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NADA QUE PERDER

20160103_132902Recuerdo la primera vez que sentí esta sensación, la de “nada que perder”. Cursaba yo mi primer año en el instituto y estaba en un nuevo ambiente, nuevos compañeros y hasta en otro municipio. Ese cambio había sucedido a varios otros y mi capacidad de adaptación era lenta. Carecía de habilidades sociales y me costaba establecer nuevas relaciones. En ese momento mis padres decidieron que cambiara, otra vez, de centro escolar. Esta vez la razón no era una nueva mudanza sino que ellos pensaron que recibiría una mejor formación en uno privado en lugar de continuar en el público al que asistía. Decía mi padre que cuando pasaba por la puerta veía estudiantes saltándose las clases y fumando porros.

Rogué con todas mis fuerzas quedarme, no quería volver a cambiar. Como sacaba buenas notas y era una alumna aplicada, mis profesores hablaron con mis padres, pero ni con esas…

El caso es que este centro privado y religioso les parecía más conveniente para mi formación y solicitaron una plaza. Uno de los requisitos para acceder era superar unas pruebas, una especie de examen de acceso. Imagino que aquel ejercicio formaba parte de su estrategia de marketing y no era realmente selectivo, el caso es que allí estaba yo, a mis catorce años, asistiendo a unos exámenes para poder ser admitida en un colegio al que yo no quería ir.

Todavía recuerdo aquella tarde, transitando los pasillos del que luego sería mi nuevo instituto. Puedo rememorar, incluso, el aroma del aula donde hicimos las pruebas. Y fue cuando esa sensación me inundó por primera vez. Nada que perder. No pasaba nada si fallaba, si suspendía. No estaba nerviosa, inquieta ni preocupada. No me imponían las instalaciones ni los profesiones a los que vi aquel día. No tenía… nada que perder.

Esa sensación ha vuelto a mí varias veces a lo largo de mi vida. El nada que perder, ningún objetivo valorado en juego. Tranquilidad, sosiego, calma e indiferencia ante el resultado.

A lo largo de mi vida ciertas figuras de autoridad me han impresionado. También, algunas instituciones y edificios. Pero cuando he sabido que no tenía nada que perder, entonces ni la más pretenciosa de las organizaciones ha sido capaz de amedrentarme.

Y así me siento ahora. Esperando a que se resuelva la situación de mi visado en este país, una cuestión que parece que no termina de aclararse.

Sí necesito saber cuál va a ser la resolución para organizar mi vida en consecuencia. No estoy soportando bien la incertidumbre y necesito empezar a planificar el año.

Eso sí, no temo que le denieguen el permiso a mi empresa. Como la tarde que me examinaron en aquel instituto de BUP, no me importaría ser rechazada. Esta vez, por el estado de Qatar. Me atraen las consecuencias de que no me transfieran el visado y me plantearía regresar antes a España. Este plan se ajusta a mis anhelos.

Nuevamente me siento con la ligereza que aporta el saber que no tengo nada que perder. Supongo que existe un nivel superior de este estado, que es sentirlo en esas situaciones en las que sí creemos que nos jugamos mucho. Nada es tan importante en la vida, o casi nada, como para destruir nuestro estado de paz, nuestra calma.

¿Seré capaz de mantener la serenidad en situaciones en las que crea que “hay algo que perder”? Quizá podría empezar a relajarme en medio de la incertidumbre que en la que vivo. Voy a por ello, a ver si llego…

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Incertidumbre

Decisiones. Actos. Responsabilidad. A lo largo de nuestros días elegimos y procedemos. Tanto en nuestro trabajo como en nuestra vida personal llevamos a cabo multitud de acciones y cada una de ellas tiene consecuencias.

¿Somos conscientes de ello? ¿Obramos con responsabilidad? Y lo que hoy me inquieta, ¿lo hacemos con seguridad? Cuando empecé a ejercer mi profesión había una parte de mi trabajo que me turbaba: calcular las estructuras. En las dos o tres primeras casas subcontraté esta partida pero enseguida decidí que formaba parte de mi trabajo y, además de ocuparme de diseñarlas, yo misma me encargaba del cálculo. Cuatro asignaturas anuales de cálculo de estructuras, otras tantas de construcción y un cursillo para aprender a manejar un programa informático. ¿Te da seguridad esa formación? No lo sé. Pasé por momentos en los que estaba tranquila pero eran una minoría. Me sentía como la conductora de un autobús de niños: un fallo mío podría tener consecuencias fatales. Y sin llegar a ese punto de catástrofe, equivocarme en la estructura podía suponer un desperfecto en una edificación con un coste muy elevado para mis clientes. ¿Y qué clase de profesional tiene fallos que paga el cliente?

Poco a poco fui gestionando la angustia que me generaba esta responsabilidad. Las viviendas se construían según los planos de pilares y vigas que yo preparaba. ¡Y todo salía bien! Es cierto que trabajamos con coeficientes de seguridad muy altos. Que mayoramos las cargas y minoramos la resistencia de los materiales. Un pequeño fallo podría ser absorbido por esta holgura que nos dejamos para estar en el lado de la seguridad.

Han pasado unos años y he aprendido a trabajar las estructuras con una cierta seguridad. Hace poco soñé una noche entera con una pero fue una cuestión puntual. He aprendido a hacerlo con firmeza.

Necesitamos avanzar sin que nos tiemble la mano. La duda es peligrosa. Cuando conducimos nuestro coche, ¿qué pasaría si fuéramos pensando “¡ay, a ver si lo hago mal… a ver si me equivoco!”? El titubeo no nos deja fluir. Imagina que estás bajando una escalera a una cierta velocidad. Tu mente ha calculado la altura (contrahuella) y anchura (huella) de cada peldaño y lo haces con una exactitud milimétrica. Cuando vas por la mitad, ¿qué pasa si supervisas conscientemente dónde pone tu pie izquierdo?

Lo mismo le suceció a un animalito. Cuentan que una golondrina se paró a hablar con un ciempiés que iba de paseo y le preguntó “amigo ciempiés, ¿qué pie moverás a continuación?” Éste no solo no supo qué contestar. Y lo peor de todo, se quedó paralizado, sin saber cómo continuar su marcha.

Es necesario confiar en que nuestros cien pies sabrán moverse porque los tenemos entrenados. Ser consecuentes y responsables con nuestros actos. Pero sin dudar demasiado. Es más, sabiendo que alguna vez podemos fallar y tropezarnos.

Creo que es necesario saber vivir con un grado de incertidumbre. ¿Cómo lo consigues tú?