Archivos del mes: 20 febrero 2016

ENCUENTRO FORTUITO

IMG-20151123-WA0011Finales de febrero y en Qatar se ha acabado el invierno. Es sábado y tengo una cita, pero es una cita con mi querida amiga Azadeh. Hace unos meses que han abierto un nuevo zoco en Al Wakrah, que es una ciudad cercana a Doha, y allí quedo con mi amiga para comer.

Nos sentamos en una terraza del paseo, enfrente del mar y bajo ese sol que todavía no asedia, es más, acaricia la piel con suavidad. Disfrutamos de un plato de kebsa, de un zumo y, sobre todo, de la compañía.

Frente a nosotras caminan algunos paseantes. Árabes y occidentales definen el paisaje. De repente reconozco a uno de ellos. Es George, un antiguo amigo. Lo acompaña una chica. Me levanto a saludarlo, creo que ambos nos alegramos de vernos. Puede que no tanto su amiga, que no para de escanearme en dos sentidos: de arriba abajo y el opuesto. Me parece que es india y también nos saludamos. Charlamos un poco y luego ellos continúan su paseo. Yo vuelvo a mi asiento.

Comento el encuentro con mi amiga y me doy cuenta de que no me ha alterado en absoluto. Me he alegrado de verlo como si me hubiese encontrado a cualquier amiga. Tampoco me había afectado el verla a ella.

Este hecho puede parecer obvio, incluso, ridículo el redactarlo y convertirlo en post. Pero para mí es algo nuevo. No queda tan lejos aquel día en que Osama 2 y yo ya habíamos terminado y me lo encontré tomando café con una chica. Estuve afectada durante dos días. No disfruté la comida con mis amigos y me alteró infinitamente. Por supuesto, los saludé y él se apuró de manera increíble. Tanto, que al día siguiente me escribió para contarme una milonga sin que nadie le hubiera preguntado nada. Yo simulé que no me había influido el encuentro y le recordé que ya no teníamos nada, que era libre de salir con quien quisiera y que no tenía por qué darme explicaciones.

Siento aburrir a quien tenga estas cuestiones superadas, pero para mí es algo reciente y un motivo de alegría. Creo que hoy podría cruzarme con cualquiera y no sentir nada más que una pequeña alegría por encontrarme a alguien de mi pasado. Sin más. Saludar, incluso, a la compañía con la que camine y que no se me acelere el pulso, sin juzgarla y sin alegrarme si me parece fea.

Parece que trabajar la autoestima tiene sus frutos. Ahora sé que prefiero estar sola que mal acompañada y que no voy a recordar a alguien que no merezco, no me merece o con quien una relación no funcionaría. Ya no quiero cariño a cualquier precio. Ahora me quiero yo.

 

Y hecha esta pequeña reflexión en voz alta y por motivo de un encuentro fortuito, voy a ir pensando en retomar mi sección de Amoríos y Desamoríos, que he tenido abandonada durante un tiempo. A partir de ahora comienzo a imaginar y a recordar anécdotas. Propias y ajenas.  Para quienes me han pedido en los últimos meses continuar con la sección, prometo nuevas historias en breve.

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DEJANDO LASTRE…

f861adcb4ff07c37ea0376e8b7b03b78Sigo andando por este camino que es la vida y me siento aliviada por haber dejado caer cierto lastre con el que cargaba desde hacía ya demasiado tiempo. Un peso del que a menudo no somos conscientes porque lo tenemos fusionado con nosotros mismos. Hemos convivido tanto con él que no nos damos cuenta de que no es inherente a nuestra persona, que nos pesa, que no sirve para nada y que lo podemos soltar y dejar ahí para siempre.

No sé si habrá sido por el tiempo vivido en este país de Oriente Medio, por el trabajo en el que me ha acompañado mi coach o por la suma de todo. Supongo que en la vida los resultados suelen ser debidos a la suma de todo, cada factor con su grado de influencia, pero todo cuenta. El caso es que ciertas imposiciones sociales se me han caído. Por tópicas, todos las sabemos y hemos hablado a menudo de ellas. A nivel intelectual lo he tenido claro desde hace muchos años. Pero no estaba integrado, no me había calado hasta dentro.

Ahora sí. O eso creo.

Tampoco lo apunto como una victoria, supongo que sería un engaño y conseguirla, otra de las imposiciones sociales. Más bien lo vivo como un alivio. Un descanso.

Los “tengo-que” los conocemos todos y los hemos analizado en muchas ocasiones. Suelen ser el éxito profesional, conseguir un estatus social, una situación financiera, una pareja y una familia. Puede que haya algún “tengo-que” más y creo que estos también variarán dependiendo de la persona y del entorno social en que se encuentre.

También hay fechas, plazos y tiempos para conseguirlos. Tengo treinta y cinco años. Me siento en el camino hacia los cuarenta y haberme desligado de una imposición que me grabé o me grabaron desde niña me ha hecho sentirme libre. No ha sido algo ocurrido de golpe sino un proceso que ha durado años y ha atravesado distintas etapas.

Hace unos días me descubrí nuevas canas y sonreí con cariño hacia mí misma. Por primera vez no me molestaba. Como ya no hay plazo de entrega, fecha límite ni lugar al que llegar, ya no me importa cumplir años. Ya no siento que llego tarde a la fiesta. Ya no temo no llegar. De hecho, mi fiesta está aquí. Ahora. Qué fácil es entender este concepto y qué complicado resulta aplicarlo. Ya no espero ninguna fiesta en el futuro. Ésta es la mía, la que tengo delante en cada momento.

La inquietud va y viene, dice una amiga a la que quiero mucho. No sé, quizá mañana vuelva a cargar con el lastre que he abandonado. Es posible. Pero hoy no lo llevo conmigo.

Hace poco escuché a alguien decir “a mí ya se me han pasado todos los arroces” y creo que quería decir que estaba de vuelta de muchas cosas. Es alguien que ronda los cuarenta años y creo que esta edad es una de esas fechas impuestas. Parece que ya has debido triunfar a nivel profesional y personal. Es, incluso, una fecha límite, aproximada, para ser madre. Creo que mi amigo quería decir que no iba a perseguir ninguna expectativa impuesta desde fuera y que decidía hacer la vida que a él le apetecía hacer. La que anhelaba desde dentro. Gustara o no a los otros.

Me ha costado muchos años, pero he llegado a la conclusión de que no tengo que demostrar nada a nadie. Ni siquiera a mis padres. Y tampoco siento –ya- la necesidad de demostrarme nada a mí misma. Ni profesional ni personalmente. Esto aligera mi vida y la hace más sencilla y fácil. Ya no existe en mí el anhelo por volver a alguna parte y exhibir mis logros. Ya no.

He aliviado la carga con la que camino y, como siempre que algo se recoloca por dentro, siento la necesidad de verbalizarlo, de expresarlo. A veces, incluso, de compartirlo. Creo que todos hemos sentido la sensación de carga y también la de liberarse de ella… ¿Qué lastre sigues arrastrando a cada paso? ¿Cuáles has soltado ya? ¿Quieres seguir así o dejas carga y aligeras la marcha?