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Hablando de techos…

Hoy quiero que reflexionemos sobre otro elemento de la arquitectura: los techos. ¿Y qué es un techo? Pues es una superficie, generalmente horizontal, que delimita espacios por la parte superior.

A nivel funcional es obvio el papel que representa un techo. Pero a nivel emocional parece una de esas armas de doble filo: por un lado nos protege, nos aísla de los peligros del exterior. Por el otro, nos limita, se convierte en una barrera. Creo que es por este comportamiento como barrera que se ha bautizado como “techo de cristal” al conjunto de limitaciones invisibles que tienen las mujeres para acceder a determinados objetivos profesionales.

La mayoría de personas se sienten cómodas en espacios cuyos techos tienen una altura de entre dos metros y medio y tres metros. ¿Has experimentado alguna vez la sensación que produce un techo muy alto? Por lo general nos hacen sentir incómodos, minúsculos y desorientados. ¿Has visitado alguna catedral gótica? Los techos suben y se elevan a través de los nervios de sus columnas hasta el infinito y nos hacen sentir pequeños, recordándonos la grandeza de Dios. Más tarde, en el Renacimiento, se cambiaron las proporciones de las iglesias y se modificó la teatralidad arquitectónica. De este modo quedó claro que el centro de la sociedad era el hombre, atrás quedaba la cultura teocéntrica. Los techos de los templos comenzaron a ser más bajos  pues el hombre pasaba a ser el centro de todo y ya no Dios como había sido durante la Edad Media.

Recuerda ahora un momento en que hayas estado en una estancia con un techo muy bajo. Seguro que te has sentido comprimido, apretado, agobiado. O, incluso, con sensación de asfixia. Este tipo de espacios pueden provocar irritabilidad, angustia y sensación de peligro. Según el Feng Shui, los techos demasiado bajos oprimen el chi (energía) de las casas y de sus ocupantes y no favorecen la armonía ni el bienestar.

Cuando proyectamos una vivienda o un edificio de viviendas, elegimos la altura de los techos basándonos en el confort de los espacios y en una serie de normativas técnicas y urbanísticas. Así como en cuestiones funcionales. Por ejemplo, si hacemos un techo demasiado alto, habrá que subir muchas escaleras para llegar a las plantas superiores. Además, el aire caliente tiende a ascender y los espacios serían poco eficientes energéticamente, es decir, que nos costaría más calefactarlos. Sin embargo, utilizamos ciertos recursos para “elevarlos” visualmente, como pintarlos de blanco.

Para terminar me gustaría plantearte, como siempre, unas preguntas. ¿Tienes techos en tu vida? ¿Has creado –de manera consciente o sin darte cuenta- limitaciones que a la vez te protegen y te limitan?

Cuando éramos pequeños, nuestros padres tenían esta función. Nosotros no éramos conscientes del peligro y ellos nos coartaban multitud de movimientos. De no haber sido así pocos habríamos salido con vida. Pero ahora, como personas adultas y conductoras de nuestros actos, ¿nos hemos creado cómodos techos que no nos permiten seguir avanzando? Pensemos en ello y después, quizá, sea hora de hacer alguna reforma en nuestros paradigmas. ¿Nos atrevemos a poner el cielo como techo de nuestras vidas?

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