CONSUMIDORES Y CRÍTICOS

Torch Lo bueno de compartir momentos con personas que se apasionan por intereses distintos a los de uno es que surgen nuevos temas de conversación. Eso sucede a menudo cuando disfruto de momentos junto a mi amiga Chelo, que se ha convertido en el poco tiempo que nos conocemos en mi inseparable compañera de aventuras.

Es cierto que nos dedicamos a la misma profesión. Misma edad, estado civil y ciudad de residencia. Ambas procedemos de una ciudad del Levante español, pero nuestras inquietudes e intereses son muy dispares.

Desde que vivo en Qatar me he encontrado con personas cuyos puntos de vista difieren mucho de los míos y eso siempre enriquece.

El caso es que hace unos días cenábamos juntas y, a propósito de la gala de los Goya, acabamos conversando sobre cine. Tranquilidad, que no cometeré la osadía de publicar mis críticas, la cuestión es que ambas nos preguntábamos por qué Ocho apellidos vascos no había tenido más nominaciones. Y finalmente nos cuestionamos qué opinión es más válida, si la de unos críticos “expertos” o la de millones de espectadores.

El tema que había sobre la mesa me ha inquietado durante años. En lo referente a mi profesión, la arquitectura por la que se inclinan los arquitectos suele diferir de la que solicitan los clientes. Y si bien cada profesional tiene como misión educar a la sociedad desde su disciplina y su alcance, no podemos olvidarnos del público, del usuario. Debemos respetar su opinión y expectativas. Para eso hay que escucharlo y ponerse en su piel.

A mis amigos periodistas les pregunté recientemente por qué se emite tanta telebasura y si es realmente fruto de la demanda. Ellos me explicaron que el periodista como profesional y los medios, como plataformas que son, tienen el deber moral de participar en la educación de una sociedad. Si esto se llevara a cabo no existiría tanta demanda de ese tipo de programas que a diario invade las televisiones. Me decían que las personas no son estúpidas y que saben valorar la calidad.

Y yo me pregunto, ¿dónde está el equilibrio? ¿Quizá en la cantidad? Algunas veces me siento cansada a nivel intelectual y comienzo a leer libros comerciales, edulcorados, con escaso valor literario. Y me sientan bien. No pensar. Reírme, quizá. Desconectar. Lo que no me haría bien sería hacerlo continuamente. Y lo mismo sucede con el cine, con la música, con la comida. De vez en cuando necesito consumir productos básicos, fáciles, ligeros, aunque algunos de ellos estén desiertos de valor nutricional o intelectual.

Gracias a eso puedo valorar después la calidad, que suele ser más profunda y requiere de un esfuerzo.
En fin, como usuaria no me importa que exista cierta oferta de productos fáciles de tragar, vacíos, comerciales. Como profesional seguiré los preceptos de la arquitectura en la que creo, pero sin olvidarme de los usuarios y respetando sus anhelos.

Para mi pregunta inicial todavía no he encontrado respuesta. ¿Qué opinión tiene más valor, la de los críticos o la de los usuarios? ¿Tú qué opinas?

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