Archivos del mes: 25 marzo 2012

Algo no funciona…

Image¿Alguna vez has tenido la sensación de que algo iba mal en alguna faceta de tu vida pero no has querido oírlo hasta pasado un largo período de tiempo? A mí me ha pasado en algunos proyectos de arquitectura y también en diversos aspectos de mi vida.

Resulta que estás llevando a cabo una solución para el diseño de un espacio. Te puedes enamorar de una propuesta y negarte a oír la vocecita que te dice “por ahí no”. Y sigues avanzando en el proyecto. Le dedicas tiempo y energía. Lo trabajas y lo estudias. Pero al final de la jugada esta solución se cae con todo el equipo y entonces te preguntas… “¿pero cómo no lo vi antes?” ¡Sí! ¡Claro que lo viste! Pero no quisiste darte cuenta. Y entonces te preguntas, “¿cómo me ha pasado esto si yo lo advierto enseguida en otras personas?” Pues para eso está el refranero español, y es que se ve antes una paja en el ojo ajeno que una viga en el nuestro.

Y lo mismo sucede con nuestra vida personal. Seguimos por inercia, continuamos con las mismas fórmulas en lugar de pararnos a reconocer que algo no funciona y que si seguimos actuando de la misma manera sólo vamos a empeorarlo. Pero claro, es tan fácil actuar como siempre lo hacemos. ¡Y cuesta tanto cambiar!

Mi amigo Rafa siempre cuenta la historia de los tres capitanes de barco durante una tormenta. Por un lado está el pesimista, que se lleva las manos a la cabeza y piensa que se van a la deriva y que no van a poder salir de esa situación. El segundo capitán es el optimista (con el cual yo me siento muy identificada). Sonríe, mira hacia el cielo y le dice a su tripulación que todo va a pasar, que no se preocupen porque la situación mejorará en breve. El tercer capitán es el realista. Identifica la situación y ajusta las velas. Esta pequeña metáfora nos recuerda que el optimismo extremo no es bueno para gestionar situaciones.

Incluso las veces que acutamos con un optimismo exagerado, suele llegar un buen día en que nos sucede algo y, como si cayéramos de un guindo, observamos la situación con los ojos de capitán realista. Dependiendo de las circunstancias y de muchos factores, ese día puede ser duro. Primero hay que asumir. En segundo lugar, cambiaremos la estrategia y, por último, actuaremos en consecuencia. Qué fácil es la teoría, ¿verdad? Pues cuanto antes seamos conscientes de la realidad, antes podremos empezar el proceso.

Cuando estaba en la universidad a veces señalaban algún aspecto de mis proyectos que no funcionaba bien. En ocasiones lo vía rápido, pero otras me costaba mucho. Darte cuenta en el momento en que otro te lo dice es difícil. Lo sientes de verdad el día que lo ves por ti mismo. Por eso no funcionan los consejos, necesitamos sentir que eso no va bien, no que alguien nos lo diga.

Y de este pensamiento yo obtengo una conclusión: poner atención a la vocecita que me avisa, esa que no quiero escuchar por lo que supone. ¿La escucharás tú también?

Asumir una crítica

Qué duro es asumir las críticas. Cuando estudiaba arquitectura aprendíamos a proyectar proyectando. Es decir, concebíamos y dibujábamos los espacios y luego corregíamos con el profesor del taller o con los compañeros. Y este era el sistema. En cada nueva corrección aprendíamos algo y era ésta la manera de avanzar.

Y cuando te decían que algo estaba mal… ¡qué arduo resultaba! No sólo porque tenías que seguir trabajando, modificar el proyecto e invertir más tiempo. Era difícil porque resulta duro asumir críticas. Darte cuenta de que has hecho algo mal. Y ese algo puede ser una cuestión puntual o un vicio, un hábito negativo que arrastras y que te conviene deshacer.

Lo mismo sucede en nuestra vida diaria. Nosotros actuamos y no siempre somos conscientes de lo que hacemos, de cómo lo llevamos a cabo o de las repercusiones de nuestras acciones. Y el día que alguien –que te quiere- te fuerza a verlo te pone en una situación incómoda, tensa. Te vuelcas hacia adentro y tu mente se resiste a reconocerlo. Buscamos excusas, explicaciones, cambiamos el punto de vista porque es más fácil que confirmarlo. Pero podemos hacer el trabajo, enfrentarnos. Si varias personas han coincidido en lo mismo a lo largo del tiempo, ¿es posible que me beneficie cambiar cierta actitud?

Por supuesto, no me refiero a críticas hostiles. Había profesores que humillaban al estudiante inexperto que enseñaba sus bocetos. He visto a muchos compañeros llorar por el trato inapropiado de ciertos arquitectos que se supone que tienen que enseñar la profesión. Por suerte, pocas veces me tropecé con energúmenos de ese tipo. Casi todos mis profesores fueron buenos o estupendos. Aprendí mucho de ellos y supieron hacerme ver dónde podía mejorar y cómo conseguir mejores proyectos. Es fácil diferenciar una crítica constructiva de una hostil. La primera te la dicen en privado, bajito. Cuidan el vocabulario, el tono de voz y te la dan con amor. Con amor y con crudeza. La segunda la suelen gritar, elegir las palabras más humillantes y vanagloriarse por el hecho de avergonzarte.

No obstante, hoy me refiero a las críticas constructivas. Además, cuando haces algo mal esto puede tener repercusión para otras personas. Yo he cometido fallos en mi trabajo. Es muy duro darse cuenta. Y estos fallos han afectado de una u otra manera a clientes o agentes relacionados con la construcción.

Lo mismo me ha sucedido en el nivel personal. Mis actos o mis decisiones han afectado a otras personas. Y cuando te lo dicen duele. Y volvemos a buscar excusas y ser indulgentes con nosotros mismos. Pero… ¿y si lo reconocemos? ¿Y si nos damos cuenta de que así ha sido y, sin martirizarnos con innecesarias culpas, asumimos nuestros actos?

Cuando lo reconocemos podemos avanzar. Crecemos. Y si la crítica se refería a un hábito más que a una situación concreta, puede ser el detonante para trabajar una faceta nuestra de la que no éramos conscientes. Demos ese duro paso. Hace falta mucha humildad, sobre todo, ante nosotros mismos.

En muchas ocasiones crecer empieza por el duro momento de reconocer una crítica.

Valencia en Fallas

Estamos en marzo. La ciudad de Valencia y todos los pueblos de la provincia se acicalan y se visten de Fallas. Y nos lo muestran con todos los sentidos. Se transforman nuestros pueblos, sin necesidad de un proyecto de urbanismo, y nos regalan unos días de jolgorio. Las fiestas se perciben por los seis sentidos. Sí, sí… he dicho seis.

Uno de mis sentidos preferentes es el oído. Y reconozco que me costó muchos años habituarme a lo que a mí me parecía una serie de ruidos sin ningún sentido. Mascletaes y petardos en todo momento, eso por no hablar de les Despertaes. Y unos cuantos años más me costó apreciar y valorar esos sonidos tan tradicionales. Hoy son un anclaje para mí, anuncian la llegada de las Fallas y, con ellas, la primavera, el buen tiempo, el sol, la alegría que despierta después del invierno. El primer anuncio de estas fiestas es sonoro.

Después se siente el aroma. Por supuesto, a pólvora. Y también a leña, a paella, a flores y a chocolate caliente. Y también se puede oler a frescura, a ganas de salir a la calle, a vestirnos con manga corta y disfrutar del solecito. Se huele a alegría. No a todo el mundo les gustan las fallas, pero normalmente los más reacios aprovechan para irse de viaje. Y si no, se quedan en casa. En la calle se respira el entusiasmo.

El gusto es un sentido íntimamente ligado al olfato, ¿o será al revés? El caso es que las fallas saben a paella, por supuesto. Y también a horchata, a buñuelos y a chocolate caliente. Son días de concesiones y nos permitimos los excesos. Saben a cerveza fresquita y a tapas en una terraza o en el casal de la Falla.

¿Qué tacto tienen las fallas? Pues creo que podemos imaginar las texturas dels ninots, de los trajes de las falleras, de un mantón de la Virgen cuajado de flores. Pero para mí, el sentido del tacto en estas fechas está más ligado a la temperatura que a las texturas. Yo siento la caricia del sol. Un sol radiante que brilla en Valencia y que todavía no resulta excesivo. Sí, me quedo con los mimos del sol.

Y la imagen, por supuesto, la imagen de la ciudad se transforma. Se cortan las calles al tráfico. Por fin podemos vivir el centro de Valencia. Ojalá se quedara así durante todo el año. Ojalá pudiésemos disfrutar del casco antiguo de nuestra ciudad sin tener que oír los cláxones, esquivar los coches y respirar sus humos. He soñado muchas veces con una remodelación urbanística del centro de nuestra ciudad, al igual que lo han hecho en muchos cascos de ciudades europeas. De momento, nos conformamos con disfrutar de ello durante unos días en marzo. Cuando los monumentos falleros compiten con los edificios, las calles se llenan de luces y desfilan por doquier las falleras y los falleros, claro, sus trajes son menos vistosos, pero también forman parte del espectáculo urbano. Por las noches, los fuegos artifuciales que nosotros llamamos castillos son un regalo para la vista. Y a todas horas podemos ver el azul y blanco de los pañuelos.

Y por último, la percepción del ambiente. Podemos decir que nos llega a través del sexto sentido o por los cinco a la vez. Notamos la alegría de la gente, el entusiasmo, el momento por el que tantos falleros llevaban casi un año esperando. Los días grandes de la ciudad. Y es la ocasión para reunirse con los amigos: con los de siempre y con los que sólo ves en fallas y en pocas otras ocasiones. Además, vienen visitas de fuera y te ayudan a ver la ciudad y las fiestas con otros ojos. Este entusiasmo y este inicio de primavera se da en la época de fallas.

Y tú, ¿cómo vives las fallas? ¿Cómo percibes tu ciudad o tu pueblo en estas fechas? Y si eres de fuera, ¿cómo se viste tu ciudad durante las fiestas regionales? ¿Cambia la disposición urbanística? ¿Puedes percibir la alegría de las gentes?

Esperanza, optimismo, confianza en el futuro

Ayer tuvimos otra sesión dentro del curso de los Caminos a la Felicidad que estamos realizando en la asociación Desata TU Potencial. Juan Planes nos habló de objetivos, de autocoaching y de pasiones. Si te dedicas a hacer lo que realmente te gusta, lo harás bien como el mejor y serás feliz.

Previamente habíamos realizado unos cuestionarios para orientarnos sobre cuáles son nuestras fortalezas personales. Si os interesan, podéis registraros y hacerlos vosotras o vosotros en la dirección http://www.authentichappiness.sas.upenn.edu/questionnaires.aspx Según los resultados, mi principal fortaleza es la esperanza, el optimismo y la confianza en el futuro. Y es que para mí el futuro es como un proyecto de arquitectura. Y me explico. Yo tengo unos objetivos. El principal es el mismo que el de la gran mayoría de nosotros: ser feliz. Muy bien, pues con éste más importante y con otros, yo me pongo a diseñar mi vida. Si fuera un proyecto también tengo un objetivo, como por ejemplo, una vivienda de dos plantas, con mucha luz, con un espacio fluido, que consuma poca energía y que sea confortable.

Ya sabemos hacia dónde vamos. ¿Y de dónde partimos? Aquí entra el autoconocimiento. El lugar en que me encuentro, de qué materiales y condiciones dispongo. Cada parcela tiene un potencial. Al igual que cada uno de nosotros. Las hay regulares, con buena orientación, con elementos vegetales, espaciosas, cálidas, etc. Lo mismo pasa con nosotros: tenemos unas fortalezas y si las conocemos podemos potenciarlas y sacarles el máximo rendimiento. También hay solares poco resistentes, con irregularidades, con poca luz… Si conocemos los puntos débiles estamos preparados para trabajarlos, para, incluso, aliarnos con ellos. O para cambiarlos en algunos casos. Igual que pasa con nosotros mismos.

Pues bien, una vez que sé de dónde parto y hacia dónde voy, me pongo a trabajar en el proyecto. En todo momento sé que voy a encontrar (pues ésta ya existe) la mejor de las distribuciones. Un diseño óptimo. Y sé que está ahí, así que trabajo hasta que nos descubrimos. Creo que a esto se refería el resultado de mi test. Estoy tan convencida de que existe que no paro hasta hallarlo. Y siempre lo encuentro, o nos encontramos. Hasta aquí la primera parte.

La segunda llega en el momento en que yo defino cada espacio mediante líneas, palabras y sombras. Marco la posición de cada elemento, la forma de cada detalle. Cada medida está reflejada en los planos. Y los materiales. Podrían parecer dibujos y palabras pero para mí son realidades. Una casa o un edificio ya existe para mí antes cualquier intervención física en el solar. Yo lo veo y no me cabe ninguna duda de que así se va a construir. El resultado es ése, con pequeñas variaciones o modificaciones hechas en el transcurso de las obras.

Una de las sensaciones más impactantes que he experimentado en mi trabajo ha sido cuando llego a la obra y ya se han realizado cerramientos o tabiquería. En ese momento ya se ha ejecutado lo que existía en mi mente. Esta parte siempre me impresiona.

Es posible que confíe tanto en el futuro porque estoy acostumbrada a ver materializados los proyectos que he dibujado previamente, o quizá sea una cuestión de hábito. No lo sé. El caso es que me funciona. ¿Tú eres una persona optimista? ¿Crees en el futuro? Es más, ¿crees en el presente? Y te invito a que cultives la esperanza. Y si ya lo haces, a que la alimentes. Es una cuestión de pensamientos. Y creer en el futuro da sentido al presente.