Archivo del autor: arquitecturasemocionales

SOLO ESTAR

pazTe has pasado la vida buscando respuestas. A veces, con mucha ansiedad. Has perseguido enigmas, anhelabas entender, descifrar, saber en qué consistía esto de estar aquí. Más de treinta años te ha costado de camino. Y ahora parece que se silencian. Llega la calma. Te serenas, respiras, te quedas quieta. Sigues respirando. Con parsimonia.

Y resulta que no sabes muy bien dónde estás, pero que tampoco quieres saberlo. Ese motor de tu vida que era buscar un sentido está detenido. Y tu vida sigue, sí. Es mejor así. La serenidad impera los días. Quizá sea un poco exagerado, quizá quede un rescoldo de aquellas acuciantes preguntas. Pero es poco o muy poco comparado con lo que fueron.

¿Y ahora qué? ¿Qué buscar? ¿O qué hacer, si no es buscar? No te confundas, no has llegado a la cima. Pero has escalado mucho. Desde luego, no estás en el punto en el que comenzaste. No hay impulso, pero tampoco encuentras desidia. Más bien es una calma, un estar sin más. Paz por dentro.

Lo demás se ha convertido en secundario. ¿En qué trabajar? ¿Dónde vivir? ¿Con quién caminar? En tus momentos de lucidez ves cómo estas inquietudes son nimiedades. A veces, sí, te pierdes en el frenesí del día y crees que esas cuestiones son la vida. Pero en la plenitud de tu soledad y con la perspectiva que te proporciona la calma ya conquistada, sientes que son detalles.

Las preguntas grandes ya no pesan. No han desaparecido por completo, pero se han reducido tanto que ni siquiera te hacen cosquillas. A veces, incluso, te aburren. Esas que durante tantos años te atormentaron, te acuciaban por las noches y te amenazaban con sus grandes zarpas. Aquellas que te hacían llorar y te acorralaban, perdida y desorientada.

Se han ido.

Y no sabes muy bien cuándo ha sucedido. No puedes marcar una fecha. Sabes que ahora no están. Más que marcharse, se han ido desinflando con los años, con los pasos y con el sufrimiento que ellas mismas provocaban. Ojalá pudieras huir, te planteabas tantas veces, pero no resultaba posible. Te encontraban siempre. Lograste escapar durante temporadas. Algunas duraron años. Pero ellas volvían. Porque eran grandes y todavía pesaban. Porque querían imponerse y doler. Causaban angustia.

Y se han ido.

No las echas de menos, más bien sientes extrañeza al pensarlo. Pero si no lo piensas, tampoco recuerdas cuánto dolieron. Porque ahora hay paz. Solo eso. Reposo, quietud, calma. Tus mayores deseos, aunque secretos, consitían en obtener las respuestas. Alcanzar la verdad. Saber. Y no has llegado a saber. Esa es la respuesta. Quizá. Que no la hay. Y que no la necesitas. No sientes frustración, no te sientes decepcionada. No has llegado a ninguna meta ni conquistado ningún jalón. Simplemente estás. Eso es todo.

Ellas no te permitían estar. Pesaban, pesaban y te ahogaban. Te sofocaban la vida. De vez en cuando, huías y te dedicabas a cuestiones secundarias de la vida como las que hemos nombrado antes. Trabajo, relaciones, lugares. Desconectabas de ti para desconectarte de ellas. Y lo hacías porque no lo podías soportar. Tal era su tamaño.

Ahora no están. Se han ido. En su lugar hay calma, tranquilidad. Sosiego. Y tú sigues caminando. Sin ansia, sin prisa. Más bien, solo estando. No te preocupa cuántos pasos queden, ni por dónde se marquen. Eso es secundario.

Tú solamente estás.

DESDE LAS TRIPAS

20161217_123326Hace tiempo que escribo desde las tripas. Ya no lo hago desde la cabeza, a veces ni siquiera desde el corazón. Escribo desde las tripas. Cuando el cuerpo me lo pide y conforme lo noto por dentro. Sin estructurar mis textos, sin pensar. Cuando lo hago, cuando pienso, le corto las alas, no le dejo fluir y una censura aparece desde mi intelecto. Así que no sigo horarios ni disciplina. Escribo cuando tengo la necesidad física, que suele situarse más o menos en mi estómago. Y a veces, también en mi garganta. 

Para que tampoco suponga un desatino y darle al texto un poco de sentido, luego reviso y es ahí cuando busco el sentido común y le pido a mi cerebro que trabaje un poco. Ya de paso, que se ejercite, porque a este paso se me va a olvidar cómo se piensa. 

Mis mejores textos han salido de dentro, con escritura mecánica, sin pensar, volcando en palabras lo que había en mi estómago, en mis entrañas. Me sentía preñada de palabras. A veces sonaban y resonaban. Tan fuerte, que hasta las escuchaba. Sin juzgar, era esa la condición. Y salían con fuerza, como si tuvieran vida propia. 

Muchas veces me he tenido que levantar de la cama y ponerme a escribir y solo así he sentido liberación, catarsis, desahogo… ¡Paz! Si esto me hubiera ocurrido con mis diseños habría llegado a ser mejor arquitecta, pero… ¿qué le vamos a hacer? No es algo que yo haya elegido, es más, si tuviera que escoger una disciplina, tomaría la arquitectura, que llegados a estas alturas de la película, parece la más sensata. 

El caso es que a veces necesito escribir, que mis mejores textos han salido de dentro y que desde hace un tiempo lo hago cuando y como lo siento, supeditada a las órdenes de mi propio cuerpo. Hay quien dice que la creatividad consiste es ser un canal, que nosotros somos meros transmisores y que la obra viene de más arriba. De Dios, según algunos, del subconsciente, para lo más agnósticos o incrédulos. 

Ese estar conectada a mi cuerpo físico es un proceso que sigo o persigo desde hace tiempo. Lo tenía olvidado. Había desoído mi instinto, mi intuición y mis propias necesidades. Solía vivir más centrada en los otros dos cuerpos que son la mente y las emociones. 

En esta sociedad tan racional e intelectualizada, casi todos usamos la cabeza más de la cuenta. Y pensar está bien, pero a veces hay que parar. En primer lugar, por salud y por higiene. Tantos pensamientos y esa actividad cerebral tan frenética están ocasionándonos muchos perjuicios. 

¿Y la emoción qué? Pues esta es mi eterna amiga-enemiga. De los tres cuerpos, el emocional ha sido el que más ha empujado en mí. Tanto que ha veces no he pensado y no he escuchado mi instinto. Empiezo a ser consciente de cuán emocional es mi comportamiento. A veces no puedo evitarlo. En otras, ni tan solo lo quiero. Pero ahora lo veo. Tomo conciencia de ello y noto cómo ellas tiran de todo mi ser. Si el instinto estaba en la tripa, las emociones estaban arriba, un poco más arriba de mi cuerpo y ahí es donde yo me movía. Demasiado arriba. Por eso estoy aprendiendo a pisar el suelo. Y poco a poco lo voy consiguiendo. Tanto, que ahora escucho mi propio cuerpo y estoy en contacto con él. Por eso escribo desde ahí. No siempre surgen buenos textos, pero no pasa nada. Son para mí. Ya no publico todo. Por cierto, cuando mis amigas me preguntan que por qué no escribo durante un tiempo yo les explico que lo que no hago es publicar, pero casi siempre escribo. Y como ya no tengo tanto entusiasmo por compartir, pues algunos textos me los guardo para mí sola.

Y así me hallo. Escribiendo desde el estómago. A veces, incluso, desde más abajo. Lo hago cuando el cuerpo me lo pido y tecleo lo que hay dentro. Luego ya lo revisaré para pulirlo un poco. Me gustaría saber desde dónde creas tú. Sí, todos creamos. Si no en el trabajo, en otras disciplinas de la vida. ¿Desde dónde lo haces? ¿Desde la cabeza, pensando el proceso, buscando el resultado y organizando la estructura? ¿Lo haces desde la emoción, como me moví yo durante tantos años, elevándote hasta el cielo y cayendo luego hasta los infiernos? ¿O lo haces desde las tripas, siguiendo un instinto, una intuición y sacando lo que llevas en las entrañas?

¿EMPRENDO O POR CUENTA AJENA? ¿QUÉ DICE MI FAMILIA?

grande1Hace años asistí a un curso sobre FOT, que significaba “familia de origen del terapeuta”. Y yo no soy terapeuta, pero me gustaba este tipo de talleres, los disfrutaba y, a veces, hasta aprendía algo. Pues bien, en el curso nos dimos cuenta de muchos aspectos de las familias como conjunto, como sistema. Y los ejercicios nos dieron información sobre la nuestra propia. Además de lo aprendido en aquellas jornadas, desde entonces he mantenido el hábito de descubrir más sobre mí y sobre mi familia por comparación. Y las charlas con mis amigas y las conversaciones sobre cómo se hacía esto o aquello en casa, arrojan luz sobre muchas cuestiones. Como por ejemplo, y es sobre lo que quiero reflexionar hoy, el tipo de trabajo más deseable.

En mi casa siempre se ha valorado el emprendurismo, casi por definición. Y así crecí yo, pensando que era mejor trabajar uno por su cuenta, ya sea creando una empresa o siendo autónomo que hacerlo por cuenta ajena. Con el tiempo he descubierto que, como en todos los campos, no existen verdades absolutas y que nada es mejor que otro algo por definición. En la vida todo es relativo… mucho más que relativo.

Después de haber vivido una crisis inmobiliaria como arquitecta freelance, bendigo mi situación actual en la que soy una asalariada, con el poco riesgo que ello implica. Como mucho, puedo perder un puesto de trabajo (o abandonarlo yo misma). Sobre todo, ahora que en Oriente Medio estamos en recesión económica y que el futuro inmediato –como siempre- es incierto. Pero bueno, no quiero extenderme con esto, que no es del todo el tema.

Lo que quiero compartir es que en otras familias se valora un contrato o una situación que aporte “estabilidad”, siendo el estado más deseable un funcionariado. Sí… este es el deseo desde el amor de muchos padres. Y si no puede ser, un contrato con una empresa grande, sólida. En caso de que haya una oveja negra en este tipo de familias y a dicha persona le dé por emprender, los otros miembros tratarán por todos los medios de hacerle desistir y desanimarlo con este proyecto. ¡Es arriesgado, peligroso, inestable! ¡Desiste!

Descubrir esto me hizo darme cuenta de que no hay una opción “buena” sino diversos puntos de vista que dependen, principalmente, de la experiencia de cada uno en la vida. Y en la que también influyen los valores que haya mamado en su familia de origen.

Y todo este rollo, ¿para qué? Pues solo para preguntarte qué se valora más en tu familia, el ser emprendedor a toda costa o una supuesta estabilidad que aportaría un contrato indefinido. En segundo lugar, ¿esto concuerda contigo?¿Está alineado con tu Ser? No con lo que aprendiste de pequeño, sino con lo que sientes desde dentro. Por otra parte, ¿tu experiencia confirma o desmiente lo aprendido?

Y por último, solo una conclusión: que no hay opciones mejores ni peores. Es imposible desembarazarnos de nuestra herencia genética y sistémica. Pero sí podemos ser conscientes de ella. Veámosla y arrojémosle luz. Y después, tomemos conciencia de lo que a nosotros nos pide el cuerpo de verdad. Y esto, además, hay que conjugarlo con las circunstancias y particularidades de cada momento, que no siempre ponen el camino fácil. En todo caso, seamos conscientes de lo que hemos heredado y tengámoslo en cuenta, pero que no nos condicione.

REENCUENTRO CON LAS CLASES DE EDUCACIÓN FÍSICA

pabellon101Ayer tuve un reencuentro con una parte de mi pasado que permanecía olvidada. Las clases de educación física. Yo era la niña gordita que siempre llegaba la última corriendo y que sufría terriblemente con esta asignatura.

Ayer iba a ir a nadar, pero mi amiga Chelo me convenció para asistir a una clase de fartlek. Ella la había descubierto la semana anterior porque la sala de zumba estaba llena. Por lo visto le gustó y la rebautizó porque eso de fartlek nos sonaba raro, no podíamos pronunciarlo y, además, no sabíamos ni su significado. Para ponerlo fácil, Chelo lo rebautizó como entrenamiento militar.

En primer lugar, descubría una nueva zona del edificio deportivo: las pistas. Que eran cubiertas, claro, pero pistas al fin y al cabo y nos recordaban a un espacio abierto. Eran lo más parecido a un exterior que podemos encontrar en este clima del desierto que nos ofrece Qatar en verano.

La clase comenzaba corriendo. Dando vueltas alrededor del patio. Yo estaba de buen humor porque iba con mi amiga y hasta hablábamos un poco. Pero el anclaje emocional fue inevitable. Vinieron a mí todos esos años de sufrimiento en las clases de educación física. De llegar la última al correr. De aprobar por los pelos y –según los profesores- por el esfuerzo. Los siguientes ejercicios me llevaron a recordar tantas horas en el patio del colegio, cuando yo no entendía por qué a mis compañeros les gustaba esa asignatura. Además de ser una niña gordita, era físicamente torpe. Me costaba todo. No hacía deporte ni era amante del ejercicio. Nunca jugaba a pillar porque siempre venían a por mí y yo ya nunca conseguía alcanzar a nadie.

Aquello fue frustrante para aquella niña. No suspendía las pruebas de velocidad por holgazana, sino porque mi cuerpo no podía más. No era amiga de los deportes de equipo. Era lenta corriendo y me daba miedo la pelota. Y también, la agresividad del equipo contrario.

Ayer, durante el entrenamiento, me di cuenta de que pasaba desapercibida. Realizaba los ejercicios como una más. Cuando corríamos yo estaba por el medio e, incluso, me sobraban fuerzas para haber ido un poco más rápido.

Llevo unos doce años realizando deporte más o menos con regularidad (lo del más era en España y lo del menos, en Qatar, que a veces lo pone un poco difícil). Ya no soy físicamente torpe. Me veo dentro de la media. Y el sentirme tan dentro de esa sesión de entrenamiento me hizo reencontrarme con aquella niña. Solo pude abrazarla por lo que ella pasó.

En algún momento de mi vida adelgacé. Pero yo siempre seguí sintiéndome “una gorda”. Esto es algo muy íntimo y aunque parezca que lo expongo con facilidad, mientras escribo estoy sintiendo tristeza y pudor, me está suponiendo gran un esfuerzo. Ese pensamiento, esa etiqueta, ese adjetivo que se fundía con mi persona, pesara lo que pesara, ha seguido persiguiéndome desde entonces. Pese los kilos que pese.

De niña, cuando no tenía amigos creía que era porque estaba gorda. Cuando no me hacían caso los chicos que a mí me gustaban, también, porque estaba gorda. Estuviera como estuviera. E, incluso a veces –porque todavía queda algo- esté como esté. Ese “ser gordo” es una creencia muy profunda. Y por desgracia, está muy generalizada. Y una no “está gorda” en las caderas, en el culo o en la tripa. Una está gorda en la cabeza. Es un pensamiento muy profundo, irracional y se adhiere con tanta fuerza al concepto que esa persona tiene de sí que ni siquiera te das cuenta.

Tengo que reconocer que la sociedad me ha dado una tregua en este país. Por lo visto mi cuerpo aquí se asemeja mucho más a los putos cánones de belleza establecidos que en Europa. El dress code no permite enseñar cacho ni marcar curvas. Quizá esto me haya ayudado a recuperar una sana autoestima, a la que todavía le queda camino por hacer, pero que sí ha dado muchos pasos. Y ya sé que la autoaceptación no tiene que venir de fuera sino de dentro, pero si mi contexto, en los últimos años me ha ayudado, pues bienvenido sea.

No sabía que iba a terminar así estas líneas, que me traería hasta aquí ese reencuentro con las clases de educación física. Y para no acabar con un sabor amargo, quiero terminar nombrando a un profesor que tuve en el instituto los dos últimos años. Salva, que era genial y que nos hizo a todos adorar sus clases. Es más, yo entrenaba por mi cuenta para sacar mejores notas porque estaba motivada. Con él ¡hasta aprendí a hacer el pino!

 

CONTRADICCIONES

Contradicciones

  • ¿Tú te sientes culpable cuando bebes alcohol?
  • Sí. Para que lo entiendas: la culpa en el Islam es igual que la culpa católica, provocan el mismo sentimiento.
  • ¿Entonces, por qué lo haces, por qué bebes? Podrías evitarlo…
  • Sí, pero salgo con mis amigos y me tomo unas cervezas, forma parte de mi vida social, de mis hábitos. Me divierto, no sé, me gusta…
  • Entonces te contradices. Lo que piensas que tienes que hacer y lo que haces no están alineados. Tienes una contradicción interna…
  • Todos tenemos contradicciones. El mundo está lleno de ellas, forman parte de la vida.

¿De verdad todos tenemos contradicciones? Bueno, la respuesta es prácticamente sí. Pero mi pregunta es si esto debe quedar así. ¿No sería mejor que lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos esté alineado? ¡Cuidado! No estoy juzgando ningún comportamiento,  es solo que esta reflexión la he tenido a partir de aquella conversación con mi amigo, al que le gustan las cervezas. No valoro a nadie… ¡Dios me libre!

Lo que quiero decir es que las contradicciones no son saludables. Si pienso que no tengo que comer esto o aquello y lo hago, albergo una lucha interna. O acepto que tomo esa comida aunque no es saludable o dejo de comerla… o vivo con una tensión en mí. ¿Podemos alinear nuestros valores con nuestros actos? ¿Ser flexibles, quizá? ¿Indulgentes, tal vez?

¿Son acaso los tengo que y los debo de los causantes de muchos de nuestros malestares? Nos los estamos causando nosotros mismos, por cierto. Sí, bueno, quizá ciertas circunstancias o influencias externas nos han llevado a crearnos esas pautas de pensamiento que a veces, en lugar de ayudar, pueden llegar a convertirse en un encorsetado deber. Y quizá nos perjudique más seguirlas, cual obediente esclavo, o no hacerlo y dejarse arañar por la culpa que el beneficio intrínseco de lo que llevamos a cabo.

No tengo muy claro dónde está la línea entre la autoindulgencia excesiva y la severa autodisciplina. No lo sé, aunque me imagino que la clave está en la flexibilidad y en la ecuanimidad.

Como único alivio me queda lo que aprendí en los cursos de PNL sobre lógica paradójica, como la llamaba nuestro maestro Bernardo. Al contrario que la lógica aristotélica, en la paradójica podemos integrar polaridades, cuestiones opuestas. Podemos ser algo y no serlo a la vez. Allí aprehendí que yo soy ordenada excepto cuando no lo soy. Así de fácil y nos cargamos la contradicción. O mejor dicho, la angustia que nos puede generar la contradicción.

¿Podemos integrar las contradicciones? ¿Puedo aceptar que es malo fumar y aceptar al mismo tiempo que estoy disfrutando de este cigarrillo? Entonces, si aceptamos e integramos… ¿desaparece la culpa? ¿Puede ser algo una cosa y la contraria a la vez? ¿Y este hecho podemos tomarlo, aceptarlo e integrarlo?

VIAJE DE TRABAJO

BahrainEstoy trabajando en el proyecto para un restaurante en Bahrain. Bahrain es un estado del Golfo, muy cercano a Qatar, una isla de setecientos sesenta kilómetros cuadrados y poco más de un millón de habitantes. Está unida a Arabia Saudí a través de un puente que construyeron los sauditas. Existían rumores de otro proyecto para conectar Qatar con este pequeño estado, pero no creo que lo lleven a cabo. Con esto de la crisis del petróleo Qatar quiere compartir los gastos con Bahrain y este dice que no, que si Qatar quiere puente, que lo construya, que ellos no tiene inconveniente.

El caso es que nuestro restarurante ocupa toda la planta superior de un edificio e incluye las dos terrazas. Por eso se llama The Attic. Las otras plantas del edificio también albergan restaurantes. Y tal y como descubrí en mi visita, todos los bloques circundantes tienen el mismo uso. Cafeterías, bares y bonitos sitios a los que ir a comer o a cenar ocupan toda una zona de la capital, Manama. Y es que este país es mucho más permisivo con respecto al alcohol y otras cuestiones. Los bahreiníes están más acostumbrados a otras culturas y viven el Islam como una cuestión personal, no como algo a imponer por medio de la ley.

El caso es que tuve la suerte de que me enviaran un día para asistir a una de las reuiniones y a la visita de obra. Lo que para muchos sería rutina laboral o, incluso, fastidio porque había que madrugar más para ir al aeropuerto, a mí me hizo estar contenta durante una semana. Me hacía ilusión tener un viaje de trabajo. Es más, me iba a otro país. Suena a importante. Dice mi amigo Picher que esta alegría es normal al principio, él todavía recuerda su primer viaje de trabajo. Pero que cuando llevas cientos de ellos, va perdiendo toda la gracia.

El caso es que tras cuarenta y cinco minutos de vuelo, allí estábamos, en Manama. Por cierto, salir de Qatar siempre hace ilusión, sea donde sea. Nos recogió en el aeropuerto Hassan, que es la persona que gestiona los restaurantes de nuestro cliente. Yo llegué con un compañero de trabajo y desde Dubai lo hizo el representante de la propiedad. Por el camino Hassan me iba explicando qué era cada edificio que veíamos y me resumía la historia del país. Mis compañeros ya habían estado previamente y no mostraban mucho interés. Así que yo estaba tan contenta de tener un guía local y él, de mostrar orgulloso su país, que el viaje se convirtió en una visita turística. Él, orgulloso, sí, pero no arrogante. Y, por cierto, vestía con vaqueros y no con la túnica blanca típica de los países del Golfo.

Hussein fue un anfitrión extraordinario. Cuidó cada detalle con nosotros. Nos invitó a todo durante ese día, nos trató como si fuéramos de su familia e hizo gala de esa hospitalidad por la que son famosos los árabes. Esto es lo que más me gusta de esta tierra. La diferencia a la hora de hacer negocios es muy distinta a la europea, que es tan directa y tan fría, centrándose tan solo en el trabajo.

Me llamó la atención lo cercano que era Hussein. Al hablarme me tocaba en el hombro. Que nadie malinterprete, por favor, lo hacía como un gesto de familiaridad. Pero me sorprendió porque aquí, en Qatar, hombres y mujeres no se tocan. Es más, cuando nos despedimos me dio dos besos, bueno, tres, que es lo típico en algunos países árabes. Por cierto, mi compañero se fue antes porque viajaba a Kuwait. El chico que venía de Dubai y yo nos quedamos discutiendo sobre el mobiliario y sus medidas. Hussein apuró el tiempo antes de llevarnos al aeropuerto y no nos condujo a los controles, sino a otra puerta. A la entrada VIP. Como no hicimos cola, llegamos a tiempo a nuestros respectivos vuelos.

Así que me lo pasé bien y, como había dibujado yo todos los planos para el proyecto, pues me lo sabía de memoria y cumplí mi cometido. Espero que me manden a más viajes de trabajo.

NUEVA ETAPA

WebFinales de mayo, hacía meses que no me había sentado a escribir. Y no lo he hecho por holgazanería, más bien ha sido un corte intencionado. Una pausa entre el final de una etapa y el comienzo de la siguiente. Es cierto que he seguido publicando, pero he estado –como diría mi padre- viviendo de rentas.

Cumplí treinta y seis años y después de celebrarlo, me fui de viaje. Sola, a Indonesia. Me obligué a no escribir durante aquellos doce días y tan solo me dejé sentir. Fue una experiencia significativa. Bali es un lugar especial y era la primera vez que viajaba sola. Dejé que todo sucediera y no pensé. En algún momento me di cuenta de que estaba cerrando una etapa, etapa que quizá marcó su inicio dieciocho años antes, más o menos cuando empecé la universidad. Y me encontré así, más cocidita. Más serena. Habiendo encontrado algunas de las respuestas y sin angustia por las que todavía están por llegar (si es que lo hacen). Con más años y también con una quietud interna. Quietud que, sin resultar paradójico, me aporta energía.

Cuando regresé a Doha, en los controles de inmigración te piden que mires a un espejo y una luz te escanea la pupila (o algo así). A pesar del cansancio, me gustó la mujer que vi reflejada. No era aquella con la que soñaba llegar a convertirme hace años, aunque sí había conquistado algún matiz de ese joven e ingenuo anhelo.

Dieciocho años a cambio de conquistar unas cuantas verdades y que éstas penetren hasta los huesos. Tiempo y energía en poner y en hacerme para luego invertir mucho más en quitarme y en deshacerme.

Y aquí estamos, en algún punto del camino. Siento que ya no piso sobre el mismo tramo. Y, por tanto, ya no escribo como lo hacía. Por eso me he dado un tiempo sin tocar la pluma. Para dejar que todo se recoloque por dentro. Para despedirme del camino andado y abrazar el siguiente recodo. Que todavía, por novedoso quizá, no sé muy bien qué forma tiene. Vamos a dejarle llegar. Que se muestre…

Y yo, voy a retomar mi hábito de teclear, también volveré a utilizar mi libreta. No sé todavía lo que va a surgir. No tengo objetivos concretos, prefiero que salga solo. Así será más auténtico. Luego ya veremos cómo encauzarlo.

Además de esto, exiten proyectos que retomo en el día de hoy. Un poco más largos que las columnas en el periódico o estas entradas en el blog. Y, como vehículo aglutinador, una nueva página web que hoy hemos lanzado al mundo. Ha costado tiempo y energía darle forma. El diseñador es mi hermano y trabajar con la familia no siempre resulta sencillo. No obstante, estoy satisfecha con el resultado. También me siento un poco nerviosa. Y llena de pudor. Tanto, que ni siquiera he pedido a amigos cercanos que me corrijan los textos en inglés de pura vergüenza.

Y con esta entrada de sensaciones compartidas, y en voz alta, me comprometo a retomar el hábito de escribir y de trabajar de manera disciplinada en los proyectos que están en marcha. No he marcado objetivos, estrategia ni tiempos (sobre esto ya hablaré en el futuro). Tengo una intención. Y todas las Geles, como un día me pidió Antonio, mi coach, están trabajando en pro de esa intención. ¡Allá vamos!

Para acceder a la web gelesrivera.com

NI TACONES NI AMERICANAS

IMG-20160313-WA0010Hoy lo sé, lo tengo claro, los tacones y las americanas no eran para mí.

Desde pequeñita me visualicé como una mujer de éxito a nivel profesional. Me imaginaba de mayor vistiendo trajes y ostentando una posición de responsabilidad en alguna empresa, dirigiendo equipos y liderando proyectos. Clientes y compañeros confiarían en mí, yo gestionaría bien y todos a mi alrededor se sentirían satisfechos con mi desempeño laboral.

Todo el mundo sabría lo buena profesional que era.

Durante años me entrené para ello. Estudié una carrera y aprendí a vestir con tacones y chaquetas o, al menos, lo intenté. Me imponía a mí misma una serie de corsés a todos los niveles. Intenté construirme un cuerpo y un alma a semejanza de aquella imagen que pretendía convertir en realidad. Objetivo, creo que lo llamaba.

Fingí ser seria porque creía que eso me envolvería en un halo de profesionalidad.

Quería “llegar alto”. Intenté modelarme. Nunca anhelé dinero pero sí relevancia social y reputación. Y, sobre todo, que mis padres vieran ese reconocimiento. Creo que ahí estaba el meollo del asunto, el origen de toda esta cuestión.

En algún rincón de mi subconsciente creía que si conseguía ser exitosa a nivel profesional, si les demostraba a todos lo que era capaz de lograr, entonces mis padres me querrían.

Hoy sé que mis padres me quieren por lo que Soy, no por lo que hago ni por las etiquetas que me cuelgue ninguna sociedad.

Hoy visito a una buena amiga que vive en otra ciudad. Visto una falda con muchos colores y unas sandalias planas. Me siento cómoda dentro de este envoltorio, por cierto. Ella me acoge en su casa y disfrutamos del reencuentro. Cuando me pone al día sobre su situación en la empresa me alegro por las noticias que me cuenta y al mismo tiempo me doy cuenta de varias cuestiones.

La primera, cómo ella disfruta con su trabajo. Se emociona, incluso, hablando de esos productos químicos con los que trata. Ha solicitado un ascenso y el próximo mes la envían a Filadelfia para asistir a un curso. Es una estupenda técnico. La admiro. Me alegro sincera y profundamente y me doy cuenta de cómo ese traje va con ella. No tiene que modelarse ni necesita constreñir cuerpo ni alma para vestirlo.

Mi segunda nota es que no me he comparado con ella ni sentido frustración después. Esto es algo nuevo para mí.

Me siento libre, puedo fluir. Esta falda con tantos colores me hace sentirme cómoda.

Tengo un empleo relativamente cómodo que me proporciona unos ingresos a final de cada mes. No es un puesto de dirección ni de responsabilidad. Mi jefa es más joven que yo. Mi sueldo no es alto. No tengo previsto ascender en la empresa ni potenciar mi carrera profesional.

Reconocer esto es tremendamente liberador. Supone soltar un peso que he estado cargando durante toda mi vida.

Reconocerlo también duele.

Duele porque dejarlo ha sido como una amputación. Estaba tan fusionado con mi propio cuerpo que despegarlo ha dolido.

Duele porque he tomado consciencia del daño que me ha causado durante tanto tiempo. ¿Por qué me he tratado tan mal? Le he hecho a mi alma lo que le hacían tantas chinas a sus pies para que fuesen pequeñitos. Pero tampoco te culpes, Geles, las cosas son como son. Solo da gracias por haberte liberado de esos ceñidores que te apretaban como las vendas en los pies de aquellas niñas chinas. Ahora puedes andar con comodidad, Geles. Ahora puedes, incluso… ¡volar!

Duele porque perdura una cierta inercia, un ápice del peso que he dejado y en algún momento me acecha y me lleva a pensar que no he conseguido ni tampoco voy a lograr lo que quería demostrar a mis padres. Creo que es cuestión de tiempo y que esta tendencia acabará por desaparecer completamente.

Y ahora sí, libre, vestida con colores, con mis pies liberados, con la admiración sin comparaciones que profeso hacia mis amigas profesionales… ahora siento que puedo volar.

Dubai, a 18 de marzo de 2016.

NADA QUE PERDER

20160103_132902Recuerdo la primera vez que sentí esta sensación, la de “nada que perder”. Cursaba yo mi primer año en el instituto y estaba en un nuevo ambiente, nuevos compañeros y hasta en otro municipio. Ese cambio había sucedido a varios otros y mi capacidad de adaptación era lenta. Carecía de habilidades sociales y me costaba establecer nuevas relaciones. En ese momento mis padres decidieron que cambiara, otra vez, de centro escolar. Esta vez la razón no era una nueva mudanza sino que ellos pensaron que recibiría una mejor formación en uno privado en lugar de continuar en el público al que asistía. Decía mi padre que cuando pasaba por la puerta veía estudiantes saltándose las clases y fumando porros.

Rogué con todas mis fuerzas quedarme, no quería volver a cambiar. Como sacaba buenas notas y era una alumna aplicada, mis profesores hablaron con mis padres, pero ni con esas…

El caso es que este centro privado y religioso les parecía más conveniente para mi formación y solicitaron una plaza. Uno de los requisitos para acceder era superar unas pruebas, una especie de examen de acceso. Imagino que aquel ejercicio formaba parte de su estrategia de marketing y no era realmente selectivo, el caso es que allí estaba yo, a mis catorce años, asistiendo a unos exámenes para poder ser admitida en un colegio al que yo no quería ir.

Todavía recuerdo aquella tarde, transitando los pasillos del que luego sería mi nuevo instituto. Puedo rememorar, incluso, el aroma del aula donde hicimos las pruebas. Y fue cuando esa sensación me inundó por primera vez. Nada que perder. No pasaba nada si fallaba, si suspendía. No estaba nerviosa, inquieta ni preocupada. No me imponían las instalaciones ni los profesiones a los que vi aquel día. No tenía… nada que perder.

Esa sensación ha vuelto a mí varias veces a lo largo de mi vida. El nada que perder, ningún objetivo valorado en juego. Tranquilidad, sosiego, calma e indiferencia ante el resultado.

A lo largo de mi vida ciertas figuras de autoridad me han impresionado. También, algunas instituciones y edificios. Pero cuando he sabido que no tenía nada que perder, entonces ni la más pretenciosa de las organizaciones ha sido capaz de amedrentarme.

Y así me siento ahora. Esperando a que se resuelva la situación de mi visado en este país, una cuestión que parece que no termina de aclararse.

Sí necesito saber cuál va a ser la resolución para organizar mi vida en consecuencia. No estoy soportando bien la incertidumbre y necesito empezar a planificar el año.

Eso sí, no temo que le denieguen el permiso a mi empresa. Como la tarde que me examinaron en aquel instituto de BUP, no me importaría ser rechazada. Esta vez, por el estado de Qatar. Me atraen las consecuencias de que no me transfieran el visado y me plantearía regresar antes a España. Este plan se ajusta a mis anhelos.

Nuevamente me siento con la ligereza que aporta el saber que no tengo nada que perder. Supongo que existe un nivel superior de este estado, que es sentirlo en esas situaciones en las que sí creemos que nos jugamos mucho. Nada es tan importante en la vida, o casi nada, como para destruir nuestro estado de paz, nuestra calma.

¿Seré capaz de mantener la serenidad en situaciones en las que crea que “hay algo que perder”? Quizá podría empezar a relajarme en medio de la incertidumbre que en la que vivo. Voy a por ello, a ver si llego…

ENCUENTRO FORTUITO

IMG-20151123-WA0011Finales de febrero y en Qatar se ha acabado el invierno. Es sábado y tengo una cita, pero es una cita con mi querida amiga Azadeh. Hace unos meses que han abierto un nuevo zoco en Al Wakrah, que es una ciudad cercana a Doha, y allí quedo con mi amiga para comer.

Nos sentamos en una terraza del paseo, enfrente del mar y bajo ese sol que todavía no asedia, es más, acaricia la piel con suavidad. Disfrutamos de un plato de kebsa, de un zumo y, sobre todo, de la compañía.

Frente a nosotras caminan algunos paseantes. Árabes y occidentales definen el paisaje. De repente reconozco a uno de ellos. Es George, un antiguo amigo. Lo acompaña una chica. Me levanto a saludarlo, creo que ambos nos alegramos de vernos. Puede que no tanto su amiga, que no para de escanearme en dos sentidos: de arriba abajo y el opuesto. Me parece que es india y también nos saludamos. Charlamos un poco y luego ellos continúan su paseo. Yo vuelvo a mi asiento.

Comento el encuentro con mi amiga y me doy cuenta de que no me ha alterado en absoluto. Me he alegrado de verlo como si me hubiese encontrado a cualquier amiga. Tampoco me había afectado el verla a ella.

Este hecho puede parecer obvio, incluso, ridículo el redactarlo y convertirlo en post. Pero para mí es algo nuevo. No queda tan lejos aquel día en que Osama 2 y yo ya habíamos terminado y me lo encontré tomando café con una chica. Estuve afectada durante dos días. No disfruté la comida con mis amigos y me alteró infinitamente. Por supuesto, los saludé y él se apuró de manera increíble. Tanto, que al día siguiente me escribió para contarme una milonga sin que nadie le hubiera preguntado nada. Yo simulé que no me había influido el encuentro y le recordé que ya no teníamos nada, que era libre de salir con quien quisiera y que no tenía por qué darme explicaciones.

Siento aburrir a quien tenga estas cuestiones superadas, pero para mí es algo reciente y un motivo de alegría. Creo que hoy podría cruzarme con cualquiera y no sentir nada más que una pequeña alegría por encontrarme a alguien de mi pasado. Sin más. Saludar, incluso, a la compañía con la que camine y que no se me acelere el pulso, sin juzgarla y sin alegrarme si me parece fea.

Parece que trabajar la autoestima tiene sus frutos. Ahora sé que prefiero estar sola que mal acompañada y que no voy a recordar a alguien que no merezco, no me merece o con quien una relación no funcionaría. Ya no quiero cariño a cualquier precio. Ahora me quiero yo.

 

Y hecha esta pequeña reflexión en voz alta y por motivo de un encuentro fortuito, voy a ir pensando en retomar mi sección de Amoríos y Desamoríos, que he tenido abandonada durante un tiempo. A partir de ahora comienzo a imaginar y a recordar anécdotas. Propias y ajenas.  Para quienes me han pedido en los últimos meses continuar con la sección, prometo nuevas historias en breve.