SIN DERECHO A VOTO

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De nuevo me siento indignada, frustrada y furiosa. No he podido votar en las elecciones generales de esta supuesta democracia. Expondré todos los detalles de mi experiencia en mi columna de El Correo del Golfo. Ahora voy a lanzar, a modo de aperitivo, estas líneas dedicadas (cariñosamente) a Qatar, su correo y su burocracia.

Yo atravesé todo el proceso, farragoso y complicado, por cierto, para ejercer mi voto en las elecciones generales del 20D. Solo quedaba recibir la correspondiente documentación por correo. Porque el proceso no es telemático ni consular, no. Es complejo y por correos. Pero esto ya lo cuento luego, voy a seguir con mi experiencia con Q-Post.

Reconozco que he sido escéptica desde el principio. Respecto al envío desde España como a la recepción aquí. Y es que se han juntado el hambre con las ganas de comer. Además, creo que aquí la correspondencia la distribuyen con camellos y algunos me parece a mí que se comen las cartas de sus alforjas.

El sábado pasado visité la oficina de correos. La señora que me atendió me dijo que si esperaba una carta, que aguardara a que me llamaran y se quedó tan ancha. Hoy sé que la respuesta correcta era “dígame su número de localizador y yo le diré si la hemos recibido.

Alivia mi ira la existencia y la participación de mis compatriotas en la página de facebook. Los últimos días el proceso electoral ha sido tema de referencia y maravillosa la información y emociones compartidas (gracias a todos, administrador y participantes). Me he sentido menos sola en este proceso, ya que mis amigos españoles no habían solicitado el voto rogado. Algunos de ellos no están inscritos en la embajada y el día 20 estarán en España. Votarán allí.

La embajada se habilitaba, a efectos electorales, los días 16, 17 y 18 de diciembre. Es decir, el plazo concluye hoy. Para recibir la documentación, expiraba ayer porque los viernes es el día sagrado para los musulmanes (vamos, que correos cierra). Y hoy, día 18 de diciembre, además del cumpleaños de mi madre, es el día nacional de Qatar. Como cada año, la ciudad se vuelve loca. Estalla en fastos y celebraciones. La zona de Corniche y alrededores permanecerá cortada al tráfico, aunque de buena gana habría ido yo hoy a la embajada española aunque hubiera sido andando. O aun mismo, de rodillas. Pero claro, para eso tendría que haber recibido mi carta.

La secuencia comienza en correos. Jueves por la mañana. Cuando llega mi turno, explico que estoy esperando una carta y me dan un número de teléfono. Llame al Señor Riad. Y eso hago, le explico a este señor, que a duras penas habla inglés, que estoy esperando una carta. Me pregunta algunos datos sobre mi nombre y mi dirección y me dice que vaya al the Gate Compound, que es una urbanización muy cerca de mi casa, y pregunte por un número de buzón. Vuelvo a mi barrio, busco las oficinas de este compound y me explica la chica que en abril cerraron los buzones y ahora no se reciben más cartas. Vuelvo a llamar al Señor Riad y me dice que vuelva a la oficina central y pregunte por la ventanilla cinco. Conduzco, de nuevo, hasta el centro. Acudo al mostrador cinco (que no la ventanilla) y me mandan al quince. En éste, pregunto por este señor y me dicen que está en su hora de descanso. Me siento y espero. Sigo esperando. Y sigo esperando.

Como música celestial, oigo a unos chicos que hablan en cristiano cerca de mí. Les pregunto y, efectivamente, han venido por la misma razón que yo. Me dicen que llame a la delegación del gobierno de mi provincia y pregunte el número de localizador. Luego, que vuelva al mostrador número quince. Afortunada me siento porque ya no estoy sola. En este contexto, circunstancias e indignación compartida, me parecen amigos de toda la vida (cosas de ser expatriados).

Me dispongo a seguir sus instrucciones cuando una chica me avisa de que el señor Riad ha vuelto. En la ventana número cinco me dan una carta que beso y me hace dar salgos de alegría. Con ella, vuelvo donde estaban mis nuevos amigos y uno de ellos me pregunta por qué el sobre es tan pequeño. No, no eran mis papeletas. Y no, no era yo la destinataria. Vuelvo a la ventanilla número cinco y se lo explico al chico indio. Le muestro la carta y mi tarjeta de residencia. Entonces él, ni corto ni perezoso, intenta convencerme de que sí. Mire, dice comparando los datos María-María y Spain-Spain. Me dieron ganas de darle una torta, pero me contuve y le expliqué despacito que el resto del nombre y los apellidos eran diferentes, que en España hay muchas Marías y que en Qatar hay muchas españolas.

Vuelvo al mostrador número quince, donde todavía están los chicos de Murcia. Algunos han conseguido su carta, pero no todos. Llega una pareja de Utiel y esperamos juntos nuestro turno mientras afianzamos vínculos. Los tres esperábamos la carta desde Valencia y según indicaba en la web de Correos, nuestros números de buscador no habían llegado a destino. Poca esperanza. Frustración con el sistema de voto rogado y los intereses de los beneficiarios de este sistema que nos deja sin votar y cabreo con el correo de Qatar. Hasta que llegó nuestro turno charlamos, compartimos anécdotas vividas aquí y nos animamos mutuamente.

Suerte que conocí a Pili y a los chicos. Este encuentro fortuito fue la única parte buena y un alivio a lo amargo del momento.

Hasta aquí, correos de Qatar. La segunda parte, la principal, sobre el voto rogado (y tan rogado), en El Correo del Golfo.

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