Archivos del mes: 30 septiembre 2015

EL INGENIERO EGIPCIO

passenger-lift-with-semi-automatic-door-250x250Después de todos los comentarios recibidos en la primera entrada de esta sección, he decidido darle un lugar especial en el blog y escribir con regularidad sobre idilios y desengaños además de continuar con las entradas habituales.

Con el protagonista de este post no hubo historia propiamente dicha. Lo conocí en un ascensor, como si de una película romántica se tratara y salí con él varias veces. Quienes lo han conocido se preguntan cómo pude quedar con él y creo que el propio contexto de mi vida en ese momento responde por sí mismo. Me encontraba en un momento delicado. Vivía sola en Doha, me habían despedido de la empresa en la que trabajaba. El siguiente empleo no aparecía y se me acababa de romper el coche que había comprado unos meses antes.

Pues sí, me cruzo con un ingeniero egipcio aparentemente simpático y amable, que además me ayuda con la búsqueda de empleo y compartí varios cafés con él. Y hasta me hizo gracia en su momento.

No recuerdo por qué perdimos el contacto, a excepción de algún mensaje sin trascendencia de vez en cuando. Eran textos en los que él siempre me proponía quedar, yo aceptaba y él aseguraba llamarme para confirmar día y hora. La misma conversación se repetía cada dos meses por whatsapp, hasta que un día, después de más de un año así, sí pusimos fecha.

Como no quería que yo me molestara, se ofreció a venir a mi casa. Para entonces yo ya me había mudado y vivía sola en mi estudio de Ain Khalid. Y ese día aprendí que no quedaré a solas con un árabe en una casa. Algo tan sencillo e inocente como quedar para comer o para charlar con un amigo, ellos lo malinterpretan. No me refiero a una cena romántica, hablo de un café con un amigo, el mismo que puedo compartir con una fémina. O con cualquier colega europeo.

Pues bien, preparé té, charlamos sobre nuestras vidas y no disimuló su interés por mí. Un interés que no resultaba, en absoluto, recíproco.

Decía que me echaba de menos y que yo era su mejor amiga en Doha –curioso concepto de la amistad el que tiene este chico- y la situación se tornó incómoda. Me abrazó y no me atreví a decirle que no lo hiciera, pero entendí por qué los abrazos hay que pedirlos de alguna manera, no puede uno ir por ahí repartiendo sin consentimiento ajeno.

Aunque a su manera (torpe) me estuvo alabando y comentando lo que yo significaba para él. Yo me sentía cada vez más violenta y no me atrevía a echarlo de mi casa y decirle que él no me interesaba para nada y si en algún momento me había sentido atraída, esta sensación había quedado en el más remoto pasado.

Intentó besarme varias veces y tuve que apartarlo de mí (literalmente) para que no lo hiciera. Al principio intenté ser delicada, pues a mí me han rechazado muchas veces y sé lo que se siente.

Le expliqué que lo mejor sería encontrar una chica como él (se sobreentiende que musulmana) y casarse. Y él me dijo que me casara con él. Comencé a reír a carcajadas suponiendo que bromeaba y él se molestó porque hablaba en serio.

A partir de ahí comenzamos a hablar en círculos en los que él no atendía a razones y solo sabía repetir que me quería y que quería casarse conmigo. Yo perdí la paciencia y le lancé preguntas y argumentos a los que él no atendía.

  • Muy bien –le respondí- nos casamos y tenemos hijos. ¿Qué religión seguirán?
  • ¿Religión? – repitió él extrañado por lo obvia que le parecía la respuesta- pues la del padre.
  • Oh, lo siento, entonces quiero un padre cristiano para mis hijos.
  • Pero… pero… ¡que quizá no tengamos niños!

No sabía cómo acabar con la situación. Seguía repitiendo que me quería y contestaba a cada pregunta con respuestas absurdas.

  • Muy bien, nos casamos… ¿te gustaría que tu esposa llevara biquini?
  • ¿Biquini? Mejor te lo puedes poner en casa – La verdad es que el chico no sabía mucho de marketing…

Cuando perdí la paciencia completamente comencé a decirle que era demasiado europea para él, que me gustaba emborracharme, ir a las discotecas con poca ropa y que había estado con montones de chicos y para cada frase mía él tenía otra, a cuál más absurda.

No sé cómo conseguí que se fuera aquél día de mi casa, eso sí, tenía claro que no quería volver a verlo. Y había aprendido que no debes invitar a un árabe a tomar café en tu casa. Bueno, a casi a ninguno. Tengo un amigo palestino al que hace mucho tiempo que no veo. Por si sigue traduciendo y leyendo mis entradas, diré que siempre es bienvenido a mi casa y que en su compañía siempre me siento tranquila. De él solo guardo buenos recuerdos y será el protagonista de la siguiente entrada. Así dejaré claro que también he tenido buenas experiencias con árabes y que la religión con determinadas personas no supone ninguna traba en una relación. Especialmente si el chico es inteligente y tiene buenos sentimientos, como es el caso de mi amigo palestino.

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PRIMER CONTACTO

IMG-20150220-WA0008Me gusta el primer contacto. Con los proyectos y con las personas.

Ante un nuevo encargo nunca me lanzo a dibujar con decisión o a definir espacios con firmeza. Siempre mantengo varias primeras citas de toma de contacto. Mientras limpio planos, arreglo capas, descubro líneas y voy trazando directrices, me siento en medio de una danza, bailando con el proyecto. Olvido cuál es el propósito, el objetivo final y voy descubriendo y degustando este nuevo encargo. A menudo él adquiere vida propia y me va pidiendo por dónde quiere continuar. Yo lo observo, escudriño sus recovecos y descubro su potencial y sus debilidades.

En esta etapa me suelo enamorar. Me fascina descubrir y el proceso se convierte en un ritual en el que saboreo cada momento. Conversamos, admiro ciertos aspectos y me disgustan otros.

Decía me amiga Laura que existía un momento al principio de las relaciones de pareja en el que vas descubriendo los defectos de la otra persona. Ya no estás en el punto cero, pero sí tan al comienzo como para que te gusten.

A mí me encanta descubrir a las personas. Al igual que con el proyecto, bailar esa danza inicial que te permite calibrarlas. Analizarlas desde la emoción, sin pensar o calcular demasiado, fluyendo de alguna manera con ellas. Esta etapa me fascina. Quizá me haya sentido adicta a conocer gente nueva casi continuamente. De todas ellas, algunas personas se quedan para siempre. Otras estarán sin estarlo y algunas de se quedarán tan solo en el recuerdo.

Con todos se disfruta al principio. De hecho, de todas las personas podemos aprender algo y todas nos regalan una aportación. Como en los proyectos, el tiempo y la danza nos harán saber hasta cuándo. Y será sin pensarlo demasiado, tan solo dejándonos fluir.

En los últimos tiempos estoy llevando a cabo un ejercicio de austeridad social. A veces me cuesta, pero los resultados son positivos. Disfruto de un entorno social rico e interesante. Aquí y allí. El ejercicio consiste en cerrar mis puertas a gente nueva que podría ir surgiendo con tanta frecuencia por doquier. Dedicarme a mí y a los míos, a los que ya están ahí. Mi tiempo y mi energía son limitados así que no hago nuevos amigos ni amplío mi círculo social.

De alguna manera y sin darme cuenta, alguna persona nueva se cuela, aun cuando la puerta estaba cerrada. Entonces es bienvenida. Quien de verdad vale la pena entra en mi vida, por eso no temo perder la oportunidad de conocer a personas interesantes, eso sí, sin abrir a todos cuantos se cruzan.

Así que en eso andamos. Bailando con nuevos proyectos, aprendiendo a conocerlos y dándome la oportunidad de enamorarme de alguno de ellos.

Con las personas, disfrutando más de los que ya están, que son auténticos tesoros. Y de vez en cuando, bailando con los nuevos, los que valen tanto la pena que han entrado –y me han dejado a mí también colarme en sus vidas.

AMORES Y DESAMORES

Corazón ikeaHoy inauguro sección en el blog. Podríamos llamarla algo así como “amores y desamores en Oriente Medio”. Superado el pudor que me impedía lanzarme a ello y sin ánimo de convertirme en una versión censurada de Carrie Bradshaw, contaré historias inventadas, hechos reales y, sobre todo, aventuras que contienen verdad e imaginación a partes iguales sobre amoríos y desamoríos acaecidos en estas tierras.

Por si me leen mis padres, repito que parte de las historias será fruto de mi imaginación o aventuras que han vivido mis amigas y no yo. Aunque las cuente en primera persona.

Por si me leen las autoridades qataríes, quiero recalcar que nunca ha habido sexo dentro de este país. Nada. Ni siquiera un beso. Vamos, que he permanecido dentro de los límites de la legalidad. Si en alguna de las futuras entradas se menciona o sobreentiende algo, será pura literatura. Aquí, en Qatar, no sucede porque somos todos recatados y no sentimos pasiones pero en occidente los textos con contenido sexual (aunque sea implícito) tienen más lectores. Repito, aquí no porque todos los solteros somos vírgenes, puros y castos, no como esos occidentales descarriados. Pero, apreciadas autoridades, mis lectores están principalmente en España y Sudamérica, así que voy a poner un poco de chispa en los textos. Ah, y tampoco tienen que preocuparse por la censura. Las narraciones serán comedidas y aptas para todos los públicos.

Por si me leen mis tías, no esperéis demasiado de estas historias. Hecha esta introducción parece que prometen, pero si leéis con muchas expectativas, quedaréis decepcionadas.

El caso es que quiero vengarme u homenajear a algunas personas (hombres) que he conocido a lo largo de estos tres años en Qatar. Y lo haré con mi arma favorita: palabras. En esta primera historia el protagonista se llevará un ochenta por ciento de venganza, sobre todo, por mentiroso. Vamos a dejarle un veinte de buenos recuerdos porque era muy cariñoso y porque me abrazaba todo el tiempo, única cuestión por la que lo he echado de menos. Pero voy a solucionar pronto esta añoranza ya que mi amigo Chema me ha ofrecido una solución. Me ha recomendado comprarme un corazón de peluche en Ikea, uno de esos que tienen unos brazos largos, y me ha aconsejado dormir abrazada a él.

Su nombre, Osama. Lo llamaremos Osama II. Ossama I fue un egipcio al que conocí el año pasado y cuyo recuerdo me ayudará a rellenar unas cuantas líneas en el futuro. El tema del nombre parece un chiste, pero no lo es. Y eso que no se trata de un nombre excesivamente común como Mohamed o Ahmed, o muchos otros. De hecho, han sido los dos únicos Ossamas que he conocido.

En fin, la historia comenzó a principios de Ramadán de este año. Un sábado por la mañana estaba en casa, aburrida y desocupada. Decidí salir a comprar aunque no necesitaba nada, solo por pasar el tiempo. Las horas de día durante el mes de Ramadán son tediosas. Todo está cerrado y es difícil quedar con la gente.

Así que me fui a Villagio, compré algunos regalos para mi viaje a España y entré en Carrefour. Recorriendo uno de los pasillos y empujando mi carrito de la compra, me pareció que alguien decía algo cuando yo pasaba. Miré de reojo por si era algún conocido, pero nadie se dirigía a mí así que supuse que esa persona estaría hablando sola. O que había sido mi imaginación. Seguí mi camino. Cuando me encontraba en la zona de la fruta un chico se acercó a saludarme. Alto y apuesto. Sonriente y seguro de sí mismo. Además, muy educado, así que lo escuché. Me dijo que me había visto y que me parecía mucho a una vecina suya. Yo soy de Jordania, ¿de dónde eres? –preguntó. Medio abrumada por la circunstancia sonreí y contesté que era española (esto siempre lo digo con mucho orgullo). Entonces él insistió en que tenía la misma cara que su vecina y de manera sutil y respetuosa comenzó a adularme. Sus cumplidos me ruborizaron y él me preguntó si podríamos quedar un día a tomar café.

En este punto, una chica europea en un país árabe sabe por experiencia cómo sortear la situación o cómo ofrecer un número de teléfono falso. Pero por alguna razón él me hizo gracia, además, era atractivo. Decidí no esquivarlo.

Yo le dije que sí podíamos quedar, pero no esa semana porque andaría ocupada preparando mi viaje. Y tampoco la siguiente porque estaría en España. Pero después de unos días intercambiando whatsapps vino el café y después algunas citas antes de mi viaje.

A la vuelta de mi viaje me recogió en el aeropuerto con un ramo de flores y al día siguiente él se fue a Jordania. Regresó y estuvimos quedando. Yo me lo pasaba bien con él pero quería hacer los deberes que me recomendó mi coach en caso de conocer a un chico y que consistían en descubrir cuál o cuáles de las tres clases de amor yo sentía.

Platón hablaba de tres tipos de amor. El primero, Eros, es el amor físico y está ligado a la atracción a nivel corporal, a la pasión y al erotismo. Y sí, me sentía atraída por él. El chico me gustaba físicamente, menos por su voz, pero pronto me acostumbré a ella. Tenía doce años más que yo, pero no notaba la diferencia. “Amor Eros“: más o menos se cumplía.

Ágape es el amor afectivo, el cariño. Si Eros era corporal, éste es emocional. El tipo de amor de madre, tierno y entregado. Y por aquí me tenía atrapada. Él era muy cariñoso. Mi sed de afecto y su derroche de éste fraguaron lo que hubo de relación.

Y, por último, Philia, el amor intelectual (a nivel mental), relacionado con las ideas y con la admiración. Desde el principio sospeché que muy listo no era. Me di tiempo para conocerlo, para divertirme y para descubrir algún tipo de profundidad intelectual en él. Creo que desde el principio yo sabía que no la había y en realidad no quise darme cuenta. Vamos… que el chico no era un lumbreras. Y que conste que esto solo lo aireo como parte de mi venganza, por mentiroso y por requetementiroso.

Hace unas semanas terminé la relación. En realidad en dos fases. Después de acabar la primera vez, volvimos a vernos en varias ocasiones, pero viendo que mantener el contacto  me perjudicaba y dándome cuenta de cuántas mentiras contaba y había inventado cuando salíamos, decidí eliminarlo de mi vida. Y empecé por bloquearlo en whatsapp y borrar su teléfono de mi agenda. Desde entonces me siento serena y liberada.

Después de esta experiencia y otras que narraré en el futuro he decidido que ya no quiero salir más con chicos árabes. Cuando lo comento la gente me suele preguntar si es por la diferencia de cultura o por no sé qué cosas de la religión… No sé por qué es ni tampoco voy a invertir energía en averiguarlo. Simplemente, y basándome en mis últimas experiencias, sé que salir con árabes resulta nocivo para mi persona. Me perjudica… ¡jalás! Queda ahora mi corazón abierto a cristianos y a occidentales.

PERDÍ EL VUELO

TurkishComo todos los que me escuchan al contarlo se ríen –aunque yo todavía no le he encontrado la gracia- voy a narrar lo que me sucedió el día que perdí el vuelo en Estambul. Para más inri… sentada frente a la puerta de embarque.

Mi recorrido habitual en mis viajes a España es de Doha a Estambul y de Estambul a Valencia, tras una parada de varias horas en el aeropuerto de esta ciudad que une Oriente y Occidente.

Y sí, sucedió yendo hacia España y no volviendo a Qatar. Esto es lo que más gracia suele hacer entre mis compatriotas, que comentan que se podría entender perder el avión al volver… ¡pero nunca viajando a España!

¿Por qué lo perdí? Pues todavía no lo tengo muy claro. Al aterrizar en Estambul, miré en las pantallas cuál era la hora de salida y mi cerebro interpretó que era la de embarque. Creo. Así que me paseé por el aeropuerto, desayuné y, finalmente, me senté frente a la puerta de embarque a esperar. A mi favor diré que no había pantallas de esas que anuncian el próximo vuelo y la hora en que se sube al avión. Solo asientos. Y allí me dispuse esperar, cansada y adormecida y también con ilusión por el viaje.

Esto ocurrió a mediados de diciembre. Era la primera navidad que celebraría en tres años. Las dos anteriores las había pasado en Doha, trabajando y sola. No le tengo especial afecto a esta fecha, pero me gusta contarlo porque suele despertar pesar en quien me escucha.

Pues bien, allí estuve yo, leyendo. Sentada. Creo que di un paseo por la terminal en algún momento para evitar dormirme o que el aburrimiento pudiera conmigo.

A la hora del supuesto embarque me di cuenta de que no había ningún movimiento. Levanté la cabeza de mi libro y me pareció que la gente que esperaba era otra.

Me acerqué al mostrador para preguntar y la chica me dijo que ese vuelo se dirigía a Frankfurt (creo) y que el mío estaba despegando en ese momento.

La secuencia fue la siguiente: primero se me quedó cara de tonta durante unos segundos. Luego tomé conciencia de que mi avión había partido sin mí. Supuse que estaba soñando y que despertaría en breve. Esto me ha sucedido muchas veces. Me ocurre una desgracia, como una inundación en mi casa, la pérdida de una persona cercana o cometo un error con graves consecuencias. Entonces tomo conciencia de que estoy soñando, me relajo y me despierto. ¡Pero pasaba el tiempo y no me despertaba! Ahí seguía yo, en un contexto extremadamente vívido y la realidad me aplastó. ¡He perdido el avión!

Tuve ganas de llorar, pero justo antes de empezar decidí posponerlo. Mejor solucionaba primero la situación y luego, ya si eso, te pones a llorar, Geles.

He leído muchos libros de psicología positiva y sé que un hecho aciago se puede convertir en una ocasión especial. Ahí estaba yo, atrapada por un día en Estambul, una ciudad que no conocía pero que siempre he querido visitar. Quizá podía tomármelo como un regalo. Pensaba esto mientras veía el exterior del aeropuerto a través del muro cortina (fachada de cristal). Llovía, el día era gris, yo estaba cansada, cargaba con una maleta y pensé… ¡a tomar por saco la psicología positiva! De aquí no me muevo. Y en lugar de convertir las próximas veinticuatro horas en una visita turística por sorpresa y con un tono exótico, aquí me quedo. Triste y amargada porque iba a mi casa y he perdido en avión.

A partir de ahí recuerdo una sucesión de mostradores, controles, caras de pena y una serie de indicaciones inconexas. Por fin conseguí salir a la otra parte del aeropuerto, previo pago del visado. Una vez más, gracias, querido pasaporte español. Simplemente pagando unos veinte euros y sin solicitud previa, mis pies pisaban suelo turco.

Siguiente estación de mi odisea: enterarme de que mi maleta no había volado y recogerla. Ya podían haber puesto tanto interés en llamarme como lo hicieron en descargar mi equipaje. Pasé por la aduana y lidié con un señor que no se creía que la foto de mi pasaporte era mía. A esas alturas yo ya no estaba para muchas tonterías. Le dije que era yo. Que si no se lo creía, poseía documentación oficial española y qatarí que lo corroboraban. Que había perdido un vuelo, no había dormido la noche anterior y que nos dejara salir a mi maleta y a mí.

Comprar un nuevo billete tampoco fue sencillo y me enviaban de un mostrador a otro. Una pareja intentó colarse en uno de ellos y, rapidito y en un inglés más fluido que nunca, los mandé a la cola.

Cuando ¡por fin! me dejaron comprarlo, encontré un vuelo a Madrid para ese mismo día. Le pregunté al chico si aceptaban euros y dijo que sí (aunque al final pagué con mi tarjeta qatarí). Cuando le pregunté cuánto era me enseño la calculadora y vi que ponía cuatrocientos y pico. No quise ni pensarlo, no había elección y di gracias por poder pagarlo.

Transcurridos unos días revisé mi cuenta bancaria en internet y tenía un cobro de casi quinientos riales qataríes (unos cien euros) que no identificaba. En Turquía. Por otra parte, no encontraba el pago del vuelo. Entonces caía en la cuenta de que esos más de cuatrocientos no eran euros sino libras turcas… ¡qué alegría me llevé!

Ya con el nuevo billete en la mano y el equipaje –de nuevo- facturado, compré un cargador para el móvil y en otro sitio, un café que incluía conexión a internet. Pude comunicarme con mi madre para decirle que se quedara tranquila, que ya tenía billete y que volaba a Madrid. Yo la había llamado por la mañana, tan pronto como me había dado cuenta de que no estaba soñando. Y creo que se había quedado un poco preocupada. Pero ya estaba todo solucionado. Llegaría a Madrid cerca de las doce de la noche. Por favor, ¿puedes buscar horarios de tren o autobús para ir a Valencia? Ella no encontró nada para esa noche. Tendría que esperar al día siguiente. O comprar un vuelo con Iberia con un precio tan escandaloso que rechacé de inmediato. Bueno, ya cogeré un AVE temprano. Aun así llegaría antes a casa que si me hubiese tomado al vuelo que iba a Valencia. Y por lo menos, esperaría en Madrid y no en el aeropuerto de Estambul, lugar que estaba empezando a odiar.

Faltaban unas horas para el embarque. Sentada en una silla incómoda en un rincón de aquella cafetería, con la situación bajo control y la perspectiva de llegar a España esa noche, sentí cómo descendían mis niveles de adrenalina, así como la tensión en mi cuerpo al tiempo que notaba cómo aumentaba el cansancio y aparecían las ganas de llorar.

Me sentí sola.

Intenté no llorar para que no me viera la gente pero no puede evitar que se me escaparan unas lágrimas.

Me sentí desdichada en ese momento. Sabía que era por el cansancio y por los nervios vividos, pero me sentí desdichada y sola.

Una buena noticia mitigó mi tristeza: mis padres me recogería en Madrid.

Una vez que mi vuelo Estambul-Madrid despegó me relajé, tomé conciencia de que en unas horas estaría en España. Sentí la emoción del viaje y la alegría por las vacaciones. No había estado allí en los últimos ocho meses ni tampoco había tenido descanso en el trabajo.

Me sentía contenta cuando la azafata me acercó la bandeja con la cena. Me preguntó qué quería beber y me di cuenta de que estaba rumbo a España. Esa sería la primera comida de mis vacaciones y… ¡tenía que celebrarlo! Una botella de vino blanco, por favor.

Y sí, lo celebré. El vino multiplicó mi alegría y me ayudó a dormir el resto del trayecto.

El Adolfo Suárez me dio la bienvenida. Cuando abracé a mis padres supe que no estaba haciendo ninguna escala sino que había llegado al final del trayecto. ¡Qué emoción hablar con ellos, contarles durante el camino, comer mandarinas de Valencia…!

El entusiasmo me hizo sentirme activa. Tenía ilusión, alegría, contento. Noté que mi padre estaba cansado, así que me ofrecí a conducir, con la única condición de que me hablaran para espantar el sueño. Y todavía quedaba una anécdota para completar el viaje. Apenas salíamos de Madrid y como parte de los controles de navidad, me paró la Guardia Civil. Documentación y alcoholímetro. Aunque disimulé la tensión mientras soplaba, la botella de vino blanco ocupaba mis pensamientos, pero por lo visto sus efectos se quedaron en el espacio aéreo de algún país europeo. Cero, cero, puede continuar.

Y ésta fue la aventura de cuando perdí mi vuelo en Estambul. Mi familia y amigos siguen gastando bromas acerca de aquello y cuando cuento la historia todos se ríen. Quizá algún día a mí también me haga gracia.