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Cuando el proyecto no sale

ArenaHoy tengo ganas de seguir hablando de momentos, de momentos ante el proyecto que lo son también ante la vida. De actitudes y de estrategias. De guiones y protocolos marcados y de la práctica, de la aplicación de esas teorías.

¿Qué sucede cuando te han encargado un proyecto, tú lo trabajas pero aquello no sale? Normalmente esto ocurre al principio. Vas dibujando, pensando, probando, dándole muchas vueltas y él, poquito a poquito, va tomando forma. En algún momento de mi carrera aprendí que siempre sale. Que parece que no, pero basta con trabajar y tener la certeza de que ahí está, sólo hay que acabar de descubrirlo.

Cada nuevo diseño me daba la razón. Especialmente, aquéllos que se hacen los remolones, que te hacen dudar de tu capacidad, los enrevesados. Porque con trabajo acababa llegando la inspiración.

Y lo mismo sucede ante las dificultades diarias. A veces nos angustian, nos provocan malestar y corremos el riesgo de que la negatividad y la desesperanza se lleven nuestra capacidad de trabajar para encontrar el camino adecuado, la salida. ¿Alguna vez el miedo te ha bloqueado y te ha provocado una obstrucción en el pensamiento? Ésta puede ser la causa de que no encontremos la salida, el diseño adecuado a todos los requisitos.

Tengo la sensación de que existe una serie de corrientes que defienden la actitud positiva (yo las sigo, claro). Abogan por mantener la esperanza, el optimismo realista y la motivación. Amparar la convicción de que vamos a encontrar la solución adecuada. De este modo, podremos dar lo mejor de nosotros mismos.

Pero al mismo tiempo debemos ser cautelosos con este “positivismo”. Y escuchar nuestro cuerpo, nuestra alma y nuestras emociones. ¿Y si pasamos por una etapa de tristeza? En ese momento una de las opciones es decirme que estoy alegre, que voy a ser una mujer positiva, ponerme a dar saltos y forzar sonrisas para que mi fisionomía llame a mi estado emocional… ¡Peligro! No podemos hacer caso omiso a nuestras emociones, a las señales que nos lanzan. Porque si las negamos, se convertirán en fantasmas, seguirán estando, pero en la sombra, donde yo no pueda verlas. Las gestionaremos mejor si las miramos de frente, reconocemos que están ahí.

¿Y si dejo el lápiz por un ratito y me pongo a llorar? Y reconozco que me siento triste. O acepto que estoy enojado y entonces camino enérgicamente por mi despacho, moviendo brazos arriba y abajo. Mirando cara a cara esa ira que ha venido a visitarme. O, valientemente, reconozco el miedo que siento y recuerdo que esto es humano y que no pasa nada por tenerlo.

A esas emociones les pongo nombre. Si no hay nadie más delante, les hablo en voz alta. Sitúo, incluso, en qué parte de mi cuerpo se han colocado. ¿En la boca del estómago? ¿En la garganta? Y observo, incluso, su color, su forma, su textura y su sonido.

¿Cuál es tu emoción “amiga”? ¿El miedo, la ira o la tristeza? La mía, la tristeza. Casi nunca en mi vida siento enojo o temor (creo). Por eso ando siempre trabajando la actitud positiva, la alegría, el entusiasmo y el júbilo. Me entreno a menudo, hasta el punto de que las personas que me conocen dicen que soy una alegre y entusiasta. Me lo he ganado a pulso.

Y cuando llega la tristeza, le abro la puerta y le dejo que se quede un ratito conmigo. Lloro si hace falta. Me hace daño cuando se cuela por la ventana y yo no la veo, porque no he escuchado las señales y he dicho que soy muy positiva y estoy contenta. Por eso procuro abrirle la puerta. Incluso, le invito a un café. Estamos juntas, charlamos, siento el dolor que me causa –que no sufrimiento- y luego se marcha, satisfecha, ya ha cumplido su labor.

Y mi casa está de nuevo limpia y dispuesta para recibir, de nuevo, al contento y a al gozo por la vida, musas que me ayudarán a sacar este proyecto que hace un rato parecía que no iba a salir.

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Patios y verano

Mi patioHoy, por primera vez, he disfrutado del patio de mi casa. Para mí es la gran joya de esta villa y, desde el día 1 de julio que llegué, he estado esperando a que nos despidiera este bochornoso calor para salir a cenar, a tomar un té o a escribir.

Es curioso, el patio en de mi casa de Henarejos, en el que tan buenos momentos he pasado, sólo se puede utilizar en verano. Unos tres meses al año, porque la Serranía de Cuenca es fresca. Es más, según dice mi madre, sólo hay dos estaciones: verano e invierno. Aquí más bien tenemos infierno y verano. Y el segundo está comenzando ahora, a finales de septiembre. Aunque las temperaturas no bajan a menos de treinta grados por la noche, los últimos días sopla una suave brisa.

Y yo no puedo más que dar gracias por esta agradable sensación. Por estar en un lugar exterior sin hacer más que eso: estar. No exageraban quienes me avisaron de que este país era caluroso. Me parece mentira no escuchar el ruido del aire acondicionado. En casa, en la oficina, en el coche o en los centros comerciales. Esos eran los lugares permitidos. Y muchas veces hemos pasado frío. Bueno, yo no porque soy muy calurosa. Pero la mayoría de la gente suele llevar chaquetas en los lugares de ocio o de trabajo. Sí. Pasan frío porque el aire acondicionado suele estar exageradamente alto.

También te acostumbras a dormir con ese chorro de aire artificial. Imposible sería hacerlo de otro modo. Aunque los últimos días no lo he tenido conectado durante toda la noche. Algo que ahora me parece un placer. Sin el ruido y sin la sensación de estar dentro de una burbuja.

Pues bien, mientras tecleo estas palabras, la suave brisa que os he mencionado acaricia mi piel. Y no sólo eso, también juega con un carillón que tenemos colgado y lo hace sonar, le saca un armonioso tintineo. Si levanto la cabeza de mi pantalla, las plantas y flores del patio alivian mi melancolía por la naturaleza y si la elevo más, el minarete de la mezquita vecina se erige orgulloso recordándome dónde estoy.

Me resulta cómodo vestir con pantalón corto y camiseta de tirantes. Vivo en un país musulmán y esta indumentaria sólo la puedo llevar en casa. Y ahora, que el tiempo me lo permite, también fuera: en el patio.

Termina la estación y me doy cuenta de que estos meses han sido duros debido al clima, al encierro obligado, al aire acondicionado y a ese letargo en el que el bochorno nos ha sumido a muchos. Y ahora que comienza una nueva etapa vuelvo a nacer. A sentirme activa, con energía. Con ganas de seguir disfrutando de esta ciudad, de este país. Del verano que comienza para nosotros y que durará hasta el próximo infierno. Y me siento afortunada por vivir en una casa con patio. O con patios, el nuestro y el comunitario, con la piscina. Sólo me he bañado dos veces y fue muy desagradable. El agua estaba tan caliente que quemaba la piel.

Así que Qatar nos recompensa con unas suaves temperaturas el haber sobrevivido a las extremas. Playas, piscinas, patios y terrazas (como las del Souq Waqif) vuelven a estar ahí, para el disfrute de residentes y turistas.

¡Y yo no pienso perdérmelo!

Asientos

AsientosCuando construimos un edificio, éste apoya en el terreno a través de la cimentación. Dependiendo del tipo de suelo, ofrece un tipo de respuestas u otras. Por eso se lleva a cabo un estudio geotécnico previo y se diseña y calcula la cimentación de manera adecuada para que las cargas se transmitan al terreno de manera efectiva.

Aunque te aburran estas cuestiones técnicas, no te vayas, que luego hablaré sobre las cargas personales. Permíteme solo unas líneas más porque me hacen falta para lo que quiero contar.

Cada terreno ofrece una respuesta diferente a la construcción del edificio, pero a ninguno le pasa desapercibida. Ni siquiera, a los más rocosos y resistentes.

Los suelos arenosos asientan casi inmediatamente. Imagínate que tienes una palancana con arena y colocas un objeto pesado encima. En unos segundos nuestra arena se readaptará. Es posible que la superficie sobre la que hemos “construido” se hunda un poco y luego permanezca inmóvil.

Los suelos arcillosos funciona den manera diferente. En el momento de aplicar la carga casi no reaccionan, pero conforme transcurre el tiempo, sus partículas van deslizando entre sí y van asentándose. No quiero entrar en cuestiones físicas y químicas para no equivocarme y no aburrirte demasiado. Pero el resumen es que los terrenos arcillosos asientan lentamente. A veces lo hacen durante siglos.

¿Qué nos sucede a las personas cuando recibimos un impacto o una carga? Pues que también vamos asentando. En ese proceso de digerir, las partículas de nuestra alma se van recolocando para alcanzar un nuevo estado de equilibrio.

Hay cargas que asientan rápidamente, mediante una sacudida. Otras requieren mucho tiempo.

Pero no solo hay terrenos arenosos y arcillosos. Existen muchos tipos y nunca vamos a encontrarlos de manera pura, sino que suelen estar mezclados y se presentan de manera heterogénea.

Eso mismo nos sucede a nosotros. Según el momento de nuestra vida, nuestra historia, nuestras experiencias, etcétera, asentamos de una forma u otra ante las nuevas cargas.

Además de la composición del suelo, también influye su morfología. Las capas del terreno, la existencia de oclusiones de aire y la presencia de agua.

El agua subterránea repercute en el comportamiento del terreno. Y lo peligroso es que no se ven desde fuera y se requieren estudios específicos para detectarla.

En algunas ocasiones un ligero impacto produce un gran efecto sobre nuestras emociones. Y esto puede ser debido a una antigua corriente de agua subterránea sin identificar. Cuando algo pequeño nos afecta mucho quizá debamos preguntarnos si la razón está en la carga externa o en el estado de nuestro interior.

¿Cómo asientas tú el impacto de las nuevas cargas, de los nuevos edificios? ¿Te das cuenta de que cada cuestión te afecta de manera diferente y también de forma distinta que a otras personas?

En todo caso, vamos a permitirnos siempre un tiempo para asentar las novedades, los cambios y los impactos emocionales. Vamos a darnos permiso para ser arcillas y a tomarnos nuestro tiempo. Que las partículas de nuestro interior se resitúen y se recoloquen. Que se encuentren en una nueva posición de equilibrio. ¿Te parece?

Tendencias…

A lo largo de los años he aprendido a diseñar viviendas. Mis profesores, mis lecturas, muchas sugerencias y la experiencia me han ido indicando cómo hacerlo de la mejor manera. El caso es que cuando proyecto tengo ciertas tendencias con las que no siempre conseguiríamos los mejores resultados. Con la formación he ido aprendiendo cuáles escuchar y cuáles no. No sé si son innatas o aprendidas en algún momento. Lo que sí sé es que están ahí. Por ejemplo, tengo una atracción a crear espacios muy abiertos y ventanas muy grandes: enormes cristaleras que ocupen, a veces, fachadas enteras. Pero luego necesito plantearme si estos ventanales funcionarán bien o no. Por ejemplo, a Oeste no resultarían prácticos. Entonces abandono esta tendencia y cierro esas fachadas con muros.

Cuando tú realizas alguna actividad, ¿tienes ciertas tendencias que no siempre resultan beneficiosas? Por ejemplo, si estás cocinando, utilizar mucho un ingrediente determinado. Si eres profesor o monitor, ¿tiendes a enseñar siempre con un mismo tipo de ejercicios? Y si lo tuyo es el diseño o la pintura, ¿estás tentado a utilizar más ciertos colores?

Pues me he dado cuenta de que arrastramos una serie de tendencias hacia determinadas emociones. Bueno, en realidad mi amigo Rafa me ha ayudado a darme cuenta. Te lo voy a explicar con mi propio ejemplo y así tú podrás observarte y darte cuenta de cuáles son tus tendencias. Yo me considero una persona con una conducta alegre, entusiasta y jubilosa. El caso es que no siempre ha sido así. He llegado a estos comportamientos tras muchos años de trabajo. Y en ocasiones me invade un halo de tristeza y me asusto. Siento que vuelvo a ese estado de añoranza que me resulta tan familiar. Y temo que el trabajo de todos estos años para lograr esos estados de ánimo positivos no han servido de nada, me noto en el punto de partida. Y me veo envuelta por emociones grises.

¿Esto qué significa? Significa que, en primer lugar, todos experimentamos todas las distintas emociones en los diferentes momentos de nuestra vida. Primero es necesario aceptar esto como algo natural. Todas las emociones. Incluyendo las más “feas” como la tristeza, el miedo, o el rencor. Forman parte de nosotros y las experimentaremos.

En segundo lugar significa que, en mi caso, existe una tendencia natural a la tristeza y a la melancolía. Y de vez en cuando vendrán a visitarme. Por haber trabajado mucho mi registro emocional, esos encuentros serán muy esporádicos. Pero seguirán apareciendo. Una vez que lo comprendo y lo acepto, les abriré la puerta cuando lleguen. Sin pensar que la alegría y el contento han desaparecido para siempre. Y me permitiré estar triste y apesadumbrada durante un determinado tiempo. En ese instante no estoy obligada a reír, a saltar ni a demostrar a nadie mi júbilo. Lo interesante es que yo en algún momento decidí que esas emociones no serían las protagonistas de mi vida y no permitiré que se queden demasiado rato. Solo el necesario. Sin regodearme. Las saludaré, y les serviré un té. Luego me despediré de ellas y la alegría volverá, sin forzarla, porque la he alimentado durante años y porque pienso seguir haciéndolo.

Sé que la tristeza tiene un lado positivo. Nos ayuda en momentos de duelo. Y en muchas ocasiones dispara nuestra creatividad. Yo he escrito mis mejores textos en momentos de pesadumbre. Y, en definitiva, conozco mi atracción por ella así que le permito venir de vez en cuando pero sin que se acomode en mi casa. Paso un rato con ella y después, educadamente, la acompaño a la puerta para que vuelva a salir.

Ahora que he entendido esto no me asusto cuando me siento apenada. Incluso, aunque no encuentre motivos para ello. Sé que mi alegría no se ha ido para siempre. Es más, el entusiasmo querrá volver a casa porque siempre ha sido un invitado de honor. No me da miedo que se ausente algunas ocasiones. Sé que regresará.

¿Y tú? ¿A qué emociones tienes tendencia? ¿Quizá al miedo? ¿Al enfado? ¿A alguna otra? No les des la espalda. Es mejor que alimentes otras emociones (las positivas) y sepas que las de siempre te harán una visita de vez en cuando. Permíteles pasar, pero que no traigan equipaje. Un encuentro cortés y luego las despides amablemente. Verás que pronto vuelven esas emociones buenas a las que llevas tiempo alimentando.