OCULISTAS

LetrasDesde que vivo en Qatar he pasado por situaciones que no había experimentado antes en Europa. Esto me ha llevado a tener una conducta más desconfiada y recelosa, sobre todo,  en cuestión de hombres. Nunca imaginas dónde alguien va a intentar ligar contigo. Y es que aquí hay mucha gente confundida, ser europea y llevar el pelo descubierto no implica que estemos buscando lo que muchos creen que buscamos.

Aquí descubrí que “men are men”. Esto me lo explicó mi compañera de trabajo egipcia cuando volví del médico una mañana y detallé en la oficina lo que me había sucedido.

Después de varias semanas con molestias en los ojos, decidí ir al oftalmólogo. No lo había hecho antes por el engorro de cómo proceder, por tener que explicarme en inglés y por la burocracia –nueva para mí- que aquello suponía. Todavía llevaba poco tiempo en Qatar.

Después de saludarme con mucha –demasiada- amabilidad y charlar sobre España, el doctor me revisó la vista y los ojos. Tenía conjuntivitis. Me recetó unas gotas y me instó a llamarlo en caso de malestar. Mientras me dictaba su número de teléfono yo intentaba descifrar si sucedía algo raro, pues ni siquiera era una clínica privada, o simplemente el médico era amable y yo, una paranoica. La duda se agravó cuando insistió en que le hiciera una llamada perdida para grabarse él mi número de teléfono. ¡Ay! ¡Qué inocente llegué yo a este país! Y así lo hice, dejándole constancia de mi número a este oculista egipcio que me sacaba más de veinte años.

Me  citó para la semana siguiente, para confirmar la graduación de mi vista. Y aún quiso que hubiera una tercera visita, pero ya curada de la conjuntivitis, no fui. De la graduación ya ni me fiaba, así que esperaría a mi siguiente viaje a España, donde mi óptico de confianza y mejor amigo de mi hermano me chequearía los ojos. Para mi sorpresa, el diagnóstico coincidió, pero lo siento mucho, su actitud como persona me hizo desconfiar de él como profesional.

Después de aquello me telefoneó varias veces para interesarse por el estado de mis ojos. Y no recuerdo qué más sucedió, creo que lo bloqueé o que dejó de llamar.

Transcurrieron más de dos años y necesité ir al oculista de nuevo. Esta vez, acudí a una clínica privada con el seguro de la empresa. Me atendió otro doctor egipcio, muy amable y agradable. Mayor que yo, pero muy bien parecido.

Me dijo que de lejos veía bien y no necesitaba gafas. Yo le aseguré que, aun así, que cuando era más joven todavía veía mejor. Me miró y, acariciándome la mejilla, dijo que yo todavía era joven. Y tengo que reconocer que no me molestó porque era un hombre apuesto y porque me recordaba a Ossama I, pero con bata de médico.

¿Qué se le va a hacer? Hasta yo he entrado en el juego. Y si ellos se comportan como “men” detrás de su bata blanca, pues yo también los juzgo como tal. Y me molestará su trato o no en función de cómo me parezcan. Sí, eso de lo que nos quejamos tantas veces las mujeres cuando nos lo hacen a nosotras. Es lo que hay…

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