GRACIAS, QATAR

JusticiaQuiero romper una lanza a favor de los derechos del trabajador en este país. Sé que publicar esto puede suscitar antipatías y opiniones encontradas pero yo me siento en la obligación de contar mi experiencia y agradecer al país el resultado.

Quizá mi texto no resulte del todo objetivo, motivado por la euforia del desenlace, pero intentaré ajustarme a la realidad lo máximo posible.

Me cambié de empresa hace casi cuatro meses porque los retrasos en los cobros empezaron a ser más que incómodos. Tuve suerte y encontré otro empleo en un solo día. Este país es una lotería y conseguir trabajo puede costar tres meses o unas horas.

Recibí la oferta de trabajo por parte de una empresa cool, cerca de casa, con los sábados libres y prácticamente el mismo sueldo. Como contrapartida, dejaba de ser design manager para pasar a designer a secas. Este dato pudo molestar a mi ego y a mi orgullo, pero ha facilitado mi vida laboral y me ha descargado de responsabilidades.

Antes de dejar la anterior empresa hablé con el que hasta entonces había sido mi jefe, le expliqué que había recibido una oferta, pero que podía rechazarla y permanecer con ellos si él quería (implícito quedaba que debía ponerme al día). Así es como me despedí con su consentimiento. Un error por mi parte -por falta de experiencia- fue no dejar constancia más allá de un acuerdo verbal de que dejaba la empresa.

Me despedí de mi jefe y hasta ese día nuestra comunicación fue cordial. Él me pagaría los cuatro meses que adeudaba conmigo y yo –a modo de favor- supervisaría los proyectos que teníamos en marcha. Los sábados, que yo iba a tener libres a partir de entonces. Por cierto, solo llegué a ir un día.

Ese compromiso suyo de liquidarme se fue diluyendo en el tiempo al mismo ritmo que se consumía mi paciencia y de mí salía la fiera que llevo dentro y que muy pocos han tenido el placer de saludar.

Con gritos, amenazas y paciencia conseguí recuperar casi la mitad de la deuda. Pero ahí quedó la historia. Él no estaba dispuesto a seguir pagando y se había inmunizado ante mis amenazas de denuncia a la empresa. Además, ya no hablábamos, después de haber tenido dos duras discusiones por teléfono donde ambos gritamos y nos faltamos el respeto mutuamente. A partir de entonces el chico de recursos humanos o el contable se convirtieron en nuestros interlocutores. No obstante, esta comunicación indirecta también era escueta.

Y así fue como decidí comenzar la batalla. Esta vez sí. Por mi dinero, por mi orgullo y por esa testarudez que a veces viene haciendo honor a mi horóscopo. Denunciar. Y tras un peregrinaje por distintas oficinas y ministerios, acabé en el jugado, en el court. Conseguí obtener una citación –o algo así-. La firmé sin poder leerla, pues estaba en árabe, pero tenía todos los cuños y había arrancado el proceso.

No es sencillo gestionar documentos en oficinas en las que los funcionarios no hablan inglés. Recorrer todos los pasos de una burocracia árabe supuso una odisea para mí, además, siendo la única mujer en un kilómetro a la redonda y yendo a cabello descubierto.

Unos días después tenía los cheques en mi mano.

A la pregunta que me hizo mi padre, ¿dejaría Qatar a un empleado a su suerte? Si yo me baso en mi experiencia, tengo que contestar que no. Y no solo porque yo sea occidental y arquitecta. Ya vi desde dentro de la empresa cómo ésta, temiendo las serias consecuencias, se movilizaba cuando un empleado ponía un pie en el juzgado. Fuera de la nacionalidad, sexo, color y profesión que fuera.

Por otra parte, a lo largo de este proceso, he escuchado muchos casos sobre trabajadores a los que la justicia qatarí ha ayudado. No voy a entrar en polémica, a defender lo indefendible ni a negar otras evidencias. Pero sí quiero exponer mi caso y decir al mundo que el Estado de Qatar me ha defendido frente a una empresa que pretendía vulnerar mis derechos. En este caso solo puedo decir gracias.

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