Cuento del pescador

PescadorLa charla de esta mañana con un buen amigo me ha hecho, de nuevo, plantearme si la decisión de residir aquí es la correcta. ¿Correcta? Me refiero a la buena, a la adecuada… ¡a la mía!

Él vive en Oriente Medio y a lo largo de su vida ha dirigido diversas empresas en diferentes países. Como todos, ha tenido momentos mejores y peores pero los frutos de su trabajo han hecho que él y sus hijos disfruten de una vida económicamente cómoda.

Lo he notado cansado, se advertía en el tono de su voz, incluso, antes de confesármelo.
Viajó a España hace unos meses. Antes de regresar, un taxista lo condujo hasta el aeropuerto desde la ciudad que había visitado. El conductor –me narró- era un señor mayor y de carácter afable. Charlaron durante todo el trayecto y él le contó que volaba de vuelta a Oriente Medio. El taxista, por su parte, le explicó que aquélla sería su única carrera del día. Después de dejarlo en el aeropuerto iría a recoger a su mujer y, juntos, disfrutarían de un día de playa. El viaje costaría unos cuarenta euros. Diez eran para la gasolina. Los treinta restantes le bastaban para ese día que había decidido disfrutar lejos de su coche.

Mi amigo, con su camisa de marca y su vuelo en business esperándole se sintió tremendamente celoso de aquel taxista, de la alegría que exhibía, del tiempo que disponía para él y para la que en ese momento estaría preparando unos bocadillos de tortilla de patata y una bolsa de playa con dos toallas.

A lo largo de la llamada él insistió en la idea de que era mejor que yo no emprendiera ningún tipo de negocio aquí. Y me lo repetía él, ¡que ha tenido y mantiene éxito profesional! Se aferraba a transmitirme un mensaje: “el tiempo que pases en Doha, ahorra. Y luego, vuelve a España y disfruta de la vida”.

Entonces me acordé del cuento del pescador. Aquél que arribaba a la costa al medio día y allí se encontraba con un ejecutivo encorbatado, con su título de MBA en Harvard y no sé cuántos diplomas más. Al verlo amarrar la barca le preguntaba a nuestro pescador si ya había terminado de faenar, casi alarmado por la osadía. Éste le respondía que sí y le explicaba, animado y muy seguro de sí, que pasaba cuatro horas en la mar cada día. Al llegar, vendía su pescado y disfrutaba del resto de la jornada con su mujer y sus hijos. Al caer la tarde visitaba a sus parientes o amigos o, simplemente, charlaba con su esposa. “¡¡Estás perdiendo dinero!!” exclamaba el joven ejecutivo. “Lo que tienes que hacer es faenar durante diez horas al día. En un año podrás comprar un barco mayor. Luego, contratar empleados y en unos años más- concluía tras describir un exhaustivo plan estratégico- poseerás una gran flota”. El pescador, tras escucharlo atento, le preguntó que para qué quería él esa gran flota que tardaría –según el ejecutivo- unos diez años en conseguir. “Entonces tu compañía será grande, los empleados faenarán todo el día y a ti te bastará con trabajar cuatro horas al día. Tendrás el resto del tiempo libre para disfrutar de tu familia y de tu vida”

Entonces me planteo algo que no me había cuestionado en todo este tiempo, ¿vale la pena que permanezca yo aquí? Recién llegada de mis vacaciones en España me cuestiono si me compensa vivir en este desierto. Y la respuesta es “un año más, sí”. No tanto por una cuestión profesional o económica sino por una serie de razones personales. Si ahora mismo volviera a España echaría de menos mi ambiente multicultural. Hablar en inglés cada día, descubrir, explorar. Viajar es algo que tengo previsto previsto para este año que acabamos de estrenar. Y sí, me quedo un año más. Cuando acabe 2.015 me replantearé cuál es el rumbo de mi vida. Por ahora… me quedo.

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