Archivos del mes: 25 noviembre 2012

¿Qué hago con mi casa?

Dentro de cuatro días partiré. Rumbo a una nueva vida. O mejor, dicho, a una nueva etapa de ésta, mi vida. En las últimas semanas he estado centrada en ultimar todas las gestiones. Acabar proyectos, despedirme de muchas personas, organizar los cambios. ¡Qué increíble! He sido consciente de cómo estaba porque se ha reflejado en mi casa, en mi despacho. Y también porque mis clientes y amigos repetían la frase “vas acelerada”. O “nunca te había visto así, con lo tranquila que tú eres”. Y mi casa ha sido un pequeño desastre. Desorganización y objetos por todas partes, pendientes de ser ordenados. Este caos también se ha reflejado en mi agenda.

Además de organizar, gestionar y despedirme, también he tomado decisiones. Una de las más complicadas era qué hacer con mi casa. Todavía recuerdo aquella tarde, escuchando por la radio la final de la Eurocopa. Mientras España se enfrentaba a Alemania yo desembalaba cajas y me hacía a la idea de que tenía un nuevo hogar. Ese fue mi primer día. Venía de unos años con varias mudanzas y cambios y necesitaba estabilidad. No sabía cuánto duraría esta etapa pero necesitaba que fuera larga. Ahora lo sé. Cuatro años. Me recuperé de ese agotamiento en el que me habían dejado los sucesivos traslados y estoy preparada para emprender una nueva aventura.

Cuatro años en mi casa. Un espacio muy particular porque comenzó cuando yo llevaba a cabo la dirección de obra del edificio y comencé a ser propietaria. Realicé algunas modificaciones en el proyecto original y saqué un gran partido de un espacio realmente reducido. En realidad es una oficina, un despacho delimitado por dos paredes, una estantería y un panel japonés. Detrás de la estantería, que no llega al techo está mi dormitorio, aunque las visitas no saben lo que hay. Tan solo un hueco entre la estantería y la pared, a modo de paso. Y otro entre la estantería y el techo.

El panel japonés esconde, sin que nadie lo sepa, una cocina. Un espacio que se abre al de la oficina y que se funde con ella. Estoy más que satisfecha de lo que conseguí. Y le he tomado un cariño especial a este lugar, a mi casa. Y ahora, a la pregunta, le encuentro dos posibles respuestas. Alquilarla o dejarla como está. Emocionalmente creo que no me resultaría complicado que otras personas estuvieran aquí. Lo que me costaría es vaciarla. A nivel logístico es sencillo. Unas cuantas cajas y ya está. ¡Pero qué complicado emocionalmente! La decisión final es dejarla así. Tengo el propósito de venir dentro de unos seis meses. Sé que en ese tiempo me habré enamorado de mi vida allí (como me ocurre siempre) y habré dejado de tenerle este apego. Sí. Dejarla como está y ejecutar la mudanza en mi próximo viaje. Mi madre se ocupará de buscar inquilinos y gestionar el alquiler. Como lo va a hacer con tantas y tantas cuestiones que no sé cómo resolvería sin ella.

Entonces, ¿qué hago con mi casa? Primero, distanciarme emocionalmente de ella y después, alquilarla. Está llena de buena energía y la persona que viva o trabaje aquí será feliz. Lo sé.

Para terminar, ¿has dejado alguna vez una casa que era de tu propiedad? ¿Qué hiciste con ella?

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Emoción y Emoción

Nueva etapa. Nueva vida. Adioses y principios. Arquitectura. Las palabras se amontonan en mi mente y me cuesta ordenar mis emociones. El caso es que guiada, como tantas veces por la arquitectura como profesión y por una búsqueda de enriquecimiento personal, he tomado una decisión. Cambio de ciudad. En realidad la decisión ya estaba tomada hace un tiempo pero el momento es ahora. En poco más de una semana dejaré Valencia (no sé por cuánto tiempo) y comenzaré una nueva andadura en Doha, Qatar.

Cambio un despacho propio por un empleo en un estudio de ingeniería y arquitectura. La sociedad occidental en la que siempre he vivido por una ciudad con una cultura basada en el Islam. Y lo más importante, la cercanía de mi familia y mis amigos por una aventura y una oportunidad de crecimiento.

Y me siento tan conmovida por las vivencias de los últimos días que no puedo dejar de contarlas. Tuvimos una nueva edición del seminario organizado por la asociación Desata TU Potencial e impartido por Juan Planes. Además de ser una fuente de aprendizaje para todos (asistentes y organizadores) es una fiesta en la Universidad. Dos días centrados en la gestión emocional, la consecución de objetivos, el alto rendimiento y el pensamiento positivo y aderezados por momentos de baile, de afecto, de actividades y de experiencias tan intensas que difícilmente se pueden describir con palabras.

He pasado casi toda mi vida analizando, racionalizando y observando las reacciones de mi cuerpo. Hace unos años me di cuenta de que sería más feliz si pensaba menos y sentía más. Y así ha ido siendo de manera progresiva (y seguirá). Pues bien, ayer viví uno de los momentos más emotivos de toda mi vida. Primero Juan contó a los asistentes del seminario que habíamos escrito un libro, un manual sobre educación emocional para adolescentes y que yo era una de las autoras. Rompí a llorar. Ese libro ha sido uno de los proyectos más especiales en los que he participado. Subí al escenario, él explicó que  me mudaba a Qatar y a continuación, de algún sitio salió un ramo de flores precioso. Mis amigos me rodearon con un abrazo de grupo. Y no sé muy bien cómo transcurrió todo. Eso sí, recuerdo que sentí, que  me emocioné, que lloré y que mi corazón fue el protagonista. ¡Qué regalo me ha hecho la vida! El cariño de esas personas. El amor que me dan. Lo que me han ayudado a crecer. Cada uno de ellos y cada una de ellas es una persona especial. Y se me humedecen los ojos al pensarlo.

Y el manual… ¡qué equipo! Poco más de un año de trabajo, buscando huecos para reunirnos, para trabajar los temas, para tomar decisiones. Y, por supuesto, para celebrar los resultados. Montse, Lorena, Rafa, Emilio, ¡¡GRACIAS!!

Por la noche me acompañaron en una cena de despedida. Me llevo todos los abrazos que me dieron. Con tanto cariño fue que me alimentarán el tiempo que esté lejos.

Equipo de Desata TU Potencial. A todos. Gracias por lo que me habéis dado. Gracias por el momento vivido ayer. Y, por supuesto, esto es tan solo un cambio de etapa. Seguimos hacia delante. Juntos.

Mediación

¿Qué tal se te da mediar? ¿Sueles tener actitudes diplomáticas? ¿En tu trabajo debes realizar arbitrios o peritajes? ¿Y cómo resuelves las situaciones en las que estás “en medio”?

No sé muy bien por qué pero no me resulta cómodo hacerlo en mi trabajo. Sin embargo no me cuesta demasiado en mi vida personal. Hace poco terminé un proyecto para una reforma integral de una vivienda. Por razones que explicaré en la próxima entrada no puedo llevar a cabo la dirección de obra. Le pregunté al cliente, que es el representante de una administración, si prefería encargársela él a otro arquitecto o que lo hiciera yo. Le pareció bien que yo buscara un compañero y así lo hice. Como el proyecto no es por la zona de Valencia a mis compañeros-amigos no les interesaba y busqué una persona de la zona por internet. Muy bien, estaba de acuerdo en dirigir los trabajos, estudió el proyecto y quedamos en la propia casa. Para ver el estado actual y para presentarle al cliente.

La reunión fue productiva. Todo cordial. Pero hubo un par de cuestiones en las que el nuevo arquitecto y el cliente negociaron. Y yo estaba en medio. Debía juzgar en cada momento de qué lado posicionarme. Y aunque esto fue una simple anécdota y la visita muy sencilla, me sentí en una posición incómoda. Él es un compañero y además ha aceptado ocuparse de la dirección de obra. Y al cliente lo conozco de toda la vida y sé que defendía los intereses de la administración que representa. Yo lo hice lo mejor que pude. Ellos no se dieron ni cuenta de que estaban negociando porque la conversación era fluida y natural. Sin embargo yo estuve incómoda. Y no es la primera vez que me ocurre.

¿Cómo te sientes tú en estas situaciones? ¿Actúas con naturalidad, sin ni siquiera darte cuenta de ello? ¿Te violentan? ¿Te cuesta ser objetivo? Pues me resulta curioso que en mi vida personal manejo mucho mejor estas tesituras. Entre mis amigos tengo fama de ser una persona diplomática y yo misma siento que manejo bien las situaciones. No sé por qué me cuesta tanto en mi trabajo. Me supone tanto esfuerzo que un día decidí que no haría más peritajes. Llevé a cabo dos y cuando me han ofrecido otro, lo he rechazado.

Con uno de los peritajes estuve en dos juicios, detrás del micrófono, siendo lo más imparcial que podía. No era algo suave. El arquitecto de la otra parte había realizado un informe –a mi juicio- agresivo, exagerando algunas cuestiones y describiendo otras con un tono que me pareció demasiado fuerte. El juicio era como una batalla y yo ya estuve nerviosa varios días antes. Con el otro peritaje también lo pasé mal. No llegamos a juicio porque hubo un acuerdo a última hora. Pero yo estaba muy preocupada porque el juez pregunta al perito si tiene alguna relación con alguna de las partes. Y sí, yo soy amiga de una de ellas, por eso me buscó a mí. Si necesitas un profesional, puedes contratar a un amigo, ¿no? Es más, tenemos un parentesco familiar. Ella es prima segunda de mi padre. Y aunque no compartimos ningún apellido yo sabía que mentiría si decía que no tenía relación ni vínculos familiares. No te imaginas el alivio que sentí cuando me comunicaron que no habría juicio. Conclusión: no haré más peritajes. Y así ha sido.

Y me pregunto, ¿cómo pueden ser tan felices los abogados, jueces, árbitros y otros profesionales relacionados con la justicia? O, quizá la pregunta debería ser ¿cómo puedo trabajar esta área de mi vida? ¿Cómo lo haces tú? ¿Te resulta fácil? ¿Medias con fluidez en tu trabajo? Creo que es una cuestión que debo trabajar.

Incertidumbre

Decisiones. Actos. Responsabilidad. A lo largo de nuestros días elegimos y procedemos. Tanto en nuestro trabajo como en nuestra vida personal llevamos a cabo multitud de acciones y cada una de ellas tiene consecuencias.

¿Somos conscientes de ello? ¿Obramos con responsabilidad? Y lo que hoy me inquieta, ¿lo hacemos con seguridad? Cuando empecé a ejercer mi profesión había una parte de mi trabajo que me turbaba: calcular las estructuras. En las dos o tres primeras casas subcontraté esta partida pero enseguida decidí que formaba parte de mi trabajo y, además de ocuparme de diseñarlas, yo misma me encargaba del cálculo. Cuatro asignaturas anuales de cálculo de estructuras, otras tantas de construcción y un cursillo para aprender a manejar un programa informático. ¿Te da seguridad esa formación? No lo sé. Pasé por momentos en los que estaba tranquila pero eran una minoría. Me sentía como la conductora de un autobús de niños: un fallo mío podría tener consecuencias fatales. Y sin llegar a ese punto de catástrofe, equivocarme en la estructura podía suponer un desperfecto en una edificación con un coste muy elevado para mis clientes. ¿Y qué clase de profesional tiene fallos que paga el cliente?

Poco a poco fui gestionando la angustia que me generaba esta responsabilidad. Las viviendas se construían según los planos de pilares y vigas que yo preparaba. ¡Y todo salía bien! Es cierto que trabajamos con coeficientes de seguridad muy altos. Que mayoramos las cargas y minoramos la resistencia de los materiales. Un pequeño fallo podría ser absorbido por esta holgura que nos dejamos para estar en el lado de la seguridad.

Han pasado unos años y he aprendido a trabajar las estructuras con una cierta seguridad. Hace poco soñé una noche entera con una pero fue una cuestión puntual. He aprendido a hacerlo con firmeza.

Necesitamos avanzar sin que nos tiemble la mano. La duda es peligrosa. Cuando conducimos nuestro coche, ¿qué pasaría si fuéramos pensando “¡ay, a ver si lo hago mal… a ver si me equivoco!”? El titubeo no nos deja fluir. Imagina que estás bajando una escalera a una cierta velocidad. Tu mente ha calculado la altura (contrahuella) y anchura (huella) de cada peldaño y lo haces con una exactitud milimétrica. Cuando vas por la mitad, ¿qué pasa si supervisas conscientemente dónde pone tu pie izquierdo?

Lo mismo le suceció a un animalito. Cuentan que una golondrina se paró a hablar con un ciempiés que iba de paseo y le preguntó “amigo ciempiés, ¿qué pie moverás a continuación?” Éste no solo no supo qué contestar. Y lo peor de todo, se quedó paralizado, sin saber cómo continuar su marcha.

Es necesario confiar en que nuestros cien pies sabrán moverse porque los tenemos entrenados. Ser consecuentes y responsables con nuestros actos. Pero sin dudar demasiado. Es más, sabiendo que alguna vez podemos fallar y tropezarnos.

Creo que es necesario saber vivir con un grado de incertidumbre. ¿Cómo lo consigues tú?