cara que su vecina y de manera sutil y respetuosa comenzó a adularme. Sus cumplidos me ruborizaron y él me preguntó si podríamos quedar un día a tomar café.

En este punto, una chica europea en un país árabe sabe por experiencia cómo sortear la situación o cómo ofrecer un número de teléfono falso. Pero por alguna razón él me hizo gracia, además, era atractivo. Decidí no esquivarlo.

Yo le dije que sí podíamos quedar, pero no esa semana porque andaría ocupada preparando mi viaje. Y tampoco la siguiente porque estaría en España. Pero después de unos días intercambiando whatsapps vino el café y después algunas citas antes de mi viaje.

A la vuelta de mi viaje me recogió en el aeropuerto con un ramo de flores y al día siguiente él se fue a Jordania. Regresó y estuvimos quedando. Yo me lo pasaba bien con él pero quería hacer los deberes que me recomendó mi coach en caso de conocer a un chico y que consistían en descubrir cuál o cuáles de las tres clases de amor yo sentía.

Platón hablaba de tres tipos de amor. El primero, Eros, es el amor físico y está ligado a la atracción a nivel corporal, a la pasión y al erotismo. Y sí, me sentía atraída por él. El chico me gustaba físicamente, menos por su voz, pero pronto me acostumbré a ella. Tenía doce años más que yo, pero no notaba la diferencia. “Amor Eros“: más o menos se cumplía.

Ágape es el amor afectivo, el cariño. Si Eros era corporal, éste es emocional. El tipo de amor de madre, tierno y entregado. Y por aquí me tenía atrapada. Él era muy cariñoso. Mi sed de afecto y su derroche de éste fraguaron lo que hubo de relación.

Y, por último, Philia, el amor intelectual (a nivel mental), relacionado con las ideas y con la admiración. Desde el principio sospeché que muy listo no era. Me di tiempo para conocerlo, para divertirme y para descubrir algún tipo de profundidad intelectual en él. Creo que desde el principio yo sabía que no la había y en realidad no quise darme cuenta. Vamos… que el chico no era un lumbreras. Y que conste que esto solo lo aireo como parte de mi venganza, por mentiroso y por requetementiroso.

Hace unas semanas terminé la relación. En realidad en dos fases. Después de acabar la primera vez, volvimos a vernos en varias ocasiones, pero viendo que mantener el contacto  me perjudicaba y dándome cuenta de cuántas mentiras contaba y había inventado cuando salíamos, decidí eliminarlo de mi vida. Y empecé por bloquearlo en whatsapp y borrar su teléfono de mi agenda. Desde entonces me siento serena y liberada.

Después de esta experiencia y otras que narraré en el futuro he decidido que ya no quiero salir más con chicos árabes. Cuando lo comento la gente me suele preguntar si es por la diferencia de cultura o por no sé qué cosas de la religión… No sé por qué es ni tampoco voy a invertir energía en averiguarlo. Simplemente, y basándome en mis últimas experiencias, sé que salir con árabes resulta nocivo para mi persona. Me perjudica… ¡jalás! Queda ahora mi corazón abierto a cristianos y a occidentales.

Una vuelta a casa

FamiliaHace dos semanas que no he escrito nada en el blog. Es la primera vez en dos años que me salto mi costumbre de publicar mis reflexiones. No se me olvidó, he sido muy consciente y me ha dolido no hacerlo, pero ha sido porque me he dedicado los últimos ocho días a disfrutar de mi familia, que ha venido a visitarme. Mis padres y mi hermano. Después de pasar nueve meses sin verlos.

Podemos decir que he vuelto a casa.

El reencuentro en el aeropuerto fue entrañable. Afectuoso, aunque no demasiado peliculero como estaban esperando mis tías y mis primas que seguían el viaje a tiempo real por whatsapp. Compartir estos días nos ha enriquecido y yo sentía una sensación de normalidad en cada momento. Era como la continuación de nuestras vidas cuando yo estaba allí.

Para ellos, además, ha sido un viaje estimulante, un descubrir nuevos paisajes. Han tenido la oportunidad de saber cómo vivo. Han comprobado que no decía lo bien que me siento aquí para que estuvieran tranquilos, sino que es cierto. Han conocido a mis amigos, mi casa, mis rutinas. Y tanto les ha gustado (a pesar del calor infernal) que a mi hermano se le ha pasado por la cabeza buscar un trabajo aquí. Y mi madre no ha tratado de hacerle desistir. No creo que decida mudarse, pero todo se verá…

Estuvimos en el desierto y dormimos en haimas. El campamento fue nuestro hogar por una noche y las dunas un paisaje impresionante. Relataré la experiencia y las impresiones en una de las próximas entradas.

Y sí, respondiendo a las dudas que tenía sobre dónde está mi hogar, mi hogar está allá donde se encuentre mi familia. Y sigue existiendo a pesar de la distancia, porque lo que separa a las personas no son los kilómetros. De hecho, durante todo este tiempo me he sentido muy ligada a ellos y la comunicación ha sido muy fluida. Doy gracias a las tecnologías de la información y la comunicación cada día por esto.

Hoy me he levantado con una sensación extraña. Es como que todavía tengo que asimilar esta visita, este regalo. Y, por otra parte, mi subconsciente está poniendo orden a lo que ahora mismo significa mi vida. Ya han transcurrido nueve meses desde que llegué. Mis días en Oriente Medio, mi trabajo en la oficina, las personas que he conocido, mi relación con el inglés… Y, como punto más que importante, haber ordenado mis objetivos para el futuro. A corto, medio y largo plazo. Ha sido aquí donde ha dado fruto un trabajo que he realizado durante años. Me había estado buscando. Y por fin –creo- que me he encontrado. No ha sido por estar aquí ni tampoco un manifiesto de caprichos. Ha sido una forma de alinear pasado y futuro y de quedarme en el presente porque, por fin, todo tiene coherencia.

Ahora puedo darme cuenta de que todos los talleres que realicé los últimos años, los cursos, los cafés con personas tan importantes para mí, las lecturas… han dado sus frutos. Siento que realicé un trabajo interno que me llevó a enfrentarme a mis propias sombras. No siempre fue fácil, pero abrí el armario y negocié con viejos fantasmas. Me siento limpia y por eso puedo mirar hacia delante. Resolví mi pasado, escribí mi futuro y me encuentro viviendo mi presente. Un presente maravilloso, cuajado de aventuras, por el que camino bien acompañada. Un presente que no podría ser el que es sin mi familia. Mis padres y mi hermano, a los que siento muy cerca y que por una semana he tenido a mi lado.

Y, de nuevo, me he perdido entre palabras. Creo que no he hablado de arquitectura. Otra vez. Y tampoco sé la conclusión de hoy. Pero voy a ponerme pastelosa y voy a proponer que disfrutemos de nuestra familia. Que aprovechemos los momentos que compartimos con las personas a las que queremos y –además de pastelosa, ñoña- que recordemos que el amor es lo más importante.