EL INGENIERO EGIPCIO

passenger-lift-with-semi-automatic-door-250x250Después de todos los comentarios recibidos en la primera entrada de esta sección, he decidido darle un lugar especial en el blog y escribir con regularidad sobre idilios y desengaños además de continuar con las entradas habituales.

Con el protagonista de este post no hubo historia propiamente dicha. Lo conocí en un ascensor, como si de una película romántica se tratara y salí con él varias veces. Quienes lo han conocido se preguntan cómo pude quedar con él y creo que el propio contexto de mi vida en ese momento responde por sí mismo. Me encontraba en un momento delicado. Vivía sola en Doha, me habían despedido de la empresa en la que trabajaba. El siguiente empleo no aparecía y se me acababa de romper el coche que había comprado unos meses antes.

Pues sí, me cruzo con un ingeniero egipcio aparentemente simpático y amable, que además me ayuda con la búsqueda de empleo y compartí varios cafés con él. Y hasta me hizo gracia en su momento.

No recuerdo por qué perdimos el contacto, a excepción de algún mensaje sin trascendencia de vez en cuando. Eran textos en los que él siempre me proponía quedar, yo aceptaba y él aseguraba llamarme para confirmar día y hora. La misma conversación se repetía cada dos meses por whatsapp, hasta que un día, después de más de un año así, sí pusimos fecha.

Como no quería que yo me molestara, se ofreció a venir a mi casa. Para entonces yo ya me había mudado y vivía sola en mi estudio de Ain Khalid. Y ese día aprendí que no quedaré a solas con un árabe en una casa. Algo tan sencillo e inocente como quedar para comer o para charlar con un amigo, ellos lo malinterpretan. No me refiero a una cena romántica, hablo de un café con un amigo, el mismo que puedo compartir con una fémina. O con cualquier colega europeo.

Pues bien, preparé té, charlamos sobre nuestras vidas y no disimuló su interés por mí. Un interés que no resultaba, en absoluto, recíproco.

Decía que me echaba de menos y que yo era su mejor amiga en Doha –curioso concepto de la amistad el que tiene este chico- y la situación se tornó incómoda. Me abrazó y no me atreví a decirle que no lo hiciera, pero entendí por qué los abrazos hay que pedirlos de alguna manera, no puede uno ir por ahí repartiendo sin consentimiento ajeno.

Aunque a su manera (torpe) me estuvo alabando y comentando lo que yo significaba para él. Yo me sentía cada vez más violenta y no me atrevía a echarlo de mi casa y decirle que él no me interesaba para nada y si en algún momento me había sentido atraída, esta sensación había quedado en el más remoto pasado.

Intentó besarme varias veces y tuve que apartarlo de mí (literalmente) para que no lo hiciera. Al principio intenté ser delicada, pues a mí me han rechazado muchas veces y sé lo que se siente.

Le expliqué que lo mejor sería encontrar una chica como él (se sobreentiende que musulmana) y casarse. Y él me dijo que me casara con él. Comencé a reír a carcajadas suponiendo que bromeaba y él se molestó porque hablaba en serio.

A partir de ahí comenzamos a hablar en círculos en los que él no atendía a razones y solo sabía repetir que me quería y que quería casarse conmigo. Yo perdí la paciencia y le lancé preguntas y argumentos a los que él no atendía.

  • Muy bien –le respondí- nos casamos y tenemos hijos. ¿Qué religión seguirán?
  • ¿Religión? – repitió él extrañado por lo obvia que le parecía la respuesta- pues la del padre.
  • Oh, lo siento, entonces quiero un padre cristiano para mis hijos.
  • Pero… pero… ¡que quizá no tengamos niños!

No sabía cómo acabar con la situación. Seguía repitiendo que me quería y contestaba a cada pregunta con respuestas absurdas.

  • Muy bien, nos casamos… ¿te gustaría que tu esposa llevara biquini?
  • ¿Biquini? Mejor te lo puedes poner en casa – La verdad es que el chico no sabía mucho de marketing…

Cuando perdí la paciencia completamente comencé a decirle que era demasiado europea para él, que me gustaba emborracharme, ir a las discotecas con poca ropa y que había estado con montones de chicos y para cada frase mía él tenía otra, a cuál más absurda.

No sé cómo conseguí que se fuera aquél día de mi casa, eso sí, tenía claro que no quería volver a verlo. Y había aprendido que no debes invitar a un árabe a tomar café en tu casa. Bueno, a casi a ninguno. Tengo un amigo palestino al que hace mucho tiempo que no veo. Por si sigue traduciendo y leyendo mis entradas, diré que siempre es bienvenido a mi casa y que en su compañía siempre me siento tranquila. De él solo guardo buenos recuerdos y será el protagonista de la siguiente entrada. Así dejaré claro que también he tenido buenas experiencias con árabes y que la religión con determinadas personas no supone ninguna traba en una relación. Especialmente si el chico es inteligente y tiene buenos sentimientos, como es el caso de mi amigo palestino.

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