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NADA QUE PERDER

20160103_132902Recuerdo la primera vez que sentí esta sensación, la de “nada que perder”. Cursaba yo mi primer año en el instituto y estaba en un nuevo ambiente, nuevos compañeros y hasta en otro municipio. Ese cambio había sucedido a varios otros y mi capacidad de adaptación era lenta. Carecía de habilidades sociales y me costaba establecer nuevas relaciones. En ese momento mis padres decidieron que cambiara, otra vez, de centro escolar. Esta vez la razón no era una nueva mudanza sino que ellos pensaron que recibiría una mejor formación en uno privado en lugar de continuar en el público al que asistía. Decía mi padre que cuando pasaba por la puerta veía estudiantes saltándose las clases y fumando porros.

Rogué con todas mis fuerzas quedarme, no quería volver a cambiar. Como sacaba buenas notas y era una alumna aplicada, mis profesores hablaron con mis padres, pero ni con esas…

El caso es que este centro privado y religioso les parecía más conveniente para mi formación y solicitaron una plaza. Uno de los requisitos para acceder era superar unas pruebas, una especie de examen de acceso. Imagino que aquel ejercicio formaba parte de su estrategia de marketing y no era realmente selectivo, el caso es que allí estaba yo, a mis catorce años, asistiendo a unos exámenes para poder ser admitida en un colegio al que yo no quería ir.

Todavía recuerdo aquella tarde, transitando los pasillos del que luego sería mi nuevo instituto. Puedo rememorar, incluso, el aroma del aula donde hicimos las pruebas. Y fue cuando esa sensación me inundó por primera vez. Nada que perder. No pasaba nada si fallaba, si suspendía. No estaba nerviosa, inquieta ni preocupada. No me imponían las instalaciones ni los profesiones a los que vi aquel día. No tenía… nada que perder.

Esa sensación ha vuelto a mí varias veces a lo largo de mi vida. El nada que perder, ningún objetivo valorado en juego. Tranquilidad, sosiego, calma e indiferencia ante el resultado.

A lo largo de mi vida ciertas figuras de autoridad me han impresionado. También, algunas instituciones y edificios. Pero cuando he sabido que no tenía nada que perder, entonces ni la más pretenciosa de las organizaciones ha sido capaz de amedrentarme.

Y así me siento ahora. Esperando a que se resuelva la situación de mi visado en este país, una cuestión que parece que no termina de aclararse.

Sí necesito saber cuál va a ser la resolución para organizar mi vida en consecuencia. No estoy soportando bien la incertidumbre y necesito empezar a planificar el año.

Eso sí, no temo que le denieguen el permiso a mi empresa. Como la tarde que me examinaron en aquel instituto de BUP, no me importaría ser rechazada. Esta vez, por el estado de Qatar. Me atraen las consecuencias de que no me transfieran el visado y me plantearía regresar antes a España. Este plan se ajusta a mis anhelos.

Nuevamente me siento con la ligereza que aporta el saber que no tengo nada que perder. Supongo que existe un nivel superior de este estado, que es sentirlo en esas situaciones en las que sí creemos que nos jugamos mucho. Nada es tan importante en la vida, o casi nada, como para destruir nuestro estado de paz, nuestra calma.

¿Seré capaz de mantener la serenidad en situaciones en las que crea que “hay algo que perder”? Quizá podría empezar a relajarme en medio de la incertidumbre que en la que vivo. Voy a por ello, a ver si llego…

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DEJANDO LASTRE…

f861adcb4ff07c37ea0376e8b7b03b78Sigo andando por este camino que es la vida y me siento aliviada por haber dejado caer cierto lastre con el que cargaba desde hacía ya demasiado tiempo. Un peso del que a menudo no somos conscientes porque lo tenemos fusionado con nosotros mismos. Hemos convivido tanto con él que no nos damos cuenta de que no es inherente a nuestra persona, que nos pesa, que no sirve para nada y que lo podemos soltar y dejar ahí para siempre.

No sé si habrá sido por el tiempo vivido en este país de Oriente Medio, por el trabajo en el que me ha acompañado mi coach o por la suma de todo. Supongo que en la vida los resultados suelen ser debidos a la suma de todo, cada factor con su grado de influencia, pero todo cuenta. El caso es que ciertas imposiciones sociales se me han caído. Por tópicas, todos las sabemos y hemos hablado a menudo de ellas. A nivel intelectual lo he tenido claro desde hace muchos años. Pero no estaba integrado, no me había calado hasta dentro.

Ahora sí. O eso creo.

Tampoco lo apunto como una victoria, supongo que sería un engaño y conseguirla, otra de las imposiciones sociales. Más bien lo vivo como un alivio. Un descanso.

Los “tengo-que” los conocemos todos y los hemos analizado en muchas ocasiones. Suelen ser el éxito profesional, conseguir un estatus social, una situación financiera, una pareja y una familia. Puede que haya algún “tengo-que” más y creo que estos también variarán dependiendo de la persona y del entorno social en que se encuentre.

También hay fechas, plazos y tiempos para conseguirlos. Tengo treinta y cinco años. Me siento en el camino hacia los cuarenta y haberme desligado de una imposición que me grabé o me grabaron desde niña me ha hecho sentirme libre. No ha sido algo ocurrido de golpe sino un proceso que ha durado años y ha atravesado distintas etapas.

Hace unos días me descubrí nuevas canas y sonreí con cariño hacia mí misma. Por primera vez no me molestaba. Como ya no hay plazo de entrega, fecha límite ni lugar al que llegar, ya no me importa cumplir años. Ya no siento que llego tarde a la fiesta. Ya no temo no llegar. De hecho, mi fiesta está aquí. Ahora. Qué fácil es entender este concepto y qué complicado resulta aplicarlo. Ya no espero ninguna fiesta en el futuro. Ésta es la mía, la que tengo delante en cada momento.

La inquietud va y viene, dice una amiga a la que quiero mucho. No sé, quizá mañana vuelva a cargar con el lastre que he abandonado. Es posible. Pero hoy no lo llevo conmigo.

Hace poco escuché a alguien decir “a mí ya se me han pasado todos los arroces” y creo que quería decir que estaba de vuelta de muchas cosas. Es alguien que ronda los cuarenta años y creo que esta edad es una de esas fechas impuestas. Parece que ya has debido triunfar a nivel profesional y personal. Es, incluso, una fecha límite, aproximada, para ser madre. Creo que mi amigo quería decir que no iba a perseguir ninguna expectativa impuesta desde fuera y que decidía hacer la vida que a él le apetecía hacer. La que anhelaba desde dentro. Gustara o no a los otros.

Me ha costado muchos años, pero he llegado a la conclusión de que no tengo que demostrar nada a nadie. Ni siquiera a mis padres. Y tampoco siento –ya- la necesidad de demostrarme nada a mí misma. Ni profesional ni personalmente. Esto aligera mi vida y la hace más sencilla y fácil. Ya no existe en mí el anhelo por volver a alguna parte y exhibir mis logros. Ya no.

He aliviado la carga con la que camino y, como siempre que algo se recoloca por dentro, siento la necesidad de verbalizarlo, de expresarlo. A veces, incluso, de compartirlo. Creo que todos hemos sentido la sensación de carga y también la de liberarse de ella… ¿Qué lastre sigues arrastrando a cada paso? ¿Cuáles has soltado ya? ¿Quieres seguir así o dejas carga y aligeras la marcha?

SIN DERECHO A VOTO

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De nuevo me siento indignada, frustrada y furiosa. No he podido votar en las elecciones generales de esta supuesta democracia. Expondré todos los detalles de mi experiencia en mi columna de El Correo del Golfo. Ahora voy a lanzar, a modo de aperitivo, estas líneas dedicadas (cariñosamente) a Qatar, su correo y su burocracia.

Yo atravesé todo el proceso, farragoso y complicado, por cierto, para ejercer mi voto en las elecciones generales del 20D. Solo quedaba recibir la correspondiente documentación por correo. Porque el proceso no es telemático ni consular, no. Es complejo y por correos. Pero esto ya lo cuento luego, voy a seguir con mi experiencia con Q-Post.

Reconozco que he sido escéptica desde el principio. Respecto al envío desde España como a la recepción aquí. Y es que se han juntado el hambre con las ganas de comer. Además, creo que aquí la correspondencia la distribuyen con camellos y algunos me parece a mí que se comen las cartas de sus alforjas.

El sábado pasado visité la oficina de correos. La señora que me atendió me dijo que si esperaba una carta, que aguardara a que me llamaran y se quedó tan ancha. Hoy sé que la respuesta correcta era “dígame su número de localizador y yo le diré si la hemos recibido.

Alivia mi ira la existencia y la participación de mis compatriotas en la página de facebook. Los últimos días el proceso electoral ha sido tema de referencia y maravillosa la información y emociones compartidas (gracias a todos, administrador y participantes). Me he sentido menos sola en este proceso, ya que mis amigos españoles no habían solicitado el voto rogado. Algunos de ellos no están inscritos en la embajada y el día 20 estarán en España. Votarán allí.

La embajada se habilitaba, a efectos electorales, los días 16, 17 y 18 de diciembre. Es decir, el plazo concluye hoy. Para recibir la documentación, expiraba ayer porque los viernes es el día sagrado para los musulmanes (vamos, que correos cierra). Y hoy, día 18 de diciembre, además del cumpleaños de mi madre, es el día nacional de Qatar. Como cada año, la ciudad se vuelve loca. Estalla en fastos y celebraciones. La zona de Corniche y alrededores permanecerá cortada al tráfico, aunque de buena gana habría ido yo hoy a la embajada española aunque hubiera sido andando. O aun mismo, de rodillas. Pero claro, para eso tendría que haber recibido mi carta.

La secuencia comienza en correos. Jueves por la mañana. Cuando llega mi turno, explico que estoy esperando una carta y me dan un número de teléfono. Llame al Señor Riad. Y eso hago, le explico a este señor, que a duras penas habla inglés, que estoy esperando una carta. Me pregunta algunos datos sobre mi nombre y mi dirección y me dice que vaya al the Gate Compound, que es una urbanización muy cerca de mi casa, y pregunte por un número de buzón. Vuelvo a mi barrio, busco las oficinas de este compound y me explica la chica que en abril cerraron los buzones y ahora no se reciben más cartas. Vuelvo a llamar al Señor Riad y me dice que vuelva a la oficina central y pregunte por la ventanilla cinco. Conduzco, de nuevo, hasta el centro. Acudo al mostrador cinco (que no la ventanilla) y me mandan al quince. En éste, pregunto por este señor y me dicen que está en su hora de descanso. Me siento y espero. Sigo esperando. Y sigo esperando.

Como música celestial, oigo a unos chicos que hablan en cristiano cerca de mí. Les pregunto y, efectivamente, han venido por la misma razón que yo. Me dicen que llame a la delegación del gobierno de mi provincia y pregunte el número de localizador. Luego, que vuelva al mostrador número quince. Afortunada me siento porque ya no estoy sola. En este contexto, circunstancias e indignación compartida, me parecen amigos de toda la vida (cosas de ser expatriados).

Me dispongo a seguir sus instrucciones cuando una chica me avisa de que el señor Riad ha vuelto. En la ventana número cinco me dan una carta que beso y me hace dar salgos de alegría. Con ella, vuelvo donde estaban mis nuevos amigos y uno de ellos me pregunta por qué el sobre es tan pequeño. No, no eran mis papeletas. Y no, no era yo la destinataria. Vuelvo a la ventanilla número cinco y se lo explico al chico indio. Le muestro la carta y mi tarjeta de residencia. Entonces él, ni corto ni perezoso, intenta convencerme de que sí. Mire, dice comparando los datos María-María y Spain-Spain. Me dieron ganas de darle una torta, pero me contuve y le expliqué despacito que el resto del nombre y los apellidos eran diferentes, que en España hay muchas Marías y que en Qatar hay muchas españolas.

Vuelvo al mostrador número quince, donde todavía están los chicos de Murcia. Algunos han conseguido su carta, pero no todos. Llega una pareja de Utiel y esperamos juntos nuestro turno mientras afianzamos vínculos. Los tres esperábamos la carta desde Valencia y según indicaba en la web de Correos, nuestros números de buscador no habían llegado a destino. Poca esperanza. Frustración con el sistema de voto rogado y los intereses de los beneficiarios de este sistema que nos deja sin votar y cabreo con el correo de Qatar. Hasta que llegó nuestro turno charlamos, compartimos anécdotas vividas aquí y nos animamos mutuamente.

Suerte que conocí a Pili y a los chicos. Este encuentro fortuito fue la única parte buena y un alivio a lo amargo del momento.

Hasta aquí, correos de Qatar. La segunda parte, la principal, sobre el voto rogado (y tan rogado), en El Correo del Golfo.

TERCER ANIVERSARIO

i_love_qatar_by_al_zoro-d4s745529 de noviembre, hoy celebro mi tercer aniversario con mi amado, Qatar. Tres años han transcurrido ya desde que aterricé aquí por primera vez, desorientada y asustada. Mucho ha llovido desde entonces. Bueno, quizá llover no demasiado porque vivo en el desierto, pero este tiempo que ha transcurrido ha marcado una huella profunda en mí. Incluso, a veces, llego a pensar que me ha forjado como a hierro. Como hoy me siento optimista, quedémonos solo con lo de la huella.

Ahora sé que Qatar es un capítulo importante de mi vida. Es difícil analizar una etapa cuando estás todavía embebido en ella, suele hacer falta perspectiva, pero me estoy dejando sentir. Y en ese sentir mi cuerpo me dice que pasó la introducción, que se acabó el desarrollo y que empezamos el último tramo, que quizá será el desenlace. Un desenlace que puede durar tal vez un año. O no sé cuánto más, pero que no siento que se vaya a dilatar eternamente.

Antiguamente, cuando me preguntaban cuánto tiempo pensaba permanecer aquí solía contestar que varios años, posiblemente me alcanzaran los mundiales. Y que uno de mis propósitos era aprender árabe. Ahora sé que no me dará tiempo a hablar este idioma. Y tampoco voy a empecinarme o a tomar decisiones transcendentales por esta cuestión.

Cuando terminó mi año Erasmus me dolió en el alma. Fue una de las épocas de mi vida más añoradas y cuyo fin más tristeza me causó. Pero cuando lo pensaba con frialdad entendía que el final de ese tiempo le confería razón de ser. Y que tenía que marcharme con ganas de más. Y que las relaciones con el grupo todavía se mantenían exultantes. Ello hizo que cada una de nosotras regresara a su país, pero que la amistad permaneciera tan viva como lo estaba el día de la despedida.

Ahora que sé que un día partiré tengo más ganas de disfrutar el tiempo que me queda en este lado del mundo. En mi trabajo –aunque a veces me queje-, con mis amigos, en los paisajes que nos ofrece Qatar y en los momentos conmigo misma.

Recuerdo con ternura los contextos que me hacían sentir incómoda al principio de mi vida aquí. Hoy me resultan tan naturales que ni siquiera los percibo.

Me gusta mi casa de aquí. Mis amigos, mi empresa, mis rutinas… ¡me gusta mi vida! Al mismo tiempo me he dado cuenta de que vivir en Oriente Medio es hostil. Curioso, he necesitado tres años para ser consciente de ello. Y lo hago ahora, cuando mejor me siento.

Y todo esto lo voy rumiando desde la tranquilidad que me proporciona mi situación actual. Gracias doy por ello. Esta paz y esta calma, esta ausencia de problemas (a Dios gracias, repito) me proporciona un tiempo de reflexión.

Y visto desde hoy, y siendo consciente de que en un año pueden suceder muchas circunstancias que nos hagan virar el rumbo, me da por pensar en un futuro cuarto aniversario. Y posiblemente esa celebración esté muy cerca del final de una etapa, si es que la vida, con su imaginación infinita, no me ofrece un plan distinto.

El tiempo me dirá…

FALDA CORTA, DÍA LARGO

BodaSe casaba mi prima Arancha. Yo lo había planificado todo para viajar a España y tomarme –por fin- tres o cuatro semanas de semanas de merecidas vacaciones.

De nuevo, la vida nos sucede a pesar de nuestros planes. Cambio de empresa y el contador se pone a cero en marzo. Adiós vacaciones.

Dios debió de escuchar mis plegarias porque a última hora conseguí permiso en la empresa, exit permit a pesar de la –todavía- indefinición de mi visado y cuantos requisitos necesitaba para salir del páis.

¡Y volé a España! Una semana me regalaba la vida. Unos pocos días para disfrutar de mi tierra y de los míos. Ni siquiera tuve tiempo para quedar con todos, ni tampoco pude ir a mi pueblo en Cuenca, pero fueron unos días estupendos. Dulces y refrescantes.

Cada visita a España es única. Decidí vivir el momento sin pensar en Qatar, ni comparar mi vida, ni acordarme de Oriente Medio. Así como estoy disfrutando de esto ahora que he vuelto. Me sorprende encontrar a todos haciendo lo mismo allí. Cuando estamos lejos pensamos que los ritmos habrán cambiado, que la gente hará otras cosas. Tememos perdernos algo. Pero cuando viajamos a casa vemos que todo sigue como siempre. Aquí tengo la sensación, al igual que mis compañeros de emigración (como decían en Mirando al Norte) de que los acontecimientos se suceden, los cambios transcurren con premura y vivimos en un movimiento constante. Sin embargo, en nuestras visitas a España la sensación es que allí todo sigue como siempre.

Ha sido mi primer viaje en verano. Y debo de llevar mucho tiempo en Oriente Medio porque dos cuestiones me llamaron la atención. Dos circunstancias que supongo que para mí eran rutinarias cuando vivía en España. La primera, lo destapadas que visten las personas. Escotes, shorts, faldas muy cortas… Creo que la vista se nos acostumbra a lo que divisamos cada día y a mí me costó mucho desprenderme de tela. Lo hice y me sentí desnuda. Creía que todo el mundo me miraría y el caso es que pasé desapercibida. Pero por dentro estaba desubicada.

Y la secunda cuestión fue el horario del sol. Acostumbrada a que oscurezca antes de las siete, me desorientaba mucho que allí lo hiciera cerca de las diez de la tarde. Llegué, incluso, a llegar tarde a alguna cita, confiada, como estaba, porque aún era de día.

Por lo demás, todo en orden. Una boda estupenda, encontrarme con familia a la que no veía desde hacía mucho tiempo y disfrutar de mis padres, a los que en este último tramo había echado mucho de menos.

Qué afortunada soy de ser española. De contar con esa referencia, incluso, en la distancia. Me gusta mi país, mi cultura y mis orígenes. Y me reconforta redescubrirlo en cada viaje.

GRACIAS, QATAR

JusticiaQuiero romper una lanza a favor de los derechos del trabajador en este país. Sé que publicar esto puede suscitar antipatías y opiniones encontradas pero yo me siento en la obligación de contar mi experiencia y agradecer al país el resultado.

Quizá mi texto no resulte del todo objetivo, motivado por la euforia del desenlace, pero intentaré ajustarme a la realidad lo máximo posible.

Me cambié de empresa hace casi cuatro meses porque los retrasos en los cobros empezaron a ser más que incómodos. Tuve suerte y encontré otro empleo en un solo día. Este país es una lotería y conseguir trabajo puede costar tres meses o unas horas.

Recibí la oferta de trabajo por parte de una empresa cool, cerca de casa, con los sábados libres y prácticamente el mismo sueldo. Como contrapartida, dejaba de ser design manager para pasar a designer a secas. Este dato pudo molestar a mi ego y a mi orgullo, pero ha facilitado mi vida laboral y me ha descargado de responsabilidades.

Antes de dejar la anterior empresa hablé con el que hasta entonces había sido mi jefe, le expliqué que había recibido una oferta, pero que podía rechazarla y permanecer con ellos si él quería (implícito quedaba que debía ponerme al día). Así es como me despedí con su consentimiento. Un error por mi parte -por falta de experiencia- fue no dejar constancia más allá de un acuerdo verbal de que dejaba la empresa.

Me despedí de mi jefe y hasta ese día nuestra comunicación fue cordial. Él me pagaría los cuatro meses que adeudaba conmigo y yo –a modo de favor- supervisaría los proyectos que teníamos en marcha. Los sábados, que yo iba a tener libres a partir de entonces. Por cierto, solo llegué a ir un día.

Ese compromiso suyo de liquidarme se fue diluyendo en el tiempo al mismo ritmo que se consumía mi paciencia y de mí salía la fiera que llevo dentro y que muy pocos han tenido el placer de saludar.

Con gritos, amenazas y paciencia conseguí recuperar casi la mitad de la deuda. Pero ahí quedó la historia. Él no estaba dispuesto a seguir pagando y se había inmunizado ante mis amenazas de denuncia a la empresa. Además, ya no hablábamos, después de haber tenido dos duras discusiones por teléfono donde ambos gritamos y nos faltamos el respeto mutuamente. A partir de entonces el chico de recursos humanos o el contable se convirtieron en nuestros interlocutores. No obstante, esta comunicación indirecta también era escueta.

Y así fue como decidí comenzar la batalla. Esta vez sí. Por mi dinero, por mi orgullo y por esa testarudez que a veces viene haciendo honor a mi horóscopo. Denunciar. Y tras un peregrinaje por distintas oficinas y ministerios, acabé en el jugado, en el court. Conseguí obtener una citación –o algo así-. La firmé sin poder leerla, pues estaba en árabe, pero tenía todos los cuños y había arrancado el proceso.

No es sencillo gestionar documentos en oficinas en las que los funcionarios no hablan inglés. Recorrer todos los pasos de una burocracia árabe supuso una odisea para mí, además, siendo la única mujer en un kilómetro a la redonda y yendo a cabello descubierto.

Unos días después tenía los cheques en mi mano.

A la pregunta que me hizo mi padre, ¿dejaría Qatar a un empleado a su suerte? Si yo me baso en mi experiencia, tengo que contestar que no. Y no solo porque yo sea occidental y arquitecta. Ya vi desde dentro de la empresa cómo ésta, temiendo las serias consecuencias, se movilizaba cuando un empleado ponía un pie en el juzgado. Fuera de la nacionalidad, sexo, color y profesión que fuera.

Por otra parte, a lo largo de este proceso, he escuchado muchos casos sobre trabajadores a los que la justicia qatarí ha ayudado. No voy a entrar en polémica, a defender lo indefendible ni a negar otras evidencias. Pero sí quiero exponer mi caso y decir al mundo que el Estado de Qatar me ha defendido frente a una empresa que pretendía vulnerar mis derechos. En este caso solo puedo decir gracias.

Y A LA VUELTA… ¿QUÉ?

IMG-20140524-WA0009Parece que los expatriados estamos de moda. Somos muchos y el hecho de salir para trabajar –y vivir- más allá de nuestras fronteras se ha normalizado en la sociedad. Y lo ha hecho hasta tal punto que cuando nuestros padres se reúnen con sus amigos, quienes tienen todos sus hijos cerca se convierten en la excepción. Este hecho nos facilita la vida. A nosotros y a los nuestros.

Nos llaman exiliados, expatriados, fuga de cerebros, jóvenes aventureros o emigrantes. A mí la palabra emigrante no me gusta porque de pequeña aprendí su significado con una pátina de melancolía, pues mi madre la empleaba al recordar sus años en Francia.

Erasmus-Dos-Punto-Cero me suena mejor. Bromas aparte, al igual que el Erasmus, esta aventura incluye billete de vuelta. Quizá otros compatriotas se queden en su país de acogida, pero Oriente Medio no es para siempre. Todo el mundo regresa y todos quieren volver a su país. Aquí no hay ancianos, aparte de los qataríes (población que supone una pequeña minoría). Incluso, quienes vienen a trabajar durante toda la vida, preparan su jubilación allende los mares.

No sé muy bien por qué, quizá porque las últimas semanas eché de menos España, me he puesto a pensar cómo será la vuelta. En todo caso, el regreso no será una vuelta a casa. Habrá que inventar una nueva etapa. Nueva.

¿Dónde vivir? Sé que no volveré a Vilamarxant, que es el pueblo dondé residí los últimos años en España. Quiero estar vinculada a él. Allí viven mis padres y tengo personas a las que estimo mucho. Y también un piso, pero sé que esa ubicación pertenece al pasado y no al futuro. ¿Dónde vivir? ¿Valencia? ¿Madrid? No lo sé…

¿A qué dedicarme? Soy optimista sobre el futuro del país, pero la arquitectura como negocio se ha extinguido. No me imagino dedicándome a ello en España. Ni por cuenta propia ni ajena.

Podría buscar un empleo o emprender. O quizá vivir de mis palabras (cumpliéndose así mi sueño).

Nunca busqué un empleo en España ni sé en qué sector debería hacerlo. ¿Quizá en cualquier empresa en el departamento de internacionalización? Hablo inglés y francés… Es una opción, pero no sé hasta qué punto funcionaría.

Para emprender dicen que ha de ser en un sector que te apasione. A mí lo que me más me entusiasma, después de escribir, es todo lo vinculado a la inteligencia emocional y la psicología positiva, aunque no tengo ninguna formación oficial y no sé si podría hacerme un hueco en el mercado…

¿Y mis amigos? Conforme ha pasado el tiempo me he ido despegando de ellos. No ha sido por dejadez, sino para evitar el sufrimiento de saberlos lejos. Desvincularme de DTP ha resultado muy duro, pero no podía pasar el tiempo pensando en las actividades, en las reuniones, los cursos, las clases…

¿Cómo sería la vuelta después de varios años fuera? ¿Nos sentiremos desubicados?

¿Cómo se crea una nueva vida?

Psicólogos del mundo, expatriados regresados, ¿cómo es la vuelta? ¿Cómo gestionar la adaptación a nivel emocional? ¿Cómo regresar a casa?

LOS PAÍSES DEL GOLFO

GCCEn mi último viaje a España fueron varias las personas que me preguntaron sobre los países del Golfo. Elaboré una explicación sencilla y prometí entrada para diferenciar los distintos emiratos. Intentaré exponer anécdotas, comentarios y opiniones para tratar de que esta clase de geografía política resulte amena. Y si alguien necesita más conocimientos o una exposición más objetiva, siempre puede echar mano de bibliografía…

Están incluidos en los llamados países del GCC (Golf Cooperation Council) todos los estados árabes del Golfo Pérsico excepto Irak. En esta imagen que he sacado de la Wikipedia se puede ver cómo Irak también tiene una zona bañada por este cálido mar. Quiero recordar que Irán, que está situado al norte del Golfo, no es árabe, sino persa. Irán, al igual que su vecino Afganistán, es un país musulmán pero no es un país árabe. Además de esto, nuestro vecino de arriba mantiene relaciones políticas más que tensas con todos ellos. Una de las razones es porque en el país persa la religión dominante (y de algún modo, obligatoria), es el Islam, pero son Chiítas. Sin embargo, en los países del GCC son musulmanes Suníes en su mayoría, estas dos ramas del Islam dan para mucha literatura y lo dejaremos para una entrada, no liemos ésta demasiado…

Voy a repasar uno por uno los seis países que forman el Cooperation Council for the Arab States of the Gulf (Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo), vamos, el GCC. Empecemos por Arabia Saudí, que es el mayor de todos en cuanto a superficie y población. En mi opinión es uno de los tres países (junto a Irán y Afganistán) donde se interpreta la religión de un modo radical y extremo, dando lugar a leyes y normas que se escapan del entendimiento, incluso, de la mayoría de musulmanes. Como ya sabemos, la mujer no puede conducir ni salir a la calle sin la compañía de un varón de su familia. El hiyab es obligatorio por ley, de manera que una mujer no puede ir a ningún sitio público sin cubrirse. El alcohol está prohibido en todo el territorio. Existe la pena de muerte (como en otros países del Golfo, pero yo creo que aquí se acaba ejecutando realmente).

Tengo un cliente saudita y me cuenta que el pueblo, por lo general, no está satisfecho con la regulación de este país, pero es la familia real quien manda y poco o nada pueden hacer sus habitantes.

Su capital es Riad, pero la ciudad clave por antonomasia es La Meca, lugar sagrado para todos los musulmanes, punto de peregrinación y lugar clave en el Islam.

Con respecto a sus… llamémoslas normas, es curioso cómo Arabia Saudí tiene tan buenas relaciones con Estados Unidos, así como con numerosos países europeos. Cosas del oro negro…

Para no extenderme demasiado, a los dos siguientes países solo los nombraré. Kuwait en el Norte (capital, Kuwait) y Omán en el Sur (capital, Mascate). Hablaré sobre ellos en el futuro, cuando los haya visitado tal y como tengo previsto.

Y, ahora sí, nos vamos aproximando a mi zona. Qatar es un estado pequeño en superficie y con una población que recientemente ha superado los dos millones de habitantes. El ochenta por ciento de ellos somos expatriados. Geográficamente es una pequeña península unida a Arabia Saudí por el Sur y la mayoría de la población se concentra en su capital, Doha. Es conservador, sobre todo, en las formas, pero los occidentales tenemos opciones para beber alcohol o destaparnos un poco en ciertos hoteles o fiestas privadas.

Bahrein (capital, Manama) es una pequeña isla situada muy cerca de Qatar. Un puente la une a Arabia Saudi y existe un proyecto para otro que nos conectará con ellos en el futuro. Es todo un aliciente, pues aparte del desierto, no hay ningún sitio donde ir en Qatar y salir de este país tiene que ser por aire, mar o Arabia Saudí. Es una sociedad musulmana pero mucho más abierta que sus vecinas. Y los bahreiníes ocupan todo tipo de profesiones. Te puedes encontrar, por ejemplo, un taxista autóctono. Esto no sucede en otros estados, como Qatar, donde los locales solo desarrollan cierto tipo de tareas.

Por último, Emiratos Árabes, que es un estado compuesto por siete emiratos (como si fueran siete comunidades autónomas). Uno de estos estados es Dubai, cuya capital es Dubai. Apuesta por el lujo, el turismo, la extravagancia y lo más todo del mundo. Desde el edificio más alto, hasta la fuente más larga, el centro comercial más extenso, etcétera, etcétera. Los occidentales se siente cómodos porque el Islam está muy relajado en esta región del Golfo. Supone un centro financiero y neurálgico de toda la zona, pero no es la capital de Emiratos Árabes. La capital es Abu Dhabi, situada en el emirato homónimo.

Y hasta aquí, el repaso a los países del GCC, quizá con un toque subjetivo.. Sois libres de añadir o contrastar información, será toda bienvenida.

MUNDIALES DE BALONMANO

BalonmanoHace unos días que concluyó el Campeonato Mundial de Balonmano Masculino, vamos, los Mundiales. Han tenido lugar en Qatar y aprovechando que este país que nos ha adoptado era anfitrión, los hemos vivido con toda la intensidad que nos ha sido posible.

Para mí ha sido la segunda aproximación que he tenido a este deporte. La primera fue en un campamento deportivo, hace algunos años, en el que conocí a personas extraordinarias relacionadas con el balonmano.

Hemos asistido a casi todos los partidos en los que competía la Selección Española y hemos animado con ganas. Porque eso sí, no he visto a ninguna afición vitoreando como lo ha hecho la española. Gritando, cantando y saltando, todos al unísono, celebrando los goles y aplaudiendo a los nuestros. Incluso, cuando jugamos contra Tunez, partido en el que nuestros colores se dibujaban en una pequeña zona de las gradas y los magrebíes llenaban el resto, hicimos más ruido que ellos.

El aplauso más largo y la mayor ovación fue cuando acabamos el partido contra Francia en semifinales. Si a nuestros chicos les habíamos reconocido su juego y su actitud en todos los partidos anteriores, en los que nuestra Selección había resultado vencedora, lo hicimos mucho más en el partido que perdimos. Y fue tal el apoyo que me sentí orgullosa de la afición a la que pertenecía.

Cuando vives lejos de tu país, cuando el color de tu piel y tus costumbres son una minoría en tu ciudad, la nacionalidad y la identidad de uno adquieren otro significado. Los colores de nuestra bandera y el sonido de nuestro himno hacían que esos pocos cientos de desconocidos, ataviados con camisetas rojas, nos sintiéramos unidos, que nos hallásemos en casa y que nos encontráramos en una isla en medio de este desierto.

En las gradas nos comunicábamos en español, hablábamos con todos y las normas sociales, de alguna manera, eran más europeas que nunca. Así, cuando mi amiga Chelo me trajo una camiseta roja con el nombre de nuestro país, primero me la puse encima de lo que llevaba y luego me quité la camisa, sin demasiada preocupación por si se me veía la cintura a lo largo de la operación de cambio en este recatado país.

Hubo más momentos de estar en casa, como cuando desde megafonía se escuchaba Estopa e, incluso, el pasodoble Que viva España, que bailamos sin pensarlo, embriagados por el momento. Un verdadero oasis.

He escuchado muchas quejas sobre la organización del evento. Y sí es cierto que hemos sufrido fallos de ésta, pero voy a romper una lanza a favor de Qatar y de la organización. Es un país joven y ha llevado a cabo un gran esfuerzo para celebrar este campeonato. Disponer este tipo de eventos todavía es algo nuevo para ellos y yo soy optimista. Estoy segura de que han aprendido de sus errores. Además, han tenido grandes aciertos y han realizado todo un despliegue de medios a todos los niveles.

Fue al principio del campeonato cuando conocimos a unos periodistas españoles y nos hicimos amigas de ellos, con excursión al desierto y cenas en el zoco incluidas. Por primera vez leíamos la prensa deportiva e, incluso, protagonizamos una noticia. En definitiva, un interesante encuentro gracias a los Mundiales.

Lo mejor de todo, sin ninguna duda, ha sido la deportividad que emanaba en todo momento del campo de juego. No había estrellas individuales sino equipo. Equipos, porque también lo percibí de las otras selecciones. Los gestos entre los compañeros se sucedían durante cada partido. Pero no quedaba ahí, el comportamiento entre miembros de los países contrincantes también eran frecuentes. Una mano para levantar al otro, un gesto, una palabra… ¡Qué gran experiencia ha sido vivir estos encuentros! Por el espectáculo, por la deportividad, por lo que nos ha unido a la comunidad de españoles y a mi grupo de amigos. ¡¡Cuánto hemos disfrutado con el balonmano!!

OTRO REGRESO

AeropuertoAterrizo en el aeropuerto de Doha, me siento cansada a causa del viaje. Viaje como trayecto que suponen los dos vuelos y el trasbordo en Estambul y viaje como las dos semanas transcurridas en España, con todas las actividades, reencuentros y emociones que supone.

El aeropuerto está desierto. Imagino que es por la fecha. Apenas ha transcurrido una hora y media desde que aterrizamos en este año 2.015. Aquí, porque en España todavía pasarán treinta minutos hasta que millones de personas tomen doce uvas al unísono.

Me dirijo hacia los controles, sorprendentemente vacíos y, de nuevo, mi cola es la que indica “otras nacionalidades”. Mientras avanzo en zigzag una atmósfera conocida y característica me envuelve. Es el aire, el aroma, son los sonidos. Es la escena en la que me encuentro. En dos años este ambiente se ha convertido en algo familiar para mí.

Un qatarí ataviado con su thobe me atiende. Revisa mi pasaporte mientras pregunta de dónde vengo. En lugar de sonreír, me ofrece una mueca seca y hastiada y el gesto me resulta agradable por lo familiar.

Mientras camino hacia la cinta que me devolverá mi maleta me siento cómoda. En casa. La sensación me resulta agradable y se mezcla con el aroma a incienso y perfume que emana de las tiendas del aeropuerto y embriaga el ambiente. Es la primera vez que piso este escenario porque no había volado después de la inauguración del nuevo aeropuerto. Los espacios son más modernos y delicados. Los materiales anuncian la ostentación que se vive en una parte del país, pero la esencia es la misma, ésa que me ha acogido los dos últimos años de mi vida y que se ha convertido en parte de mí. Vuelve a mi cabeza un pensamiento recurrente: “el día que regrese a Europa echaré de menos este país”.

Recuerdo la inquietud que había vivido unas horas antes en el aeropuerto de Estambul, que tan ajeno y extranjero me resultaba. Y a la vez, el recuerdo que tenía del viaje de ida, cuando perdí el vuelo a Valencia desde Turquía por despistarme, aunque esta anécdota la contaré completa en una entrada más adelante. El caso es que estoy en casa, en mi otra casa. La de aquí. Siento que Qatar me da la bienvenida. Agradezco ciertas comodidades que encuentro desde el primer momento.

De camino a casa y con el último retazo de energía que me queda, charlo con el taxista, de origen indio. Me dice que soy la primera clienta del año, se interesa por mi país de origen y me confirma que Doha sigue igual y en el mismo sitio que yo la dejé. Es curioso, utilizamos un inglés deshilachado y mal elaborado pero nos entendemos con naturalidad y facilidad. Y me parece más sencilla la comunicación que con la chica que conocí durante el vuelo. Su familia era de origen paquistaní y ella vive en Reino Unido. Era muy amable y hablaba perfectamente. Yo me esforzaba por utilizar un inglés correcto, algo que no necesitaba con el chico que me acercaba a casa.

Mi piso completó la bienvenida. El lugar que yo he organizado, el espacio que solamente yo habito me recibió con cariño.

Y así fue como la familiaridad de este entorno atenuó el regreso a Qatar después de las Navidades, tras esta visita a España, después del reencuentro con mi familia, mis amigos y mis lugares (mis lugares de allí).