Archivos del mes: 20 marzo 2016

NI TACONES NI AMERICANAS

IMG-20160313-WA0010Hoy lo sé, lo tengo claro, los tacones y las americanas no eran para mí.

Desde pequeñita me visualicé como una mujer de éxito a nivel profesional. Me imaginaba de mayor vistiendo trajes y ostentando una posición de responsabilidad en alguna empresa, dirigiendo equipos y liderando proyectos. Clientes y compañeros confiarían en mí, yo gestionaría bien y todos a mi alrededor se sentirían satisfechos con mi desempeño laboral.

Todo el mundo sabría lo buena profesional que era.

Durante años me entrené para ello. Estudié una carrera y aprendí a vestir con tacones y chaquetas o, al menos, lo intenté. Me imponía a mí misma una serie de corsés a todos los niveles. Intenté construirme un cuerpo y un alma a semejanza de aquella imagen que pretendía convertir en realidad. Objetivo, creo que lo llamaba.

Fingí ser seria porque creía que eso me envolvería en un halo de profesionalidad.

Quería “llegar alto”. Intenté modelarme. Nunca anhelé dinero pero sí relevancia social y reputación. Y, sobre todo, que mis padres vieran ese reconocimiento. Creo que ahí estaba el meollo del asunto, el origen de toda esta cuestión.

En algún rincón de mi subconsciente creía que si conseguía ser exitosa a nivel profesional, si les demostraba a todos lo que era capaz de lograr, entonces mis padres me querrían.

Hoy sé que mis padres me quieren por lo que Soy, no por lo que hago ni por las etiquetas que me cuelgue ninguna sociedad.

Hoy visito a una buena amiga que vive en otra ciudad. Visto una falda con muchos colores y unas sandalias planas. Me siento cómoda dentro de este envoltorio, por cierto. Ella me acoge en su casa y disfrutamos del reencuentro. Cuando me pone al día sobre su situación en la empresa me alegro por las noticias que me cuenta y al mismo tiempo me doy cuenta de varias cuestiones.

La primera, cómo ella disfruta con su trabajo. Se emociona, incluso, hablando de esos productos químicos con los que trata. Ha solicitado un ascenso y el próximo mes la envían a Filadelfia para asistir a un curso. Es una estupenda técnico. La admiro. Me alegro sincera y profundamente y me doy cuenta de cómo ese traje va con ella. No tiene que modelarse ni necesita constreñir cuerpo ni alma para vestirlo.

Mi segunda nota es que no me he comparado con ella ni sentido frustración después. Esto es algo nuevo para mí.

Me siento libre, puedo fluir. Esta falda con tantos colores me hace sentirme cómoda.

Tengo un empleo relativamente cómodo que me proporciona unos ingresos a final de cada mes. No es un puesto de dirección ni de responsabilidad. Mi jefa es más joven que yo. Mi sueldo no es alto. No tengo previsto ascender en la empresa ni potenciar mi carrera profesional.

Reconocer esto es tremendamente liberador. Supone soltar un peso que he estado cargando durante toda mi vida.

Reconocerlo también duele.

Duele porque dejarlo ha sido como una amputación. Estaba tan fusionado con mi propio cuerpo que despegarlo ha dolido.

Duele porque he tomado consciencia del daño que me ha causado durante tanto tiempo. ¿Por qué me he tratado tan mal? Le he hecho a mi alma lo que le hacían tantas chinas a sus pies para que fuesen pequeñitos. Pero tampoco te culpes, Geles, las cosas son como son. Solo da gracias por haberte liberado de esos ceñidores que te apretaban como las vendas en los pies de aquellas niñas chinas. Ahora puedes andar con comodidad, Geles. Ahora puedes, incluso… ¡volar!

Duele porque perdura una cierta inercia, un ápice del peso que he dejado y en algún momento me acecha y me lleva a pensar que no he conseguido ni tampoco voy a lograr lo que quería demostrar a mis padres. Creo que es cuestión de tiempo y que esta tendencia acabará por desaparecer completamente.

Y ahora sí, libre, vestida con colores, con mis pies liberados, con la admiración sin comparaciones que profeso hacia mis amigas profesionales… ahora siento que puedo volar.

Dubai, a 18 de marzo de 2016.

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NADA QUE PERDER

20160103_132902Recuerdo la primera vez que sentí esta sensación, la de “nada que perder”. Cursaba yo mi primer año en el instituto y estaba en un nuevo ambiente, nuevos compañeros y hasta en otro municipio. Ese cambio había sucedido a varios otros y mi capacidad de adaptación era lenta. Carecía de habilidades sociales y me costaba establecer nuevas relaciones. En ese momento mis padres decidieron que cambiara, otra vez, de centro escolar. Esta vez la razón no era una nueva mudanza sino que ellos pensaron que recibiría una mejor formación en uno privado en lugar de continuar en el público al que asistía. Decía mi padre que cuando pasaba por la puerta veía estudiantes saltándose las clases y fumando porros.

Rogué con todas mis fuerzas quedarme, no quería volver a cambiar. Como sacaba buenas notas y era una alumna aplicada, mis profesores hablaron con mis padres, pero ni con esas…

El caso es que este centro privado y religioso les parecía más conveniente para mi formación y solicitaron una plaza. Uno de los requisitos para acceder era superar unas pruebas, una especie de examen de acceso. Imagino que aquel ejercicio formaba parte de su estrategia de marketing y no era realmente selectivo, el caso es que allí estaba yo, a mis catorce años, asistiendo a unos exámenes para poder ser admitida en un colegio al que yo no quería ir.

Todavía recuerdo aquella tarde, transitando los pasillos del que luego sería mi nuevo instituto. Puedo rememorar, incluso, el aroma del aula donde hicimos las pruebas. Y fue cuando esa sensación me inundó por primera vez. Nada que perder. No pasaba nada si fallaba, si suspendía. No estaba nerviosa, inquieta ni preocupada. No me imponían las instalaciones ni los profesiones a los que vi aquel día. No tenía… nada que perder.

Esa sensación ha vuelto a mí varias veces a lo largo de mi vida. El nada que perder, ningún objetivo valorado en juego. Tranquilidad, sosiego, calma e indiferencia ante el resultado.

A lo largo de mi vida ciertas figuras de autoridad me han impresionado. También, algunas instituciones y edificios. Pero cuando he sabido que no tenía nada que perder, entonces ni la más pretenciosa de las organizaciones ha sido capaz de amedrentarme.

Y así me siento ahora. Esperando a que se resuelva la situación de mi visado en este país, una cuestión que parece que no termina de aclararse.

Sí necesito saber cuál va a ser la resolución para organizar mi vida en consecuencia. No estoy soportando bien la incertidumbre y necesito empezar a planificar el año.

Eso sí, no temo que le denieguen el permiso a mi empresa. Como la tarde que me examinaron en aquel instituto de BUP, no me importaría ser rechazada. Esta vez, por el estado de Qatar. Me atraen las consecuencias de que no me transfieran el visado y me plantearía regresar antes a España. Este plan se ajusta a mis anhelos.

Nuevamente me siento con la ligereza que aporta el saber que no tengo nada que perder. Supongo que existe un nivel superior de este estado, que es sentirlo en esas situaciones en las que sí creemos que nos jugamos mucho. Nada es tan importante en la vida, o casi nada, como para destruir nuestro estado de paz, nuestra calma.

¿Seré capaz de mantener la serenidad en situaciones en las que crea que “hay algo que perder”? Quizá podría empezar a relajarme en medio de la incertidumbre que en la que vivo. Voy a por ello, a ver si llego…