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ENCUENTRO FORTUITO

IMG-20151123-WA0011Finales de febrero y en Qatar se ha acabado el invierno. Es sábado y tengo una cita, pero es una cita con mi querida amiga Azadeh. Hace unos meses que han abierto un nuevo zoco en Al Wakrah, que es una ciudad cercana a Doha, y allí quedo con mi amiga para comer.

Nos sentamos en una terraza del paseo, enfrente del mar y bajo ese sol que todavía no asedia, es más, acaricia la piel con suavidad. Disfrutamos de un plato de kebsa, de un zumo y, sobre todo, de la compañía.

Frente a nosotras caminan algunos paseantes. Árabes y occidentales definen el paisaje. De repente reconozco a uno de ellos. Es George, un antiguo amigo. Lo acompaña una chica. Me levanto a saludarlo, creo que ambos nos alegramos de vernos. Puede que no tanto su amiga, que no para de escanearme en dos sentidos: de arriba abajo y el opuesto. Me parece que es india y también nos saludamos. Charlamos un poco y luego ellos continúan su paseo. Yo vuelvo a mi asiento.

Comento el encuentro con mi amiga y me doy cuenta de que no me ha alterado en absoluto. Me he alegrado de verlo como si me hubiese encontrado a cualquier amiga. Tampoco me había afectado el verla a ella.

Este hecho puede parecer obvio, incluso, ridículo el redactarlo y convertirlo en post. Pero para mí es algo nuevo. No queda tan lejos aquel día en que Osama 2 y yo ya habíamos terminado y me lo encontré tomando café con una chica. Estuve afectada durante dos días. No disfruté la comida con mis amigos y me alteró infinitamente. Por supuesto, los saludé y él se apuró de manera increíble. Tanto, que al día siguiente me escribió para contarme una milonga sin que nadie le hubiera preguntado nada. Yo simulé que no me había influido el encuentro y le recordé que ya no teníamos nada, que era libre de salir con quien quisiera y que no tenía por qué darme explicaciones.

Siento aburrir a quien tenga estas cuestiones superadas, pero para mí es algo reciente y un motivo de alegría. Creo que hoy podría cruzarme con cualquiera y no sentir nada más que una pequeña alegría por encontrarme a alguien de mi pasado. Sin más. Saludar, incluso, a la compañía con la que camine y que no se me acelere el pulso, sin juzgarla y sin alegrarme si me parece fea.

Parece que trabajar la autoestima tiene sus frutos. Ahora sé que prefiero estar sola que mal acompañada y que no voy a recordar a alguien que no merezco, no me merece o con quien una relación no funcionaría. Ya no quiero cariño a cualquier precio. Ahora me quiero yo.

 

Y hecha esta pequeña reflexión en voz alta y por motivo de un encuentro fortuito, voy a ir pensando en retomar mi sección de Amoríos y Desamoríos, que he tenido abandonada durante un tiempo. A partir de ahora comienzo a imaginar y a recordar anécdotas. Propias y ajenas.  Para quienes me han pedido en los últimos meses continuar con la sección, prometo nuevas historias en breve.