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Duros y tiernos reencuentros

El verano sigue embriagándome de sensaciones y son los lugares que visito los que me susurran palabras para dar forma a estas reflexiones. Si la pasada semana escribí sobre el descubrir, esta lo voy a hacer sobre el reencontrar.

Después de haber pasado una semana en el pueblo del que provengo y al que vuelvo verano tras verano, me he dado cuenta de que aquellos lugares, los espacios que revivo cada agosto me trasladan a la persona que yo he sido años atrás. Los sitios vividos, los visitados y los ritos repetidos cada estío me trasladan, como si de anclas se tratara, a la persona que yo fui. Y me han hecho revivir, como cada agosto, ciertos anhelos y miedos que sentía. Y me han hecho preguntarme si todavía están ahí. Y resulta que algunos de ellos sí. Otros están superados, más que superados. Y hay algunos que están vencidos pero que todavía no me he dado cuenta. ¿Te ha pasado alguna vez que has superado un miedo y no has sido consciente? Piensas que todavía está ahí y son los lugares donde lo has experimentado los que te devuelven a él.

Cuando era más joven, durante el mes de agosto recorríamos los pueblos vecinos, noche tras noche, de verbena en verbena. Viviendo esas fiestas populares, disfrutando y aprendiendo a ser sociables, descubriendo la amistad e incluso, el amor. Siempre era lo mismo y siempre era diferente. Una plaza de un pequeño pueblo. En un extremo, la orquesta. En el otro, la barra. Y toda la gente de la zona, mi zona, abarrotando el espacio, bailando y charlando. Todo el mundo sonríe, todos parecen pasarlo bien. Pero esto no es así del todo. En el interior de muchas de esas personas se esconden miedos, frustraciones e incertidumbres. Yo recuerdo una adolescente y después una muy joven Geles que a veces disfrutaba totalmente. Pero otras, otras se sentía mal porque no sabía desenvolverse en una determinada situación o porque no tenía la relación que quería con sus amigos. Amigos con los que bailaba esa noche. O por un rechazo amoroso.

Pues bien, ha sido muy emocionante reencontrarse con esa niña y decirle que se quede tranquila. Que todo está bien. Recordarle sus logros, su aprendizaje. Y recordarle también que algunas cuestiones no dependen de ella sino de otras personas, pero que no pasa nada. No necesita que ello cambie para sentirse bien. Y todavía ha sido más emocionante, después de ver superados esos miedos, reconocer otros nuevos y saber que los vamos a trabajar. Pero esta vez, desde una posición de madurez y de serenidad. Sin prisa, sin sufrimiento. Con una sensación interna de paz. Pero con un gusanillo en el estómago de pensar en esos pequeños fantasmas y en ciertos anhelos. Y con la sensación de que esa es la vida. Tener deseos y sentir emociones. Y probablemente me reencontraré con ellos en próximos años. Y he decidido que les sonreiré abiertamente.

Y después de desnudarme con esta naturalidad que a mí misma me sigue sorprendiendo quiero preguntarte, ¿tú te has reencontrado contigo mismo/a este verano? ¿Te han ayudado los espacios, las calles o una casa, a reencontrarte con la persona que fuiste? ¿Con tus miedos, con tus anhelos y con tus esperanzas? ¿Ha sido duro, ha sido fácil?

Mi reencuentro lo he hecho sola. Pero es cierto que este año he tenido personas que, sin saberlo, me estaban sujetando por si me caía. Y me lo han puesto muy fácil. Gracias, Vero. Gracias, Silvi.

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