FALDA CORTA, DÍA LARGO

BodaSe casaba mi prima Arancha. Yo lo había planificado todo para viajar a España y tomarme –por fin- tres o cuatro semanas de semanas de merecidas vacaciones.

De nuevo, la vida nos sucede a pesar de nuestros planes. Cambio de empresa y el contador se pone a cero en marzo. Adiós vacaciones.

Dios debió de escuchar mis plegarias porque a última hora conseguí permiso en la empresa, exit permit a pesar de la –todavía- indefinición de mi visado y cuantos requisitos necesitaba para salir del páis.

¡Y volé a España! Una semana me regalaba la vida. Unos pocos días para disfrutar de mi tierra y de los míos. Ni siquiera tuve tiempo para quedar con todos, ni tampoco pude ir a mi pueblo en Cuenca, pero fueron unos días estupendos. Dulces y refrescantes.

Cada visita a España es única. Decidí vivir el momento sin pensar en Qatar, ni comparar mi vida, ni acordarme de Oriente Medio. Así como estoy disfrutando de esto ahora que he vuelto. Me sorprende encontrar a todos haciendo lo mismo allí. Cuando estamos lejos pensamos que los ritmos habrán cambiado, que la gente hará otras cosas. Tememos perdernos algo. Pero cuando viajamos a casa vemos que todo sigue como siempre. Aquí tengo la sensación, al igual que mis compañeros de emigración (como decían en Mirando al Norte) de que los acontecimientos se suceden, los cambios transcurren con premura y vivimos en un movimiento constante. Sin embargo, en nuestras visitas a España la sensación es que allí todo sigue como siempre.

Ha sido mi primer viaje en verano. Y debo de llevar mucho tiempo en Oriente Medio porque dos cuestiones me llamaron la atención. Dos circunstancias que supongo que para mí eran rutinarias cuando vivía en España. La primera, lo destapadas que visten las personas. Escotes, shorts, faldas muy cortas… Creo que la vista se nos acostumbra a lo que divisamos cada día y a mí me costó mucho desprenderme de tela. Lo hice y me sentí desnuda. Creía que todo el mundo me miraría y el caso es que pasé desapercibida. Pero por dentro estaba desubicada.

Y la secunda cuestión fue el horario del sol. Acostumbrada a que oscurezca antes de las siete, me desorientaba mucho que allí lo hiciera cerca de las diez de la tarde. Llegué, incluso, a llegar tarde a alguna cita, confiada, como estaba, porque aún era de día.

Por lo demás, todo en orden. Una boda estupenda, encontrarme con familia a la que no veía desde hacía mucho tiempo y disfrutar de mis padres, a los que en este último tramo había echado mucho de menos.

Qué afortunada soy de ser española. De contar con esa referencia, incluso, en la distancia. Me gusta mi país, mi cultura y mis orígenes. Y me reconforta redescubrirlo en cada viaje.

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