Archivos del mes: 31 agosto 2015

ME DEJO EL MÁSTER

MBADoha, a 4 de agosto de 2015. Hoy he tomado una decisión: me dejo el máster.

Se acabó. Punto… ¡jalás! Me matriculé hace cuatro años. Se trataba de un MBA on line y disponía de dos años para cursarlo.

Empecé a estudiar, pero nunca lo hice de manera constante y regular. Ni en España ni aquí. Cuando me mudé a Qatar me propuse centrarme durante un año en terminar de prepararlo. Ir a España para examinarme y, a partir de entonces, empezara a socializar y hacer amigos. Gracias a Dios mis planes no se cumplieron y desde el principio gente muy especial apareció en mi vida y me acompañó en mi tiempo.

Desde entonces he intercalado etapas de estudio con otras de descanso. Me he ido concediendo prórrogas a mí misma y licencias por haber vivido cambios de empresa, mudanzas, situaciones tensas, viajes y visitas.

He ido cargando con este peso durante todo el tiempo. Si en alguna ocasión aparecía de soslayo la idea de abandonar me recordaba a mí misma el dinero que pagué por este curso. Y ésta era la primera de las dos razones que he apuntado en la lista de “motivos para continuar adelante”.

La segunda ha sido el orgullo, el decirme a mí misma que a ver si no iba a ser capaz de sacármelo… ¡yo! ¿Cómo se me va a resistir a mí “un curso de nada”?… ¡¡A mí!!

Este orgullo me ha empujado a conseguir muchos objetivos a lo largo de mi vida. Pero en algunas ocasiones se convierte en un empeño desmedido.

Creo que no necesito los conocimientos de este máster ni en mi vida personal ni en la profesional. En realidad he trabajado todos los temas excepto el de contabilidad. Algo he aprendido. No obstante, sobre algunas cuestiones fueron más efectivos los talleres de Desata que los temas de máster.

¿Por qué me matriculé yo –una arquitecta y escritora- en un MBA? No lo tengo muy claro. Quizá uno de los motivos fue que muchas personas de mi alrededor en aquel momento habían cursado un MBA. Creo que esto es envidia. ¿Y por qué no decirlo? Por fardar. Esta titulación viste mucho un currículum.

Desde que llegué he ido condicionando mis visitas a España a las fechas de los exámenes, a los que, por cierto, nunca me he presentado.

Pero ahora soy libre. Iré a casa cuando yo quiera, cuando otras circunstancias lo requieran. No a presentarme a unos exámenes para los que no me estoy preparando.

Ya sé que podemos cambiar de opinión y de rumbo. Yo sé que no es un fracaso. Pero escuché un eco de ello tras la idea de abandonar este curso. Una vez superado el ataque de orgullo y asumido que no continúo, me siento liberada, ligera. Sin cargas. Agradecida. Sin prisas ni ahogos. Con toda mi vida a mi disposición.

Ahora tendré tiempo para escribir, que es lo que realmente quiero.

Para disfrutar de mi tiempo, de mi vida  y mis amigos. Sin remordimiento.

En septiembre comienzan varios cursos de escritura on line. He ido demorándolos porque esperaba a terminar el máster para poder centrarme en ellos. Ahora es el momento. Y quizá retome también mis estudios de árabe.

Ahora siento que toda mi vida es para mí.

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COMO EN LAS PELÍCULAS

ArchitecteLlego veinte minutos antes, con el tráfico de esta ciudad nunca se sabe. Aparco mi coche y me dirijo al acceso. Acicalada para la ocasión y sosteniendo unos planos de gran formato enrollados como si fueran un tubo.

Four Seasons, uno de los hoteles más lujosos de la ciudad. Ya había estado una vez, tomando una cerveza con mi amiga iraní, así que el lugar me resultaba familiar. Camino tranquila y me siento en uno de los sillones que hay en el hall, he quedado con mi jefa y su hermano dentro de quince minutos, así que tengo un rato para parar. Para no hacer nada, ni siquiera revisar el teléfono. Y disfrutar del entorno.

De pronto me doy cuenta de lo cómico de la situación. Parezco uno de esos arquitectos que salen en las películas. Supongo que si esta reunión hubiese tenido lugar al acabar la carrera, me habría sentido fascinada. Mi ego y mi orgullo habrían ganado muchos puntos y mi actitud se habría tornado arrogante. Que suceda después de todos estos años hace que la encaje como una anécdota, eso sí, con cierta fascinación.

Llegan mi manager y su hermano. Con un té delante, repasamos los planos y cómo vamos a enfocar la reunión. Yo me siento segura y tranquila. Estoy satisfecha con mi trabajo. Una primera propuesta para una vivienda de tres mil quinientos metros cuadrados construidos. Sé que es un buen anteproyecto y que está a la altura de un arquitecto español. En el despacho todos lo han valorado y –por fin- he sentido que demostraba mi competencia, después de haberme sentido tan perdida entre cuestiones propias del interiorismo.

Nos llama el secretario del Sheij y bajamos a la otra cafetería, donde nos reuniremos con el cliente. Miembro de la familia real, una persona con mucho dinero y mucho poder. Como era de esperar, resulta cordial en el trato, sencillo y agradable. Yo defiendo mi propuesta porque creo en ella. Mis jefes, los hermanos, venden estupendamente lo que somos capaces de hacer. Me percato de lo especial de la situación, tomo notas de los nuevos requisitos que el cliente describe, así como de algunos detalles para mejorar el proyecto.

Es solo al final de la reunión cuando caigo en la cuenta de que no es habitual sentarse con una persona que quiere construir una casa (una más) de más de tres mil metros cuadrados. Soy consciente de la oportunidad que estoy viviendo. Y también de lo que he disfrutado trabajando con este proyecto.

Y pido Dios que salga adelante. Y que –como sugirió mi jefe- podamos ampliar el mercado. Sería maravilloso volver a trabajar en arquitectura propiamente dicha. Encajar plantas. Trabajar con circulaciones, orientaciones, muros, estructura. He disfrutado mucho. He dado lo mejor de mí. He fluido. Ya de paso, me han valorado en la empresa. Como le expliqué a mi madre, esto no se reflejará en salario ni en posición. Pero sí en mi felicidad diaria. En llegar, incluso, a volar, cuando estoy en la oficina. Además del resultado: un buen trabajo. Esto no me sucede cuando me dedico a los interiores. Ojalá consigamos encargos para diseñar viviendas desde el principio. Sería maravilloso

FALDA CORTA, DÍA LARGO

BodaSe casaba mi prima Arancha. Yo lo había planificado todo para viajar a España y tomarme –por fin- tres o cuatro semanas de semanas de merecidas vacaciones.

De nuevo, la vida nos sucede a pesar de nuestros planes. Cambio de empresa y el contador se pone a cero en marzo. Adiós vacaciones.

Dios debió de escuchar mis plegarias porque a última hora conseguí permiso en la empresa, exit permit a pesar de la –todavía- indefinición de mi visado y cuantos requisitos necesitaba para salir del páis.

¡Y volé a España! Una semana me regalaba la vida. Unos pocos días para disfrutar de mi tierra y de los míos. Ni siquiera tuve tiempo para quedar con todos, ni tampoco pude ir a mi pueblo en Cuenca, pero fueron unos días estupendos. Dulces y refrescantes.

Cada visita a España es única. Decidí vivir el momento sin pensar en Qatar, ni comparar mi vida, ni acordarme de Oriente Medio. Así como estoy disfrutando de esto ahora que he vuelto. Me sorprende encontrar a todos haciendo lo mismo allí. Cuando estamos lejos pensamos que los ritmos habrán cambiado, que la gente hará otras cosas. Tememos perdernos algo. Pero cuando viajamos a casa vemos que todo sigue como siempre. Aquí tengo la sensación, al igual que mis compañeros de emigración (como decían en Mirando al Norte) de que los acontecimientos se suceden, los cambios transcurren con premura y vivimos en un movimiento constante. Sin embargo, en nuestras visitas a España la sensación es que allí todo sigue como siempre.

Ha sido mi primer viaje en verano. Y debo de llevar mucho tiempo en Oriente Medio porque dos cuestiones me llamaron la atención. Dos circunstancias que supongo que para mí eran rutinarias cuando vivía en España. La primera, lo destapadas que visten las personas. Escotes, shorts, faldas muy cortas… Creo que la vista se nos acostumbra a lo que divisamos cada día y a mí me costó mucho desprenderme de tela. Lo hice y me sentí desnuda. Creía que todo el mundo me miraría y el caso es que pasé desapercibida. Pero por dentro estaba desubicada.

Y la secunda cuestión fue el horario del sol. Acostumbrada a que oscurezca antes de las siete, me desorientaba mucho que allí lo hiciera cerca de las diez de la tarde. Llegué, incluso, a llegar tarde a alguna cita, confiada, como estaba, porque aún era de día.

Por lo demás, todo en orden. Una boda estupenda, encontrarme con familia a la que no veía desde hacía mucho tiempo y disfrutar de mis padres, a los que en este último tramo había echado mucho de menos.

Qué afortunada soy de ser española. De contar con esa referencia, incluso, en la distancia. Me gusta mi país, mi cultura y mis orígenes. Y me reconforta redescubrirlo en cada viaje.