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PERDÍ EL VUELO

TurkishComo todos los que me escuchan al contarlo se ríen –aunque yo todavía no le he encontrado la gracia- voy a narrar lo que me sucedió el día que perdí el vuelo en Estambul. Para más inri… sentada frente a la puerta de embarque.

Mi recorrido habitual en mis viajes a España es de Doha a Estambul y de Estambul a Valencia, tras una parada de varias horas en el aeropuerto de esta ciudad que une Oriente y Occidente.

Y sí, sucedió yendo hacia España y no volviendo a Qatar. Esto es lo que más gracia suele hacer entre mis compatriotas, que comentan que se podría entender perder el avión al volver… ¡pero nunca viajando a España!

¿Por qué lo perdí? Pues todavía no lo tengo muy claro. Al aterrizar en Estambul, miré en las pantallas cuál era la hora de salida y mi cerebro interpretó que era la de embarque. Creo. Así que me paseé por el aeropuerto, desayuné y, finalmente, me senté frente a la puerta de embarque a esperar. A mi favor diré que no había pantallas de esas que anuncian el próximo vuelo y la hora en que se sube al avión. Solo asientos. Y allí me dispuse esperar, cansada y adormecida y también con ilusión por el viaje.

Esto ocurrió a mediados de diciembre. Era la primera navidad que celebraría en tres años. Las dos anteriores las había pasado en Doha, trabajando y sola. No le tengo especial afecto a esta fecha, pero me gusta contarlo porque suele despertar pesar en quien me escucha.

Pues bien, allí estuve yo, leyendo. Sentada. Creo que di un paseo por la terminal en algún momento para evitar dormirme o que el aburrimiento pudiera conmigo.

A la hora del supuesto embarque me di cuenta de que no había ningún movimiento. Levanté la cabeza de mi libro y me pareció que la gente que esperaba era otra.

Me acerqué al mostrador para preguntar y la chica me dijo que ese vuelo se dirigía a Frankfurt (creo) y que el mío estaba despegando en ese momento.

La secuencia fue la siguiente: primero se me quedó cara de tonta durante unos segundos. Luego tomé conciencia de que mi avión había partido sin mí. Supuse que estaba soñando y que despertaría en breve. Esto me ha sucedido muchas veces. Me ocurre una desgracia, como una inundación en mi casa, la pérdida de una persona cercana o cometo un error con graves consecuencias. Entonces tomo conciencia de que estoy soñando, me relajo y me despierto. ¡Pero pasaba el tiempo y no me despertaba! Ahí seguía yo, en un contexto extremadamente vívido y la realidad me aplastó. ¡He perdido el avión!

Tuve ganas de llorar, pero justo antes de empezar decidí posponerlo. Mejor solucionaba primero la situación y luego, ya si eso, te pones a llorar, Geles.

He leído muchos libros de psicología positiva y sé que un hecho aciago se puede convertir en una ocasión especial. Ahí estaba yo, atrapada por un día en Estambul, una ciudad que no conocía pero que siempre he querido visitar. Quizá podía tomármelo como un regalo. Pensaba esto mientras veía el exterior del aeropuerto a través del muro cortina (fachada de cristal). Llovía, el día era gris, yo estaba cansada, cargaba con una maleta y pensé… ¡a tomar por saco la psicología positiva! De aquí no me muevo. Y en lugar de convertir las próximas veinticuatro horas en una visita turística por sorpresa y con un tono exótico, aquí me quedo. Triste y amargada porque iba a mi casa y he perdido en avión.

A partir de ahí recuerdo una sucesión de mostradores, controles, caras de pena y una serie de indicaciones inconexas. Por fin conseguí salir a la otra parte del aeropuerto, previo pago del visado. Una vez más, gracias, querido pasaporte español. Simplemente pagando unos veinte euros y sin solicitud previa, mis pies pisaban suelo turco.

Siguiente estación de mi odisea: enterarme de que mi maleta no había volado y recogerla. Ya podían haber puesto tanto interés en llamarme como lo hicieron en descargar mi equipaje. Pasé por la aduana y lidié con un señor que no se creía que la foto de mi pasaporte era mía. A esas alturas yo ya no estaba para muchas tonterías. Le dije que era yo. Que si no se lo creía, poseía documentación oficial española y qatarí que lo corroboraban. Que había perdido un vuelo, no había dormido la noche anterior y que nos dejara salir a mi maleta y a mí.

Comprar un nuevo billete tampoco fue sencillo y me enviaban de un mostrador a otro. Una pareja intentó colarse en uno de ellos y, rapidito y en un inglés más fluido que nunca, los mandé a la cola.

Cuando ¡por fin! me dejaron comprarlo, encontré un vuelo a Madrid para ese mismo día. Le pregunté al chico si aceptaban euros y dijo que sí (aunque al final pagué con mi tarjeta qatarí). Cuando le pregunté cuánto era me enseño la calculadora y vi que ponía cuatrocientos y pico. No quise ni pensarlo, no había elección y di gracias por poder pagarlo.

Transcurridos unos días revisé mi cuenta bancaria en internet y tenía un cobro de casi quinientos riales qataríes (unos cien euros) que no identificaba. En Turquía. Por otra parte, no encontraba el pago del vuelo. Entonces caía en la cuenta de que esos más de cuatrocientos no eran euros sino libras turcas… ¡qué alegría me llevé!

Ya con el nuevo billete en la mano y el equipaje –de nuevo- facturado, compré un cargador para el móvil y en otro sitio, un café que incluía conexión a internet. Pude comunicarme con mi madre para decirle que se quedara tranquila, que ya tenía billete y que volaba a Madrid. Yo la había llamado por la mañana, tan pronto como me había dado cuenta de que no estaba soñando. Y creo que se había quedado un poco preocupada. Pero ya estaba todo solucionado. Llegaría a Madrid cerca de las doce de la noche. Por favor, ¿puedes buscar horarios de tren o autobús para ir a Valencia? Ella no encontró nada para esa noche. Tendría que esperar al día siguiente. O comprar un vuelo con Iberia con un precio tan escandaloso que rechacé de inmediato. Bueno, ya cogeré un AVE temprano. Aun así llegaría antes a casa que si me hubiese tomado al vuelo que iba a Valencia. Y por lo menos, esperaría en Madrid y no en el aeropuerto de Estambul, lugar que estaba empezando a odiar.

Faltaban unas horas para el embarque. Sentada en una silla incómoda en un rincón de aquella cafetería, con la situación bajo control y la perspectiva de llegar a España esa noche, sentí cómo descendían mis niveles de adrenalina, así como la tensión en mi cuerpo al tiempo que notaba cómo aumentaba el cansancio y aparecían las ganas de llorar.

Me sentí sola.

Intenté no llorar para que no me viera la gente pero no puede evitar que se me escaparan unas lágrimas.

Me sentí desdichada en ese momento. Sabía que era por el cansancio y por los nervios vividos, pero me sentí desdichada y sola.

Una buena noticia mitigó mi tristeza: mis padres me recogería en Madrid.

Una vez que mi vuelo Estambul-Madrid despegó me relajé, tomé conciencia de que en unas horas estaría en España. Sentí la emoción del viaje y la alegría por las vacaciones. No había estado allí en los últimos ocho meses ni tampoco había tenido descanso en el trabajo.

Me sentía contenta cuando la azafata me acercó la bandeja con la cena. Me preguntó qué quería beber y me di cuenta de que estaba rumbo a España. Esa sería la primera comida de mis vacaciones y… ¡tenía que celebrarlo! Una botella de vino blanco, por favor.

Y sí, lo celebré. El vino multiplicó mi alegría y me ayudó a dormir el resto del trayecto.

El Adolfo Suárez me dio la bienvenida. Cuando abracé a mis padres supe que no estaba haciendo ninguna escala sino que había llegado al final del trayecto. ¡Qué emoción hablar con ellos, contarles durante el camino, comer mandarinas de Valencia…!

El entusiasmo me hizo sentirme activa. Tenía ilusión, alegría, contento. Noté que mi padre estaba cansado, así que me ofrecí a conducir, con la única condición de que me hablaran para espantar el sueño. Y todavía quedaba una anécdota para completar el viaje. Apenas salíamos de Madrid y como parte de los controles de navidad, me paró la Guardia Civil. Documentación y alcoholímetro. Aunque disimulé la tensión mientras soplaba, la botella de vino blanco ocupaba mis pensamientos, pero por lo visto sus efectos se quedaron en el espacio aéreo de algún país europeo. Cero, cero, puede continuar.

Y ésta fue la aventura de cuando perdí mi vuelo en Estambul. Mi familia y amigos siguen gastando bromas acerca de aquello y cuando cuento la historia todos se ríen. Quizá algún día a mí también me haga gracia.

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¿”DE OBRA” O DE MADERA?

CercaoNo solemos ser conscientes de las circunstancias en las que vivimos si no las comparamos con otras referencias, especialmente, durante la infancia.

Yo me crié “entre materiales de obra”. Y no me di cuenta hasta que mis compañeros de universidad me dijeron que nunca habían visto una bovedilla, que su padre no fabricó –literalmente- bloques de hormigón ante ellos y que nunca habían observado encofrar una escalera.

Que se habían encontrado dentro de una obra ni habían olido el cemento fresco. Entonces me di cuenta de lo que yo había experimentado durante mis primeros años. Todo ello, a pequeña escala y con la eterna referencia de nuestra casa del pueblo, cuya construcción se prolongó durante tantos años.

En la asignatura de materiales de construcción aprendí que esas bolitas con las que jugábamos mi hermano y yo no se llamaban garbanzos sino arcillas expansivas y que se utilizan, principalmente, para aligerar cubiertas y aportarles cierto grado de aislamiento.

Cuando iba al instituto mi padre fabricó una mesa de pimpón con chapas de encofrar. Después de haber jugado tantas horas en aquella mesa, al hacerlo en una oficial la única diferencia que percibo es el tipo de rebote. Por todo lo demás era como una reglamentaria: medidas, altura, red… solo que era reciclada con elementos de construcción.

Si hago balance de mi vida profesional, me he sentido más traída por los aspectos constructivos y estructurales de los proyectos que por otras cuestiones. La materialidad de las obras me sigue fascinando.

Desde que trabajo en interiorismo esa materialidad es diferente. Además, mi empresa posee una fábrica y ahora empleamos madera, MDF, enchapados, laminados y melaninas las más de las veces. Los acabados, la forma de trabajarlos, la maleabilidad y el lenguaje son diferentes.

Yo, por inercia, sigo pensando “en obra”. Luego suelo recordad que vivimos de la madera y no de subcontratar bloques y cemento. Todavía no me siento suelta diseñando con este lenguaje (aunque ahora ya, sin culpa), pero he entendido que es una cuestión de aprendizaje. De adquirir conocimientos y experiencia. Observar cómo proceden otros y utilizar mis conocimientos con ese otro lenguaje al que sí estoy habituada.

En definitiva, he cambiado los materiales de obra, con los que tan familiarizada me sentía por las posibilidades que ofrecen las carpinterías y el corte CNC.

Aunque no sea lo que más me mueve en el mundo, lo encuentro interesante. Conforme transcurre el tiempo voy me voy aclimatando y aprendiendo a quererlo. No me imagino dedicándome a esto durante toda una vida, pero siento que un día echaré la vista atrás y encontraré un sentido al haber trabajado en el diseño de interiores. Como decía Steve Jobs, podré unir los puntos.

OTRO REGRESO

AeropuertoAterrizo en el aeropuerto de Doha, me siento cansada a causa del viaje. Viaje como trayecto que suponen los dos vuelos y el trasbordo en Estambul y viaje como las dos semanas transcurridas en España, con todas las actividades, reencuentros y emociones que supone.

El aeropuerto está desierto. Imagino que es por la fecha. Apenas ha transcurrido una hora y media desde que aterrizamos en este año 2.015. Aquí, porque en España todavía pasarán treinta minutos hasta que millones de personas tomen doce uvas al unísono.

Me dirijo hacia los controles, sorprendentemente vacíos y, de nuevo, mi cola es la que indica “otras nacionalidades”. Mientras avanzo en zigzag una atmósfera conocida y característica me envuelve. Es el aire, el aroma, son los sonidos. Es la escena en la que me encuentro. En dos años este ambiente se ha convertido en algo familiar para mí.

Un qatarí ataviado con su thobe me atiende. Revisa mi pasaporte mientras pregunta de dónde vengo. En lugar de sonreír, me ofrece una mueca seca y hastiada y el gesto me resulta agradable por lo familiar.

Mientras camino hacia la cinta que me devolverá mi maleta me siento cómoda. En casa. La sensación me resulta agradable y se mezcla con el aroma a incienso y perfume que emana de las tiendas del aeropuerto y embriaga el ambiente. Es la primera vez que piso este escenario porque no había volado después de la inauguración del nuevo aeropuerto. Los espacios son más modernos y delicados. Los materiales anuncian la ostentación que se vive en una parte del país, pero la esencia es la misma, ésa que me ha acogido los dos últimos años de mi vida y que se ha convertido en parte de mí. Vuelve a mi cabeza un pensamiento recurrente: “el día que regrese a Europa echaré de menos este país”.

Recuerdo la inquietud que había vivido unas horas antes en el aeropuerto de Estambul, que tan ajeno y extranjero me resultaba. Y a la vez, el recuerdo que tenía del viaje de ida, cuando perdí el vuelo a Valencia desde Turquía por despistarme, aunque esta anécdota la contaré completa en una entrada más adelante. El caso es que estoy en casa, en mi otra casa. La de aquí. Siento que Qatar me da la bienvenida. Agradezco ciertas comodidades que encuentro desde el primer momento.

De camino a casa y con el último retazo de energía que me queda, charlo con el taxista, de origen indio. Me dice que soy la primera clienta del año, se interesa por mi país de origen y me confirma que Doha sigue igual y en el mismo sitio que yo la dejé. Es curioso, utilizamos un inglés deshilachado y mal elaborado pero nos entendemos con naturalidad y facilidad. Y me parece más sencilla la comunicación que con la chica que conocí durante el vuelo. Su familia era de origen paquistaní y ella vive en Reino Unido. Era muy amable y hablaba perfectamente. Yo me esforzaba por utilizar un inglés correcto, algo que no necesitaba con el chico que me acercaba a casa.

Mi piso completó la bienvenida. El lugar que yo he organizado, el espacio que solamente yo habito me recibió con cariño.

Y así fue como la familiaridad de este entorno atenuó el regreso a Qatar después de las Navidades, tras esta visita a España, después del reencuentro con mi familia, mis amigos y mis lugares (mis lugares de allí).

Pasión por amor

bandera-de-qatar_511df5fc6d41d-pPronto hará dos años que empezó mi relación con este país. A lo largo de este tiempo hemos atravesado diversas etapas. Todas buenas aunque no todas fáciles.

Cuando llegué me sentí fascinada por él. Tanto, que me olvidé de mí misma para empatizar con su carácter y su forma de ser, o mejor dicho, con lo que yo interpretaba que era su personalidad. En este intento de fusión comencé a pensar diferente, a comportarme de manera distinta, a vestir de otro modo…

Partí de la idea errónea de que mimetizándome con él, Qatar me amaría más. Pero no fue así. Con el tiempo descubrí que este país me quiere tal y como soy. Mostrándole respeto, considerando ciertos límites, pero siendo yo. Comportándome como lo he hecho siempre y pensando con mi propio criterio.

He vivido con pasión este tiempo, las emociones han sido intensas y cada nuevo día era una explosión de entusiasmo. Yo no era consciente de que la euforia me absorbía tan gran cantidad de energía.

Agotada esta etapa de pasión, con cierto atontamiento incluido, creo que empieza el amor, que es un sentimiento más sereno y profundo.

Me he recolocado en un punto de vista más objetivo. Ahora veo sus defectos y su cara menos bonita. Reconozco sus sombras y las acepto. Así es, las noto y no me gustan. Podría irme y elijo quedarme.

Ahora mi vida es algo más que él. Sí, vivo aquí. Esta ciudad, esta gente y esta cultura forman parte de mi día a día, pero mi vida es algo más. Qatar supone una parte, pero no es el centro del todo.

Posiblemente haya despertado de la hipnosis, del estupor y apabullamiento que el país despertó en mí cuando llegué.

Por Qatar dejé a otro novio que se llamaba Desata TU Potencial. Fue duro y costoso. Me separé de la asociación aunque sigo manteniendo el contacto y queriéndola. Eso sí, de un modo más sereno y sosegado. Sigo enamorada de DTP y creo que lo estaré siempre. ¿Cómo no estarlo?

Al principio me sucedió lo mismo que con Qatar (quizá deba revisar mis patrones de comportamiento), me sentí eclipsada por los valores de la asociación, las actividades que se realizaban y, sobre todo, por las personas que la formaban.

Durante un tiempo descuidé mi trabajo y ciertos aspectos de mi vida porque quería pasar más tiempo en las actividades de DTP, con mis amigos de la asociación, asistir a más cursos, más clases, más cenas. Mi familia llegó a decirme que estaba obsesionada y que no hablaba de otra cosa. Cinco mil kilómetros de distancia pusieron freno a esa pasión desaforada con la que vivía.

Y entonces llegó Qatar y comenzamos nuestra andadura juntos. Con él he tenido alegrías y también momentos de dificultad. He echado de menos a mi familia y a mis amigos y aquí han aparecido personas nuevas y maravillosas.

He añorado mis paisajes, mi serranía y el aroma de la atmósfera en la que antes vivía. También he descubierto la intensidad y la magia del desierto.

He cambiado la cerveza por el lemon mint.

En definitiva, he vivido dos años de pasión ante los descubrimientos y mi nuevo día a día. Y ahora me siento más serena, apaciguada. Mis días son menos intensos y más calmados. He cambiado la pasión por una relación más serena, quizá por amor.

Gracias, Qatar.

Al Koot Cafe

Al KootOnce again in Souq Waqif. For me, the best place in Doha and perhaps one of my favorites in the world.

Today I came alone, as so often. I enjoy walking. I am captivated by the aromas and feel the energy of the place. Withstands the weather becomes already a challenge, but worth coming here. I watch the parade of people, this is a rich contrast. I evade myself among the murmur of multiple conversations and reach my favorite terrace. Al Koot Café.

Here it’s prepared -for me- the best lemon mint.

The waiters are friendly. They know me, say hello and smile. Sometimes they say a few words in Spanish and I accompanied my juice with a shisha. As usual, it is flavored with mint.

I am not alone, my words join me and I liberate them through the lines of this notebook, which always comes with me.

Fans soft the feeling of hot and spray tiny drops of water to relieve the sultriness offered by this climate.

I’m still smoking and my view is recreated in the landscape. Irregular yellowish stucco facades cut the skyline. The majestic moon hangs overhead and provides magic to the night.

I come back to myself. Come back to the one I was when I arrived to this city. To the one I have been the past few troubled months. And I leave again myself, breathing.

I feel peaceful, lucky to be here, grateful for the sense of peace and I enjoy the moment.

I do not think about the future. I forget the past and enjoy my lemon mint, my shisha and the simple moment, sitting right here. Al Koot Café.

Doha, May 29th, 2014

Al Koot Café

Al KootDe nuevo en Souq Waqif. Para mí, el mejor lugar de Doha y quizá uno de mis favoritos en el mundo.

Hoy vengo sola, como tantas otras veces. Disfruto de un paseo, me dejo embriagar por sus aromas, siento la energía del lugar. En estas fechas ya nos reta el calor, pero merece la pena venir. Observo el desfile de gente, un rico contraste de personas. Me evado entre el murmullo de múltiples conversaciones y llego a mi terraza favorita. Al Koot Café.

Aquí preparan los que para mí son los mejores lemon mint.

Los camareros son amables. Me conocen, me saludan y me sonríen. A veces me dicen algunas palabras en español. Yo acompaño mi zumo con una shisha. Como siempre, con sabor a menta.

No estoy sola, me acompañan mis palabras, a las que libero despacio en las líneas de esta libreta, que siempre viene conmigo.

Los ventiladores suavizan la sensación de calor y pulverizan minúsculas gotas de agua para atenuar el sofoco que nos ofrece este clima.

Sigo fumando y mi vista se recrea en el paisaje. Las fachadas irregulares revestidas con estuco amarillento recortan el cielo. La luna cuelga majestuosa en lo alto y aporta magia a la noche.

Me reencuentro conmigo misma. Con la que yo era cuando llegué a esta ciudad. Con la que he sido los últimos y atribulados meses.

Me siento tranquila. Afortunada por estar aquí. Agradecida por la sensación de paz y por poder disfrutar el momento.

No pienso en el futuro. Me olvido del pasado y disfruto de mi lemon mint, de mi shisha y del Ahora, sentada en este sitio. Al Koot Café.

 

Doha, a 29 de mayo de 2014

Cocinas

CocinaNos han encargado el interiorismo de una nueva villa. La distribución está completa y mi ego tarda poco en manifestarse criticando con dureza los planos, las circulaciones y la relación de espacios, “seguro de que yo lo habría hecho mejor” me dice. Luego me relajo, intento callarlo y recuerdo que mi labor no consiste en juzgar ni despreciar el trabajo previo sino en aceptar lo que llega y vestirlo de manera que consiga los mejores resultados.

Así que me pongo manos a la obra. ¡Vamos a por los interiores! Cuando llego a la cocina combino medidas, colores y texturas. Distribuyo, asigno, dibujo, decido… ¡y me paro! Me paro a pensar en la importancia de esta pieza, mucho más allá de su función.

La cocina es el lugar donde se almacenan y preparan los alimentos, pero también es, en muchas ocasiones, el espacio donde se desarrolla una parte importante de la vida de una familia.

Cuando trabajaba en España algunos clientes me pedían cocinas espaciosas porque no la iban a utilizar solo para cocinar, sino que “iban a hacer la vida” en esta pieza.

Cuando vivía con mis padres la cocina se utilizaba para preparar los alimentos. Nunca tuvimos televisión, ni mesa donde reunirnos a comer. Mi madre pasaba muchas horas dentro, afición que yo nunca he heredado, por cierto, pero sí recuerdo haber compartido muchos momentos con ella, sentada yo en un taburete, con una taza de té en la mano, mientras ella despiezaba un pollo sin inmutarse, amasaba pan o experimentaba con nuevas recetas. Mientras tanto, yo tomaba mi té y charlábamos. Supongo que nunca conquistaré a un hombre por el estómago… ¿qué le vamos a hacer?

Continuando con la función social de esta pieza dentro de la vivienda, existen casas donde se come, se cena y se desayuna en la cocina. Éstas se convierten en una estancia cálida del hogar, en uno de los principales espacios públicos de la casa.

El piso donde viví con mi hermano disponía de una cocina grande y la mesa de comer estaba dentro y no en el salón, aunque muy diferenciados el lugar donde cocinar y el de comer. Eran dos espacios distintos pero sin que ningún tabique los dividiera, en realidad no se abrazaban como sí lo hacen en otras cocinas.

Así que he vivido en casas con ambos tipos. Y antes de volver al diseño de la cocina para nuestro cliente qatarí, dime, ¿cómo es la tuya? ¿Qué usos le das o le dais? ¿Lugar para preparar alimentos solamente o es el verdadero corazón del hogar?

¿Está integrada con la zona de estar, con el salón, o es una pieza cerrada? ¿O quizá está en un punto medio, como una cocina americana?

¿Qué recuerdos te traen las cocinas de tu niñez? ¿Quién cocinaba en casa? ¿Qué importancia le atribuíais a esta labor, preparar comida como si de un mero combustible se tratar o era un verdadero ritual?

Y por último, ¿cómo sería la cocina de tus sueños? En caso, claro, de que tengas una cocina de tus sueños porque para mí tres metros cuadrados me bastan, nunca anhelaría más.

Un mundo para elegir

Dubai siDe nuevo me encuentro abierta a los cambios, dispuesta a explorar nuevos caminos. ¿Por qué no? Todo es posible. Tras algo más de un año en Qatar, voy por mi tercera casa, mi segundo empleo y pronto, por mi cuarto coche.

En mi vida han aparecido muchas personas. Distintas culturas, razas, idiomas. He encontrado amigos, conocido clientes, tratado con gente de lo más diversa. Sin perder mi norte y sin descentrarme, me he sentido embriagada de emociones. Alegría, añoranza, entusiasmo, momentos de euforia. Incluso, miedo.

No sé hasta qué punto me he dejado llevar por los acontecimientos, qué parte he elegido y cuánto ha sido decidido de manera inconsciente. Siento que Dios me acompaña y que el Universo se ocupará de que cada paso sea el que me corresponda dar. Me siento en constante crecimiento y tengo la sensación de que mi vida trascurre más deprisa que nunca. No sé si será una forma de vida (como diría mi amiga Carmen) o se trata de algo temporal.

Y me pregunto si me estoy perdiendo. O si me estoy dejando llevar cual hoja al viento. ¿Recuerdo dónde quiero llegar? Porque lo de disfrutar del momento sí que lo hago. Pero no sé muy bien si estoy alineada con mis objetivos vitales. ¿Lo estoy? Pues creo que sí. No obstante, no tengo claro que vaya siguiendo el camino más corto. ¿Esto es bueno? ¿Es malo? No lo sé…

¿Y si cambio de trabajo? Me gusta lo que hago, pero en cualquier otro sitio me pagarían mejor. Pero si yo siempre he dicho que el dinero no es lo más importante… Ya, pero es un aliciente. Y si hacemos un pequeño giro, ¿qué tal sería vivir en Dubai? No me asusta el cambio, al contrario, se ha convertido en algo natural en mi vida. Camino con poco equipaje. Sólo tengo que buscar un empleo, todo lo demás será fácil. ¿Ahora que me conozco la ciudad? Podría conducir en Doha con los ojos cerrados. Y probablemente, no lo haría mucho peor que muchos coches que circulan por ahí. ¿O es que ahora que me la conozco se ha terminado la motivación? ¿Y mis amigos? He pasado suficientemente tiempo con ellos como para mantener la relación. Con algunos de ellos, para siempre. ¿Y conocer gente nueva? Pues forma parte de la vida. Nuevos retos. Geles, ¿no estás exhausta? No lo sé. ¿Todavía tienes energía para empezar de nuevo, en otra ciudad? Pues creo que sí. ¿No es acaso la vida un empezar de nuevo cada día?

Si me mudo, quizá sea mejor centrarme en mí y no tratar de establecer relaciones. Necesito reencontrarme. ¿O acaso no estoy en estrecho contacto conmigo misma? Todo a mi alrededor se mueve, pero por dentro mantengo el equilibrio. Todo lo demás… simplemente está fuera. Pasa, sucede… ¿No tengo tiempo para mí o en realidad todo el tiempo me pertenece?

Ya no me asusta buscar un empleo, cambiar de país, aprender otras lenguas…

No me da pereza cambiar. Volver a empezar. Aunque nunca es empezar. Es un continuar. Y la vida fluye. Ni se para ni arranca, sino que va siguiendo su curso.

Quizá deba recordar cuál era mi rumbo. O cuál quiero que sea. Caminar está bien. Pero no quiero olvidar hacia dónde me dirijo. ¿Forman estos cambios parte de mi destino final o me estoy dejando llevar por las circunstancias? ¿Estoy hecha un lío o es claridad lo que hay en mi corazón?

Más noticias en las siguientes entradas.

¿Tú estás hecho un lío o sabes hacia dónde vas? ¿Te dejas llevar? ¿Eliges los cambios según corazonadas, circunstancias o un mapa de ruta que trazaste al principio del camino?

¡Ah! Hay una cuestión que tengo muy clara. Haga lo que haga, voy a ser feliz. Voy a seguir siendo feliz. Porque lo decidí hace mucho tiempo y lo pongo en práctica a diario. Pase lo que pase, tome el camino que tome.

Proyectos locos

Proyectos locosRecuerdo que un profesor de la universidad en una ocasión nos comentó que un arquitecto proyecta de manera diferente dependiendo de su estado de ánimo. Estoy convencida de que así es. Y no sólo en nuestra profesión, lo es en todas aquellas en las que se pone en práctica la creatividad.

¿Y es acertado dejarse llevar por las pasiones e imprimir nuestras emociones en la obra? Ésta puede llegar a ser, incluso, una vía de catarsis y preñarse de esos sentimientos.

¿Vivimos siempre con el arrojo necesario para tomar cierto tipo de decisiones? Especialmente, si son arriesgadas, vitales para nuestra obra.

¿Y si nos volcamos en un diseño innovador, osado, atrevido hasta límites insospechados y, a continuación, le mandamos la propuesta a nuestro cliente? Como si de un acto impulsivo se tratara. Con todos los bocetos. Según algunas opiniones, en caliente.

Si el cliente acepta, puede ser la obra de su historia, ¿quién se atreve a construir algo así? Se dice que no, pasarás a la historia como el arquitecto que le hizo la propuesta de su vida. No se atrevió a llevarla a cabo porque suponía un riesgo demasiado algo. Debería invertir todo su dinero y arriesgar cuanto tenía. Comprometer, incluso, su reputación.

Para dar el paso hace falta creer en el proyecto, que parece descabellado, confiar en que se llevará a cabo y saber que su resultado te hará feliz el resto de tu vida.

Mientras tanto tú te quedas en el despacho, inquieto. Intentando no pensar demasiado en el tema porque te colma de vértigo. Dedicas tu tiempo y tu trabajo a tus otros clientes. Los fieles, los que apuestan por ti y consiguen con sus encargos que tu despacho funcione. Gracias a ellos puedes vislumbrar un futuro apacible.

¿Y si dice que sí? Si dice que sí, mi querido arquitecto, tendrás dos opciones. La primera, retractarte. Fallar a tu palabra y a las expectativas que tú mismo habías generado en el cliente mediante los cuidados bocetos y la propuesta. Ser cobarde y renunciar al diseñar el proyecto de tu vida por el riesgo técnico que supone. Acongojarte –quizá por primera vez- ante un reto.

¿Y si te dice que sí y te lanzas? Tu primera tarea será llamar a tus fieles clientes y decirles que los dejas, que no continúas con sus proyectos, a pesar de que habían creído en ti. Apostado por ti en todo momento, pudiendo estar con otros técnicos.

Querido arquitecto, tú que te has arrojado a cuanta aventura profesional te ha lanzado la vida, ¿te atreverías con ésta? Llegados a este punto creo que la respuesta está en uno buscar una respuesta. Quizá la vida se encargue de poner orden –como siempre- ante esta situación. Continúa trabajando en los diseños de tus buenos clientes. Atiéndelos como se merecen. Y, en caso de que el otro conteste, ya decidirás a qué proyecto te dedicas.

Redescubriendo

kataraLas chicas ya han vuelto a casa. Después de este regalo que ha durado dos semanas y que queda para siempre vuelvo a mi rutina. Más contenta, con el entusiasmo renovado y el alma refrescada. Claro, estos días han dado para mucho. Visitamos Dubai, estuvimos en el desierto y descubrieron Doha. Ellas, yo la redescubrí.

Cuando algo siempre está ahí solemos relajar en interés. Sin embargo, cuando sabes que ese tiempo concluirá te lanzas a disfrutarlo. Como tu ciudad. Yo viví ocho años en Valencia y la mayoría de los grandes descubrimientos y disfrutes de ésta los hice cuando tenía visita. Las chicas del Erasmus, un novio que tuve u otros amigos en casa fueron la excusa ideal para salir a vivir Valencia.

Lo mismo me ha sucedido aquí. El entusiasmo de mis amigas me ha llevado a enseñarles con ilusión los lugares más representativos de Doha. Y así, estuvimos en el Souq Waqif, Corniche, el Museo de Arte Islámico, la Perla, la West Bay y Katara. Pero ellas superaron estos sitios característicos y fuimos más allá. Doha es una ciudad pequeña. No hay tanta oferta cultural y de ocios como otras urbes. Especialmente, si la comparamos con Dubai. Pero tiene mucho para brindarnos.

En primer lugar, a ojos de un europeo, resulta pintoresca y genuina. A diferencia de Dubai, la cultura musulmana se respira en sus calles. Los qataríes, vestidos con su gutra de color blanco nuclear y las qataríes en abaya negra, forman parte del paisaje urbano.

Por otra parte, existe un mundo que para mí había sido casi desconocido: los hoteles. Lugares en los que se sirve alcohol, la gente viste de un modo muy occidental y no hay vigilantes para que los caballeros no molesten a las señoritas. Éste ha sido uno de mis grandes descubrimientos. En este año prácticamente no he salido a pubs o discotecas ni he bailado. No era consciente, pero lo había echado de menos. Y me he dado cuenta –gracias, nenes– de que existe toda una oferta de ocio dentro de esos hoteles. Y que además, los precios son asequibles.

En cuanto a la gastronomía, cada día comíamos lo habitual en Oriente Medio: hummus y mutabel con pan árabe. Aquí están presentes como aperitivo en muchas comidas y son como una especie de paté hecho a base de aceite de oliva y garbanzos o berenjena. También, ensaladas, baba ganoush (una mezcla de verduras) y falafel, que son unas bolitas hechas a base de garbanzos y verdura. Y como plato, entre los más característicos, el shawarma. Hasta yo, que he sido vegetariana durante seis años, me he animado a comer shawarmas de pollo.

Como bebidas, los zumos de frutas naturales. Y el rey, el lemon mint. Mis amigas, además de haberlo preparado en casa, se han llevado la receta y el refrescante sabor en su memoria.

En definitiva, han sido dos semanas maravillosas. Disfrutando del amor que me han regalado cada uno de los días y re-conociendo la ciudad. Ahora propongo que cada uno de nosotros redescubra su ciudad. Con o sin visita. Siempre hay lugares que tenemos pendientes. Exposiciones, edificios, parques… y no lo hacemos porque pensamos que siempre van a estar ahí. ¿Nos animamos?