BONITO RECUERDO

VinoHoy me apetece recordar, rememorar aquel día, en el aeropuerto de Dubai. Aunque más que una evocación, hoy me parece un sueño lejano. Incluso, no llego a diferenciar qué parte fue real y cuánto he ido aportando con mi imaginación. El caso es que allí estaba yo, en el aeropuerto de Dubai. Había llegado desde Doha en el que para mí era el último vuelo del día pero la compañía lo interpretaba como el primero del siguiente. Incluso, nos pusieron desayuno, pero yo me lo tomé como una segunda cena.

El caso es que había llegado al aeropuerto, donde me encontraría con él. Juntos volaríamos hasta España. Era un momento de ajetreo en mi vida. Me tomé un descanso de dos semanas entre un empleo al que acababa de renunciar y otro al que me incorporaría a la vuelta. Me sentía ilusionada, asustada y entusiasmada con los últimos acontecimientos. Y sobre todo, estaba loca de contenta porque lo iba a ver, porque compartiríamos unos días juntos. Y… ¡porque viajaba a España!

Rodeada por la suntuosidad del aeropuerto y aturdida por no haber dormido, hablaba por teléfono con él. Se suponía que estaba donde me había indicado. “No te veo”, le dije en inglés, al tiempo que oteaba entre las caras de los viajeros. Dubai es un icono del lujo y de la excentricidad, un desafío constante al urbanismo, a la arquitectura y al diseño. Un todo vale, a costa, incluso, de lo que lo que muchos emiratíes consideran su cultura, su tradición y su identidad. El Aeropuerto Internacional de Dubai, puerta de entrada a expatriados y visitantes, es un claro reflejo de esta ciudad, donde podemos encontrar desde el edificio más alto del mundo hasta la fuente con mayor superficie, pasando por una pista de esquí en el desierto.

“No te veo” y oí que se reía, pero no me contestaba. Me puse de puntillas para intentar distinguirlo entre la multitud. “Gírate”. Me di la vuelta y allí estaba él. En ese momento sentí que era el hombre más guapo del mundo. Nos abrazamos con fuerza -ya no estaba en mi conservador Qatar- y nos dimos dos besos, que al fin y al cabo continuábamos pisando tierra eslámica, que algunos emiratos de EAU se  habrán desmarcado de sus vecinos, pero no podemos olvidar dónde estamos y hay que mantener el decoro y la prudencia, que esto todavía es El Golfo.

Tenía el pelo engominado, una sonrisa inmensa y brillo en los ojos. A pesar de tener dieciocho años más que yo, a mí me pareció el hombre más atractivo del planeta. De repente se me pasó el sueño, la prisa por llegar a España, el malestar por lo ocurrido en la empresa de la que me acababa de despedir y la incertidumbre por mi nuevo empleo. Estaba con él y nada más me importaba. Sólo quería disfrutar el momento en su compañía.

Caminamos de la mano hasta el lounge de la zona VIP. Allí me invitó a desayunar. Charlamos y yo me olvidé del tiempo y hasta de dónde estaba. Le hablé de cómo había seguido sus sugerencias con la que ya era mi vieja empresa y lo mismo había hecho con la nueva. Le confesé mi miedo ante el nuevo puesto que me esperaba. Él, como siempre hacía, mostró mis capacidades y creyó en mí como creía Pigmalión en su escultura. Siempre me indicó el camino para confiar en mí misma y reforzar mi autoestima y mi seguridad.

Cuando terminamos de desayunar y de repetirnos lo entusiasmados que ambos estábamos ante este viaje, acudimos a la puerta de embarque que, para nuestra sorpresa, estaba vacía. Él habló con la azafata y yo me sentí como una niña pequeña, que no tiene que preocuparse por nada, ya hay alguien que cuidará de mí.

Por alguna razón el vuelo se había retrasado. Pero esto no nos supuso ningún trastorno. Volvimos a la zona VIP y nos sentamos en otro rincón, que tenía una iluminación cálida, con revestimientos de madera, suelo enmoquetado y sillones cómodos. Allí disfrutamos de unos vinos y una excelente conversación, entre temas trascendentales y otros más frívolos transcurrió el tiempo. Disfrutando. Daba igual que él fuera musulmán, tomamos una copa de vino tras otra. En la zona VIP. Con su compañía y con su conversación.

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