LO QUE NUNCA JAMÁS SUCEDIÓ

image-1369629326185-VTras escribir dos entradas en un tono resentido y misántropo, prometí que la siguiente sería amable, así que no voy a quejarme de los hombres en general ni de los árabes en particular. El protagonista de este asunto siempre despierta en mí una sonrisa al recordarlo. No puedo expresar nada malo de él, pero nuestra historia no pudo ser porque sus raíces eran más fuertes que sus alas. Y aunque con el tiempo supo cuidar esas bellas alas, nunca fue suficiente como para poder desarraigarse.

Nos convertimos en amigos y descubrí que era una de las personas más inteligentes que conozco. Creo que llegamos a querernos de algún modo. Es un chico sencillo y sin complicaciones. Siempre supe que la diferencia de culturas y de religiones no habría supuesto una traba entre nosotros. Y su tendencia a pensar y decidir con la mente habría complementado a la mía, que suele basarse en las emociones.

No sé si con el transcurrir del tiempo he llegado a mitificar aquella relación porque, como dice Sabina, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

Ha seguido mi trayectoria desde mis primeros momentos en Qatar. Escuchaba paciente sobre mis cambios de empleo, mis anhelos por escribir y los hombres a los que fui conociendo.

Un día confesó que le dolía perderme. Que había sido una persona muy preciada para él y que, como todo lo que había querido, yo también partía. Ese día, enaltecida por la emoción y ahogada en lágrimas le escribí una carta. Le propuse que voláramos juntos. Donde fuera en el mundo y ya resolveríamos el futuro conforme viniera. Él tardó doce días en contestarme. ¡Doce días! Tiempo tuve para volverme loca o casi. Me contó que había leído mi correo cada uno de esos doce días y que no había encontrado las palabras para responderme. No me habló de raíces ni de alas, pero entendí por su palabras que no podía volar, no podía abandonar su tradición ni sus raíces y yo supe que siempre estaría atrapado. También argumentó que yo merecía más que un futuro incierto. Y así fue como él permaneció en su pasado.

Después de aquello continuamos siendo amigos y creo que con el tiempo más cariño le fui tomando. Había temporadas en que lo sentía más como un hermano, o un amigo próximo. Influía el hecho de que yo sabía que él nunca volaría y no me convenía enamorarme.

Creo que desde que lo conozco Palestina para mí dejó de ser un triste y recurrente tema en las noticias para convertirse en una cuestión real. Él nunca hablaba del conflicto ni nombraba su país, en el que, por cierto, nunca había estado. Nació en Qatar y sus padres procuraron que él y sus hermanos sufrieran lo mínimo por esta circunstancia. Y si era yo quien preguntaba, nunca manifestaba ningún tipo de rencor hacia nadie y estoy convencida de que tampoco lo sentía. Sí sentía dolor, por lo que ha padecido su familia, tristeza por lo que sufre su pueblo y nostalgia por no tener un lugar al que volver. Pero nunca sentí odio ni resentimiento en sus palabras ni en su corazón.

Y esta fue mi no-historia con mi amigo palestino. Un hombre íntegro y fiel a sus principios. Quizá demasiado, herencia ésta de su padre. Una persona en la que podría confiar, a la que podría abrir la puerta de mi casa sin ninguna preocupación y a la que siempre le guardaré cariño. Hace tiempo que perdimos el contacto. Si hoy estás leyendo, te mando un abrazo.

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