OTRO ADIÓS

20150921_104157Tras escribir el título de esta entrada, me he alarmado. ¿Estaré convirtiendo mi temática en la misma cansina y quejumbrosa que exhiben algunos cantautores que pasan su vida llorando al desamor? Espero que no. Apunto nota mental: variar mi temática y escribir relatos sobre historias divertidas y jubilosas en el futuro.

Pero hoy es la que toca y allá voy con ella. He decidido terminar con un chico. Para ser exactos, primero le preguntaré si existe entre nosotros algún tipo de relación, que a mí me parecía que  sí, pero como yo ya no entiendo nada sobre hombres, pues que me lo aclare primero, sobre todo, para no hacer yo el ridículo.

Dice mi amiga Macarena que no le gustan estas modernidades de ahora, que el que hoy es su marido, hace ya más de veinticinco años, le preguntó si quería ser su novia. Y así, aclarando la situación desde el principio, no se llega a confusiones ni a malentendidos.

El caso es que yo he decidido terminar con este chico. Y él era (es) cristiano, europeo, de mi edad, soltero y sin hijos. Creía que cambiando los parámetros al escoger un hombre con el que mantener una relación, algo más se modificaría. Ha sido, incluso, el primer cristiano con el que he salido en muchos años.

Él me gusta, lo admiro, es muy inteligente y me seducen sus valores y su manera de interpretar el mundo.

Aparte de que él está pensando en volver a su país y yo al mío (¿quién sabe, quizá dentro de un año?), pues no me parece suficiente presente el que tenemos.

Para vivir en la misma ciudad, nos vemos poco. Muy poco. Yo había aceptado que es un tipo de persona que necesita su propio espacio y sus momentos –muchos momentos- de soledad. Así lo he respetado y me consta que lo ha valorado y agradecido.

Pero una cosa es que necesite su espacio y otra es que solo sepa vivir en su cueva. Por eso no creo que le preocupe que “esto” se acabe, simplemente continuará disfrutando de su retiro del mundo, su interior y su aislamiento.

Hace años que tomo muchas decisiones bajo el lema “Yo esto no tengo por qué aguantarlo” y hasta ahora me ha funcionado. No tengo por qué aguantar una relación donde la otra persona ya no esté nunca, aunque le haya tomado cariño y aunque las veces que sí estaba me gustaba su compañía.

Ahora me planteo yo una duda, una cuestión importante a decidir, casi trascendental. Me aprendí una poesía de Pablo Neruda porque es un escritor que le encanta. Pensaba recitársela a modo de regalo. Aunque no sabe español, sé que le gustará la sorpresa. En este tiempo me he abstenido de comprarle ningún presente material para evitar un soporífero discurso sobre el capitalismo y los niños que trabajan cosiendo en Bangladesh.

La cuestión es que me he aprendido los versos más tristes esta noche y quiero considerar la opción de recitárselos antes de terminar, para no desperdiciar la energía y el tiempo invertido más que nada. Ya lo decidiré…

El caso es que se acabó. Lo voy a llamar para que me invite a un té en su casa. Tranquilo, me quedaré solo media hora, y terminaré -en caso de que exista- la relación con el chico más inteligente con el que he salido nunca.

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