NI TACONES NI AMERICANAS

IMG-20160313-WA0010Hoy lo sé, lo tengo claro, los tacones y las americanas no eran para mí.

Desde pequeñita me visualicé como una mujer de éxito a nivel profesional. Me imaginaba de mayor vistiendo trajes y ostentando una posición de responsabilidad en alguna empresa, dirigiendo equipos y liderando proyectos. Clientes y compañeros confiarían en mí, yo gestionaría bien y todos a mi alrededor se sentirían satisfechos con mi desempeño laboral.

Todo el mundo sabría lo buena profesional que era.

Durante años me entrené para ello. Estudié una carrera y aprendí a vestir con tacones y chaquetas o, al menos, lo intenté. Me imponía a mí misma una serie de corsés a todos los niveles. Intenté construirme un cuerpo y un alma a semejanza de aquella imagen que pretendía convertir en realidad. Objetivo, creo que lo llamaba.

Fingí ser seria porque creía que eso me envolvería en un halo de profesionalidad.

Quería “llegar alto”. Intenté modelarme. Nunca anhelé dinero pero sí relevancia social y reputación. Y, sobre todo, que mis padres vieran ese reconocimiento. Creo que ahí estaba el meollo del asunto, el origen de toda esta cuestión.

En algún rincón de mi subconsciente creía que si conseguía ser exitosa a nivel profesional, si les demostraba a todos lo que era capaz de lograr, entonces mis padres me querrían.

Hoy sé que mis padres me quieren por lo que Soy, no por lo que hago ni por las etiquetas que me cuelgue ninguna sociedad.

Hoy visito a una buena amiga que vive en otra ciudad. Visto una falda con muchos colores y unas sandalias planas. Me siento cómoda dentro de este envoltorio, por cierto. Ella me acoge en su casa y disfrutamos del reencuentro. Cuando me pone al día sobre su situación en la empresa me alegro por las noticias que me cuenta y al mismo tiempo me doy cuenta de varias cuestiones.

La primera, cómo ella disfruta con su trabajo. Se emociona, incluso, hablando de esos productos químicos con los que trata. Ha solicitado un ascenso y el próximo mes la envían a Filadelfia para asistir a un curso. Es una estupenda técnico. La admiro. Me alegro sincera y profundamente y me doy cuenta de cómo ese traje va con ella. No tiene que modelarse ni necesita constreñir cuerpo ni alma para vestirlo.

Mi segunda nota es que no me he comparado con ella ni sentido frustración después. Esto es algo nuevo para mí.

Me siento libre, puedo fluir. Esta falda con tantos colores me hace sentirme cómoda.

Tengo un empleo relativamente cómodo que me proporciona unos ingresos a final de cada mes. No es un puesto de dirección ni de responsabilidad. Mi jefa es más joven que yo. Mi sueldo no es alto. No tengo previsto ascender en la empresa ni potenciar mi carrera profesional.

Reconocer esto es tremendamente liberador. Supone soltar un peso que he estado cargando durante toda mi vida.

Reconocerlo también duele.

Duele porque dejarlo ha sido como una amputación. Estaba tan fusionado con mi propio cuerpo que despegarlo ha dolido.

Duele porque he tomado consciencia del daño que me ha causado durante tanto tiempo. ¿Por qué me he tratado tan mal? Le he hecho a mi alma lo que le hacían tantas chinas a sus pies para que fuesen pequeñitos. Pero tampoco te culpes, Geles, las cosas son como son. Solo da gracias por haberte liberado de esos ceñidores que te apretaban como las vendas en los pies de aquellas niñas chinas. Ahora puedes andar con comodidad, Geles. Ahora puedes, incluso… ¡volar!

Duele porque perdura una cierta inercia, un ápice del peso que he dejado y en algún momento me acecha y me lleva a pensar que no he conseguido ni tampoco voy a lograr lo que quería demostrar a mis padres. Creo que es cuestión de tiempo y que esta tendencia acabará por desaparecer completamente.

Y ahora sí, libre, vestida con colores, con mis pies liberados, con la admiración sin comparaciones que profeso hacia mis amigas profesionales… ahora siento que puedo volar.

Dubai, a 18 de marzo de 2016.

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NADA QUE PERDER

20160103_132902Recuerdo la primera vez que sentí esta sensación, la de “nada que perder”. Cursaba yo mi primer año en el instituto y estaba en un nuevo ambiente, nuevos compañeros y hasta en otro municipio. Ese cambio había sucedido a varios otros y mi capacidad de adaptación era lenta. Carecía de habilidades sociales y me costaba establecer nuevas relaciones. En ese momento mis padres decidieron que cambiara, otra vez, de centro escolar. Esta vez la razón no era una nueva mudanza sino que ellos pensaron que recibiría una mejor formación en uno privado en lugar de continuar en el público al que asistía. Decía mi padre que cuando pasaba por la puerta veía estudiantes saltándose las clases y fumando porros.

Rogué con todas mis fuerzas quedarme, no quería volver a cambiar. Como sacaba buenas notas y era una alumna aplicada, mis profesores hablaron con mis padres, pero ni con esas…

El caso es que este centro privado y religioso les parecía más conveniente para mi formación y solicitaron una plaza. Uno de los requisitos para acceder era superar unas pruebas, una especie de examen de acceso. Imagino que aquel ejercicio formaba parte de su estrategia de marketing y no era realmente selectivo, el caso es que allí estaba yo, a mis catorce años, asistiendo a unos exámenes para poder ser admitida en un colegio al que yo no quería ir.

Todavía recuerdo aquella tarde, transitando los pasillos del que luego sería mi nuevo instituto. Puedo rememorar, incluso, el aroma del aula donde hicimos las pruebas. Y fue cuando esa sensación me inundó por primera vez. Nada que perder. No pasaba nada si fallaba, si suspendía. No estaba nerviosa, inquieta ni preocupada. No me imponían las instalaciones ni los profesiones a los que vi aquel día. No tenía… nada que perder.

Esa sensación ha vuelto a mí varias veces a lo largo de mi vida. El nada que perder, ningún objetivo valorado en juego. Tranquilidad, sosiego, calma e indiferencia ante el resultado.

A lo largo de mi vida ciertas figuras de autoridad me han impresionado. También, algunas instituciones y edificios. Pero cuando he sabido que no tenía nada que perder, entonces ni la más pretenciosa de las organizaciones ha sido capaz de amedrentarme.

Y así me siento ahora. Esperando a que se resuelva la situación de mi visado en este país, una cuestión que parece que no termina de aclararse.

Sí necesito saber cuál va a ser la resolución para organizar mi vida en consecuencia. No estoy soportando bien la incertidumbre y necesito empezar a planificar el año.

Eso sí, no temo que le denieguen el permiso a mi empresa. Como la tarde que me examinaron en aquel instituto de BUP, no me importaría ser rechazada. Esta vez, por el estado de Qatar. Me atraen las consecuencias de que no me transfieran el visado y me plantearía regresar antes a España. Este plan se ajusta a mis anhelos.

Nuevamente me siento con la ligereza que aporta el saber que no tengo nada que perder. Supongo que existe un nivel superior de este estado, que es sentirlo en esas situaciones en las que sí creemos que nos jugamos mucho. Nada es tan importante en la vida, o casi nada, como para destruir nuestro estado de paz, nuestra calma.

¿Seré capaz de mantener la serenidad en situaciones en las que crea que “hay algo que perder”? Quizá podría empezar a relajarme en medio de la incertidumbre que en la que vivo. Voy a por ello, a ver si llego…

ENCUENTRO FORTUITO

IMG-20151123-WA0011Finales de febrero y en Qatar se ha acabado el invierno. Es sábado y tengo una cita, pero es una cita con mi querida amiga Azadeh. Hace unos meses que han abierto un nuevo zoco en Al Wakrah, que es una ciudad cercana a Doha, y allí quedo con mi amiga para comer.

Nos sentamos en una terraza del paseo, enfrente del mar y bajo ese sol que todavía no asedia, es más, acaricia la piel con suavidad. Disfrutamos de un plato de kebsa, de un zumo y, sobre todo, de la compañía.

Frente a nosotras caminan algunos paseantes. Árabes y occidentales definen el paisaje. De repente reconozco a uno de ellos. Es George, un antiguo amigo. Lo acompaña una chica. Me levanto a saludarlo, creo que ambos nos alegramos de vernos. Puede que no tanto su amiga, que no para de escanearme en dos sentidos: de arriba abajo y el opuesto. Me parece que es india y también nos saludamos. Charlamos un poco y luego ellos continúan su paseo. Yo vuelvo a mi asiento.

Comento el encuentro con mi amiga y me doy cuenta de que no me ha alterado en absoluto. Me he alegrado de verlo como si me hubiese encontrado a cualquier amiga. Tampoco me había afectado el verla a ella.

Este hecho puede parecer obvio, incluso, ridículo el redactarlo y convertirlo en post. Pero para mí es algo nuevo. No queda tan lejos aquel día en que Osama 2 y yo ya habíamos terminado y me lo encontré tomando café con una chica. Estuve afectada durante dos días. No disfruté la comida con mis amigos y me alteró infinitamente. Por supuesto, los saludé y él se apuró de manera increíble. Tanto, que al día siguiente me escribió para contarme una milonga sin que nadie le hubiera preguntado nada. Yo simulé que no me había influido el encuentro y le recordé que ya no teníamos nada, que era libre de salir con quien quisiera y que no tenía por qué darme explicaciones.

Siento aburrir a quien tenga estas cuestiones superadas, pero para mí es algo reciente y un motivo de alegría. Creo que hoy podría cruzarme con cualquiera y no sentir nada más que una pequeña alegría por encontrarme a alguien de mi pasado. Sin más. Saludar, incluso, a la compañía con la que camine y que no se me acelere el pulso, sin juzgarla y sin alegrarme si me parece fea.

Parece que trabajar la autoestima tiene sus frutos. Ahora sé que prefiero estar sola que mal acompañada y que no voy a recordar a alguien que no merezco, no me merece o con quien una relación no funcionaría. Ya no quiero cariño a cualquier precio. Ahora me quiero yo.

 

Y hecha esta pequeña reflexión en voz alta y por motivo de un encuentro fortuito, voy a ir pensando en retomar mi sección de Amoríos y Desamoríos, que he tenido abandonada durante un tiempo. A partir de ahora comienzo a imaginar y a recordar anécdotas. Propias y ajenas.  Para quienes me han pedido en los últimos meses continuar con la sección, prometo nuevas historias en breve.

DEJANDO LASTRE…

f861adcb4ff07c37ea0376e8b7b03b78Sigo andando por este camino que es la vida y me siento aliviada por haber dejado caer cierto lastre con el que cargaba desde hacía ya demasiado tiempo. Un peso del que a menudo no somos conscientes porque lo tenemos fusionado con nosotros mismos. Hemos convivido tanto con él que no nos damos cuenta de que no es inherente a nuestra persona, que nos pesa, que no sirve para nada y que lo podemos soltar y dejar ahí para siempre.

No sé si habrá sido por el tiempo vivido en este país de Oriente Medio, por el trabajo en el que me ha acompañado mi coach o por la suma de todo. Supongo que en la vida los resultados suelen ser debidos a la suma de todo, cada factor con su grado de influencia, pero todo cuenta. El caso es que ciertas imposiciones sociales se me han caído. Por tópicas, todos las sabemos y hemos hablado a menudo de ellas. A nivel intelectual lo he tenido claro desde hace muchos años. Pero no estaba integrado, no me había calado hasta dentro.

Ahora sí. O eso creo.

Tampoco lo apunto como una victoria, supongo que sería un engaño y conseguirla, otra de las imposiciones sociales. Más bien lo vivo como un alivio. Un descanso.

Los “tengo-que” los conocemos todos y los hemos analizado en muchas ocasiones. Suelen ser el éxito profesional, conseguir un estatus social, una situación financiera, una pareja y una familia. Puede que haya algún “tengo-que” más y creo que estos también variarán dependiendo de la persona y del entorno social en que se encuentre.

También hay fechas, plazos y tiempos para conseguirlos. Tengo treinta y cinco años. Me siento en el camino hacia los cuarenta y haberme desligado de una imposición que me grabé o me grabaron desde niña me ha hecho sentirme libre. No ha sido algo ocurrido de golpe sino un proceso que ha durado años y ha atravesado distintas etapas.

Hace unos días me descubrí nuevas canas y sonreí con cariño hacia mí misma. Por primera vez no me molestaba. Como ya no hay plazo de entrega, fecha límite ni lugar al que llegar, ya no me importa cumplir años. Ya no siento que llego tarde a la fiesta. Ya no temo no llegar. De hecho, mi fiesta está aquí. Ahora. Qué fácil es entender este concepto y qué complicado resulta aplicarlo. Ya no espero ninguna fiesta en el futuro. Ésta es la mía, la que tengo delante en cada momento.

La inquietud va y viene, dice una amiga a la que quiero mucho. No sé, quizá mañana vuelva a cargar con el lastre que he abandonado. Es posible. Pero hoy no lo llevo conmigo.

Hace poco escuché a alguien decir “a mí ya se me han pasado todos los arroces” y creo que quería decir que estaba de vuelta de muchas cosas. Es alguien que ronda los cuarenta años y creo que esta edad es una de esas fechas impuestas. Parece que ya has debido triunfar a nivel profesional y personal. Es, incluso, una fecha límite, aproximada, para ser madre. Creo que mi amigo quería decir que no iba a perseguir ninguna expectativa impuesta desde fuera y que decidía hacer la vida que a él le apetecía hacer. La que anhelaba desde dentro. Gustara o no a los otros.

Me ha costado muchos años, pero he llegado a la conclusión de que no tengo que demostrar nada a nadie. Ni siquiera a mis padres. Y tampoco siento –ya- la necesidad de demostrarme nada a mí misma. Ni profesional ni personalmente. Esto aligera mi vida y la hace más sencilla y fácil. Ya no existe en mí el anhelo por volver a alguna parte y exhibir mis logros. Ya no.

He aliviado la carga con la que camino y, como siempre que algo se recoloca por dentro, siento la necesidad de verbalizarlo, de expresarlo. A veces, incluso, de compartirlo. Creo que todos hemos sentido la sensación de carga y también la de liberarse de ella… ¿Qué lastre sigues arrastrando a cada paso? ¿Cuáles has soltado ya? ¿Quieres seguir así o dejas carga y aligeras la marcha?

VOLVER A PROYECTAR

DSC09041.JPGTras muchos meses sin escribir sobre arquitectura y sobre emociones, hoy vuelvo a sentir la necesidad de hacerlo. Sobre eso reflexioné  durante años hasta que el protagonismo de mis textos lo tomaron mis experiencias en Qatar. Conté incluso sobre amor y desamor, historias en Oriente Medio.

Uno de mis amigos en Qatar comenta que quiere volver a España. No sé si será el tema habitual a mi alrededor o quizá, por tener yo en mente el hecho de regresar pronto, puede que preste más atención a quienes también lo planean.

El caso es que quiere volver y piensa sobre qué hacer con su vida en la nueva etapa. Parece que el proyecto pasa por construir una casa en el Pirineo Aragonés, una casa rodeada de naturaleza y de la tranquilidad que aporta un entorno rural, un futuro donde reinen la calma y la paz que quiere materializar con su vivienda.

Por un momento recuerdo la que fue mi profesión en España y nos lanzamos a estudiar su proyecto entre copas de vino y las opiniones y sugerencias de los otros amigos. A pesar del hastío que mi profesión me produce actualmente, me ilusiono y recupero el entusiasmo de las dos etapas que a mí más me gustaban, o mejor dicho, de las únicas. Una, escuchar al cliente, descubrir cuál es su sueño, empatizar con él para entender bien lo que busca, así como informarlo a partir de mis conocimientos. La otra parte es trazar las primeras líneas, pensar en la distribución. La posición de la escalera es fundamental. Espacios, proporciones, relaciones con el exterior, volumen de la nueva vivienda… ¡Esto sí que me interesa!

Entonces me involucro en el nuevo proyecto. O mejor dicho, es él quien me atrapa a mí. Como un juego, por el placer de proyectar. Quizá mi amigo se compre la casa hecha, cambie de idea o consiga una parcela para la que no nos sirvan estos planos. No estoy teniendo en cuenta temas de orientación, ni geografía, ni paisaje, los bocetos son puramente especulativos, pero disfruto con la idea. Recuerdo, incluso, que mi profesión es hermosa.

 

Y después de este momento de venirme arriba como arquitecta, vuelvo a pensar en el concepto de la casa de los sueños. Casi todo el mundo piensa en una, en un hogar físico donde poder vivir un futuro ideal, la casa será el lugar donde materializarlo.

Y a mí sigue sin sucederme. No sueño con una casa.

No me veo en ninguna parte. Y al mismo tiempo podría estar casi en cualquiera. Aunque me gusta España y aunque echo de menos a los míos, no siento raíces fuertes e imagino un futuro por aquí y por allí. Si me preguntaran dónde me gustaría vivir el resto de mi vida, no sabría qué contestar. Después de pasar una temporada en España para descansar, me imagino trabajando en algún país de Europa Occidental y después… ¿quién sabe? Pero no imagino la casa de mis sueños. Tampoco un lugar “para siempre”.

Yo no la imagino, pero dime… ¿sueñas tú con ese lugar ideal? ¿Imaginas la casa donde vivir tu futuro? ¿Cómo es? ¿Vas a trazar un plan para conseguirla? Quizá… ¿ya vives en ella?

NO, GRACIAS, NO TE MOLESTES

REGALOLa cultura árabe tiene fama por su hospitalidad. Según mi experiencia, así es. Y este hecho se traslada también al mundo de los negocios. Cuando visitas una oficina o eres visitado, lo más probable es que te ofrezcan té o café. Y dice la cortesía que no puedes rechazarlo porque es ofensivo. Si bien en el Golfo están más que acostumbrados a tratar con occidentales donde un “no, gracias” significa no quiero molestarte, pues es mejor que aceptemos el ofrecimiento.

Porque, más allá de normas, costumbres y convenciones sociales, cuando te ofrecen algo de corazón, la persona que te lo está dando quiere que lo aceptes, desea agasajarte. Y más, si es una persona cercana. El “no, gracias, no quiero importunarte”, molesta y ofende. No en el orgullo, sino en el corazón.

Cada persona suele mostrar su afecto de una manera diferente o dependiendo de la ocasión, usará un medio u otro.

Hay quien compra regalos para lisonjear a una persona que quiere. Si lo ha elegido y lo ha pagado con amor y nosotros se lo despreciamos porque no queríamos que gastara dinero, le vamos a hacer daño en el corazón.

Hay quien cocina. Con amor y cariño, para otra u otras personas. Dedica horas en la cocina y pone interés en lo que está haciendo porque quiere satisfacer a alguien. Normalmente, sin ninguna intención, más que una muestra de afecto por el otro. Si se lo despreciamos, porque no queremos que se moleste, le vamos a hacer daño en el corazón.

A veces dedicamos un cumplido que más que un cumplido es un comentario sincero a otra persona. Porque ese día está guapo o guapa, porque lleva algo bonito o por un gesto, una obra suya, o por lo que sea. Si nos ruboriza y lo negamos, si decimos que esa prenda era barata o del mercadillo. O que no, que no estamos guapos o que no tiene importancia, entonces estás tomando las palabras amorosas que te dedican y pisoteándolas. Y me da igual que lo hagamos por pudor o timidez. La próxima vez, por favor, sonríe y di gracias. O solo sonríe, pero no desprecies las palabras del otro.

Mi forma favorita de demostrar afecto es escribiendo cartas, historias o cuentos dedicados a otra persona. A veces por un cumpleaños, una boda o un nacimiento. Otras veces simplemente porque me apetece. Afortunadamente nadie me ha despreciado hasta ahora este obsequio.

Pero sí otros. Cuando preparas una actividad, una tarea o un evento con cariño para personas a las que quieres, estás esperando que lo acepten y lo disfruten. Así se sentirá feliz el que ofrece. No estará satisfecho si lo desprecian para que no gastes tiempo o dinero, para que duermas más o para que no inviertas energía.

Cuando ofrecemos de corazón y sin más finalidad que homenajear a alguien, lo que nos va a hacer disfrutar es que el que recibe se deleite. No que lo desprecie.

Y no sé muy bien a qué venía esto. Pero estamos en días de regalos y de ofrendas. Y como sé que a muchas personas no les gusta el carácter consumista de estas fechas, yo hoy propongo agradecer los regalos que se hacen de corazón. Y la forma de hacerlo será disfrutando de ellos.

SIN DERECHO A VOTO

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De nuevo me siento indignada, frustrada y furiosa. No he podido votar en las elecciones generales de esta supuesta democracia. Expondré todos los detalles de mi experiencia en mi columna de El Correo del Golfo. Ahora voy a lanzar, a modo de aperitivo, estas líneas dedicadas (cariñosamente) a Qatar, su correo y su burocracia.

Yo atravesé todo el proceso, farragoso y complicado, por cierto, para ejercer mi voto en las elecciones generales del 20D. Solo quedaba recibir la correspondiente documentación por correo. Porque el proceso no es telemático ni consular, no. Es complejo y por correos. Pero esto ya lo cuento luego, voy a seguir con mi experiencia con Q-Post.

Reconozco que he sido escéptica desde el principio. Respecto al envío desde España como a la recepción aquí. Y es que se han juntado el hambre con las ganas de comer. Además, creo que aquí la correspondencia la distribuyen con camellos y algunos me parece a mí que se comen las cartas de sus alforjas.

El sábado pasado visité la oficina de correos. La señora que me atendió me dijo que si esperaba una carta, que aguardara a que me llamaran y se quedó tan ancha. Hoy sé que la respuesta correcta era “dígame su número de localizador y yo le diré si la hemos recibido.

Alivia mi ira la existencia y la participación de mis compatriotas en la página de facebook. Los últimos días el proceso electoral ha sido tema de referencia y maravillosa la información y emociones compartidas (gracias a todos, administrador y participantes). Me he sentido menos sola en este proceso, ya que mis amigos españoles no habían solicitado el voto rogado. Algunos de ellos no están inscritos en la embajada y el día 20 estarán en España. Votarán allí.

La embajada se habilitaba, a efectos electorales, los días 16, 17 y 18 de diciembre. Es decir, el plazo concluye hoy. Para recibir la documentación, expiraba ayer porque los viernes es el día sagrado para los musulmanes (vamos, que correos cierra). Y hoy, día 18 de diciembre, además del cumpleaños de mi madre, es el día nacional de Qatar. Como cada año, la ciudad se vuelve loca. Estalla en fastos y celebraciones. La zona de Corniche y alrededores permanecerá cortada al tráfico, aunque de buena gana habría ido yo hoy a la embajada española aunque hubiera sido andando. O aun mismo, de rodillas. Pero claro, para eso tendría que haber recibido mi carta.

La secuencia comienza en correos. Jueves por la mañana. Cuando llega mi turno, explico que estoy esperando una carta y me dan un número de teléfono. Llame al Señor Riad. Y eso hago, le explico a este señor, que a duras penas habla inglés, que estoy esperando una carta. Me pregunta algunos datos sobre mi nombre y mi dirección y me dice que vaya al the Gate Compound, que es una urbanización muy cerca de mi casa, y pregunte por un número de buzón. Vuelvo a mi barrio, busco las oficinas de este compound y me explica la chica que en abril cerraron los buzones y ahora no se reciben más cartas. Vuelvo a llamar al Señor Riad y me dice que vuelva a la oficina central y pregunte por la ventanilla cinco. Conduzco, de nuevo, hasta el centro. Acudo al mostrador cinco (que no la ventanilla) y me mandan al quince. En éste, pregunto por este señor y me dicen que está en su hora de descanso. Me siento y espero. Sigo esperando. Y sigo esperando.

Como música celestial, oigo a unos chicos que hablan en cristiano cerca de mí. Les pregunto y, efectivamente, han venido por la misma razón que yo. Me dicen que llame a la delegación del gobierno de mi provincia y pregunte el número de localizador. Luego, que vuelva al mostrador número quince. Afortunada me siento porque ya no estoy sola. En este contexto, circunstancias e indignación compartida, me parecen amigos de toda la vida (cosas de ser expatriados).

Me dispongo a seguir sus instrucciones cuando una chica me avisa de que el señor Riad ha vuelto. En la ventana número cinco me dan una carta que beso y me hace dar salgos de alegría. Con ella, vuelvo donde estaban mis nuevos amigos y uno de ellos me pregunta por qué el sobre es tan pequeño. No, no eran mis papeletas. Y no, no era yo la destinataria. Vuelvo a la ventanilla número cinco y se lo explico al chico indio. Le muestro la carta y mi tarjeta de residencia. Entonces él, ni corto ni perezoso, intenta convencerme de que sí. Mire, dice comparando los datos María-María y Spain-Spain. Me dieron ganas de darle una torta, pero me contuve y le expliqué despacito que el resto del nombre y los apellidos eran diferentes, que en España hay muchas Marías y que en Qatar hay muchas españolas.

Vuelvo al mostrador número quince, donde todavía están los chicos de Murcia. Algunos han conseguido su carta, pero no todos. Llega una pareja de Utiel y esperamos juntos nuestro turno mientras afianzamos vínculos. Los tres esperábamos la carta desde Valencia y según indicaba en la web de Correos, nuestros números de buscador no habían llegado a destino. Poca esperanza. Frustración con el sistema de voto rogado y los intereses de los beneficiarios de este sistema que nos deja sin votar y cabreo con el correo de Qatar. Hasta que llegó nuestro turno charlamos, compartimos anécdotas vividas aquí y nos animamos mutuamente.

Suerte que conocí a Pili y a los chicos. Este encuentro fortuito fue la única parte buena y un alivio a lo amargo del momento.

Hasta aquí, correos de Qatar. La segunda parte, la principal, sobre el voto rogado (y tan rogado), en El Correo del Golfo.

OTRO ADIÓS

20150921_104157Tras escribir el título de esta entrada, me he alarmado. ¿Estaré convirtiendo mi temática en la misma cansina y quejumbrosa que exhiben algunos cantautores que pasan su vida llorando al desamor? Espero que no. Apunto nota mental: variar mi temática y escribir relatos sobre historias divertidas y jubilosas en el futuro.

Pero hoy es la que toca y allá voy con ella. He decidido terminar con un chico. Para ser exactos, primero le preguntaré si existe entre nosotros algún tipo de relación, que a mí me parecía que  sí, pero como yo ya no entiendo nada sobre hombres, pues que me lo aclare primero, sobre todo, para no hacer yo el ridículo.

Dice mi amiga Macarena que no le gustan estas modernidades de ahora, que el que hoy es su marido, hace ya más de veinticinco años, le preguntó si quería ser su novia. Y así, aclarando la situación desde el principio, no se llega a confusiones ni a malentendidos.

El caso es que yo he decidido terminar con este chico. Y él era (es) cristiano, europeo, de mi edad, soltero y sin hijos. Creía que cambiando los parámetros al escoger un hombre con el que mantener una relación, algo más se modificaría. Ha sido, incluso, el primer cristiano con el que he salido en muchos años.

Él me gusta, lo admiro, es muy inteligente y me seducen sus valores y su manera de interpretar el mundo.

Aparte de que él está pensando en volver a su país y yo al mío (¿quién sabe, quizá dentro de un año?), pues no me parece suficiente presente el que tenemos.

Para vivir en la misma ciudad, nos vemos poco. Muy poco. Yo había aceptado que es un tipo de persona que necesita su propio espacio y sus momentos –muchos momentos- de soledad. Así lo he respetado y me consta que lo ha valorado y agradecido.

Pero una cosa es que necesite su espacio y otra es que solo sepa vivir en su cueva. Por eso no creo que le preocupe que “esto” se acabe, simplemente continuará disfrutando de su retiro del mundo, su interior y su aislamiento.

Hace años que tomo muchas decisiones bajo el lema “Yo esto no tengo por qué aguantarlo” y hasta ahora me ha funcionado. No tengo por qué aguantar una relación donde la otra persona ya no esté nunca, aunque le haya tomado cariño y aunque las veces que sí estaba me gustaba su compañía.

Ahora me planteo yo una duda, una cuestión importante a decidir, casi trascendental. Me aprendí una poesía de Pablo Neruda porque es un escritor que le encanta. Pensaba recitársela a modo de regalo. Aunque no sabe español, sé que le gustará la sorpresa. En este tiempo me he abstenido de comprarle ningún presente material para evitar un soporífero discurso sobre el capitalismo y los niños que trabajan cosiendo en Bangladesh.

La cuestión es que me he aprendido los versos más tristes esta noche y quiero considerar la opción de recitárselos antes de terminar, para no desperdiciar la energía y el tiempo invertido más que nada. Ya lo decidiré…

El caso es que se acabó. Lo voy a llamar para que me invite a un té en su casa. Tranquilo, me quedaré solo media hora, y terminaré -en caso de que exista- la relación con el chico más inteligente con el que he salido nunca.

CON UN HOMBRE CASADO

CasadoContinuando con este ciclo de relatos amorosos y desamorosos en los que se mezclan recuerdos e imaginación a partes iguales, y de los que no revelaré cuáles son más ciertos y cuáles menos, voy a exponer lo que me sucedió hace un tiempo. En ese momento yo pensé que era una historia de amor fascinante. Ahora sé que solo fue un delirio de pasión instantánea.

Él estaba casado. Y no, no me engañó. Yo lo supe desde el principio, y dejé que me conquistara. Me dejé llevar por esa necesidad que tenía de amor, de cariño o de compañía, por ese anhelo de vivir historias apasionantes, dignas de ser contadas en algún relato más interesante que éste.

El tiempo que duró pensé que lo quería, que estaba loca de amor y que los sentimientos concedían una especie de patente de Corso para quebrantar cualesquiera reglas. Y eso hice yo, saltarme todas las normas. Mis valores y principios fueron los primeros en caer. Ni tan siquiera me di cuenta, tan ciega y ebria de pasión me sentía yo.

Falté al trabajo en numerosas ocasiones sin pensar en las posibles consecuencias, arriesgando mi empleo y con ello, mi situación en Qatar. Todo estaba justificado para consumar nuestros encuentros. Era amor y por eso, todo valía.

Durante aquellos meses no pisé el suelo, viví flotando, cual vehemente. Por las mañanas me levantaba de un salto y todo cuanto me sucedía era estupendo y maravilloso porque él existía. Me sentía pletórica, borracha de amor. Creo que alguno de mis amigos llegó a envidiar el estado de frenesí permanente en el que movía.

Él era árabe y su esposa, europea. Me contó la historia de que su matrimonio había sido invadido por el hastío y que ella no lo hacía feliz… ¡vaya tópico, ¿no?! Y allí estaba yo, cual salvadora del universo, para causarle dicha.

Procuré pensar solo en el presente, más imaginado que real. Porque futuro sabía que no tendría, aunque nada hubiera anhelado más que una vida a su lado.

Lidié con mis celos cada noche sabiendo que dormía a su lado.

Y no sé cómo, de qué manera, un día me di cuenta de que no me merecía aquello y, con un gran dolor en mi corazón y en mi alma, le puse punto final.

Ahora sé que una persona con una sana autoestima no tendría una relación con alguien que tenga pareja. No es amor. No sé lo que es, pero no es amor. Si te quieres a ti mismo no te embarcas en una relación de ese tipo.

Para terminar, unas líneas que le escribí:

Por unos instantes él me quería. Y lo hacía como ningún otro hombre me había querido antes. Al menos, hasta donde alcanzaba mi memoria.

No sé si me enamoré de él o del amor que me daba. Todavía no soy capaz de discernirlo.

Tan solo podía ofrecerme unos instantes y ni siquiera sabía hasta cuándo.

Su amor era tan agradable que no podía alejarme de él, Separarme del sueño que él suponía, pues pocas veces lo tenía cerca. Aunque lo sentía a mi lado cada instante.

Su presencia era arrebatadora. Su mirada traspasaba mi alma y cuando sus manos me tocaban, todo mi ser se ponía a temblar.

Él conocía cada parte de mi cuerpo. Él conocía cada parte de mi alma. Era como si ya hubiésemos estado juntos en vidas pasadas.

El recuerdo de su presencia era cálido. A menudo me recreaba rememorando el sabor de su piel, el aroma de su ser y el calor de sus abrazos.

Me enamoré de unos instantes.

TERCER ANIVERSARIO

i_love_qatar_by_al_zoro-d4s745529 de noviembre, hoy celebro mi tercer aniversario con mi amado, Qatar. Tres años han transcurrido ya desde que aterricé aquí por primera vez, desorientada y asustada. Mucho ha llovido desde entonces. Bueno, quizá llover no demasiado porque vivo en el desierto, pero este tiempo que ha transcurrido ha marcado una huella profunda en mí. Incluso, a veces, llego a pensar que me ha forjado como a hierro. Como hoy me siento optimista, quedémonos solo con lo de la huella.

Ahora sé que Qatar es un capítulo importante de mi vida. Es difícil analizar una etapa cuando estás todavía embebido en ella, suele hacer falta perspectiva, pero me estoy dejando sentir. Y en ese sentir mi cuerpo me dice que pasó la introducción, que se acabó el desarrollo y que empezamos el último tramo, que quizá será el desenlace. Un desenlace que puede durar tal vez un año. O no sé cuánto más, pero que no siento que se vaya a dilatar eternamente.

Antiguamente, cuando me preguntaban cuánto tiempo pensaba permanecer aquí solía contestar que varios años, posiblemente me alcanzaran los mundiales. Y que uno de mis propósitos era aprender árabe. Ahora sé que no me dará tiempo a hablar este idioma. Y tampoco voy a empecinarme o a tomar decisiones transcendentales por esta cuestión.

Cuando terminó mi año Erasmus me dolió en el alma. Fue una de las épocas de mi vida más añoradas y cuyo fin más tristeza me causó. Pero cuando lo pensaba con frialdad entendía que el final de ese tiempo le confería razón de ser. Y que tenía que marcharme con ganas de más. Y que las relaciones con el grupo todavía se mantenían exultantes. Ello hizo que cada una de nosotras regresara a su país, pero que la amistad permaneciera tan viva como lo estaba el día de la despedida.

Ahora que sé que un día partiré tengo más ganas de disfrutar el tiempo que me queda en este lado del mundo. En mi trabajo –aunque a veces me queje-, con mis amigos, en los paisajes que nos ofrece Qatar y en los momentos conmigo misma.

Recuerdo con ternura los contextos que me hacían sentir incómoda al principio de mi vida aquí. Hoy me resultan tan naturales que ni siquiera los percibo.

Me gusta mi casa de aquí. Mis amigos, mi empresa, mis rutinas… ¡me gusta mi vida! Al mismo tiempo me he dado cuenta de que vivir en Oriente Medio es hostil. Curioso, he necesitado tres años para ser consciente de ello. Y lo hago ahora, cuando mejor me siento.

Y todo esto lo voy rumiando desde la tranquilidad que me proporciona mi situación actual. Gracias doy por ello. Esta paz y esta calma, esta ausencia de problemas (a Dios gracias, repito) me proporciona un tiempo de reflexión.

Y visto desde hoy, y siendo consciente de que en un año pueden suceder muchas circunstancias que nos hagan virar el rumbo, me da por pensar en un futuro cuarto aniversario. Y posiblemente esa celebración esté muy cerca del final de una etapa, si es que la vida, con su imaginación infinita, no me ofrece un plan distinto.

El tiempo me dirá…