Archivos del mes: 30 agosto 2016

REENCUENTRO CON LAS CLASES DE EDUCACIÓN FÍSICA

pabellon101Ayer tuve un reencuentro con una parte de mi pasado que permanecía olvidada. Las clases de educación física. Yo era la niña gordita que siempre llegaba la última corriendo y que sufría terriblemente con esta asignatura.

Ayer iba a ir a nadar, pero mi amiga Chelo me convenció para asistir a una clase de fartlek. Ella la había descubierto la semana anterior porque la sala de zumba estaba llena. Por lo visto le gustó y la rebautizó porque eso de fartlek nos sonaba raro, no podíamos pronunciarlo y, además, no sabíamos ni su significado. Para ponerlo fácil, Chelo lo rebautizó como entrenamiento militar.

En primer lugar, descubría una nueva zona del edificio deportivo: las pistas. Que eran cubiertas, claro, pero pistas al fin y al cabo y nos recordaban a un espacio abierto. Eran lo más parecido a un exterior que podemos encontrar en este clima del desierto que nos ofrece Qatar en verano.

La clase comenzaba corriendo. Dando vueltas alrededor del patio. Yo estaba de buen humor porque iba con mi amiga y hasta hablábamos un poco. Pero el anclaje emocional fue inevitable. Vinieron a mí todos esos años de sufrimiento en las clases de educación física. De llegar la última al correr. De aprobar por los pelos y –según los profesores- por el esfuerzo. Los siguientes ejercicios me llevaron a recordar tantas horas en el patio del colegio, cuando yo no entendía por qué a mis compañeros les gustaba esa asignatura. Además de ser una niña gordita, era físicamente torpe. Me costaba todo. No hacía deporte ni era amante del ejercicio. Nunca jugaba a pillar porque siempre venían a por mí y yo ya nunca conseguía alcanzar a nadie.

Aquello fue frustrante para aquella niña. No suspendía las pruebas de velocidad por holgazana, sino porque mi cuerpo no podía más. No era amiga de los deportes de equipo. Era lenta corriendo y me daba miedo la pelota. Y también, la agresividad del equipo contrario.

Ayer, durante el entrenamiento, me di cuenta de que pasaba desapercibida. Realizaba los ejercicios como una más. Cuando corríamos yo estaba por el medio e, incluso, me sobraban fuerzas para haber ido un poco más rápido.

Llevo unos doce años realizando deporte más o menos con regularidad (lo del más era en España y lo del menos, en Qatar, que a veces lo pone un poco difícil). Ya no soy físicamente torpe. Me veo dentro de la media. Y el sentirme tan dentro de esa sesión de entrenamiento me hizo reencontrarme con aquella niña. Solo pude abrazarla por lo que ella pasó.

En algún momento de mi vida adelgacé. Pero yo siempre seguí sintiéndome “una gorda”. Esto es algo muy íntimo y aunque parezca que lo expongo con facilidad, mientras escribo estoy sintiendo tristeza y pudor, me está suponiendo gran un esfuerzo. Ese pensamiento, esa etiqueta, ese adjetivo que se fundía con mi persona, pesara lo que pesara, ha seguido persiguiéndome desde entonces. Pese los kilos que pese.

De niña, cuando no tenía amigos creía que era porque estaba gorda. Cuando no me hacían caso los chicos que a mí me gustaban, también, porque estaba gorda. Estuviera como estuviera. E, incluso a veces –porque todavía queda algo- esté como esté. Ese “ser gordo” es una creencia muy profunda. Y por desgracia, está muy generalizada. Y una no “está gorda” en las caderas, en el culo o en la tripa. Una está gorda en la cabeza. Es un pensamiento muy profundo, irracional y se adhiere con tanta fuerza al concepto que esa persona tiene de sí que ni siquiera te das cuenta.

Tengo que reconocer que la sociedad me ha dado una tregua en este país. Por lo visto mi cuerpo aquí se asemeja mucho más a los putos cánones de belleza establecidos que en Europa. El dress code no permite enseñar cacho ni marcar curvas. Quizá esto me haya ayudado a recuperar una sana autoestima, a la que todavía le queda camino por hacer, pero que sí ha dado muchos pasos. Y ya sé que la autoaceptación no tiene que venir de fuera sino de dentro, pero si mi contexto, en los últimos años me ha ayudado, pues bienvenido sea.

No sabía que iba a terminar así estas líneas, que me traería hasta aquí ese reencuentro con las clases de educación física. Y para no acabar con un sabor amargo, quiero terminar nombrando a un profesor que tuve en el instituto los dos últimos años. Salva, que era genial y que nos hizo a todos adorar sus clases. Es más, yo entrenaba por mi cuenta para sacar mejores notas porque estaba motivada. Con él ¡hasta aprendí a hacer el pino!