CULPA

marketing de serviciosDe nuevo la siento. Es una sensación que va y viene por momentos pero que en los últimos tiempos se ha hecho más presente. Es un peso en el centro de mi alma, una carga soportable, pero que tira. Sin aroma, con un cierto sabor a metal y de color oscuro. A veces se sitúa cerca de mi garganta. Es la culpa.

La culpa por no ser la mejor en aquello que hago, culpa por no esforzarme más en crecer como profesional. Por no apuntar “alto”. No soy mejor como diseñadora o como arquitecta y es porque esta labor no me apasiona. En realidad, nunca lo ha hecho. Mis proyectos son correctos. Están bien resueltos. Podría ir más allá. Conozco a arquitectos extraordinarios, interioristas brillantes, diseñadores sobresalientes. Y yo sé que ahí nunca voy a llegar.

Porque no diseñaría espacios si no necesitara pagar mis facturas a final de mes. Porque no existe una fuerza en mi interior que me lleva a amar intensamente esta profesión. Porque cuando me encuentro en un espacio ya no me fijo en los acabados, la composición, la resolución del volumen. Y porque antes, cuando sí lo hacía venía era de un modo forzado. Era algo que tenía que hacer. Debía mantener esa conducta. Eres arquitecta, debes maravillarte con los edificios. Tropezarte con las farolas si hace falta porque las fachadas te eclipsen.

Hoy lo reconozco públicamente. No estoy enamorada de la arquitectura. Ni del diseño. Ni del interiorismo. Mi trabajo es un medio pero no un fin en sí mismo. Asistir a clase y preparar las asignaturas supuso un esfuerzo en mis años universitarios. Nunca me levanté de la cama corriendo y entusiasmada porque tenía una u otra clase. Sí lo he hecho posteriormente con otros cursos. Aunque fuera sábado a las siete de la mañana, he sabido lo que es dar un salto y alegrarme por empezar el día. Pero esto no me ha pasado con “lo mío”.

Y de ahí la culpa. Y resuenan en mi cabeza las palabras de Antonio. La culpa no se quita, se atraviesa. Y a eso mismo me dispongo. A vivir la culpa, sentirla, sentarme con ella y, espero, despedirme después. Cuesta, duele. Es incómodo. En nuestra sociedad está muy presente ese sentimiento desagradable de no estar haciendo lo que debes. No sé muy bien quién postula lo que cada uno tiene que haacer o no. Tampoco sé de dónde viene esa vocecilla interior que me acusa por no esforzarme más, por no dedicar más energía, más tiempo, más vida. Otra voz, más suave y tímida, suele contestarle. Explicarle. Justificarse. Y pide que baje la presión, la imposición. Y reivindica el derecho a no ser la mejor profesional. En mi puesto de trabajo desarrollo lo que se espera de mí. Quizá no más que eso. Ahí es cuando vuelve la voz. Y me grita que debo dar más, destacar por mi labor, brillar. Dar más de lo que se pide en mi contrato.

Y yo hoy le digo a esa voz que no. Que no voy a seguir desgastando mi alma dedicando energía y esfuerzo a una función para la que no ha sido creada. Tienes derecho a no fijarte en los espacios, a no tener siempre opinión sobre los acabados, a relajarte. Y, sobre todo, a dejar de compararte con quienes sí lo hacen.

A partir de ahora sigo dialogando con la culpa. Creo que llegaremos a un consenso.

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4 comentarios

  1. Ha debido ser muy difícil para ti escribir eso.
    Siempre nos han vendido que arquitectura era una carrera de vocación, y yo pienso que no tiene por qué serlo. Saber dónde es el mejor lugar para colocar una escalera o un baño no tiene nada que ver con ir mirando las fachadas por la calle.
    A mí me venía la culpa cuando veía que la mayoría de nuestros compañeros devoraba revistas de arquitectura y sabían un montón de nombres y un montón de proyectos y estaban al día de absolutamente todo. Yo no era ni soy así. Soy arquitecta de 9:00 a 17:00h, no tienes por qué serlo todo el día, ni sentirte culpable por eso.
    Tengo la gran suerte de amar mi trabajo (aunque hay días y días, como en todas partes) pero eso no significa que mi vida sea la arquitectura, mi vida es mucho más que eso.
    Espero que encuentres lo que te apasiona, pero mientras tanto, ni se te ocurra torturarte.
    Un abrazo muy fuerte!!
    Fina

    1. Fina, ¡¡qué comentario tan bonito!! Muchas gracias. Me gusta mucho eso de ser arquitecta de nueve a cinco, me lo apunto.
      A mí también me pasaba en la Escuela lo de ver cómo mis compañeros estaban al día de todo y almacenaban en sus mentes información sobre arquitectos y obras. Yo, personalmente, nunca me he ido a dormir con una revista de arquitectura.
      Pues lo dicho, que muchas gracias por tu mensaje y la verdad es que la culpa ha disminuido. Mucho. No existe mejor terapia en el mundo para mí que escribir. Y el hecho de contarlo ya me alivió.
      Un abrazo bien fuerte!!
      Geles

  2. Espero que lo que hoy nos cuentas en tu blog no tenga nada que ver con lo que te dijo en su momento cierto profesor. Si esto ha surgido de tu reflexión en un momento dado, vale. Pero no más allá. Lee el título de tu blog: Arquitectura y Emoción. Te emociona?
    Está claro que cada momento trae consigo sus circunstancias, y en momentos de hastío hasta Le Corbu tuvo que parecerle una mierda lo prismas de hormigón, pero pasan. Y vuelves a emocionarte. Nuestro trabajo tiene muchas caras y no todas nos llenan… informes, proyectos que ni fu ni fa… pero eso, te ayudan a pagar las facturas y a esperar a esos proyectos en los que sí disfrutas.
    Eres una de las personas más concienzudas que conozco, y creo que superarás el bache 🙂

    Un beso enorme Geles

    evaR

    1. Evaristo… ¡qué alegría saber de ti! Muchas gracias por el mensaje y por recordarme ciertas cosas.
      La reflexión sobre mi escueta vocación… pues está ahí. va y viene, pero no le voy a dar más importancia. El otro día me dio por compartirla con el mundo y gritarla a los cuatro vientos.
      Qué bueno… hasta Le Corbu tuvo dudas de fe… jajajjaaa…
      Te mando un abrazo bien fuerte,
      Geles

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