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SIN DERECHO A VOTO

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De nuevo me siento indignada, frustrada y furiosa. No he podido votar en las elecciones generales de esta supuesta democracia. Expondré todos los detalles de mi experiencia en mi columna de El Correo del Golfo. Ahora voy a lanzar, a modo de aperitivo, estas líneas dedicadas (cariñosamente) a Qatar, su correo y su burocracia.

Yo atravesé todo el proceso, farragoso y complicado, por cierto, para ejercer mi voto en las elecciones generales del 20D. Solo quedaba recibir la correspondiente documentación por correo. Porque el proceso no es telemático ni consular, no. Es complejo y por correos. Pero esto ya lo cuento luego, voy a seguir con mi experiencia con Q-Post.

Reconozco que he sido escéptica desde el principio. Respecto al envío desde España como a la recepción aquí. Y es que se han juntado el hambre con las ganas de comer. Además, creo que aquí la correspondencia la distribuyen con camellos y algunos me parece a mí que se comen las cartas de sus alforjas.

El sábado pasado visité la oficina de correos. La señora que me atendió me dijo que si esperaba una carta, que aguardara a que me llamaran y se quedó tan ancha. Hoy sé que la respuesta correcta era “dígame su número de localizador y yo le diré si la hemos recibido.

Alivia mi ira la existencia y la participación de mis compatriotas en la página de facebook. Los últimos días el proceso electoral ha sido tema de referencia y maravillosa la información y emociones compartidas (gracias a todos, administrador y participantes). Me he sentido menos sola en este proceso, ya que mis amigos españoles no habían solicitado el voto rogado. Algunos de ellos no están inscritos en la embajada y el día 20 estarán en España. Votarán allí.

La embajada se habilitaba, a efectos electorales, los días 16, 17 y 18 de diciembre. Es decir, el plazo concluye hoy. Para recibir la documentación, expiraba ayer porque los viernes es el día sagrado para los musulmanes (vamos, que correos cierra). Y hoy, día 18 de diciembre, además del cumpleaños de mi madre, es el día nacional de Qatar. Como cada año, la ciudad se vuelve loca. Estalla en fastos y celebraciones. La zona de Corniche y alrededores permanecerá cortada al tráfico, aunque de buena gana habría ido yo hoy a la embajada española aunque hubiera sido andando. O aun mismo, de rodillas. Pero claro, para eso tendría que haber recibido mi carta.

La secuencia comienza en correos. Jueves por la mañana. Cuando llega mi turno, explico que estoy esperando una carta y me dan un número de teléfono. Llame al Señor Riad. Y eso hago, le explico a este señor, que a duras penas habla inglés, que estoy esperando una carta. Me pregunta algunos datos sobre mi nombre y mi dirección y me dice que vaya al the Gate Compound, que es una urbanización muy cerca de mi casa, y pregunte por un número de buzón. Vuelvo a mi barrio, busco las oficinas de este compound y me explica la chica que en abril cerraron los buzones y ahora no se reciben más cartas. Vuelvo a llamar al Señor Riad y me dice que vuelva a la oficina central y pregunte por la ventanilla cinco. Conduzco, de nuevo, hasta el centro. Acudo al mostrador cinco (que no la ventanilla) y me mandan al quince. En éste, pregunto por este señor y me dicen que está en su hora de descanso. Me siento y espero. Sigo esperando. Y sigo esperando.

Como música celestial, oigo a unos chicos que hablan en cristiano cerca de mí. Les pregunto y, efectivamente, han venido por la misma razón que yo. Me dicen que llame a la delegación del gobierno de mi provincia y pregunte el número de localizador. Luego, que vuelva al mostrador número quince. Afortunada me siento porque ya no estoy sola. En este contexto, circunstancias e indignación compartida, me parecen amigos de toda la vida (cosas de ser expatriados).

Me dispongo a seguir sus instrucciones cuando una chica me avisa de que el señor Riad ha vuelto. En la ventana número cinco me dan una carta que beso y me hace dar salgos de alegría. Con ella, vuelvo donde estaban mis nuevos amigos y uno de ellos me pregunta por qué el sobre es tan pequeño. No, no eran mis papeletas. Y no, no era yo la destinataria. Vuelvo a la ventanilla número cinco y se lo explico al chico indio. Le muestro la carta y mi tarjeta de residencia. Entonces él, ni corto ni perezoso, intenta convencerme de que sí. Mire, dice comparando los datos María-María y Spain-Spain. Me dieron ganas de darle una torta, pero me contuve y le expliqué despacito que el resto del nombre y los apellidos eran diferentes, que en España hay muchas Marías y que en Qatar hay muchas españolas.

Vuelvo al mostrador número quince, donde todavía están los chicos de Murcia. Algunos han conseguido su carta, pero no todos. Llega una pareja de Utiel y esperamos juntos nuestro turno mientras afianzamos vínculos. Los tres esperábamos la carta desde Valencia y según indicaba en la web de Correos, nuestros números de buscador no habían llegado a destino. Poca esperanza. Frustración con el sistema de voto rogado y los intereses de los beneficiarios de este sistema que nos deja sin votar y cabreo con el correo de Qatar. Hasta que llegó nuestro turno charlamos, compartimos anécdotas vividas aquí y nos animamos mutuamente.

Suerte que conocí a Pili y a los chicos. Este encuentro fortuito fue la única parte buena y un alivio a lo amargo del momento.

Hasta aquí, correos de Qatar. La segunda parte, la principal, sobre el voto rogado (y tan rogado), en El Correo del Golfo.

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TERCER ANIVERSARIO

i_love_qatar_by_al_zoro-d4s745529 de noviembre, hoy celebro mi tercer aniversario con mi amado, Qatar. Tres años han transcurrido ya desde que aterricé aquí por primera vez, desorientada y asustada. Mucho ha llovido desde entonces. Bueno, quizá llover no demasiado porque vivo en el desierto, pero este tiempo que ha transcurrido ha marcado una huella profunda en mí. Incluso, a veces, llego a pensar que me ha forjado como a hierro. Como hoy me siento optimista, quedémonos solo con lo de la huella.

Ahora sé que Qatar es un capítulo importante de mi vida. Es difícil analizar una etapa cuando estás todavía embebido en ella, suele hacer falta perspectiva, pero me estoy dejando sentir. Y en ese sentir mi cuerpo me dice que pasó la introducción, que se acabó el desarrollo y que empezamos el último tramo, que quizá será el desenlace. Un desenlace que puede durar tal vez un año. O no sé cuánto más, pero que no siento que se vaya a dilatar eternamente.

Antiguamente, cuando me preguntaban cuánto tiempo pensaba permanecer aquí solía contestar que varios años, posiblemente me alcanzaran los mundiales. Y que uno de mis propósitos era aprender árabe. Ahora sé que no me dará tiempo a hablar este idioma. Y tampoco voy a empecinarme o a tomar decisiones transcendentales por esta cuestión.

Cuando terminó mi año Erasmus me dolió en el alma. Fue una de las épocas de mi vida más añoradas y cuyo fin más tristeza me causó. Pero cuando lo pensaba con frialdad entendía que el final de ese tiempo le confería razón de ser. Y que tenía que marcharme con ganas de más. Y que las relaciones con el grupo todavía se mantenían exultantes. Ello hizo que cada una de nosotras regresara a su país, pero que la amistad permaneciera tan viva como lo estaba el día de la despedida.

Ahora que sé que un día partiré tengo más ganas de disfrutar el tiempo que me queda en este lado del mundo. En mi trabajo –aunque a veces me queje-, con mis amigos, en los paisajes que nos ofrece Qatar y en los momentos conmigo misma.

Recuerdo con ternura los contextos que me hacían sentir incómoda al principio de mi vida aquí. Hoy me resultan tan naturales que ni siquiera los percibo.

Me gusta mi casa de aquí. Mis amigos, mi empresa, mis rutinas… ¡me gusta mi vida! Al mismo tiempo me he dado cuenta de que vivir en Oriente Medio es hostil. Curioso, he necesitado tres años para ser consciente de ello. Y lo hago ahora, cuando mejor me siento.

Y todo esto lo voy rumiando desde la tranquilidad que me proporciona mi situación actual. Gracias doy por ello. Esta paz y esta calma, esta ausencia de problemas (a Dios gracias, repito) me proporciona un tiempo de reflexión.

Y visto desde hoy, y siendo consciente de que en un año pueden suceder muchas circunstancias que nos hagan virar el rumbo, me da por pensar en un futuro cuarto aniversario. Y posiblemente esa celebración esté muy cerca del final de una etapa, si es que la vida, con su imaginación infinita, no me ofrece un plan distinto.

El tiempo me dirá…

CONSTERNADOS TODOS

12249692_10207842038950938_499486008172192970_nHoy me he levantado consternada ante la noticia. Al igual que toda Europa, al igual que todo el mundo. La prensa española informa sobre los hechos, la posible repercusión, la repulsa a lo producido y la solidaridad hacia las víctimas, sus familiares y el pueblo francés. Por desgracia, nosotros (los españoles) sabemos cuál es la sensación y podemos entender el estado de shock de nuestros vecinos franceses.

Las redes sociales arden y en el mundo no se habla de otra cosa. Reviso la prensa local y Al Jazeera. En los países árabes la portada es la misma. Nos cuentan la noticia y la condena por parte de los líderes y los estados musulmanes a lo sucedido. Esto debería ser obvio, pero necesito mencionarlo porque todavía hay muchas personas confundidas. Y me duele cuando leo todos esos comentarios contra el Islam, contra los árabes, cuando la gente confunde y quizá eso convenga. Es posible que alguien salga beneficiado por la confusión, por la lucha, por alimentar el odio.

Y se confunden palabras como refugiados, religión, Corán, Islam, etcétera, con terrorismo. Me duele especialmente porque convivo a diario con personas que profesan esta religión, porque resido en un país musulmán y porque tengo buenos amigos que siguen las enseñanzas de el Profeta. Evidentemente ellos condenan el terrorismo. Les duele que unos asesinos digan que lo hacen en nombre de Allah. Esto es irrebatible.

Cuando sucedieron los atentados en Atocha yo vivía en Europa y tenía un novio musulmán. Percibí en mi propia persona un odio más generalizado de lo que me hubiera gustado a todo lo relacionado con el Islam y, en especial, a los practicantes de esta religión. El racismo, la discriminación, la ignorancia y el fanatismo (sí, también en “este lado”, el fanatismo) se arraigaron más en una parte de la población de Occidente de lo que nos hubiera gustado. Alguien saldrá ganando con ello.

Supongo que en breve la confusión, la conmoción y la sobre¿información? nos conducirán a un estado de embriaguez, que se sucederán opiniones, teorías y especulaciones. Se volverá a hablar de que los europeos nos damos cuenta de los acontecimientos solo cuando suceden dentro de casa. Aquí por desgracia, los mandatarios condenan atentados con una frecuencia escalofriante. Vivimos en Oriente Medio.

En Qatar nos sentimos seguros, la sensación de tranquilidad es clara, no obstante un ápice de suspicacia sí se enciende cuando en los hoteles han instalado arcos de seguridad desde el pasado Ramadán. O cuando escuchas que ha tenido lugar un atentado terrorista en una mezquita de Arabia Saudí. Y sí, por desgracia, el miedo se ha instalado en todas partes del planeta. Yo le digo a mis padres que me siento más segura con respecto al terrorismo islamista aquí que en Europa, y es cierto. No obstante debemos vivir con normalidad nos hallemos donde nos hallemos. Entiendo que ése es el objetivo del terrorismo, como su propio nombre indica. Las estadísticas de afectados por esta causa son menores que por otras, pero tienen la capacidad de sembrar el pánico y de afectar especialmente.

Si pensamos en el autollamado Estado Islámico por una parte y si nos imaginamos el acuerdo de las grandes y medianas potencias del mundo, ¿de verdad no existe un método para combatirlos? Los países árabes están sufriendo las consecuencias de los ataques. Occidente se siente aterrorizado. ¿De verdad el mundo entero no puede vencerlos? Es más, llamadme ingenua si queréis, sin necesidad de matar a diestro y siniestro. Puede haber métodos, diplomacia, acuerdos… Es más, yo no entiendo que haya ataques militares, pero sería una opción avalada por muchos. ¿De verdad no se les puede combatir? ¿Quién gana con todo esto?

Para terminar, quiero comentar una viñeta que mis amigos han compartido en facebook. Un agente del autollamado Estado Islámico amenaza con una daga a un cristiano y a un kurdo, instándoles a convertirse al Islam. ¿Cuál es la respuesta de ellos? “Conviértete tú primero”

PRIMER CONTACTO

IMG-20150220-WA0008Me gusta el primer contacto. Con los proyectos y con las personas.

Ante un nuevo encargo nunca me lanzo a dibujar con decisión o a definir espacios con firmeza. Siempre mantengo varias primeras citas de toma de contacto. Mientras limpio planos, arreglo capas, descubro líneas y voy trazando directrices, me siento en medio de una danza, bailando con el proyecto. Olvido cuál es el propósito, el objetivo final y voy descubriendo y degustando este nuevo encargo. A menudo él adquiere vida propia y me va pidiendo por dónde quiere continuar. Yo lo observo, escudriño sus recovecos y descubro su potencial y sus debilidades.

En esta etapa me suelo enamorar. Me fascina descubrir y el proceso se convierte en un ritual en el que saboreo cada momento. Conversamos, admiro ciertos aspectos y me disgustan otros.

Decía me amiga Laura que existía un momento al principio de las relaciones de pareja en el que vas descubriendo los defectos de la otra persona. Ya no estás en el punto cero, pero sí tan al comienzo como para que te gusten.

A mí me encanta descubrir a las personas. Al igual que con el proyecto, bailar esa danza inicial que te permite calibrarlas. Analizarlas desde la emoción, sin pensar o calcular demasiado, fluyendo de alguna manera con ellas. Esta etapa me fascina. Quizá me haya sentido adicta a conocer gente nueva casi continuamente. De todas ellas, algunas personas se quedan para siempre. Otras estarán sin estarlo y algunas de se quedarán tan solo en el recuerdo.

Con todos se disfruta al principio. De hecho, de todas las personas podemos aprender algo y todas nos regalan una aportación. Como en los proyectos, el tiempo y la danza nos harán saber hasta cuándo. Y será sin pensarlo demasiado, tan solo dejándonos fluir.

En los últimos tiempos estoy llevando a cabo un ejercicio de austeridad social. A veces me cuesta, pero los resultados son positivos. Disfruto de un entorno social rico e interesante. Aquí y allí. El ejercicio consiste en cerrar mis puertas a gente nueva que podría ir surgiendo con tanta frecuencia por doquier. Dedicarme a mí y a los míos, a los que ya están ahí. Mi tiempo y mi energía son limitados así que no hago nuevos amigos ni amplío mi círculo social.

De alguna manera y sin darme cuenta, alguna persona nueva se cuela, aun cuando la puerta estaba cerrada. Entonces es bienvenida. Quien de verdad vale la pena entra en mi vida, por eso no temo perder la oportunidad de conocer a personas interesantes, eso sí, sin abrir a todos cuantos se cruzan.

Así que en eso andamos. Bailando con nuevos proyectos, aprendiendo a conocerlos y dándome la oportunidad de enamorarme de alguno de ellos.

Con las personas, disfrutando más de los que ya están, que son auténticos tesoros. Y de vez en cuando, bailando con los nuevos, los que valen tanto la pena que han entrado –y me han dejado a mí también colarme en sus vidas.

PERDÍ EL VUELO

TurkishComo todos los que me escuchan al contarlo se ríen –aunque yo todavía no le he encontrado la gracia- voy a narrar lo que me sucedió el día que perdí el vuelo en Estambul. Para más inri… sentada frente a la puerta de embarque.

Mi recorrido habitual en mis viajes a España es de Doha a Estambul y de Estambul a Valencia, tras una parada de varias horas en el aeropuerto de esta ciudad que une Oriente y Occidente.

Y sí, sucedió yendo hacia España y no volviendo a Qatar. Esto es lo que más gracia suele hacer entre mis compatriotas, que comentan que se podría entender perder el avión al volver… ¡pero nunca viajando a España!

¿Por qué lo perdí? Pues todavía no lo tengo muy claro. Al aterrizar en Estambul, miré en las pantallas cuál era la hora de salida y mi cerebro interpretó que era la de embarque. Creo. Así que me paseé por el aeropuerto, desayuné y, finalmente, me senté frente a la puerta de embarque a esperar. A mi favor diré que no había pantallas de esas que anuncian el próximo vuelo y la hora en que se sube al avión. Solo asientos. Y allí me dispuse esperar, cansada y adormecida y también con ilusión por el viaje.

Esto ocurrió a mediados de diciembre. Era la primera navidad que celebraría en tres años. Las dos anteriores las había pasado en Doha, trabajando y sola. No le tengo especial afecto a esta fecha, pero me gusta contarlo porque suele despertar pesar en quien me escucha.

Pues bien, allí estuve yo, leyendo. Sentada. Creo que di un paseo por la terminal en algún momento para evitar dormirme o que el aburrimiento pudiera conmigo.

A la hora del supuesto embarque me di cuenta de que no había ningún movimiento. Levanté la cabeza de mi libro y me pareció que la gente que esperaba era otra.

Me acerqué al mostrador para preguntar y la chica me dijo que ese vuelo se dirigía a Frankfurt (creo) y que el mío estaba despegando en ese momento.

La secuencia fue la siguiente: primero se me quedó cara de tonta durante unos segundos. Luego tomé conciencia de que mi avión había partido sin mí. Supuse que estaba soñando y que despertaría en breve. Esto me ha sucedido muchas veces. Me ocurre una desgracia, como una inundación en mi casa, la pérdida de una persona cercana o cometo un error con graves consecuencias. Entonces tomo conciencia de que estoy soñando, me relajo y me despierto. ¡Pero pasaba el tiempo y no me despertaba! Ahí seguía yo, en un contexto extremadamente vívido y la realidad me aplastó. ¡He perdido el avión!

Tuve ganas de llorar, pero justo antes de empezar decidí posponerlo. Mejor solucionaba primero la situación y luego, ya si eso, te pones a llorar, Geles.

He leído muchos libros de psicología positiva y sé que un hecho aciago se puede convertir en una ocasión especial. Ahí estaba yo, atrapada por un día en Estambul, una ciudad que no conocía pero que siempre he querido visitar. Quizá podía tomármelo como un regalo. Pensaba esto mientras veía el exterior del aeropuerto a través del muro cortina (fachada de cristal). Llovía, el día era gris, yo estaba cansada, cargaba con una maleta y pensé… ¡a tomar por saco la psicología positiva! De aquí no me muevo. Y en lugar de convertir las próximas veinticuatro horas en una visita turística por sorpresa y con un tono exótico, aquí me quedo. Triste y amargada porque iba a mi casa y he perdido en avión.

A partir de ahí recuerdo una sucesión de mostradores, controles, caras de pena y una serie de indicaciones inconexas. Por fin conseguí salir a la otra parte del aeropuerto, previo pago del visado. Una vez más, gracias, querido pasaporte español. Simplemente pagando unos veinte euros y sin solicitud previa, mis pies pisaban suelo turco.

Siguiente estación de mi odisea: enterarme de que mi maleta no había volado y recogerla. Ya podían haber puesto tanto interés en llamarme como lo hicieron en descargar mi equipaje. Pasé por la aduana y lidié con un señor que no se creía que la foto de mi pasaporte era mía. A esas alturas yo ya no estaba para muchas tonterías. Le dije que era yo. Que si no se lo creía, poseía documentación oficial española y qatarí que lo corroboraban. Que había perdido un vuelo, no había dormido la noche anterior y que nos dejara salir a mi maleta y a mí.

Comprar un nuevo billete tampoco fue sencillo y me enviaban de un mostrador a otro. Una pareja intentó colarse en uno de ellos y, rapidito y en un inglés más fluido que nunca, los mandé a la cola.

Cuando ¡por fin! me dejaron comprarlo, encontré un vuelo a Madrid para ese mismo día. Le pregunté al chico si aceptaban euros y dijo que sí (aunque al final pagué con mi tarjeta qatarí). Cuando le pregunté cuánto era me enseño la calculadora y vi que ponía cuatrocientos y pico. No quise ni pensarlo, no había elección y di gracias por poder pagarlo.

Transcurridos unos días revisé mi cuenta bancaria en internet y tenía un cobro de casi quinientos riales qataríes (unos cien euros) que no identificaba. En Turquía. Por otra parte, no encontraba el pago del vuelo. Entonces caía en la cuenta de que esos más de cuatrocientos no eran euros sino libras turcas… ¡qué alegría me llevé!

Ya con el nuevo billete en la mano y el equipaje –de nuevo- facturado, compré un cargador para el móvil y en otro sitio, un café que incluía conexión a internet. Pude comunicarme con mi madre para decirle que se quedara tranquila, que ya tenía billete y que volaba a Madrid. Yo la había llamado por la mañana, tan pronto como me había dado cuenta de que no estaba soñando. Y creo que se había quedado un poco preocupada. Pero ya estaba todo solucionado. Llegaría a Madrid cerca de las doce de la noche. Por favor, ¿puedes buscar horarios de tren o autobús para ir a Valencia? Ella no encontró nada para esa noche. Tendría que esperar al día siguiente. O comprar un vuelo con Iberia con un precio tan escandaloso que rechacé de inmediato. Bueno, ya cogeré un AVE temprano. Aun así llegaría antes a casa que si me hubiese tomado al vuelo que iba a Valencia. Y por lo menos, esperaría en Madrid y no en el aeropuerto de Estambul, lugar que estaba empezando a odiar.

Faltaban unas horas para el embarque. Sentada en una silla incómoda en un rincón de aquella cafetería, con la situación bajo control y la perspectiva de llegar a España esa noche, sentí cómo descendían mis niveles de adrenalina, así como la tensión en mi cuerpo al tiempo que notaba cómo aumentaba el cansancio y aparecían las ganas de llorar.

Me sentí sola.

Intenté no llorar para que no me viera la gente pero no puede evitar que se me escaparan unas lágrimas.

Me sentí desdichada en ese momento. Sabía que era por el cansancio y por los nervios vividos, pero me sentí desdichada y sola.

Una buena noticia mitigó mi tristeza: mis padres me recogería en Madrid.

Una vez que mi vuelo Estambul-Madrid despegó me relajé, tomé conciencia de que en unas horas estaría en España. Sentí la emoción del viaje y la alegría por las vacaciones. No había estado allí en los últimos ocho meses ni tampoco había tenido descanso en el trabajo.

Me sentía contenta cuando la azafata me acercó la bandeja con la cena. Me preguntó qué quería beber y me di cuenta de que estaba rumbo a España. Esa sería la primera comida de mis vacaciones y… ¡tenía que celebrarlo! Una botella de vino blanco, por favor.

Y sí, lo celebré. El vino multiplicó mi alegría y me ayudó a dormir el resto del trayecto.

El Adolfo Suárez me dio la bienvenida. Cuando abracé a mis padres supe que no estaba haciendo ninguna escala sino que había llegado al final del trayecto. ¡Qué emoción hablar con ellos, contarles durante el camino, comer mandarinas de Valencia…!

El entusiasmo me hizo sentirme activa. Tenía ilusión, alegría, contento. Noté que mi padre estaba cansado, así que me ofrecí a conducir, con la única condición de que me hablaran para espantar el sueño. Y todavía quedaba una anécdota para completar el viaje. Apenas salíamos de Madrid y como parte de los controles de navidad, me paró la Guardia Civil. Documentación y alcoholímetro. Aunque disimulé la tensión mientras soplaba, la botella de vino blanco ocupaba mis pensamientos, pero por lo visto sus efectos se quedaron en el espacio aéreo de algún país europeo. Cero, cero, puede continuar.

Y ésta fue la aventura de cuando perdí mi vuelo en Estambul. Mi familia y amigos siguen gastando bromas acerca de aquello y cuando cuento la historia todos se ríen. Quizá algún día a mí también me haga gracia.

ME DEJO EL MÁSTER

MBADoha, a 4 de agosto de 2015. Hoy he tomado una decisión: me dejo el máster.

Se acabó. Punto… ¡jalás! Me matriculé hace cuatro años. Se trataba de un MBA on line y disponía de dos años para cursarlo.

Empecé a estudiar, pero nunca lo hice de manera constante y regular. Ni en España ni aquí. Cuando me mudé a Qatar me propuse centrarme durante un año en terminar de prepararlo. Ir a España para examinarme y, a partir de entonces, empezara a socializar y hacer amigos. Gracias a Dios mis planes no se cumplieron y desde el principio gente muy especial apareció en mi vida y me acompañó en mi tiempo.

Desde entonces he intercalado etapas de estudio con otras de descanso. Me he ido concediendo prórrogas a mí misma y licencias por haber vivido cambios de empresa, mudanzas, situaciones tensas, viajes y visitas.

He ido cargando con este peso durante todo el tiempo. Si en alguna ocasión aparecía de soslayo la idea de abandonar me recordaba a mí misma el dinero que pagué por este curso. Y ésta era la primera de las dos razones que he apuntado en la lista de “motivos para continuar adelante”.

La segunda ha sido el orgullo, el decirme a mí misma que a ver si no iba a ser capaz de sacármelo… ¡yo! ¿Cómo se me va a resistir a mí “un curso de nada”?… ¡¡A mí!!

Este orgullo me ha empujado a conseguir muchos objetivos a lo largo de mi vida. Pero en algunas ocasiones se convierte en un empeño desmedido.

Creo que no necesito los conocimientos de este máster ni en mi vida personal ni en la profesional. En realidad he trabajado todos los temas excepto el de contabilidad. Algo he aprendido. No obstante, sobre algunas cuestiones fueron más efectivos los talleres de Desata que los temas de máster.

¿Por qué me matriculé yo –una arquitecta y escritora- en un MBA? No lo tengo muy claro. Quizá uno de los motivos fue que muchas personas de mi alrededor en aquel momento habían cursado un MBA. Creo que esto es envidia. ¿Y por qué no decirlo? Por fardar. Esta titulación viste mucho un currículum.

Desde que llegué he ido condicionando mis visitas a España a las fechas de los exámenes, a los que, por cierto, nunca me he presentado.

Pero ahora soy libre. Iré a casa cuando yo quiera, cuando otras circunstancias lo requieran. No a presentarme a unos exámenes para los que no me estoy preparando.

Ya sé que podemos cambiar de opinión y de rumbo. Yo sé que no es un fracaso. Pero escuché un eco de ello tras la idea de abandonar este curso. Una vez superado el ataque de orgullo y asumido que no continúo, me siento liberada, ligera. Sin cargas. Agradecida. Sin prisas ni ahogos. Con toda mi vida a mi disposición.

Ahora tendré tiempo para escribir, que es lo que realmente quiero.

Para disfrutar de mi tiempo, de mi vida  y mis amigos. Sin remordimiento.

En septiembre comienzan varios cursos de escritura on line. He ido demorándolos porque esperaba a terminar el máster para poder centrarme en ellos. Ahora es el momento. Y quizá retome también mis estudios de árabe.

Ahora siento que toda mi vida es para mí.

FALDA CORTA, DÍA LARGO

BodaSe casaba mi prima Arancha. Yo lo había planificado todo para viajar a España y tomarme –por fin- tres o cuatro semanas de semanas de merecidas vacaciones.

De nuevo, la vida nos sucede a pesar de nuestros planes. Cambio de empresa y el contador se pone a cero en marzo. Adiós vacaciones.

Dios debió de escuchar mis plegarias porque a última hora conseguí permiso en la empresa, exit permit a pesar de la –todavía- indefinición de mi visado y cuantos requisitos necesitaba para salir del páis.

¡Y volé a España! Una semana me regalaba la vida. Unos pocos días para disfrutar de mi tierra y de los míos. Ni siquiera tuve tiempo para quedar con todos, ni tampoco pude ir a mi pueblo en Cuenca, pero fueron unos días estupendos. Dulces y refrescantes.

Cada visita a España es única. Decidí vivir el momento sin pensar en Qatar, ni comparar mi vida, ni acordarme de Oriente Medio. Así como estoy disfrutando de esto ahora que he vuelto. Me sorprende encontrar a todos haciendo lo mismo allí. Cuando estamos lejos pensamos que los ritmos habrán cambiado, que la gente hará otras cosas. Tememos perdernos algo. Pero cuando viajamos a casa vemos que todo sigue como siempre. Aquí tengo la sensación, al igual que mis compañeros de emigración (como decían en Mirando al Norte) de que los acontecimientos se suceden, los cambios transcurren con premura y vivimos en un movimiento constante. Sin embargo, en nuestras visitas a España la sensación es que allí todo sigue como siempre.

Ha sido mi primer viaje en verano. Y debo de llevar mucho tiempo en Oriente Medio porque dos cuestiones me llamaron la atención. Dos circunstancias que supongo que para mí eran rutinarias cuando vivía en España. La primera, lo destapadas que visten las personas. Escotes, shorts, faldas muy cortas… Creo que la vista se nos acostumbra a lo que divisamos cada día y a mí me costó mucho desprenderme de tela. Lo hice y me sentí desnuda. Creía que todo el mundo me miraría y el caso es que pasé desapercibida. Pero por dentro estaba desubicada.

Y la secunda cuestión fue el horario del sol. Acostumbrada a que oscurezca antes de las siete, me desorientaba mucho que allí lo hiciera cerca de las diez de la tarde. Llegué, incluso, a llegar tarde a alguna cita, confiada, como estaba, porque aún era de día.

Por lo demás, todo en orden. Una boda estupenda, encontrarme con familia a la que no veía desde hacía mucho tiempo y disfrutar de mis padres, a los que en este último tramo había echado mucho de menos.

Qué afortunada soy de ser española. De contar con esa referencia, incluso, en la distancia. Me gusta mi país, mi cultura y mis orígenes. Y me reconforta redescubrirlo en cada viaje.

¿”DE OBRA” O DE MADERA?

CercaoNo solemos ser conscientes de las circunstancias en las que vivimos si no las comparamos con otras referencias, especialmente, durante la infancia.

Yo me crié “entre materiales de obra”. Y no me di cuenta hasta que mis compañeros de universidad me dijeron que nunca habían visto una bovedilla, que su padre no fabricó –literalmente- bloques de hormigón ante ellos y que nunca habían observado encofrar una escalera.

Que se habían encontrado dentro de una obra ni habían olido el cemento fresco. Entonces me di cuenta de lo que yo había experimentado durante mis primeros años. Todo ello, a pequeña escala y con la eterna referencia de nuestra casa del pueblo, cuya construcción se prolongó durante tantos años.

En la asignatura de materiales de construcción aprendí que esas bolitas con las que jugábamos mi hermano y yo no se llamaban garbanzos sino arcillas expansivas y que se utilizan, principalmente, para aligerar cubiertas y aportarles cierto grado de aislamiento.

Cuando iba al instituto mi padre fabricó una mesa de pimpón con chapas de encofrar. Después de haber jugado tantas horas en aquella mesa, al hacerlo en una oficial la única diferencia que percibo es el tipo de rebote. Por todo lo demás era como una reglamentaria: medidas, altura, red… solo que era reciclada con elementos de construcción.

Si hago balance de mi vida profesional, me he sentido más traída por los aspectos constructivos y estructurales de los proyectos que por otras cuestiones. La materialidad de las obras me sigue fascinando.

Desde que trabajo en interiorismo esa materialidad es diferente. Además, mi empresa posee una fábrica y ahora empleamos madera, MDF, enchapados, laminados y melaninas las más de las veces. Los acabados, la forma de trabajarlos, la maleabilidad y el lenguaje son diferentes.

Yo, por inercia, sigo pensando “en obra”. Luego suelo recordad que vivimos de la madera y no de subcontratar bloques y cemento. Todavía no me siento suelta diseñando con este lenguaje (aunque ahora ya, sin culpa), pero he entendido que es una cuestión de aprendizaje. De adquirir conocimientos y experiencia. Observar cómo proceden otros y utilizar mis conocimientos con ese otro lenguaje al que sí estoy habituada.

En definitiva, he cambiado los materiales de obra, con los que tan familiarizada me sentía por las posibilidades que ofrecen las carpinterías y el corte CNC.

Aunque no sea lo que más me mueve en el mundo, lo encuentro interesante. Conforme transcurre el tiempo voy me voy aclimatando y aprendiendo a quererlo. No me imagino dedicándome a esto durante toda una vida, pero siento que un día echaré la vista atrás y encontraré un sentido al haber trabajado en el diseño de interiores. Como decía Steve Jobs, podré unir los puntos.

GRACIAS, QATAR

JusticiaQuiero romper una lanza a favor de los derechos del trabajador en este país. Sé que publicar esto puede suscitar antipatías y opiniones encontradas pero yo me siento en la obligación de contar mi experiencia y agradecer al país el resultado.

Quizá mi texto no resulte del todo objetivo, motivado por la euforia del desenlace, pero intentaré ajustarme a la realidad lo máximo posible.

Me cambié de empresa hace casi cuatro meses porque los retrasos en los cobros empezaron a ser más que incómodos. Tuve suerte y encontré otro empleo en un solo día. Este país es una lotería y conseguir trabajo puede costar tres meses o unas horas.

Recibí la oferta de trabajo por parte de una empresa cool, cerca de casa, con los sábados libres y prácticamente el mismo sueldo. Como contrapartida, dejaba de ser design manager para pasar a designer a secas. Este dato pudo molestar a mi ego y a mi orgullo, pero ha facilitado mi vida laboral y me ha descargado de responsabilidades.

Antes de dejar la anterior empresa hablé con el que hasta entonces había sido mi jefe, le expliqué que había recibido una oferta, pero que podía rechazarla y permanecer con ellos si él quería (implícito quedaba que debía ponerme al día). Así es como me despedí con su consentimiento. Un error por mi parte -por falta de experiencia- fue no dejar constancia más allá de un acuerdo verbal de que dejaba la empresa.

Me despedí de mi jefe y hasta ese día nuestra comunicación fue cordial. Él me pagaría los cuatro meses que adeudaba conmigo y yo –a modo de favor- supervisaría los proyectos que teníamos en marcha. Los sábados, que yo iba a tener libres a partir de entonces. Por cierto, solo llegué a ir un día.

Ese compromiso suyo de liquidarme se fue diluyendo en el tiempo al mismo ritmo que se consumía mi paciencia y de mí salía la fiera que llevo dentro y que muy pocos han tenido el placer de saludar.

Con gritos, amenazas y paciencia conseguí recuperar casi la mitad de la deuda. Pero ahí quedó la historia. Él no estaba dispuesto a seguir pagando y se había inmunizado ante mis amenazas de denuncia a la empresa. Además, ya no hablábamos, después de haber tenido dos duras discusiones por teléfono donde ambos gritamos y nos faltamos el respeto mutuamente. A partir de entonces el chico de recursos humanos o el contable se convirtieron en nuestros interlocutores. No obstante, esta comunicación indirecta también era escueta.

Y así fue como decidí comenzar la batalla. Esta vez sí. Por mi dinero, por mi orgullo y por esa testarudez que a veces viene haciendo honor a mi horóscopo. Denunciar. Y tras un peregrinaje por distintas oficinas y ministerios, acabé en el jugado, en el court. Conseguí obtener una citación –o algo así-. La firmé sin poder leerla, pues estaba en árabe, pero tenía todos los cuños y había arrancado el proceso.

No es sencillo gestionar documentos en oficinas en las que los funcionarios no hablan inglés. Recorrer todos los pasos de una burocracia árabe supuso una odisea para mí, además, siendo la única mujer en un kilómetro a la redonda y yendo a cabello descubierto.

Unos días después tenía los cheques en mi mano.

A la pregunta que me hizo mi padre, ¿dejaría Qatar a un empleado a su suerte? Si yo me baso en mi experiencia, tengo que contestar que no. Y no solo porque yo sea occidental y arquitecta. Ya vi desde dentro de la empresa cómo ésta, temiendo las serias consecuencias, se movilizaba cuando un empleado ponía un pie en el juzgado. Fuera de la nacionalidad, sexo, color y profesión que fuera.

Por otra parte, a lo largo de este proceso, he escuchado muchos casos sobre trabajadores a los que la justicia qatarí ha ayudado. No voy a entrar en polémica, a defender lo indefendible ni a negar otras evidencias. Pero sí quiero exponer mi caso y decir al mundo que el Estado de Qatar me ha defendido frente a una empresa que pretendía vulnerar mis derechos. En este caso solo puedo decir gracias.

CULPA

marketing de serviciosDe nuevo la siento. Es una sensación que va y viene por momentos pero que en los últimos tiempos se ha hecho más presente. Es un peso en el centro de mi alma, una carga soportable, pero que tira. Sin aroma, con un cierto sabor a metal y de color oscuro. A veces se sitúa cerca de mi garganta. Es la culpa.

La culpa por no ser la mejor en aquello que hago, culpa por no esforzarme más en crecer como profesional. Por no apuntar “alto”. No soy mejor como diseñadora o como arquitecta y es porque esta labor no me apasiona. En realidad, nunca lo ha hecho. Mis proyectos son correctos. Están bien resueltos. Podría ir más allá. Conozco a arquitectos extraordinarios, interioristas brillantes, diseñadores sobresalientes. Y yo sé que ahí nunca voy a llegar.

Porque no diseñaría espacios si no necesitara pagar mis facturas a final de mes. Porque no existe una fuerza en mi interior que me lleva a amar intensamente esta profesión. Porque cuando me encuentro en un espacio ya no me fijo en los acabados, la composición, la resolución del volumen. Y porque antes, cuando sí lo hacía venía era de un modo forzado. Era algo que tenía que hacer. Debía mantener esa conducta. Eres arquitecta, debes maravillarte con los edificios. Tropezarte con las farolas si hace falta porque las fachadas te eclipsen.

Hoy lo reconozco públicamente. No estoy enamorada de la arquitectura. Ni del diseño. Ni del interiorismo. Mi trabajo es un medio pero no un fin en sí mismo. Asistir a clase y preparar las asignaturas supuso un esfuerzo en mis años universitarios. Nunca me levanté de la cama corriendo y entusiasmada porque tenía una u otra clase. Sí lo he hecho posteriormente con otros cursos. Aunque fuera sábado a las siete de la mañana, he sabido lo que es dar un salto y alegrarme por empezar el día. Pero esto no me ha pasado con “lo mío”.

Y de ahí la culpa. Y resuenan en mi cabeza las palabras de Antonio. La culpa no se quita, se atraviesa. Y a eso mismo me dispongo. A vivir la culpa, sentirla, sentarme con ella y, espero, despedirme después. Cuesta, duele. Es incómodo. En nuestra sociedad está muy presente ese sentimiento desagradable de no estar haciendo lo que debes. No sé muy bien quién postula lo que cada uno tiene que haacer o no. Tampoco sé de dónde viene esa vocecilla interior que me acusa por no esforzarme más, por no dedicar más energía, más tiempo, más vida. Otra voz, más suave y tímida, suele contestarle. Explicarle. Justificarse. Y pide que baje la presión, la imposición. Y reivindica el derecho a no ser la mejor profesional. En mi puesto de trabajo desarrollo lo que se espera de mí. Quizá no más que eso. Ahí es cuando vuelve la voz. Y me grita que debo dar más, destacar por mi labor, brillar. Dar más de lo que se pide en mi contrato.

Y yo hoy le digo a esa voz que no. Que no voy a seguir desgastando mi alma dedicando energía y esfuerzo a una función para la que no ha sido creada. Tienes derecho a no fijarte en los espacios, a no tener siempre opinión sobre los acabados, a relajarte. Y, sobre todo, a dejar de compararte con quienes sí lo hacen.

A partir de ahora sigo dialogando con la culpa. Creo que llegaremos a un consenso.