CABEZA Y CORAZÓN

votre-cœurMe siento cansada. Cansada por los últimos días, que han sido emocionalmente agotadores y cansada también por los últimos años, buscando sin descanso una etapa de tranquilidad en mi vida. Un poco de calma, de garantía de calidez. Un poder descansar. Como cuando era pequeña y mis padres se ocupaban de todo.

Y me da por pensar. Más de la cuenta. Más de lo que es saludable. Y pienso en ti, claro. Como siempre. Como acostumbro a hacer desde que te conocí. Entonces tengo sentimientos contrapuestos. Bueno, en realidad los sentimientos tienen una cara. Lo que está en otro lado es la razón. La que me susurra que esta relación no me hace bien. Me da mucho, sí. Pero también me cuesta.

Y siento ganas de llorar.

Cuando me enamoro de alguien esa persona se convierte en el centro de mi vida. Ya sé que esto puede no ser saludable para mí ni para el otro.  Ni para la relación. Pero no elijo hacerlo así. No me he propuesto pensar en ti a todas horas. No estaba en los planes sonreír cuando te recuerdo. No entraba en el proyecto beber de tus recuerdos y alimentarme de los momentos compartidos. No he decidido desear que me suceda lo que no me conviene solo para poder compartir más tiempo contigo.

Dicen que estar enamorado es adictivo. Nuestro cuerpo segrega ciertas sustancias que nos producen bienestar. Vivimos en un estado de felicidad continuada y nos sentimos bien. Así estoy yo. Sabes que, incluso, he hecho cosas que estaban fuera de los valores y principios que guían mi comportamiento. Y los volvería a hacer mil veces.

Y en ese amar, en ese estado, una vocecita que viene de mi cabeza me susurra que entro en un terreno peligroso. Que me estoy olvidando de mí misma. Que mi vida está girando completamente alrededor de una persona (o de la proyección que tengo de esa persona). Y sé que inevitablemente voy a sufrir. Y también me dice esa voz que me “conviene” dejar de verte. Por supuesto me niego a escucharla. Sería incapaz de hacerlo, a menos que tú me lo pidieras. Me da igual todo, quiero compartir contigo cada minuto que la vida me permita.

Así que en esta disyuntiva me encuentro. Y sé cuál es la respuesta, la vía que puede reconciliar a las dos partes. El camino para aunar ambos lados. Consiste en aprender a integrarte dentro de mi vida. Que seas una parte y dejes de ser el todo. Si consigo hacerlo, si soy capaz de resituar el centro de mi vida en mí misma y te hago un sitio (un buen sitio) en mi existencia, sabré disfrutar de esta relación mientras dure.

 

Que no cunda el pánico, no es mía. Bueno, sí es mía pero no de ahora. O quizá me la haya inventado para disfrutar escribiendo y para intentar que lo haga también quien lea.

Afortunadamente ya no me reconozco entre estas líneas. Gracias a Dios y al trabajo realizado junto a mi coach, y a personas como mi amiga Carmen, ya no me reconozco. Ahora soy yo el centro de mi vida. Y si hay alguien cerca, tendrá su sitio, pero no el todo de ella ni tampoco la desestabilizará por completo. Una persona a mi lado sería un compañero con el que caminar, no un cataclismo que acabe con mi equilibrio emocional.

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